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sábado, 31 de marzo de 2018

"Está bien esperar en silencio la salvación del Señor" 


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar en este Sábado Santo. No hay celebración litúrgica diferente a la Liturgia de las Horas. Hoy es un día de penitencia y recogimiento y se recomienda prolongar el ayuno del Viernes Santo. La Sagrada Comunión solo puede darse como viático. Esta noche es la gran noche en que Cristo venció el pecado y la muerte. En el curso del día cambiaremos los textos por los de la liturgia de la solemne Vigilia Pascual.

Dios nos bendice...

LECTIO

Sábado Santo: día de la sepultura de Dios. ¿No es acaso, de forma impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un gran Sábado Santo, día de la ausencia de Dios en el que incluso los discípulos experimentan un vacío que aletea en el corazón, que se extiende cada vez más, y por esta razón se preparan llenos de vergüenza y angustia a volver a casa y se encaminan sombríos y apesadumbrados en su desesperación hacia Emaús, sin darse cuenta de que aquel que creían muerto está en medio de ellos?

"Descenso al infierno" -esta confesión del Sábado Santo- significa que Cristo ha sobrepasado la puerta de la soledad, que ha tocado el fondo inalcanzable e insuperable de nuestra condición de soledad. Significa que aun en la noche externa, no franqueada por palabra alguna, en la que todos somos como niños expulsados, llorando, se oye una voz que nos llama, una mano que nos coge y nos guía. La soledad insuperable del hombre ha sido superada desde el momento en que él ha pasado por esta soledad. El infierno ha sido vencido desde que el amor ha entrado en la región de la muerte y la "tierra de nadie" de la soledad ha sido habitada por él (J. Ratzinger y W. Congdon, 11 Sabato della storia, Milano 1998, 43-46, passim).

ORATIO

Padre nuestro, que estás en los cielos y nos miras a nosotros, pequeñas criaturas de la tierra, reaviva nuestra fe y nuestra esperanza ante el misterio de la muerte.
También tú, junto con tu Hijo, has querido experimentar el gélido silencio del sepulcro. También tú, que eres el eterno Viviente, has querido —por amor y compasión— ser como una semilla enterrada en la tierra. Por tu desconcertante humildad y empatía, concédenos la gracia de saber aceptar con entereza y serenidad la ley natural de la muerte como paso a la vida resucitada (A. M. Cänopi, Via Crucis sotto lo sguardo del Padre, Isola S. Giulio 1999, pro manuscripto, 52s).

CONTEMPLATIO

Un José te protegió siendo niño. Otro José te desclava dulcemente de la cruz. En sus manos estás más abandonado que un niño en brazos de su madre. Introduce en el seno de la roca la reliquia de tu cuerpo inmaculado. Se rueda la piedra, todo es silencio. Es el shabbáth misterioso. Todo calla, la creación contiene la respiración. Cristo desciende al vacío total de amor. Pero lo hace como vencedor. Arde con el fuego del Espíritu. A su contacto se queman las cuerdas que atan a la humanidad.

Oh vida, ¿cómo puedes morir? Muero para destruir el poder de la muerte y resucitar a los muertos del infierno.

Todo calla. Pero concluyó la gran batalla. El que divide ha sido vencido. Bajo tierra, en lo hondo de nuestras almas, ha prendido una chispa de fuego. Vigilia de pascua. Todo calla, pero en esperanza. El último Adán tiende la mano al primer Adán. La madre de Dios enjuga las lágrimas a Eva. En torno a la roca mortal, florece el jardín (Bartolomé I, cit. en Via Crucis al Colosseo, Ciudad del Vaticano 1994).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

"Está bien esperar en silencio la salvación del Señor" (Lam 3,6).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La tierra está extenuada. Todo duerme y espera. También reposa el cuerpo de Jesús. Como en el caso de Lázaro, la muerte de Jesús no es más que un sueño. Mientras su alma descendía a llevar la victoria a lo más hondo de los infiernos, su cuerpo duerme pacíficamente en la tumba, esperando las maravillas de Dios.

Y es que este Gran Sábado no es como otros. Algo ha cambiado radicalmente. El velo del Templo se rasgó hace poco, brutalmente, dejando al descubierto al Santo de los Santos. El Templo ya no está en su lugar. El sábado ya no está en el sábado. Ni la pascua en la pascua. Todo está en otro sitio. Todo está aquí cerca, cerca del cuerpo que duerme en la tumba. Todo es espera, ahora debe suceder todo.

La Iglesia, esposa de Jesús, no se desorienta. Sigue junto a la tumba que encierra el cuerpo amado. El amor no flaquea, no se desespera. El amor todo lo puede, todo lo espera. Sabe ser más fuerte que la muerte.

