lunes, 10 de junio de 2013

¿Quiere ser feliz? Jesús señala el camino para lograrlo

¡Amor y paz!

Durante tres meses el evangelio de san Mateo guiará nuestro encuentro con Jesús. Comenzamos en el capítulo quinto porque los cuatro primeros se leyeron en tiempo de Navidad y Cuaresma.

A diferencia de san Marcos, que relata principalmente "hechos" vividos por Jesús, san Mateo relata muchas "palabras" de Jesús, que agrupó en cinco grandes discursos:

1. Sermón de la montaña (5 a 7).
2. Consignas para la "misión,, (10).
3. Parábolas del Reino (13).
4. Lecciones de vida comunitaria (18).
5. Discurso escatológico (24 y 25).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la X Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 5,1-12.
Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: «Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vinieron antes de ustedes.
Comentario

Jesús, no como un nuevo Moisés, sino como la Palabra Eterna del Padre, se dirige a nosotros para conducirnos por el camino del bien. Nos pide que nos sintamos pobres y necesitados de Dios, desprotegidos en su presencia, pero totalmente confiados en Él. Quiere que nos sintamos amados por Él y que, a partir de ese su amor misericordioso, nos convirtamos en un signo del mismo para con nuestros hermanos, de tal forma que les consolemos en sus tristezas, que hagamos nuestros sus dolores, su hambre, las injusticias de que son víctimas; y les remediemos esos males, pues Cristo quiere continuar su obra de salvación por medio nuestro. Sólo así haremos que reine entre nosotros la paz que brota de un auténtico amor fraterno. Si por ello nos persiguen y maldicen, llenémonos de gozo, pues nuestra recompensa no serán los halagos de los hombres, ni sus aplausos, sino el mismo Dios.

Celebramos la Eucaristía como el momento culminante del amor de Dios para con nosotros. El Memorial de la Pascua de Jesús nos habla de cómo el Señor entregó su vida para el perdón de nuestros pecados, y resucitó para darnos nueva vida. Así, quienes aceptamos el Don de Dios, somos elevados en Cristo a la misma dignidad que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. Adoptados en Cristo, no sólo llamamos Padre a Dios, sino que lo tenemos como Padre en verdad. Las Bienaventuranzas, que hoy hemos meditado, no son sólo un discurso programático de Cristo, sino que se convierten como en una Revelación autobiográfica de quien, teniéndolo todo, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, y dio su vida para que Él pudiera presentarnos limpios de corazón ante su Padre Dios. ¿Habrá un amor más grande que el que Él nos ha tenido?

Las bienaventuranzas deben convertirse en la encarnación de la Palabra amorosa y misericordiosa de Dios en nosotros. Antes que nada hemos de ser conscientes de que la obra de salvación es la Obra de Dios en nosotros. Por eso, desprotegidos de todo, nos hemos de confiar totalmente en Dios, dispuestos en todo a hacer su voluntad con gran amor, pues el proyecto del Señor sobre nosotros, su plan de salvación, es el mejor y está muy por encima de cualquier otro que pudiésemos concebir nosotros. Revestidos de Cristo y transformados en Él, debemos continuamente preocuparnos del bien de los demás. Cristo nos ha dado ejemplo y va por delante de nosotros. Nosotros no sólo vamos tras sus huellas y ejemplo, sino que Él continúa actuando, continúa socorriendo, continúa consolando, continúa construyendo la paz, continúa perdonando por medio de su Iglesia, que somos nosotros. Si en verdad amamos al Señor, si en verdad somos sinceros en nuestra fe, trabajemos constantemente por su Reino, sin importar el que por ello seamos perseguidos, calumniados, o que seamos silenciados porque alguien, incómodo ante nuestro testimonio del Evangelio, que es Cristo, y sin querer convertirse a Él, termine con nuestra vida. Ante esas inconformidades de los demás, ante sus críticas y falsos testimonios, alegrémonos, pues, sabiendo que continuamos la Obra de salvación de Dios entre nosotros, estamos seguros de que nuestra recompensa será grande en los cielos. En cambio, preocupémonos en verdad cuando los demás nos aplaudan y nos alaben, pues así han sido siempre tratados los falsos profetas.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de sabernos dejar transformar, por obra del Espíritu Santo, en un signo real de Cristo, con todo su amor y su misericordia para con nuestro prójimo, hasta que algún día el Padre Dios nos reúna para siempre en el gozo eterno. Amén.

