¡Amor y paz!
Hoy (lunes XIX del T.O.) no retomamos el Evangelio según san Mateo, que estamos leyendo entre semana, sino que hacemos un alto porque celebramos la fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir.
San Lorenzo fue uno de los siete diáconos de la Iglesia de Roma y como tal se encargaba de ayudar a los pobres de la ‘Ciudad eterna’. En el año 257, el emperador Valeriano publicó el edicto de persecución contra los cristianos y, al año siguiente, fue arrestado y decapitado el Papa san Sixto II. San Lorenzo le siguió en el martirio pocos días después. Según la tradición, cuando el Papa San Sixto se dirigía al sitio de la ejecución, San Lorenzo iba junto a él y lloraba. "¿A dónde vas sin tu diácono, padre mío?", le preguntaba. El Pontífice respondió: "No pienses que te abandono, hijo mío, pues dentro de tres días me seguirás".
La liturgia está orientada hoy a destacar a los que gastan su vida en el servicio. San Lorenzo, con su vida y su sacrificio, nos invita a estar abiertos a las necesidades de los hombres y mujeres de hoy, de los pobres, de los marginados y excluidos por esta sociedad nuestra que llamamos del bienestar.
Juan 12: 24 - 26
En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.
COMENTARIO
En esta declaración solemne y central Jesús explica cómo se producirá el fruto de su misión y la de sus discípulos. No se puede producir vida (dar fruto) sin dar la propia vida (morir). La vida es fruto del amor y no brota si el amor no es pleno, si no llega al don total. Amar es darlo todo, entregarlo todo, sin escatimar nada; hasta desaparecer, si es necesario, como individuo o como comunidad. Jesús va a entregarse por los demás, es solidario con los necesitados y por ellos ha aceptado la muerte y prevé ya el fruto.
En la metáfora del grano de trigo que muere en la tierra, la muerte es la condición para que se libere toda la energía vital que la semilla contiene y la vida allí encerrada se manifieste plenamente. Con esta metáfora Jesús afirma que el hombre tiene muchas potencialidades y que solamente el don del sí total las libera para que ejerzan toda su eficacia. El fruto comienza paradójicamente en el mismo grano que muere porque si no cae en la tierra no muere, no da vida, no fructifica, es infecundo. La muerte de la que habla Jesús no es un acontecimiento aislado, es la culminación de un proceso, es el camino que se ha ido recorriendo como donación de la propia vida. Es el último acto de una donación constante, que sella definitivamente la entrega de la propia vida.
Por eso, dar la propia vida es condición para la fecundidad, es la suprema medida del amor. Jesús le explica a sus discípulos que tal decisión no es una pérdida para el hombre, sino una máxima ganancia; no significa frustrar la propia vida, sino llevarla a su completo éxito. "El que se ama a sí mismo pierde su vida, pero el que ofrece su vida por los demás la salvará.". El temor a perder la vida es el gran obstáculo al compromiso por los demás porque el amor a la propia vida lleva a todas las abdicaciones, a la injusticia, al silencio cómplice ante la realidad. El que ofrece su vida por los demás, ama de verdad, se olvida del propio interés y seguridad, lucha por la vida, la dignidad y la libertad en medio de una sociedad donde reina la muerte. Como Jesús, muchos hombres y mujeres de ayer y de hoy, para dar vida han dado su propia vida porque han estado convencidos de que el fruto supone una muerte y la entrega exige una fe en la fecundidad del amor.
Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
http://www.mercaba.org/
lunes, 10 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
JESÚS-EUCARISTÍA NOS RECONFORTA PARA SEGUIR CAMINANDO
¡Amor y paz!
Para comprender más y asimilar mejor la Palabra de Dios, leeremos aquí no solo el Evangelio sino también la primera lectura que la Iglesia nos propone para la liturgia de la Eucaristía, en este domingo de la XIX semana del tiempo ordinario.
(Recuerden que en la columna de la derecha, en esta página, encontrarán una explicación de qué es eso del 'tiempo ordinario' y, en general, el año lutúrgico. Basta hacer click en el enlace).
