domingo, 21 de abril de 2013

“Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen”

¡Amor y paz!

Hoy hay pocos pastores. Sin embargo, los evangelistas recurren a esta figura tan común y entrañable en su tiempo, para dar a entender el profundo amor y gran cuidado que le prodiga Jesús a aquellos a quienes su Padre le ha confiado.

Y hoy, celebrando el día de ese Buen Pastor, se nos invita a orar por las vacaciones a la vida consagrada. Pidámosle al Señor que nos envíe santos orientadores del inmenso y complejo rebaño que es la Iglesia hoy.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este IV 
Domingo de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 10,27-30. 
Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano. Aquello que el Padre me ha dado lo superará todo, y nadie puede arrebatarlo de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa.»
Comentario

Pedro María Iraolagoitia, S.J., publicó en 1996 un libro que tituló María, El Carpintero y el Niño. Es una bella recuperación de la vida oculta de María de Nazaret, en compañía de su esposo, San José, y del Niño Jesús. Comienza con una carta escrita por el autor a la Virgen María. Entre otras cosas, le dice lo siguiente: “Esta carta es para que me perdones todo lo que he escrito de Ti y del Niño y de San José, en este libro. Toda la culpa la tienen los Evangelistas (y que ellos también me perdonen), por haber escrito tan pocas cosas de tu vida. Nosotros hubiéramos querido saber muchas más cosas de ti. Nos hubiera gustado saber cómo vivían en Belén, en Egipto, en Nazaret, en Jerusalén; dónde tenían puesto el arcón, la mesa y los tiestos con flores; qué distancia tenías que recorrer para ir al lavadero, cuánto te costaba el litro de aceite y qué cena les diste a los Reyes Magos. Hubiéremos querido saber mil y mil detalles de tu vida, cuantos más, mejor. A fuerza de verte metida en las hornacinas de los altares, es fácil que nos olvidemos de que, en este mundo, viviste veinticuatro horas al día como una mujer sencilla y encantadora, entre pucheros, escobas, vecinas, barro, sol, cansancio, canciones, preocupaciones domésticas, tertulias y el abundante aserrín del taller de José. (...) Mis respetuosos saludos a José y un beso al Niño”.

Uno de los capítulos del libro se llama ‘De la A a la Z ’. Y en él, el autor va desgranando palabras sencillas, para describir algunos aspectos de la vida oculta de la Virgen María, San José y el Niño Jesús. La primera palabra es Agua, y dice lo siguiente: “Para limpiar todas la mañanas la carita del Niño y peinarle y mandarle hecho un sol a la escuela. Para preparar la sopa, para lavar tanta cosa, para regar los tiestos de las flores. Para refrescar los labios y la frente de los enfermos que Ella visita en el pueblo. Para sentir la belleza de oírla cantar en la fuente y verla danzar en el río. Para agradecer al Altísimo el regalo de habernos dado el agua a los hombres: algo tan limpio, tan útil, tan fresco y tan bello”.

Cuando llega a la letra O, se fija en la palabra ‘ovejas’: “Al Niño le gustan las ovejas. Cuando salen del pueblo se va con ellas y le pide al cayado al pastor, y juega a ser Pastor. – ¿Sabes, Madre? Conozco a todas las ovejas del pueblo y ellas me conocen a mí. –Sí, Hijo. –Cuando sea grande, voy a ser Pastor. –Tú ya eres Pastor, Hijo mío. –Sí... ya soy pastor... ¿Sabes, Madre, qué es lo que hace el Buen Pastor? –No, cariño... ¿Qué es lo que hace? –Da la vida por sus ovejas. Y, a la Madre, toda el alma se le hace congoja, y tiene que «guardar estas palabras en su corazón».

Este libro nos recuerda que las enseñanzas que Jesús fue repartiendo como Buenas Noticias de Dios para el mundo, fueron naciendo, poco a poco, de la vida oculta del Señor. Años de silencio, de aprendizaje lento, de contemplación de la naturaleza y de la historia de su pueblo, con los ojos de Dios. De allí surgió la imagen del Buen Pastor: “Mis ovejas reconocen mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y jamás perecerán ni nadie me las quitará”. Eso mismo sigue diciéndonos hoy, cuando vivimos situaciones difíciles y dolorosas. El Señor es el Buen Pastor que nos apacienta y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reparar nuestras fuerzas. Por eso, aunque pasemos por cañadas oscuras, su vara y su cayado, nos dan seguridad.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

sábado, 20 de abril de 2013

«Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna»

¡Amor y paz!

En la lectura del evangelio según San Juan, la culminación del discurso eucarístico del capítulo 6º, ahora le toca el turno a los discípulos, de asumir o rechazar la Palabra de Jesús. Como ayer habíamos leído que habían reaccionado los judíos en general, a los discípulos también les parece duro el lenguaje del Señor. Ese realismo crudo con el que ha hablado de comer su carne y beber su sangre.

Si en estos días reflexionábamos acerca de cuál es nuestra actitud ante la Eucaristía, hoy cabe preguntarnos lo mismo sobre la Palabra de Dios.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la 3ª. Semana de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 6,60-69.

Al escucharlo, cierto número de discípulos de Jesús dijeron: « ¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién querrá escucharlo? “Jesús se dio cuenta de que sus discípulos criticaban su discurso y les dijo: «¿Les desconcierta lo que he dicho? ¿Qué será, entonces, cuando vean al Hijo del Hombre subir al lugar donde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar. Y agregó: «Como he dicho antes, nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.» A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirlo. Jesús preguntó a los Doce: «¿Quieren marcharse también ustedes?» Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Comentario

    La Sagrada Escritura contiene la  palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente palabra de Dios; por eso la Escritura debe ser el alma de la teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto privilegiado la homilía, recibe de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos...

    El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo” (Flp 3,8), pues “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo (S. Jerónimo). Acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones o con otros medios que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” (S. Ambrosio)...

    Que de este modo, por la lectura y estudio de los Libros sagrados, “se difunda y brille la palabra de Dios” (2Tes 3,1); que el tesoro de la revelación encomendado a la Iglesia vaya llenando los corazones de los hombres. Y como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participación asidua del misterio eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la palabra de Dios, “que dura para siempre” (Is 40,8; 1P 1,23).

Concilio Vaticano II
Constitución dogmática sobre la Divina Revelación (Dei Verbum), § 24-26
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