domingo, 8 de diciembre de 2019

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este domingo en que celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Dios nos bendice...

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1.26-38):

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

Comentario

Un día como hoy, en 1854, el Papa Pío IX declaró solemnemente el dogma de la
“Inmaculada Concepción” de María con estos términos: “La santísima Virgen María fue  preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano” (Carta apostólica “Ineffabilis Deus”).

Los latinoamericanos, como acostumbramos hacerlo, hemos aguardado este día desde anoche con las velas festivas y orantes encendidas. La aurora nos recibe resentándonos el rostro de la mujer más bella y pura que ha vivido en esta tierra. El misterio es profundo pero la puerta de entrada es sencilla: el rostro amable de María. De su personalidad emana sobre nosotros una luz nueva que renueva nuestras ganas de vivir, su presencia en nuestras vidas en este día nos trae esperanza y gozo espiritual.

El escenario del evangelio de hoy es la pequeña casa de María en Nazaret, la misma de sus padres Joaquín y Ana. Una casa de familia donde se vive la cotidianidad del trabajo y del amor. Este mismo espacio se convierte ahora en imagen del escenario de nuestra historia vista con los ojos del Dios que sólo quiere la salvación de la humanidad entera.

Nada mejor que las mismas palabras del Evangelio para comenzar a contemplar esta escena tantas veces comentada: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lucas 1,28). Por el saludo del Ángel comprendemos que la “Inmaculada” es el anuncio del triunfo de la “gracia”. Con la palabra “llena de gracia” (en griego “kejaritomene”), María hace su entrada en la Biblia. “Llena de gracia” será en última instancia el verdadero nombre de María, el que mejor describe su personalidad interior.

La palabra “gracia” (“jaris”) tiene en la Biblia el doble significado de “belleza” y de “favor de Dios”. María es la obra maestra del Dios creador: la suya es una belleza interior, humana, espiritual. Esto quiere decir que todos sus sentimientos, sus pensamientos, sus relaciones son bellas. Su personalidad presenta una gran armonía, una perfecta sintonía entre lo interior y lo exterior. Y esta obra de Dios realizada en María es la que quiere realizar por medio de su Hijo Jesús, el Salvador, en cada persona sin excepción.

Por eso en esta solemnidad decimos en voz alta, de manera más vibrante e intensa, este saludo que es al mismo tiempo una invocación, y que se repite diariamente miles y miles de veces en el mundo entero: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!”.

En el diálogo que sigue al saludo, en el momento propiamente dicho de la Anunciación, el Ángel repite la palabra “gracia”, “has hallado gracia delante de Dios” (1,30). Y le dice entonces de manera explícita en qué consiste la consideración que Dios ha tenido con ella: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús” (1,31).

Llega finalmente el instante cumbre en el cual el Ángel le desvela a María la fuente de la que brota esta plenitud de gracia: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que ha de nacer será santo y se llamará Hijo de Dios” (1,35).

Celebramos entonces la acción del Espíritu Santo, el Espíritu que hace “Santos”, en la persona de María. Con razón el Papa Pío IX, comentando el relato de la Anunciación el día de la proclamación del dogma, decía que “Con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu”. Decía además que María “era como un tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable”. 

Hoy en la solemnidad de la “Inmaculada Concepción”, nos aproximamos una vez más a este movimiento de “gracia” que en María es “completo” y para nosotros una tarea todavía por realizar. En un día como éste comprendemos, teniendo a María como espejo, la altísima vocación y dignidad para la cual hemos sido llamados por Aquel que “nos ha elegido en él (en Cristo) antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Efesios 1,4).

Profundizando la Palabra de Dios por boca del Ángel, “Tú eres llena de gracia”, y guiados por la liturgia festiva de esta solemnidad que desglosa las afirmaciones del dogma, dejémonos tomar de la mano y ser acompañados en un itinerario espiritual que nos permita buscar y encontrar algunos rasgos significativos de la plenitud de gracia y de santidad de María.