Después del paréntesis del domingo pasado, volvemos hoy al capítulo sexto del evangelio de Juan, que nos presenta la catequesis eucarística que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm. El pasaje de hoy, "la primera parte del discurso del Pan de la vida", se refiere más bien a la fe en Cristo. El domingo próximo sí pasará a lo que es más específicamente eucarístico: comer y beber la Carne y la Sangre del Señor Resucitado.
Dios los bendiga…
1 Reyes 19,4-8.
Luego caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: "¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!". Se acostó y se quedó dormido bajo la retama. Pero un ángel lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come!". El miró y vio que había a su cabecera una galleta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se acostó de nuevo. Pero el Angel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!". Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.
Evangelio según San Juan 6,41-51.
Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo". Y decían: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: 'Yo he bajado del cielo'?" Jesús tomó la palabra y les dijo: "No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".
REFLEXIÓN
¡Basta ya, Señor!
Elías es uno de los grandes profetas de Israel. Pero a Elías le tocan tiempos difíciles. Se ha consumado la división del reino de David. Y el reino separado va de mal en peor. El pueblo decepcionado vuelve la espalda a Dios y busca consuelo en los "baales". Elías es el encargado por Dios para mantener en la fe a su pueblo, pero la palabra del profeta se estrella contra las intrigas de Jezabel, casada con el poder. Poco importa el éxito de Elías frente a los sacerdotes de Baal. Jezabel trama y consigue su destierro. En la huida, Elías se siente desfallecer, incapaz de sacar adelante la causa de Dios.
En esos momentos de abatimiento pide a Dios la muerte, pues su vida ya no tiene sentido. Este cansancio del profeta, amigos míos, bien pudiera expresar situaciones análogas por las que atravesamos a veces los creyentes. El camino de la fe es arduo y a veces insoportable. ¿Qué sacamos con ser creyentes? ¿Para qué sirve la fe? ¿qué hemos conseguido los cristianos después de dos mil años? ¿No parece que vamos hacia atrás? Nos asusta en ocasiones este mundo pluralista y secularizado, donde la religión parece aparcada.
El pan del caminante
En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recupera el ánimo tras el consuelo de Dios. Cuarenta días caminará por el desierto, es decir, toda la vida, hasta llegar al monte de Dios.
Los creyentes tampoco podemos recorrer toda la vida sin la ayuda de Dios. Creer nos resulta casi evidente en ocasiones, pero en otras nuestra fe se estrella en las dificultades de la vida. A veces tenemos la impresión de que creer implica una desventaja respecto de los no creyentes. Nosotros tenemos la vida más complicada, más difícil. Y a veces volvemos la espalda a nuestra responsabilidad y tenemos la dura impresión de que Dios está mudo, ausente. ¿Cómo perseverar en la fe? ¿Cómo traducir nuestra fe en circunstancias difíciles?.
La palabra de Dios
El episodio de Elías nos ayuda a entender el mensaje del evangelio, que hemos leído. Jesús es el pan que baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho más. Porque el maná y el pan eran símbolos. Así como el hombre recobra las fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto. Y así podemos vencer el desaliento los creyentes. Dios permanece oculto. En realidad, a Dios nadie lo ha visto. Pero sí se ha dejado ver Jesús. Los apóstoles son testigos de excepción. Y Jesús es la Palabra de Dios, o sea, la revelación de Dios hecha de un modo definitivo en la historia para los hombres. Quien me ve a mí, decía Jesús a Felipe, ve al Padre. Quien me escucha a mí, repetía, escucha al que me envió. Jesús es la Palabra de Dios a los hombres. Por eso es el pan vivo que ha bajado del cielo a la tierra, se ha acercado a los hombres. Es el pan vivo, porque es pan de vida y para la vida. Por eso añade Jesús que quien come de ese pan vivirá eternamente y no sólo unos años, como ocurrió con el maná y el propio Elías.
Pan y vino
El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que desarrolla Juan a partir de la multiplicación de los panes tiene aquí su conclusión: en el anuncio de la Eucaristía. Pan y agua, poca cosa, fue el alimento de Elías para caminar por el desierto. Pan y vino, poca cosa también, es el alimento de los cristianos para recorrer todo el camino de la fe. Pan y vino, símbolos para expresar el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la persona de Jesús, el Hijo de Dios, obediente hasta la muerte en la cruz.