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domingo, 9 de junio de 2013

“Al verla, el Señor se compadeció de ella…”

¡Amor y paz!

El Evangelio, durante todos los domingos del tiempo ordinario, nos está presentando la personalidad arrolladora de Jesús; nos lo presenta en los sucesos ordinarios de la vida, con sus actitudes y comportamientos ante los seres humanos.  

No estaría de más que la lectura del Evangelio la hiciéramos hoy transparente a través de aquel maravilloso texto de la "Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual" (Gaudium et Spes), del Concilio Vaticano II: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Jesús. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (Felipe Borau - Dabar 1989/32).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Décimo Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 7,11-17. 
Jesús se dirigió poco después a un pueblo llamado Naín, y con él iban sus discípulos y un buen número de personas. Cuando llegó a la puerta del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto: era el hijo único de su madre, que era viuda, y mucha gente del pueblo la acompañaba. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores.» Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Dijo Jesús entonces: «Joven, yo te lo mando, levántate.» Se incorporó el muerto inmediatamente y se puso a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Un santo temor se apoderó de todos y alababan a Dios, diciendo: «Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su pueblo.» Lo mismo se rumoreaba de él en todo el país judío y en sus alrededores.
Comentario

Alguna vez recibí la siguiente historia que vino a la memoria al leer el texto que nos presenta hoy el evangelio de san Lucas: “Un grupo de vendedores fue a una convención de ventas. Todos le habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y llegaron retrasados al aeropuerto. Entraron todos con sus boletos y portafolios, corriendo por los pasillos. De repente, y sin quererlo, uno de los vendedores tropezó con una mesa que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron volando por todas partes. Sin detenerse, ni voltear para atrás, los vendedores siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al avión. Todos menos uno. Este se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de compasión por la dueña del puesto de manzanas. Le dijo a sus amigos que siguieran sin él y le pidió a uno de ellos que al llegar llamara a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde.

Luego se regresó a la terminal y se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era una niña ciega. La encontró llorando, con enormes lágrimas corriendo por sus mejillas. Tanteaba el piso, tratando, en vano, de recoger las manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin importarle su desdicha. El hombre se arrodilló con ella, juntó las manzanas, las metió a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban magulladas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó su cartera y le dijo a la niña: "Toma, por favor, estos diez mil pesos por el daño que hicimos. ¿Estás bien?" Ella, llorando, asintió con la cabeza. El continuó, diciéndole, "Espero no haber arruinado tu día". Conforme el vendedor empezó a alejarse, la niña le gritó: "Señor..." Él se detuvo y volteó a mirar esos ojos ciegos. Ella continuó: ¿Es usted Jesús...? Él se paró en seco y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo, con esa pregunta quemándole y vibrando en su alma: ¿Es usted Jesús?"

Cuando Jesús llega a Naín, acompañado de sus discípulos, fue testigo de una escena conmovedora: una viuda que iba a enterrar a su único hijo, en compañía de la gente de su pueblo. “Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: –No llores. En seguida se acercó y tocó la camilla, y los que la llevaban se detuvieron. Jesús le dijo al muerto: –Joven, a ti te digo: ¡Levántate! Entonces el que estaba muerto se sentó y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a la madre”.

La cuestión está en que Jesús no podía pasar al lado de un necesitado, ni de nadie que estuviera sufriendo, por cualquier causa, sin sentir ‘dolor de estómago’, que es propiamente la traducción de la expresión: ‘compasión’. Se le conmovieron las entrañas, se le revolvieron las tripas, le dolió como si fuera a él… Jesús no pasó, ni ha pasado nunca junto a nuestros dolores, sin hacer nada. Aunque muchas veces pensemos que nos deja solos, no nos responde precisamente cuando lo necesitamos. Jesús es la respuesta de Dios a todos nuestros dolores y sufrimientos. Por eso, los testigos de esta señal de Jesús decían: “Un gran profeta ha aparecido entre nosotros. También decían: Dios ha venido a ayudar a su pueblo”.

La próxima vez que nos crucemos con alguien que sufre, detengámonos un momento, como lo hizo Jesús, o como hizo el vendedor de la historia, para acercarnos a la persona que necesita de nuestra solidaridad y dejemos que ese dolor de estómago que nos da, no nos deje pasar de largo.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá