martes, 11 de julio de 2017

Envía, Señor, más trabajadores a tu cosecha

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este martes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario. Se celebra la fiesta de San Benito abad, patrono de Europa.

Dios nos bendice...

Libro de Génesis 32,22-32. 

Y aquella noche Jacob permaneció en el campamento, mientras sus regalos iban delante de él.
Aquella noche, Jacob se levantó, tomó a sus dos mujeres, a sus dos sirvientas y a sus once hijos, y cruzó el vado de Iaboc.
Después que los hizo cruzar el torrente, pasó también todas sus posesiones.
Entonces se quedó solo, y un hombre luchó con él hasta rayar el alba.
Al ver que no podía dominar a Jacob, lo golpeó en la articulación del fémur, y el fémur de Jacob se dislocó mientras luchaban.
Luego dijo: "Déjame partir, porque ya está amaneciendo. Pero Jacob replicó: "No te soltaré si antes no me bendices".
El otro le preguntó: "¿Cómo te llamas?", "Jacob", respondió.
El añadió: "En adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido".
Jacob le rogó: "Por favor, dime tu nombre". Pero él respondió: "¿Cómo te atreves a preguntar mi nombre?". Y allí mismo lo bendijo.
Jacob llamó a aquel lugar con el nombre de Peniel, porque dijo: "He visto a Dios cara a cara, y he salido con vida".
Mientras atravesaba Peniel, el sol comenzó a brillar, y Jacob iba rengueando del muslo.

Salmo 17(16),1.2-3.6-7.8b.15. 

Escucha, Señor, mi justa demanda,
atiende a mi clamor;
presta oído a mi plegaria,
porque en mis labios no hay falsedad.
Tú me harás justicia,
porque tus ojos ven lo que es recto:

si examinas mi corazón
y me visitas por las noches,
si me pruebas al fuego,
no encontrarás malicia en mí.
Mi boca no se excedió
Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes:

inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu gracia,
tú que salvas de los agresores
a los que buscan refugio a tu derecha.
Escóndeme a la sombra de tus alas.
Pero yo, por tu justicia, contemplaré tu rostro,

y al despertar, me saciaré de tu presencia.

Evangelio según San Mateo 9,32-38. 

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado.
El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: "Jamás se vio nada igual en Israel".
Pero los fariseos decían: "El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios".
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."

Comentario

      Un día en el que pensaba qué podía hacer yo para salvar almas, una frase del Evangelio me dio una viva luz. En otro tiempo Jesús dijo a sus discípulos enseñándoles los campos de trigo ya maduro: «Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega». (Jn 4,35), y un poco más adelante: «En verdad, la mies es abundante pero el número de trabajadores es pequeño; pedid pues al señor de la mies que le mande trabajadores». ¡Qué misterio! ¿Acaso Jesús no es todopoderoso? ¿Las criaturas no son de quien las ha hecho? Entonces ¿por qué Jesús dice: «pedid, pues, al señor de la mies que le mande trabajadores»?  ¿Por qué? 

      ¡Ah! Es que Jesús nos tiene un amor tan incomprensible que quiere que tomemos parte con Él en la salvación de las almas. No quiere hacer nada sin nosotros. El creador del universo espera la oración de una pobre y pequeñita alma para salvar a las demás almas rescatadas, como ella, al precio de toda su sangre. Nuestra vocación no es ir a segar en los campos de trigo maduro. Jesús no nos dice: «Bajad los ojos, mirad los campos e id a segarlos». Nuestra misión [como carmelitas] es todavía más sublime. Estas son las palabras de nuestro Jesús:

«¡Levantad los ojos y mirad! Mirad cómo en mi cielo hay lugares vacíos, os toca a vosotras el llenarlos; vosotras sois mis Moisés orando sobre el monte (Ex 17,8s). ¡Pedidme obreros y yo os los enviaré, no espero otra cosa que una plegaria, un suspiro de vuestro corazón!»

