viernes, 17 de junio de 2011

“No acumulen tesoros en la tierra…sino en el cielo”

¡Amor y paz!

En el sermón del monte, Mateo recoge diversas enseñanzas de Jesús. Hoy leemos unas breves frases sobre los tesoros y sobre el ojo como lámpara del cuerpo.

“No amontonéis tesoros en la tierra” tesoros caducos, que la polilla y la carcoma destruyen o los ladrones pueden fácilmente robar. Jesús los contrapone a los valores verdaderos, duraderos, los "tesoros en el cielo” (J.A.)

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este viernes de la XI Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 6,19-23.

No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!
Comentario

Las situaciones de impotencia ponen en peligro la autoestima. En dichas situaciones se presenta la necesidad de revalorización de ésta. Se presentan delante de cada una diversas posibilidades para lograr ese objetivo. Frecuentemente el camino elegido asume la forma de una búsqueda de la afirmación propia por medio de la acumulación.

Frente a este riesgo que amenaza a todo integrante de la comunidad cristiana, las palabras de Jesús se dirigen a determinar el valor del “tesoro” en que el ser humano puede colocar el sentido de la vida y, de esa forma, a precisar la posibilidad auténtica de realización humana.

Desde esta perspectiva los vv. 19-20 colocan el planteamiento en que el problema debe situarse contraponiendo los tesoros de la tierra y los tesoros del cielo. Desde esta definición, se sacan las consecuencias en los v. 21-23 a base del recurso a los órganos físicos del ser humano profundizando el sentido de las búsquedas humanas y situándolas en relación con los valores que surgen de las actitudes frente a los bienes.

El ser humano busca su “seguridad”, de ella espera condiciones de vida capaces de posibilitar una existencia ligada a una permanencia más o menos larga en el tiempo. Por ello se vuelve a los bienes materiales que puedan ofrecerle esa seguridad. La existencia se convierte en acumulación de bienes materiales. Este atesoramiento se revela como ilusorio en cuanto estos bienes están expuestos a un doble peligro derivado de la naturaleza misma de las cosas adquiridas (la “polilla” y el “herrumbre”) y de la actuación de la codicia de los semejantes (“ladrones que excavan y roban”).

Frente a esos bienes perecederos, Jesús propone la búsqueda de bienes que no corren el mismo riesgo. Se trata de los “tesoros del cielo” cuya existencia no sufre esas amenazas.

Del tipo de bienes elegidos depende la naturaleza de la vida humana. El ser humano puede colocar su “corazón”(v. 21) en cosas que no pueden superar el paso del tiempo y que arrastran también su vida en su desaparición, o puede adquirir permanencia y vencer el desgaste de los días colocando su tesoro en valores permanentes.

El ojo, expresión externa del deseo interno del corazón, puede a partir de éste último ser considerado como enfermo o como sano. La “codicia” causa la enfermedad del ser humano porque desnaturaliza el sentido de las cosas materiales a las que considera solamente como objeto de apropiación. Su finalidad es determinar el sentido de todo deseo auténtico y cuando está viciado sume en oscuridad toda la vida. La codicia falsea el sentido de la vida y lleva a una existencia de tinieblas.

Por el contrario, el ojo sano, suministra la posibilidad de la realización de la propia existencia en sabiduría. La vida se entiende como búsqueda apasionada de los bienes permanentes, de los valores del “Reino de Dios y su justicia”, únicos que pueden construir una vida en verdadera seguridad.

A una comunidad que estaba fuertemente tentada a dirigir sus preocupaciones a la obtención de riquezas (se mencionan en el evangelio banqueros, grandes cantidades de dinero, compra y venta) se recuerdan los únicos valores dignos de justificar el compromiso total de la propia vida.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)

jueves, 16 de junio de 2011

Jesús propone una oración sencilla y confiada

¡Amor y paz!
Jesús propone el Padrenuestro en contraste con la oración de los paganos, que era una acumulación de largas y tediosas fórmulas mágicas en que se amontonaban los epítetos de Dios. Mateo destaca, en cambio, de una manera positiva, el Padrenuestro como una oración breve en la que se establece una relación de confianza e intimidad con Dios-Padre, desde una dimensión comunitaria (Padre ‘nuestro’; no dice ´mío’).
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la XI Semana del Tiempo Ordinario.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 6,7-15.
Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.
Comentario
a) Jesús, en el sermón de la montaña, da consejos a sus seguidores, esta vez sobre la oración: que no sea una oración con muchas palabras, porque Dios ya conoce lo que le vamos a decir.
Jesús nos da su modelo de oración: el Padrenuestro. Una oración que se puede considerar como el resumen de la espiritualidad del AT y del NT, equilibrada, educativa por demás. Primero, nos hace pensar en Dios, que es nuestro Padre: su nombre, su reino, su voluntad. Mostramos nuestro deseo de sintonizar con Dios. Luego pasa a nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de nuestras faltas, la fuerza para no caer en tentación y vencer el mal.
Jesús destaca, al final, una petición que tal vez nos resulta la más incómoda: «si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».
b) Rezamos muchas voces el Padrenuestro y, tal vez, no le sacamos todo el jugo que podríamos sacarle.
Hoy, tanto en misa como en Laudes y Vísperas o personalmente, lo deberíamos rezar con más lentitud, pensando en sus palabras, agradeciendo a Jesús que nos lo haya enseñado como la oración de los que se sienten y son hijos de Dios.
Sería bueno que leyéramos, en plan de meditación o de lectura espiritual, el comentario que el Catecismo de la Iglesia ofrece del Padrenuestro en su cuarta parte. Nos ayudará a que, cuando lo recemos, no sólo «suenen» las palabras en nuestros labios, sino que «resuene» su sentido en nuestro interior.
Esta oración nos debe ir afirmando en nuestra condición de hijos para con Dios, y también en nuestra condición de hermanos de los demás, dispuestos a perdonar cuando haga falta, porque todos somos hijos del mismo Padre.
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 48-51