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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Las bienaventuranzas: lo que hay de Mateo a Lucas

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la 23ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 6,20-26.
Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! ¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre! ¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas! Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas! ¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!» 
Comentario

Tal vez el contraste más notable entre la versión que Lucas nos ofrece de las bienaventuranzas y la que nos había dado Mateo, en el capítulo quinto de su Evangelio, es que Lucas, junto al anuncio de la bienaventuranza, nos declara la "malaventuranza". No sólo nos dice en qué dirección va la felicidad sino también por dónde se nos puede escapar. Porque en el fondo de eso es de lo que se trata: por dónde se va y por dónde no se va a la felicidad.

Lo cierto es que, ya en su construcción gramatical, tanto estas bienaventuranzas como estas malaventuranzas miran al futuro. Unas y otras son, en la voz de nuestro profeta y maestro, Jesucristo, el lenguaje que nos apremia a ir más allá del bien inmediato o del mal inmediato. Como vemos, una vez más, está aquí el gran tema del TIEMPO.

El presente, convertido en absoluto, es pésimo consejero, nos está diciendo Cristo. La felicidad presente nos deslumbra y nos hace olvidar que de hecho es pasajera; el abatimiento presente nos abruma y nos impide el consuelo de saber que tendrá que pasar y relevarnos de su carga. Por eso Cristo hace su llamado, para que entendamos que el tiempo tiene una dirección.

Ahora bien, esa "flecha" del tiempo no proviene del mismo tiempo, sino de Dios, que es el Señor de los tiempos y las horas. Desde una perspectiva judeocristiana, las cosas no cambian por capricho, según creían los paganos; ni por la fuerza de un destino o una razón inexorable, como pensaron muchos filósofos; ni tampoco por la repetición de ciclos, al modo de la opinión hinduista. Es Dios, y sólo Dios, quien trae la novedad radical; es Él, y sólo Él, quien abre un futuro y quien convierte lágrimas de dolor en cantos de gozo, o risas de frivolidad en lamentos de duelo.

Con Cristo ha llegado el tiempo decisivo. Cristo en la tierra es el gran "kairós", es la ocasión única, es la acción irreversible del amor y del poder compasivo de Dios. Jesucristo, entonces, y sólo Él, puede pronunciar en verdad las bienaventuranzas y las malaventuranzas, porque ante Él comparecen de hecho todos los tiempos y todas las eras.

http://fraynelson.com/homilias.html. 

lunes, 10 de junio de 2013

¿Quiere ser feliz? Jesús señala el camino para lograrlo

¡Amor y paz!

Durante tres meses el evangelio de san Mateo guiará nuestro encuentro con Jesús. Comenzamos en el capítulo quinto porque los cuatro primeros se leyeron en tiempo de Navidad y Cuaresma.

A diferencia de san Marcos, que relata principalmente "hechos" vividos por Jesús, san Mateo relata muchas "palabras" de Jesús, que agrupó en cinco grandes discursos:

1. Sermón de la montaña (5 a 7).
2. Consignas para la "misión,, (10).
3. Parábolas del Reino (13).
4. Lecciones de vida comunitaria (18).
5. Discurso escatológico (24 y 25).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la X Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 5,1-12.
Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: «Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vinieron antes de ustedes.
Comentario

Jesús, no como un nuevo Moisés, sino como la Palabra Eterna del Padre, se dirige a nosotros para conducirnos por el camino del bien. Nos pide que nos sintamos pobres y necesitados de Dios, desprotegidos en su presencia, pero totalmente confiados en Él. Quiere que nos sintamos amados por Él y que, a partir de ese su amor misericordioso, nos convirtamos en un signo del mismo para con nuestros hermanos, de tal forma que les consolemos en sus tristezas, que hagamos nuestros sus dolores, su hambre, las injusticias de que son víctimas; y les remediemos esos males, pues Cristo quiere continuar su obra de salvación por medio nuestro. Sólo así haremos que reine entre nosotros la paz que brota de un auténtico amor fraterno. Si por ello nos persiguen y maldicen, llenémonos de gozo, pues nuestra recompensa no serán los halagos de los hombres, ni sus aplausos, sino el mismo Dios.

Celebramos la Eucaristía como el momento culminante del amor de Dios para con nosotros. El Memorial de la Pascua de Jesús nos habla de cómo el Señor entregó su vida para el perdón de nuestros pecados, y resucitó para darnos nueva vida. Así, quienes aceptamos el Don de Dios, somos elevados en Cristo a la misma dignidad que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. Adoptados en Cristo, no sólo llamamos Padre a Dios, sino que lo tenemos como Padre en verdad. Las Bienaventuranzas, que hoy hemos meditado, no son sólo un discurso programático de Cristo, sino que se convierten como en una Revelación autobiográfica de quien, teniéndolo todo, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, y dio su vida para que Él pudiera presentarnos limpios de corazón ante su Padre Dios. ¿Habrá un amor más grande que el que Él nos ha tenido?

Las bienaventuranzas deben convertirse en la encarnación de la Palabra amorosa y misericordiosa de Dios en nosotros. Antes que nada hemos de ser conscientes de que la obra de salvación es la Obra de Dios en nosotros. Por eso, desprotegidos de todo, nos hemos de confiar totalmente en Dios, dispuestos en todo a hacer su voluntad con gran amor, pues el proyecto del Señor sobre nosotros, su plan de salvación, es el mejor y está muy por encima de cualquier otro que pudiésemos concebir nosotros. Revestidos de Cristo y transformados en Él, debemos continuamente preocuparnos del bien de los demás. Cristo nos ha dado ejemplo y va por delante de nosotros. Nosotros no sólo vamos tras sus huellas y ejemplo, sino que Él continúa actuando, continúa socorriendo, continúa consolando, continúa construyendo la paz, continúa perdonando por medio de su Iglesia, que somos nosotros. Si en verdad amamos al Señor, si en verdad somos sinceros en nuestra fe, trabajemos constantemente por su Reino, sin importar el que por ello seamos perseguidos, calumniados, o que seamos silenciados porque alguien, incómodo ante nuestro testimonio del Evangelio, que es Cristo, y sin querer convertirse a Él, termine con nuestra vida. Ante esas inconformidades de los demás, ante sus críticas y falsos testimonios, alegrémonos, pues, sabiendo que continuamos la Obra de salvación de Dios entre nosotros, estamos seguros de que nuestra recompensa será grande en los cielos. En cambio, preocupémonos en verdad cuando los demás nos aplaudan y nos alaben, pues así han sido siempre tratados los falsos profetas.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de sabernos dejar transformar, por obra del Espíritu Santo, en un signo real de Cristo, con todo su amor y su misericordia para con nuestro prójimo, hasta que algún día el Padre Dios nos reúna para siempre en el gozo eterno. Amén.

www.homiliacatolica.com