lunes, 23 de enero de 2012

Una táctica del maligno: dividir a quienes creen en Dios

¡Amor y paz!

Siguen los ataques contra Jesús. Si sus familiares decían que “es un exaltado”, peor es la acusación de los escribas que vienen de Jerusalén:”Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios".
 
¡Tamaño absurdo! Jesús, por eso, lo ridiculiza. ¿Cómo puede nadie luchar contra sí mismo? ¿Cómo puede ser uno endemoniado y a la vez exorcista, expulsador de demonios?
 
De otra parte, al argumentar su postura con ejemplos, Jesús dice: “una familia dividida no puede subsistir”. Por eso, muchos años después Nicolás Maquiavelo diría “Divide y reinarás”. Seguramente esa es una estrategia del demonio: dividir a quienes creen en Dios. Así se pelean entre ellos y olvidan cuál es el verdadero enemigo.
 
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este lunes de la tercera semana del tiempo ordinario.
 
Dios los bendiga…
 
Evangelio según San Marcos 3,22-30.
Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: "Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios". Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: "¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre". Jesús dijo esto porque ellos decían: "Está poseído por un espíritu impuro".
Comentario

Hoy, al leer el Evangelio del día, uno no sale de su asombro —“alucina”, como se dice en el lenguaje de la calle—. «Los escribas que habían bajado de Jerusalén» ven la compasión de Jesús por las gentes y su poder que obra en favor de los oprimidos, y —a pesar de todo— le dicen que «está poseído por Beelzebul» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios» (Mc 3,22). Realmente uno queda sorprendido de hasta dónde pueden llegar la ceguera y la malicia humanas, en este caso de unos letrados. 

Tienen delante la Bondad en persona, Jesús, el humilde de corazón, el único Inocente y no se enteran. Se supone que ellos son los entendidos, los que conocen las cosas de Dios para ayudar al pueblo, y resulta que no sólo no lo reconocen sino que lo acusan de diabólico.
 
Con este panorama es como para darse media vuelta y decir: «¡Ahí os quedáis!». Pero el Señor sufre con paciencia ese juicio temerario sobre su persona. Como ha afirmado Juan Pablo II, Él «es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre». Su condescendencia sin límites le lleva, incluso, a tratar de remover sus corazones argumentándoles con parábolas y consideraciones razonables. Aunque, al final, advierte con su autoridad divina que esa cerrazón de corazón, que es rebeldía ante el Espíritu Santo, quedará sin perdón (cf. Mc 3,29). Y no porque Dios no quiera perdonar, sino porque para ser perdonado, primero, uno ha de reconocer su pecado.
 
Como anunció el Maestro, es larga la lista de discípulos que también han sufrido la incomprensión cuando obraban con toda la buena intención. Pensemos, por ejemplo, en santa Teresa de Jesús cuando intentaba llevar a más perfección a sus hermanas.
 
No nos extrañe, por tanto, si en nuestro caminar aparecen esas contradicciones. Serán indicio de que vamos por buen camino. Recemos por esas personas y pidamos al Señor que nos dé aguante.
 
Rev. D. Vicenç Guinot i Gómez (Lavern-Barcelona, España)
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domingo, 22 de enero de 2012

Jesús nos invita a convertirnos y a creer en el Evangelio

¡Amor y paz!

Al imponernos la ceniza haciéndonos una cruz en la frente, el Miércoles de Ceniza nos dirán: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Ese día, como todos los años, comenzará la Cuaresma. Pues hoy en el Evangelio Jesús anunciará que el Reino de Dios está cerca y pedirá convertirse y creer en la Buena Noticia.

Hoy precisamente iniciamos la lectura continua del evangelio de Marcos, todos los domingos hasta la Cuaresma. Y la empezamos con los primeros pasos de la predicación de Jesús, después de los acontecimientos introductorios (predicación de Juan, bautismo, tentaciones).
 
Veremos a Jesús "haciendo el bien y curando a todos los vejados por el diablo: por cuanto Dios estaba con él" (Hch 10,38): Marcos muestra cómo la aparición de Jesús representa la destrucción del diablo, del mal, de todo lo que oprime la vida concreta de los hombres. Creámoslo y vivamos de acuerdo con esa fe.
 