¿Qué no habría hecho en aquella hora de tinieblas el amor de algunos, entre ellos el de la Virgen María, para que Jesús fuera arrancado de la muerte? Sólo Dios lo sabe. ¿Alguno ha presentido la densidad de vida que colma este cadáver y esta tumba, como jardín en primavera, donde incluso la noche es un crujido de vida y de savia que fluye? Nosotros no lo sabemos. Sólo sabemos que José de Arimatea hizo rodar una gran piedra hasta la boca de la tumba antes de irse, mientras María Magdalena y la otra María estaban allí, firmes junto a la tumba. Seguramente, no saben nada todavía, pero perseveran en el amor. El vacío que se ha creado de repente entre ellas es tan grande que sólo Dios puede llenarlo. Con ellas, toda la Iglesia espera en el amor (A. Louf, Solo I'amore vi basterá. Commento spirituale al Vangelo di Luca, Casale Monf. 1985, 63s).

http://www.mercaba.org/LECTIO/SS/sabado_santo.htm

lunes, 2 de junio de 2014

¿Hasta qué punto es sólida nuestra fe en Jesús?

¡Amor y paz!

Los apóstoles creen haber llegado a entender a Jesús: «ahora vemos», «creemos que saliste de Dios». Pero Jesús parece ponerlo en duda: «¿ahora creéis?».

En efecto, él sabe muy bien que dentro de pocas horas le van a abandonar todos, asustados ante el cariz que toman las cosas y que llevarán a su Maestro a la muerte. Allí flaquearán todos.

Jesús les quiere dar ánimos ya desde ahora, antes de que pase. Quiere fortalecer su fe, que va a sufrir muy pronto contrariedades graves. Pero la victoria es segura: «en el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo».

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la 7ª. Semana de Pascua.

Dos nos bendice…

Evangelio según San Juan 16,29-33. 
Los discípulos le dijeron a Jesús: "Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios". Jesús les respondió: "¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo". 

Comentario

¿De veras creemos? La pregunta de Jesús podría ir dirigida hoy a cada uno de nosotros, que decimos que tenemos fe.

Nunca es segura nuestra adhesión a Cristo. Sobre todo cuando se ve confrontada con las luchas que él nos anuncia y de las que tenemos amplia experiencia. ¿Hasta qué punto es sólida nuestra fe en Jesús? ¿Aceptamos también la cruz, o no quisiéramos que apareciera en nuestro camino? Nos puede pasar como a Pedro, antes de la Pascua. Todo lo iba aceptando, menos cuando el Maestro hablaba de la muerte, o cuando se humillaba para lavar los pies de los suyos. La cruz y la humillación no entraban en su mentalidad, y por tanto en su fe en Cristo. Luego maduró por obra del Espíritu.

¿Abandonamos a Cristo cuando sus criterios de vida son contrarios a nuestro gusto o a la moda de la sociedad? ¿Le seguimos también cuando exige renuncias?

El mismo Jesús nos ha dado ánimos: ninguna dificultad, ni externa ni interna, debería hacernos perder el valor. Unidos a él, participaremos de su victoria contra el mal y el mundo. La última palabra no es la cruz, sino la vida. Y ahí encontraremos la serenidad: «para que encontréis la paz en mí».

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 3
El Tiempo Pascual día tras día
Barcelona 1997. Págs. 143-146

sábado, 19 de abril de 2014

En medio de la noche oscura, esperamos un nuevo amanecer

¡Amor y paz!

Hoy, propiamente, no hay “evangelio” para meditar o —mejor dicho— se debería meditar todo el Evangelio en mayúscula (la Buena Nueva), porque todo él desemboca en lo que hoy recordamos: la entrega de Jesús a la Muerte para resucitar y darnos una Vida Nueva.

Hoy, la Iglesia no se separa del sepulcro del Señor, meditando su Pasión y su Muerte. No celebramos la Eucaristía hasta que haya terminado el día, hasta mañana, que comenzará con la Solemne Vigilia de la resurrección. Hoy es día de silencio, de dolor, de tristeza, de reflexión y de espera. Hoy no encontramos la Reserva Eucarística en el sagrario. Hay sólo el recuerdo y el signo de su “amor hasta el extremo”, la Santa Cruz que adoramos devotamente.

Hoy es el día para acompañar a María, la madre. La tenemos que acompañar para poder entender un poco el significado de este sepulcro que velamos. Ella, que con ternura y amor guardaba en su corazón de madre los misterios que no acababa de entender de aquel Hijo que era el Salvador de los hombres, está triste y dolida: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1, 11). Es también la tristeza de la otra madre, la Santa Iglesia, que se duele por el rechazo de tantos hombres y mujeres que no han acogido a Aquel que para ellos era la Luz y la Vida.