Dejémonos guiar por estas tres preguntas:
(1) ¿Qué quiere decir “Inmaculada Concepción”?
(2) ¿Por qué Dios quería que la Madre de su Hijo fuera “Inmaculada”?
(3) ¿Qué implica para nosotros?

1. ¿Qué quiere decir “Inmaculada Concepción”?

Afirmamos que María es “llena de gracia” desde el primer instante de su vida, desde la raíz de su existencia, desde su concepción en el vientre de su madre;
María fue generada “Inmaculada”. “Inmaculada” significa “sin mancha”, y en
este caso específico, “sin mancha de culpa original”. La implicación entonces es
doble: no sólo que no está en situación de pecado sino sobre todo que está en
amistad con Dios.

Esto quiere decir que para María la germinación de su vida humana coincidió con la germinación de la vida divina en ella. No ha habido en ella dos momentos distintos: primero su venida al mundo como simple criatura humana y después el ser inserta en la santidad de Dios con el don de la gracia. Sólo en la persona de María se ha dado este  sorprendente inicio a la vida.

Lo contrario lo constatamos en las palabras del Salmo “Miserere”: “Mira que nací culpable, pecador me concibió mi madre” (51,7). Cada vez que nos encontramos, aún sin quererlo, con nuestra tendencia a la maldad, verificamos la verdad de estas palabras. Es la naturaleza humana: todos los seres humanos entramos en el mundo, no con la belleza deseada y querida por el amor de Dios, sino con la debilidad que arrastra la historia de nuestra estirpe, sea la que cargamos en nuestra genética personal como la que nos transmitimos masivamente unos a otros de generación en generación. Aún los niños más cándidos en el momento menos esperado nos sorprenden con un gesto de egoísmo, de capricho o de agresión, que no necesariamente han aprendido en las caricaturas de la televisión.

Con María no fue así. Ella es la única excepción que Dios --previendo lo que todos alcanzaríamos por la sangre derramada por aquel que nos amó de manera infinita-- quiso dejarnos como reflejo maravilloso de su grandiosa santidad en medio de una humanidad muchas veces corrompida por las fuerzas del pecado.

Bien decía de forma poética el filósofo Juan Bautista Vico:
“Yo, mísero hombre, suspirando clamo a ti,
Virgen Santa, Inmaculada y Pura…
El universal naufragio había absorbido a todas
las gentes dispersas por la tierra, en el pecado generadas:
Tú, entre todas la mujeres nacidas en el mundo,
obtuviste escampo de tan triste suerte”.

2. ¿Por qué Dios quería que la Madre de su Hijo fuera “Inmaculada”?

A María se le concedió la gracia de una maternidad única e irrepetible, la cual se realizó por la acción del Espíritu Santo que “descendió” sobre ella (ver 1,35). Así ella y solo ella se convirtió en la “Madre de Dios”: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús” (1,31).

Es en función de esta vocación y misión, prevista por el eterno designio de Dios, que María fue preservada de la mancha del pecado y colmada del Espíritu de Santidad de Dios desde el primer instante de su vida: María es constituida en “digna morada” del Hijo de Dios encarnado (oraci￳n colecta).

Como ya se dijo, el “no tener mancha” supone no solamente vencer el pecado sino sostener la amistad con Dios. Pues bien, en María se ve claramente el significado de este segundo aspecto. 

Esto nos permite percatarnos de un doble dinamismo espiritual por el cual la santidad va tomando forma en la vida de uno:

(1) Un dinamismo de purificación, es decir, una fuerza espiritual que anula nuestro pecado en cuanto distanciamiento de Dios y ruptura de la Alianza con Él. 
---Se rehace entre Dios y nosotros el vínculo de amor y fidelidad.