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este 3er. domingo del tiempo ordinario.
 
Dios los bendiga..
 
Evangelio según San Marcos 1,14-20.
Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia".  Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: "Síganme, y yo los haré pescadores de hombres". Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.
Comentario
 
El evangelio que hemos escuchado empieza haciendo un resumen de la primera actividad de Jesús por los pueblos de Galilea y resume el contenido de su predicación con estas palabras: "Se ha cumplido el plazo. Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia".
 
Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Dios no tiene ningún libro. Lo que Jesús proclama es la Buena Noticia de Dios. Que Dios es una buena noticia. Porque es Padre de los hombres. Que los ama y por eso los ha traído a la existencia.
"Reino de Dios" es la expresión que había llegado a formular la esperanza del judaísmo: la esperanza del momento en que Dios mismo tomaría en sus manos la dirección de la historia, sin intermediarios, y que esto sería el único medio de asegurar que ningún mal podría tocar a los fieles. Y esto es lo que viene a anunciar Jesús: que, definitivamente, la gran noticia de Dios presente en medio de los hombres para liberarlos ya es una realidad y que, por tanto, hay que cambiar de manera de pensar y de vivir (=tener ganas de ser liberado y vivir de acuerdo con esta liberación). Y JC, para proclamar todo esto, empieza reuniendo un grupo de gente que quiere ir con él y después comenzará a liberar a los hombres de toda clase de males y a expulsar al demonio.
 
Veinte siglos después, los cristianos seguimos diciendo, machaconamente, que el Reino de Dios está cerca. Es más, decimos que está dentro de nosotros. Pero los cristianos, probablemente, no creemos lo que decimos y, en consecuencia, no nos hemos convertido. Pedro, Andrés, Santiago y Juan oyeron estas palabras de Jesús y las creyeron.
 
Probablemente sin llegar a entenderlas, pero las creyeron y dejaron sus barcas, sus redes, su casa. Era todo lo que tenían. Pero había algo en la llamada de aquel hombre y en su promesa que, sin pensarlo dos veces, soltaron sus posesiones y marcharon en pos de Jesús.
 
"Venid conmigo". Llamada y respuesta personal. Aquí está el secreto. Es posible que hasta ahora, los cristianos, hayamos recibido una llamada que podríamos calificarla de "sociológica".
Hemos nacido en una civilización, en una familia y en un momento en el que, fatalmente, teníamos que ser cristianos. Lo hemos heredado como hemos heredado los apellidos paternos.
 
Pero nos ha faltado el enfrentamiento personal con la llamada al cristianismo. Nos ha faltado la respuesta concreta, consciente, madura, reflexiva. Esta respuesta es la única que puede ponernos en vía de conversión.
 
Convertirse de las costumbres de la vida, incluso de las buenas costumbres. Porque Dios no está ceñido a costumbres sino que es capaz de presentársenos cada día de forma nueva y diferente.
No es moralismo ni humanismo. Es una nueva situación. Una nueva vida en un mundo nuevo. Una vida nueva que quizá no implique transformación radical de condiciones materiales pero sí transformará radicalmente nuestra situación.
 
A partir de este encuentro con Jesús todas las realidades de este mundo quedan transformadas. Las realidades humanas: redes, familia, barca, negocios, trabajo, quedarán definitivamente descentradas, no despreciadas. El centro es Jesús. Por eso, en adelante, el cristiano llora como los demás, pero no llora como si no hubiera consuelo. El cristiano ríe y se divierte como los demás, pero no como si tuviera la felicidad completa. Trabaja y negocia como los demás, pero no como si esto fuera su verdadera vocación y destino.
 
"Venid conmigo". Esta es la invitación que hay que atender. No hay que intentar convertirse sino procurar estar cada día un rato con Jesús. Ver lo que Jesús hace. Escuchar lo que Jesús dice y entablar con él una relación personal de amistad. Dejarse cautivar por Jesús.

Poco a poco nos iremos dando cuenta -en la medida en que nos vamos contagiando de él- de que con Jesús es posible una nueva forma de ser y de vivir.

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