jueves, 15 de septiembre de 2011

Dios te salve, María, madre en el amor y en el dolor

¡Amor y paz!

Ayer honrábamos la cruz de Cristo, ese bendito madero en el que fue clavado el Redentor del mundo. Hoy glorificamos a María, su Madre y nuestra Madre, al pie de esa cruz. ¡Qué conmovedor es verla allá, tremendamente afligida, pero amorosamente fiel y esperanzada! Madre e Hijo conjugan el dolor, el amor y la generosidad para que se consume la salvación del género humano.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentario, en este jueves en que celebramos la memoria de Nuestra señora la Virgen del os Dolores.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 19,25-27.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.  Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".  Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Comentario

Según el evangelista Juan, junto a la cruz había cuatro personas: su madre, la hermana de ésta María de Cleofás, María Magdalena y el discípulo amado. La presencia junto a la cruz de éstas significa su fidelidad a Jesús hasta los pies de la cruz. En medio del rechazo del pueblo, han aceptado seguir a un Mesías que no ha venido para dominar, como los reyes de la tierra, sino a amar hasta dar la vida, un mesías de servicio y no de triunfo, de amor y no de violencia, un mesías-salvador, paradoja del cristianismo, que muere en la cruz, para dar vida.

Dentro del simbolismo del evangelio de Juan, María, la madre de Jesús, representa al resto del Israel fiel a Dios, que acogió en su seno al Mesías.

El encargo de Jesús a la madre y al discípulo se hace en términos de reconocimiento mutuo (Mira a tu hijo; Mira a tu madre). El antiguo Israel (representado por María) debe reconocer su legítima descendencia (hijo) en la comunidad nueva y universal. La nueva comunidad (representada por el discípulo amado) debe reconocer su origen (Madre) en las promesas que hizo Dios al pueblo de Israel. El discípulo acoge a la madre en su casa; el antiguo, al nuevo Israel. Ella (el antiguo Israel) no tiene ya hogar propio; se integra en la comunidad universal (nuevo Israel). Ya no hay un antiguo y un nuevo Israel, sino que desde aquella hora, la de la muerte de Jesús, queda formado el nuevo pueblo, que tiene su origen en Israel para extenderse hasta los confines del mundo.

El recuerdo de esta imagen de las dos Marías y Juan al pie de la cruz ha pasado a la historia y ha sido representado por pintores y escultores, produciendo una rica imaginería de pasión. El dolor solidario de las mujeres, los dolores de María, su madre, el seguimiento de Jesús hasta la muerte en cruz ha sido puesto de relieve a lo largo de la historia.

Pero el significado profundo de esta escena ha quedado desapercibido para muchos, pues para ello hay que adentrarse en el universo conceptual y simbólico del evangelista Juan, que cuenta verdades hondas describiendo escenas que pudieron haber acaecido. Los hechos, sin embargo, quedan como transfondo para transmitir una nueva imagen: la de una comunidad universal -la comunidad cristiana, representada por el discípulo amado- en la que ya no hay distinción entre judíos y paganos, entre el Israel antiguo y el nuevo. Esta comunidad nace en el evangelio de Juan con la muerte de Jesús; en ella se integran todos los que son capaces de seguirlo como las mujeres y el discípulo hasta los pies de la cruz. Sólo seguidores como éstos pueden ser testigos del amanecer del nuevo día de la resurrección.

Servicio Bíblico Latinoamericano 2004

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Todo el que crea en Jesús tendrá Vida eterna

¡Amor y paz!

Jesús ha sido exaltado, levantado. Quien lo contemple y acepte por medio de la fe obtendrá el perdón de los pecados y tendrá vida eterna.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles en que se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 3,13-17.
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 
Comentario

Hoy, el Evangelio es una profecía, es decir, una mirada en el espejo de la realidad que nos introduce en su verdad más allá de lo que nos dicen nuestros sentidos: la Cruz, la Santa Cruz de Jesucristo, es el Trono del Salvador. Por esto, Jesús afirma que «tiene que ser levantado el Hijo del hombre» (Jn 3,14).
Bien sabemos que la cruz era el suplicio más atroz y vergonzoso de su tiempo. 

Exaltar la Santa Cruz no dejaría de ser un cinismo si no fuera porque allí cuelga el Crucificado. La cruz, sin el Redentor, es puro cinismo; con el Hijo del Hombre es el nuevo árbol de la Sabiduría. Jesucristo, «ofreciéndose libremente a la pasión» de la Cruz ha abierto el sentido y el destino de nuestro vivir: subir con Él a la Santa Cruz para abrir los brazos y el corazón al Don de Dios, en un intercambio admirable. También aquí nos conviene escuchar la voz del Padre desde el cielo: «Éste es mi Hijo (...), en quien me he complacido» (Mc 1,11). 

Encontrarnos crucificados con Jesús y resucitar con Él: ¡he aquí el porqué de todo! ¡Hay esperanza, hay sentido, hay eternidad, hay vida! No estamos locos los cristianos cuando en la Vigilia Pascual, de manera solemne, es decir, en el Pregón pascual, cantamos alabanza del pecado original: «¡Oh!, feliz culpa, que nos has merecido tan gran Redentor», que con su dolor ha impreso “sentido” al dolor.

«Mirad el árbol de la cruz, donde colgó el Salvador del mundo: venid y adorémosle» (Liturgia del Viernes Santo). Si conseguimos superar el escándalo y la locura de Cristo crucificado, no hay más que adorarlo y agradecerle su Don. Y buscar decididamente la Santa Cruz en nuestra vida, para llenarnos de la certeza de que, «por Él, con Él y en Él», nuestra donación será transformada, en manos del Padre, por el Espíritu Santo, en vida eterna: «Derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados».

Mn. Homer Val i Pérez (Barcelona, España)