Hoy, rezando con estas dos madres, el seguidor de Cristo reflexiona y va repitiendo la antífona de la plegaria de Laudes: «Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (cf. Flp 2, 8-9).

Hoy, el fiel cristiano escucha la Homilía Antigua sobre el Sábado Santo que la Iglesia lee en la liturgia del Oficio de Lectura: «Hoy hay un gran silencio en la tierra. Un gran silencio y soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra se ha estremecido y se ha quedado inmóvil porque Dios se ha dormido en la carne y ha resucitado a los que dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los del abismo».

Preparémonos con María de la Soledad para vivir el estallido de la Resurrección y para celebrar y proclamar —cuando se acabe este día triste— con la otra madre, la Santa Iglesia: ¡Jesús ha resucitado tal como lo había anunciado! (cf. Mt 28, 6).

Mn. Joan Busquets i Masana (Sabadell)

lunes, 13 de mayo de 2013

Jesús anuncia que sus discípulos lo dejarán solo

¡Amor y paz!

La soledad ocasiona uno de los peores dramas de nuestro tiempo. Sobre todo en las grandes urbes, tan deshumanizantes, atenta contra hombres, mujeres y niños, de todas las condiciones. ¡Qué agresiva es la soledad cuando es producto de la falta de amor y caridad!

Hay grupos de la población que sufren más la soledad: los enfermos, los presos, las viudas, los huérfanos, los ancianos, todos aquellos que han salido de la órbita de la sociedad de consumo. Porque cuando una persona tiene dinero y/o poder siempre está acompañada.

Pues a Jesús también lo dejaron solo, según lo relata hoy Juan en el Evangelio: “Está llegando la hora, y ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo”. Jesús sigue estando solo hoy, en cada uno de nuestros hermanos que son víctimas de la exclusión afectiva, del desprecio, del abandono...  ¿Cuál es nuestra actitud ante esos hermanos? ¿Somos de los que abandonan o de los que acompañan? 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la VII semana de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 16,29-33.
Los discípulos le dijeron: «Ahora sí que hablas con claridad, sin usar parábolas. Ahora vemos que lo sabes todo y no hay por qué hacerte preguntas. Ahora creemos que saliste de Dios.» Jesús les respondió: « ¿Ustedes dicen que creen? Está llegando la hora, y ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo. Aunque no estoy solo, pues el Padre está conmigo. Les he hablado de estas cosas para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán la persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he vencido al mundo.»
Comentario

La pasión de Jesús comenzó mucho antes de su arresto. A medida que el cerco se le cerraba, Jesús sentía la angustia de lo que siendo aún futuro, comenzaba a vivirse ya en su interior. Jesús había diseñado su vida pública con una doble finalidad: anunciar los valores del Reino como "Buena Noticia para los oprimidos" y formar un grupo de discípulos que prolongara este anuncio a lo largo del tiempo y del espacio. La última cena era el final de esta carrera. La traición estaba en la misma mesa.

Por eso, cuando los discípulos le dijeron a Jesús que ahora sí se daban cuenta de que él venía de Dios, él les respondió con una reflexión que apagaba todo optimismo: "¿están seguros de su fe?". Y para que sus discípulos aterrizaran, les pronosticó lo que iba a pasar: "ustedes se dispersarán y me dejarán solo"... (v. 32). La soledad es una realidad que puede derrumbar al ser humano. Jesús ciertamente la palpa. Sin embargo, a pesar de que el evangelista Juan resalte con realismo los rasgos humanos de Jesús, emplea siempre el género literario "de la gloria", para que Jesús no quede aplastado por las limitaciones de su humanidad, y así pueda servirnos de ejemplo para salir a flote en toda amenaza de destrucción.

Por eso Jesús, frente a la soledad en que lo dejan sus discípulos, recurre a la compañía del Padre. Esta conducta es una lección para la comunidad cristiana. Ella no debe quedar aplastada por la soledad, cuando le llegue la persecución. Cada vez que ésta la amenace, debe encontrar en la memoria del Maestro la lección: activar en su interior la presencia del Padre, que no la dejará sola. La soledad de la persecución, por no ser una soledad querida ni necesitada, lleva siempre la carga negativa del abandono, de la amenaza, del límite de la resistencia. Para Jesús, la solución está en saber vivir la presencia interior, amigable y tierna del Padre.

Servicio Bíblico Latinoamericano