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia
Carta 135

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lunes, 10 de julio de 2017

«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la 14ª semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 9,18-26

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un personaje que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá.»
Jesús lo siguió con sus discípulos. Entretanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría.
Jesús se volvió y, al verla, le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado.»
Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús llegó a casa del personaje y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: «¡Fuera! La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano, y ella se puso en pie. La noticia se divulgó por toda aquella comarca.

Reflexión

El jefe de la sinagoga y la mujer enferma

Dos personas, a cuál más entrañable, en busca de Jesús, en busca de Dios. Y no de una búsqueda profunda, teologal, sino mucho más humana. Necesidad pura y dura, cuando nos han fallado todos los refugios humanos, y nos sentimos como a la intemperie. Por supuesto, sin excluir lo espiritual y profundo. Porque ante la muerte del ser más querido, una hija, se acude a quien sea si se atisba la menor señal de vida; y ante una enfermedad, humanamente incurable, impura y degradante, lo mismo.

Dos milagros en una única narración evangélica. Dos curaciones narradas por los tres sinópticos. Curiosa la coincidencia de que la mujer lleva doce años enferma; y la niña, la hija del “personaje” -Jairo, jefe de la sinagoga, según Marcos en el lugar paralelo-, muere a los doce años. Como si esos doce años fueran, simbólicamente, el tiempo de toda una vida. En ambos casos se acude a Jesús buscando lo mismo, aunque las formas sean distintas. La mujer, por su enfermedad, se considera “impura” y, como tal, obligada a no contagiar a nadie su presunta “impureza”. De ahí que tenga que acercarse a Jesús a escondidas. Jairo busca a Jesús a cara descubierta, pidiendo su intervención. Y su atrevimiento, motivado por la fe, consigue de Jesús la vuelta a la vida de su hija.

Un hombre y una mujer

Prototipos de hombres y mujeres de aquel tiempo y de todos los tiempos, con convicciones y alguna que otra seguridad. Y, muy humanos también, con problemas y dificultades a las que han hecho frente decididamente, hasta que se impuso la evidencia y comprobaron que, humanamente hablando, ya no podían más.

Jairo acude a Jesús, que acaba de desembarcar. Es bien posible que hubiera visto a Jesús curando enfermos al imponerles las manos. Ahora le pide que vaya a su casa y haga lo mismo con su hija. Mientras van de camino sucede lo inevitable, la niña muere y, al pensar que ya no hay nada que hacer, por delicadeza hacia Jesús, quiere “no molestar ya más al Maestro”. Y en aquel momento tomó Jesús la iniciativa con aquel “no temas”, infundiendo confianza a aquel hombre desarmado, pidiéndole “que tenga fe”. Y ya en casa de Jairo, con fe y sin plañideras –símbolo de muerte-, vuelve a la vida la niña por las palabras de Jesús, y les pide que tengan con ella gestos de vida: “les dijo que dieran de comer a la niña”.

En el ínterin, mientras van de camino hacia la casa de Jairo, hay una mujer sin la importancia de éste, ni siquiera sabemos su nombre, que se acerca tímidamente a Jesús para, sin que se dé cuenta, como una más entre los que lo apretujaban, rozar sencillamente su manto. Sabe que, sólo con ese gesto, el milagro se puede realizar. Ella no puede pedir que el Maestro vaya a su casa, ¿quién es ella?  Tampoco puede perder la oportunidad. Por eso, decidida, actúa y se retira, sintiéndose curada. Y, como siempre, lo más importante, la postura de Jesús: “¿Quién me ha tocado?” Y, ante la sorpresa de propios y extraños ya que todos estaban apretujándole, la buena mujer se acerca a Jesús para confesar su “pecado” echándose, agradecida, a sus pies. “Tu fe te ha curado. Vete en paz”.

¿Qué es tener fe, vivir de la fe, a la luz del Evangelio de hoy?
¿Qué cambia la fe en la vida y comportamiento de una persona?

Fray Hermelindo Fernández Rodríguez
La Virgen del Camino