(2) Un dinamismo de comunión de vida y de amistad con Dios. 
---Se realiza en nosotros el proyecto original divino: la plena comunión con Él y con lo creado. Contemplando a la Inmaculada nos aproximamos entonces a aquella única e irrepetible comunión con el Señor que María experimentó en su maternidad divina. Pero Dios también ha pensado en nosotros, llamados a formar a Jesús en
nuestro corazón. Como bien enseñaban los Padres de la Iglesia San Agustín, San Ambrosio y otros.  San Ambrosio, por ejemplo, lo expresaba así:  
 
Bienaventurados vosotros lo que habéis oído y creído: toda persona que cree, concibe y general al Verbo de Dios… Hay una sola madre de Cristo según la carne; en cambio, según la fe, Cristo es el fruto de todos, porque toda persona recibe el Verbo de Dios, siempre que, inmaculada e inmune de vicios, custodie la castidad con pudor” (San Ambrosio, “In Lucas” II, 26).
 
Es así como la “Inmaculada” se convierte para nosotros en una fuerte invitación para que realicemos un camino cotidiano de conversión que vaya desprendiendo cada vez más nuestro corazón de toda forma de mal y lo haga siempre más apasionadamente amante del bien. 

Es un camino hacia una belleza siempre posible. Porque si por una parte es verdad que el mal es deformidad de la bella, por la otra el bien es armonía y gracia que hacen encantadora la existencia.

Ahora, si reconocemos que por un instinto de la naturaleza que no siempre sabemos explicar todos somos impulsados hacia la belleza humana, también hoy reconocemos a partir de lo que Dios hizo en María que con la fuerza de la gracia podemos enamorarnos y saciarnos de una belleza moral y espiritual superior, una belleza que no es de este nuestro pobre mundo, sino que es el reflejo de la belleza eterna de Dios.

Entonces es en función del Hijo de Dios y hombre perfecto que vendrá a este mundo a través de su carne, su sangre y su historia personal sin pecado, que a María le fue concedida la gracia de ser “Inmaculada”, pero, como podemos ver, es también por todos nosotros.

3. ¿Qué implica para nosotros?

La celebración de la “Inmaculada Concepción” no se puede quedar en el “recorderis” de un dogma y en la pura consideración de la rica doctrina que entraña. Ella apunta a situaciones concretas de nuestra vida en las cuales Dios nos quiere interpelar. 

Grandes valores propiamente “cristianos” emergen del misterio de María y nosotros los recibimos y nos los apropiamos mediante la contemplación de la hermosura de quien será la Madre del Hijo de Dios. 

3.1. Una manera distinta de aproximarnos a María: la Buena Noticia de la Santidad

Puesto que María fue “escogida” (ver la segunda lectura de hoy) como nuestro ejemplar, como un paradigma de belleza espiritual al cual referirnos, ella es para nosotros como un “espejo”, más exactamente un “espejo de santidad”.

No vemos en María una mujer cualquiera sino la “bendita entre todas las mujeres”, en la cual encontramos aquella fisonomía que Dios desde la eternidad pensó y quiso para cada uno de nosotros. Bien decía el ya citado Padre de la Iglesia:
“Qué puede haber de más alto en la madre de Dios o de más espléndido de Aquella que del mismo esplendor fue escogida? ¿O que puede haber de más casto que Aquel que generó sin mancha?” (Ambrosio, “De virginibus”,
II, 7).
A cada uno, mirándose en el espejo, que es la personalidad espiritual de María, le corresponderá discernir la modalidad específica por medio de la cual Dios quiere que alcance la santidad. Como decía una antigua invocación litúrgica:
Corremos detrás de ti, oh Virgen Inmaculada, fascinados por tu santidad”.

3.2. Librar sin temor el combate espiritual: La Buena Noticia de la Victoria

Cuando nos miramos en el “espejo” de María notamos enseguida una gran diferencia en nosotros: lo que María alcanz￳ por “gracia” desde el comienzo de su existencia nosotros lo alcanzamos como fruto de la victoria sobre nuestras contradicciones internas a lo largo de nuestra vida. 

Pero al fin y al cabo, también la “gracia” nos implica porque nuestra victoria no será distinta de la ya alcanzada por el Crucificado, vencedor definitivo del mal del mundo.