En la Eucaristía se resume el misterio de la vida de Jesús que, por obediencia al Padre, se entrega a la muerte para poner de manifiesto la resurrección y la vida eterna. Por eso la Eucaristía es, lo proclamamos solemnemente todas las veces, "el sacramento de nuestra fe".
Porque en la Eucaristía expresamos y celebramos nuestra fe, que es confianza en la promesa de Dios. Y porque la Eucaristía deviene así el alimento que reanima y sostiene a los creyentes en la fe.
Dichosos los llamados a esta cena
Celebrar la Eucaristía no es simplemente ´ir a misa´, y menos aún cumplir con una obligación sagrada. Celebrar la Eucaristía es sabernos invitados y aceptar la invitación de Dios para sentarnos con Él a la mesa, hoy simbólicamente, mañana realmente, en la casa de Dios. Es llevar nuestra fe y nuestros problemas de fe para esclarecerlos a la luz de la Palabra de Dios y recuperar el aliento. Es ir a la iglesia con nuestra vida y los problemas de la vida, para confrontarlos con la de Jesús y así entrar en comunión con Él y los hermanos. No podemos comulgar con Jesús, si no comulgamos con su causa, que es la causa del hombre. Pero si lo hacemos así, con esa buena disposición, con ese sentido de compromiso... ¡Dichosos nosotros! Porque saldremos reanimados, reconfortados, dispuestos, como Elías, a recorrer durante cuarenta días todo el desierto de la vida.
EUCARISTÍA 1988, 38
http://www.mercaba.org/
Para comprender más y asimilar mejor la Palabra de Dios, leeremos aquí no solo el Evangelio sino también la primera lectura que la Iglesia nos propone para la liturgia de la Eucaristía, en este domingo de la XIX semana del tiempo ordinario.
(Recuerden que en la columna de la derecha, en esta página, encontrarán una explicación de qué es eso del 'tiempo ordinario' y, en general, el año lutúrgico. Basta hacer click en el enlace).
Después del paréntesis del domingo pasado, volvemos hoy al capítulo sexto del evangelio de Juan, que nos presenta la catequesis eucarística que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm. El pasaje de hoy, "la primera parte del discurso del Pan de la vida", se refiere más bien a la fe en Cristo. El domingo próximo sí pasará a lo que es más específicamente eucarístico: comer y beber la Carne y la Sangre del Señor Resucitado.
Dios los bendiga…
1 Reyes 19,4-8.
Luego caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: "¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!". Se acostó y se quedó dormido bajo la retama. Pero un ángel lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come!". El miró y vio que había a su cabecera una galleta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se acostó de nuevo. Pero el Angel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!". Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.
Evangelio según San Juan 6,41-51.
Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo". Y decían: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: 'Yo he bajado del cielo'?" Jesús tomó la palabra y les dijo: "No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".
REFLEXIÓN
¡Basta ya, Señor!
Elías es uno de los grandes profetas de Israel. Pero a Elías le tocan tiempos difíciles. Se ha consumado la división del reino de David. Y el reino separado va de mal en peor. El pueblo decepcionado vuelve la espalda a Dios y busca consuelo en los "baales". Elías es el encargado por Dios para mantener en la fe a su pueblo, pero la palabra del profeta se estrella contra las intrigas de Jezabel, casada con el poder. Poco importa el éxito de Elías frente a los sacerdotes de Baal. Jezabel trama y consigue su destierro. En la huida, Elías se siente desfallecer, incapaz de sacar adelante la causa de Dios.
En esos momentos de abatimiento pide a Dios la muerte, pues su vida ya no tiene sentido. Este cansancio del profeta, amigos míos, bien pudiera expresar situaciones análogas por las que atravesamos a veces los creyentes. El camino de la fe es arduo y a veces insoportable. ¿Qué sacamos con ser creyentes? ¿Para qué sirve la fe? ¿qué hemos conseguido los cristianos después de dos mil años? ¿No parece que vamos hacia atrás? Nos asusta en ocasiones este mundo pluralista y secularizado, donde la religión parece aparcada.
El pan del caminante
En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recupera el ánimo tras el consuelo de Dios. Cuarenta días caminará por el desierto, es decir, toda la vida, hasta llegar al monte de Dios.
