domingo, 5 de julio de 2009

¡NO LE CREYERON A JESÚS EN SU TIERRA!

¡Amor y paz!

El fragmento del Evangelio de hoy (Domingo de la XIV Semana del Tiempo Ordinario) concluye la primera etapa del ministerio de Jesús, la de la popularidad en Galilea, de las multitudes que se acercan a él para escucharlo y para que les cure a los enfermos.

Marcos cierra esta etapa en Nazaret, el pueblo de Jesús, un símbolo de todo el pueblo de Israel. Porque, efectivamente, a pesar del éxito inicial y la popularidad, el conjunto del pueblo no puede aceptar que Dios manifieste su Reino a través de alguien que es un hombre como otro cualquiera, con una familia y un oficio como los demás.

Si eso le ocurrió al Hijo de Dios, ¡qué podemos esperar nosotros siervos suyos que, con todas nuestras faltas y limitaciones, hemos asumido la misión de evangelizar! Por eso tal vez sea preciso recalcar lo que decía alguien: “Cuando señalo, no miren mi dedo; miren el punto a donde señalo”.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Marcos 6,1-6.

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

COMENTARIO

Cuando Bogotá era apenas un pequeño villorrio en la extensa sabana verde y fértil que habitaron antiguamente los Muiscas, una joven de una familia muy adinerada decidió ingresar a una comunidad religiosa dedicada a la atención de ancianos y ancianas de escasos recursos. Después de haber hecho su noviciado con las Hermanitas de los pobres, alejada del mundanal ruido, la joven regresó a la ciudad que la había visto crecer y donde su familia era muy conocida en los círculos de la alta sociedad. Al poco tiempo recibió su primer destino; fue enviada a trabajar en un albergue muy pobre, ubicado al sur de la ciudad. Una de las tareas que debía cumplir semanalmente la nueva religiosa, era salir por las calles para pedir limosna, por el amor a Dios, a los transeúntes. Con estas ayudas se sostenía la labor que realizaban en el albergue.

Un sábado por la tarde, la hermanita salió con una compañera para cumplir con el deber de pedir limosna, recorriendo las principales calles de Bogotá. Cuando iban caminando por la carrera séptima, muy concurrida en aquellas épocas, la joven fue reconocida por un grupo de antiguos compañeros de colegio y de parranda. Los muchachos comenzaron a burlarse de las hermanitas. Uno de ellos, liderando el grupo, se adelantó para ofrecer una limosna, pero puso una condición... la joven religiosa debía darle un beso si quería recibir la ayuda para sus viejitos. La monjita, sin dudar un momento, se inclinó ante su antiguo amigo y le besó los pies ante la mirada atónita de los peatones que circulaban por el lugar. Después, erguida, como su dignidad, estiró la mano para recibir la dádiva prometida. El burlador, lleno de vergüenza, tuvo que cumplir lo que había prometido mientras sus compañeros se iban escabullendo con el rabo entre las piernas.

Nunca ha sido fácil predicar en la misma tierra que nos ha visto crecer. El mismo Jesús, cuando regresó a Nazaret comenzó a enseñar en la sinagoga y “la multitud, al oír a Jesús se preguntaba admirada: ¿Dónde aprendió éste tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace?” Y san Marcos añade: “Por eso no quisieron hacerle caso. Pero Jesús les dijo: –En todas partes se honra a un profeta menos en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa”. Con razón, a pesar de estar entre los suyos, Jesús “no pudo hacer allí ningún milagro, aparte de poner las manos sobre unos pocos enfermos y sanarlos. Y estaba asombrado porque aquella gente no creía en él”.

Predicar entre las personas conocidas es una tarea muy complicada. Sin embargo, estamos llamados a comenzar nuestra labor misionera por nuestra propia casa. Es allí donde se hace real el anuncio que tenemos que llevar al mundo. Predicar entre desconocidos es muy atractivo y suele brindarnos muchas satisfacciones. Todos lo hemos comprobado cuando vamos a un campamento misión, a una jornada de trabajo donde no nos conocen. Nos sentimos más libres, menos condicionados por nuestra historia personal, más protegidos de nuestro rabo de paja... Y esto hay que hacerlo, no faltaba más; pero comenzar por la propia casa nos ayuda a realizar nuestra labor desde la humildad y la sencillez del que se siente enviado y no dueño de la salvación. Como la hermanita de los pobres, a lo mejor nos toca humillarnos para recibir la respuesta que estamos esperando, porque sabemos que no es para nosotros, sino para el Señor.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

sábado, 4 de julio de 2009

CRISTO NOS PIDE SER HOMBRES NUEVOS

¡Amor y paz!

El Señor Jesús ha insistido siempre en que lo importante para sus discípulos no son los prácticas externas, como el ayuno, si estas no implican una transformación de la persona. Para explicarlo, recurre hoy a un símil: no hay que hacer remiendos y seguir con el traje viejo: es necesario cambiar de traje. Por eso, San Pablo les recalca a los Efesios que deben continuamente "despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo" (Ef 4, 24).

La vida cristiana se entiende como un proceso de renovación continua, como un camino que compromete a conformarse con el proyecto divino de un hombre "creado según Dios, en justicia y santidad verdaderas".

Dios los bendiga…


Evangelio según San Mateo 9,14-17.

Entonces se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?". Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!".

COMENTARIO

Los discípulos de Juan, igual que los fariseos, animados por su piedad individual, realizaban ayunos constantemente para que con su ayuda se apresurara la llegada del Reino. En medio de la fidelidad a las prácticas de mortificación externa, los discípulos de Juan se encuentran con una fuerte controversia: ¿por qué los discípulos de Jesús no ayunan? Los seguidores del Bautista corren de inmediato a preguntarle a Jesús, pero pareciera que Jesús evadiera la interpelación que le hacen. Jesús está convencido que el problema no está en la discusión planteada por los seguidores de Juan. El problema de fondo no es el ayuno en sí, sino la nueva forma de vida que Jesús está inaugurando, que se aleja de todo legalismo y permite vivir en libertad y renovarse interiormente.

La propuesta de Jesús es clara: no se puede recibir el Reino de Dios con la mente y la vida embotadas por esquemas mentales veterotestamentarios (del Antiguo Testamento) ya caducos y por ritos externos que han puesto de lado la justicia y la misericordia. No se puede utilizar la fe en Dios para justificar la injusticia y la falta de caridad en medio del pueblo. No se puede echar vino nuevo (el Reino de Dios), en odres viejos (la ley, la exclusión y la falsedad religiosa).

El Reino de Dios lo reciben hombres y mujeres nuevos, que se hayan liberado del esquema simbólico que imperaba en el pueblo judío del tiempo de Jesús. Jesús se enfrenta a una sociedad apegada a lo viejo que no daba lugar al Espíritu, ya que la ley había absorbido la vida de todos. Ahora la propuesta de Jesús es dar tiempo al Espíritu para que el Reino sea una realidad de justicia, de amor y de paz.


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