No podemos sustraernos a esta tarea. La vida es esa palestra de combate, donde a pesar de que nos abruman nuestras debilidades y contradicciones, salimos adelante animados por una victoria que ya se nos ha anunciado como nuestra. La imagen de aquella mujer del Génesis que pisa la cabeza de la serpiente –símbolo del mal en la historia– nos invita a no desistir en la lucha contra el pecado que tenemos que derrotar: 

Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Génesis 3,15).

3.3. El respeto por la vida desde sus orígenes: La Buena Noticia del valor prioritario de la Vida

Este singular conflicto lo podemos ver claramente en el campo de la vida y de la muerte, cuando éstos dependen de la decisión humana.

Es así como el misterio de María nos traslada también hoy al campo de la ética civil y de la moral cristiana, dándonos una pista para el discernimiento: la “Inmaculada” nos enseña que estamos llamados a respetar, a venerar y a amar toda vida humana desde su “concepción”.

Y si esta es nuestra actitud ante el instante sagrado de la germinación de la vida, ¿cuánto más se podría esperar del respeto total y de la promoción de la vida que nos compete a lo largo de todas las etapas de nuestro crecimiento hasta la muerte?

La “Inmaculada Concepción” es un anuncio profético de la Buena Noticia de la Vida, que es al mismo tiempo una verdad y un derecho. Un creyente en Cristo siempre se preocupará por defender la Vida y estará atento para que no se impongan otros intereses privados, políticos o económicos que atenten contra ella; ni siquiera lo será nuestra pretendida autonomía personal para hacer lo que queramos.  Fue en ese sentido que el Concilio Vaticano II se pronunció fuertemente hace cuarenta años: 

En realidad, Dios, Señor de la vida, confió a los hombres el altísimo
ministerio de proteger la vida, que se ha de cumplir en manera digna del hombre. La vida, por consiguiente, ya desde su misma concepción, se ha de defender con sumo cuidado” (“Gozos y Esperanzas”, 51).

La “Inmaculada Concepción” nos enseña en primera persona que para Dios el ser humano, por el hecho de haber sido concebido para la vida, ya es una persona, vulnerable a todos los males. Por tanto, como Dios hizo con María, habrá que protegerla.

3.4. Un nuevo criterio en las relaciones: La Buena Noticia de la Gratuidad

Para un mundo en el que muchas veces priman la contraprestaci￳n, “yo te doy pero si tú me das”, donde lo econ￳mico es criterio para hacer alianzas o destruir relaciones, la palabra “gracia” –que en María es un sello que la identifica– introduce una profética novedad.

La “Inmaculada Concepción” anuncia la absoluta gratuidad del amor de Dios. Su Alianza con nosotros no depende de lo que le damos sino de su extraordinaria fidelidad. Por lo tanto es otro valor el que fundamenta la relación.

Es un mutuo llamado y un mutuo consentimiento el que edifica el amor. La valoración mutua y la muta entrega, es la fuerza que lo impulsa. Nadie se aprovecha de nadie ni tampoco luchan por imponerse sus intereses: ambos se dan  a sí mismos mediante su “sí” y se acogen con un gran respeto.

Pero antes del “sí” consciente de la entrega hay un amor primero que prende la llama de amor.  María fue “llena de gracia”, o sea infinitamente amada, desde sus orígenes y por tanto antes de que pudiera tener su voluntad personal para dar su consentimiento libre.

Cuando María pronuncia su “sí” gozoso de amor, su “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38), se completa el arco que había comenzado a elevarse en la iniciativa de Dios “Tú eres llena de gracia” (1,28). La entrega gratuita de María fue provocada por el don de la gracia que le había concedido el Señor. 

La “Inmaculada” nos ense￱ña que la venida de Dios a nuestra vida no es una amenaza contra nuestra libertad personal. ¡Todo lo contrario!  La verdadera libertad es siempre una fuerza de amor y no una pretensión. Uno se siente más vivo cuando se da a sí mismo, cuando se abandona totalmente, cuando todo lo que uno hace se convierte en consagración plena y gozosa, en la alabanza y 
glorificación de Dios.