Los creyentes tampoco podemos recorrer toda la vida sin la ayuda de Dios. Creer nos resulta casi evidente en ocasiones, pero en otras nuestra fe se estrella en las dificultades de la vida. A veces tenemos la impresión de que creer implica una desventaja respecto de los no creyentes. Nosotros tenemos la vida más complicada, más difícil. Y a veces volvemos la espalda a nuestra responsabilidad y tenemos la dura impresión de que Dios está mudo, ausente. ¿Cómo perseverar en la fe? ¿Cómo traducir nuestra fe en circunstancias difíciles?.
La palabra de Dios
El episodio de Elías nos ayuda a entender el mensaje del evangelio, que hemos leído. Jesús es el pan que baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho más. Porque el maná y el pan eran símbolos. Así como el hombre recobra las fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto. Y así podemos vencer el desaliento los creyentes. Dios permanece oculto. En realidad, a Dios nadie lo ha visto. Pero sí se ha dejado ver Jesús. Los apóstoles son testigos de excepción. Y Jesús es la Palabra de Dios, o sea, la revelación de Dios hecha de un modo definitivo en la historia para los hombres. Quien me ve a mí, decía Jesús a Felipe, ve al Padre. Quien me escucha a mí, repetía, escucha al que me envió. Jesús es la Palabra de Dios a los hombres. Por eso es el pan vivo que ha bajado del cielo a la tierra, se ha acercado a los hombres. Es el pan vivo, porque es pan de vida y para la vida. Por eso añade Jesús que quien come de ese pan vivirá eternamente y no sólo unos años, como ocurrió con el maná y el propio Elías.
Pan y vino
El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que desarrolla Juan a partir de la multiplicación de los panes tiene aquí su conclusión: en el anuncio de la Eucaristía. Pan y agua, poca cosa, fue el alimento de Elías para caminar por el desierto. Pan y vino, poca cosa también, es el alimento de los cristianos para recorrer todo el camino de la fe. Pan y vino, símbolos para expresar el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la persona de Jesús, el Hijo de Dios, obediente hasta la muerte en la cruz.
En la Eucaristía se resume el misterio de la vida de Jesús que, por obediencia al Padre, se entrega a la muerte para poner de manifiesto la resurrección y la vida eterna. Por eso la Eucaristía es, lo proclamamos solemnemente todas las veces, "el sacramento de nuestra fe".
Porque en la Eucaristía expresamos y celebramos nuestra fe, que es confianza en la promesa de Dios. Y porque la Eucaristía deviene así el alimento que reanima y sostiene a los creyentes en la fe.
Dichosos los llamados a esta cena
Celebrar la Eucaristía no es simplemente ´ir a misa´, y menos aún cumplir con una obligación sagrada. Celebrar la Eucaristía es sabernos invitados y aceptar la invitación de Dios para sentarnos con Él a la mesa, hoy simbólicamente, mañana realmente, en la casa de Dios. Es llevar nuestra fe y nuestros problemas de fe para esclarecerlos a la luz de la Palabra de Dios y recuperar el aliento. Es ir a la iglesia con nuestra vida y los problemas de la vida, para confrontarlos con la de Jesús y así entrar en comunión con Él y los hermanos. No podemos comulgar con Jesús, si no comulgamos con su causa, que es la causa del hombre. Pero si lo hacemos así, con esa buena disposición, con ese sentido de compromiso... ¡Dichosos nosotros! Porque saldremos reanimados, reconfortados, dispuestos, como Elías, a recorrer durante cuarenta días todo el desierto de la vida.
EUCARISTÍA 1988, 38
http://www.mercaba.org/
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
- "Frente a la CULTURA DE LA PRISA, es necesaria una CERCANÍA que trascienda las normas rituales"
- León XV invita al Camino a promover la UNIDAD, SIN RIGIDEZ NI MORALISMOS
- Cardenales: EL PAPEL MORAL DE EE.UU. EN EL MUNDO ESTÁ BAJO EXAMEN
- Condolencias del Papa por las víctimas del accidente ferroviario en España
- La fe cristiana NO SE BASA EN IDEAS ABSTRACTAS, sino en un ENCUENTRO PERSONAL CON EL HIJO"