Esto interroga cómo es nuestra relación con Dios. A veces la oración no es un encuentro feliz de amor sino una negociación con él para que nos vaya mejor en lo que nos preocupa. Es verdad que a veces se tienden a trasladar las relaciones comerciales que mueven la sociedad a la relación con Dios. Con María aprendemos que el amor de Dios no está condicionado por el nuestro: su amor se nos anticipa, es más grande y supera el nuestro. Y nosotros lo recibimos con sencillez y sin pretensiones, como lo hizo María, para que sea exaltada la misericordia del Todopoderoso (ver Lc 1,49). 

No es por nuestros méritos que Dios nos quiere sino por lo que somos. ¿Qué implica esto para nosotros hoy cuando en nuestra sociedad tendemos a marginar al que no produce, al enfermo, al anciano, al que no nos reporta económicamente?

3.5. Un nuevo parámetro de belleza: La Buena Noticia de la Integralidad de la Vida

Hemos dicho que la palabra “gracia” está asociada con “belleza” y que ésta es la celebración de la belleza de María, que es la belleza de la santidad.

A propósito los artistas orientales y occidentales se han preocupado por retratarla como la mujer más bella siguiendo en cada momento de la historia los parámetros de belleza que les impone la cultura. Son inolvidables, por ejemplo, las “Inmaculadas” de Murillo que tanto han incidido en la imagen que tenemos de María en el arte latinoamericano desde la Colonia.

Pero la “Inmaculada Concepci￳n” nos está diciendo que la verdadera belleza es la que es reflejo de una más profunda y auténtica que proviene de dentro.

Esto interpela nuestras modas culturales, alentadas por las “top models”, donde la belleza femenina y masculina parece querer reducirse al llamado “sex-appeal”, a la sensualidad. Esto impone comportamientos y búsquedas en los que la belleza tiende a quedarse al nivel de la epidermis, no importando si las
personas están o no por dentro en armonía consigo mismas. El ideal de belleza se ha empobrecido mucho. 

María nos invita a rescatar la belleza, a desearla y a buscarla. Como la suya, no se trata de una belleza de fachada, reducida a lo externo, sino que proviene de lo interior, de un corazón puro y generoso. Un discípulo de Jesús no rechaza el cuerpo, porque la suya es una espiritualidad de la “encarnaci￳n”; lo que sí tiene
claro es que no tiene sentido limitarlo a un objeto de consumo, sino que hace de esta profunda unidad significada en el cuerpo una mediación que comunica un lenguaje de amor auténtico para los hermanos. Quien es así, no importa lo que nos digan las imágenes publicitarias, siempre será una persona bella.

Hoy, con la Iglesia, nos atrevemos a exaltar la belleza haciendo nuestro el himno litúrgico: 
 
Tú eres toda hermosa,
¡oh Madre del Señor!;
Tú eres de Dios la gloria,
la obra de su amor 
En fin…

La celebración no se agota en la misma persona de María sino que se vierte sobre nosotros. Como lo hemos visto, esta solemnidad está cargada de una fascinación espiritual y de una gran consolación que desata en nosotros algunas responsabilidades precisas de comportamiento y de vida. 

Lo más bello de todo es saber que María no es solamente una propuesta de vida sino una persona viva que está aquí a nuestro lado como madre, siempre pronta para ayudarnos y sostenernos en nuestro camino de gracia y de fe, en el que junto con ella trazamos el arco espiritual que configura nuestra existencia, el que va desde el “llena de gracia” hasta el “hágase en mí según tu Palabra”.

Terminemos dirigiéndonos a María, en este maravilloso día, con las palabras del poeta Paul Claudel:

“Estar contigo, María, donde tú estás.
Sin decir nada, nada, contemplando tu rostro,
dejando al corazón cantar su propia lengua,
cantar no más porque se tiene el corazón más lleno,
como el mirlo que sigue su idea en coplas repentinas.
Porque Tú eres hermosa, porque eres inmaculada,
la mujer de la Gracia al fin restituida.
La criatura en su bien primero y en su plenitud final,
tal como salió de Dios la mañana de su esplendor original.
Intacta infaliblemente porque eres la Madre de Jesús,
que es la verdad en tus brazos, y la esperanza y el fruto.
Porque eres la mujer, el Edén de la ternura olvidada,
cuya mirada halla al punto el corazón y hace saltar las lágrimas acumuladas.
(...) Porque Tú estás ahí para siempre, simplemente porque Tú eres María,
Simplemente porque existes tú.
Madre de Jesucristo, muchas gracias!”.
(De “La Virgen al Mediodía”)

Padre Fidel Oñoro CJM

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sábado, 7 de diciembre de 2019

Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este sábado de la 1ª semana de Adviento, ciclo A.

Dios nos bendice...

Lectio Divina: Mateo 9,35 - 10,1.5-8

Lectio

Sábado, 7 Diciembre , 2019

Primera semana de Adviento

1) Oración

Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alerta a la venida de tu Hijo, para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza. Por nuestro Señor Jesucristo. Amen.

2) Lectura

Del Evangelio según Mateo 9,35 - 10,1.5-8

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.
Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. »
Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Yendo proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis ».

3) Reflexión

• El evangelio de hoy consta de dos partes: (a) Un breve resumen de la actividad apostólica de Jesús (Mt 9,35-38) y (b) el inicio del “Sermón de la Misión” (Mt 10,1.5-8). El evangelio de la liturgia de hoy omite los nombres de los apóstoles citados en el evangelio de Mateo (Mt 10,2-4).

• Mateo 9,35: Resumen de la actividad misionera de Jesús. “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia”. En pocas palabras Mateo describe los puntos centrales de la actividad misionera de Jesús:

(a) Recorrer todas las ciudades y los poblados. Jesús no espera a que la gente venga hasta él, sino que él mismo va en busca de la gente recorriendo todas las ciudades y poblados.

(b) Enseñar en las sinagogas, esto es, en las comunidades. Jesús va allí donde la gente está reunida alrededor de su fe en Dios. Es allí donde él anuncia la Buena Nueva del Reino, esto es, la Buena Nueva de Dios. Jesús no enseña doctrinas como si la Buena Nueva fuera un nuevo catecismo, sino que en todo lo que dice y hace deja transparentar algo de la Buena Nueva que le anima por dentro, a saber, Dios, el Reino de Dios.

(c) Curar todo tipo de dolencia y enfermedad. Lo que más marcaba la vida de la gente pobre era la dolencia, cualquier tipo de dolencia, y lo que más marca la actividad de Jesús, es consolar a la gente, aliviar su dolor.

• Mateo 9,36: Compasión de Jesús ante la situación de la gente. “Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. Jesús acoge a las personas así como se encuentran ante él: dolientes, abatidas, cansadas. Se porta como el Siervo de Isaías, cuyo mensaje central consistía en “consolar a la gente” (cf. Is 40,1). La actitud de Jesús para con la gente era como la actitud del Siervo, cuya misión era definida así: “No clamará, no gritará ni alzará su voz en las calles. No romperá la caña quebrada ni aplastará la mecha que está por apagarse” (Is 42,2-3). Como el Siervo, Jesús se conmueve ante la situación sufrida de su pueblo “cansada y abatida, como ovejas sin pastor”.
  
Empieza a ser Pastor identificándose con el Siervo que decía: “El Señor Yahvé me ha concedido el poder hablar como su discípulo. Y ha puesto en mi boca las palabras para aconsejar al que está desanimado” (Is 50,4ª). Como el Siervo, Jesús se hace discípulo del Padre y del pueblo y dice: “Cada mañana, él me despierta y lo escucho como lo hacen los discípulos” (Is 49,4b). Del contacto con el Padre saca las palabras de consuelo que hay que comunicar a los pobres.

• Mateo 9,37-38: Jesús implica a los discípulos en la misión. Ante la inmensidad de la tarea misionera, la primera cosa que Jesús pide a los discípulos es rezar: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. La oración es la primera forma de compromiso de los discípulos con la misión. Pues si uno cree en la importancia de la misión que uno tiene, entonces hará todo lo posible para que no muera con uno mismo, sino que continúe en los demás durante su vida y después.

• Mateo 10,1: Jesús confiere a los discípulos el poder de curar y de expulsar a los demonios. “Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia".

La segunda cosa que Jesús pide a los discípulos no es que empiecen a enseñar doctrinas y leyes, sino que ayuden a la gente a vencer el miedo a los malos espíritus y que ayuden en la lucha contra las enfermedades. Hoy, lo que más da miedo a los pobres son ciertos misioneros que amenazan a la gente con el castigo de Dios y con el peligro del demonio. Jesús hace el contrario. Lo que más hace es ayudar a la gente a vencer el miedo al demonio: “Pero ¿si no podría ser que yo eche los demonios con el dedo de Dios? Entonces entiendan que el Reino de Dios ha llegado” (Lc 11,20). Es triste decirlo, pero hoy existen personas que necesitan el demonio para poder expulsarlo y así ganar dinero. Por esto merece la pena que Jesús hable contra de los fariseos y de los doctores de la ley (Mt 23).

• Mateo 10,5-6: Id primero a las ovejas perdidas de Israel. “A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: "No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. ¿Quién eran estas ovejas perdidas de Israel? ¿Eran las personas excluidas, como las prostitutas, los publicanos, los impuros, los considerados perdidos y condenados por las autoridades religiosas da época? ¿Eran los dirigentes como los fariseos, los saduceos, los ancianos y sacerdotes que se consideraban el pueblo fiel de Israel? O ¿eran las multitudes que estaban cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor? 

Probablemente, aquí en el contexto del evangelio de Mateo, se trata de esta gente pobre y abandonada que es acogida por Jesús (Mt 9,36-37). Jesús quería que los discípulos participaran con él en la misión junto a su gente. Pero, en la medida en iba atendiendo a esta gente, Jesús mismo iba ensanchando el horizonte.

En el contacto con la mujer cananea, oveja perdida de otra raza y de otra religión, que pedía ser atendida, Jesús repite a los discípulos: "No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel" (Mt 15,24). Y ante la insistencia de la madre que no desistía en interceder por la hija, Jesús se defendió diciendo: "No se debe echar a los perros el pan de los hijos" (Mt 15,26). Pero la reacción de la madre echa por tierra la defensa de Jesús: "Es verdad, Señor, contesto la mujer, pero los perritos comen las migas que caen de las mesas de sus padrones" (Mt 15,27). Y de hecho, ¡había muchas migas!

Doce cestos llenos de pedazos que sobraban de la multiplicación de los panes para las ovejas perdidas de Israel (Mt14,20). La respuesta de la mujer deshizo los argumentos de Jesús. Y el atendió a la mujer: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo". Y en ese momento quedo sana su hija”. (Mt 15,28). Fue a través de la atención continua dada a las ovejas perdidas de Israel que Jesús descubrió que en el mundo entero hay ovejas perdidas que quieren comer de las migas.

• Mateo 10,7-8: Resumen de la actividad de Jesús. “Yendo proclamad que el Reino de los Cielos está cerca". Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; ¡dadlo gratis!” ¿Cómo revelar la proximidad del Reino? La respuesta es simple y correcta: curando a los dolientes, resucitando a los muertos, purificando a los leprosos, expulsando los demonios y sirviendo gratuitamente, sin enriquecerse por medio del servicio a la gente. Donde esto acontece, el Reino se revela.

4) Para la reflexión personal

• Todos nosotros recibimos la misma misión que Jesús dio a los discípulos y discípulas. ¿Tienes conciencia de tener esta misión? ¿Cómo vives tu misión?

• En tu vida, ¿tuviste algún contacto con las ovejas perdidas, con el pueblo cansado y abatido? ¿Qué lección sacaste?

5) Oración final

El Señor sana los corazones quebrantados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
llama a cada una por su nombre. (Sal 147,3-4)

Orden de los Carmelitas