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domingo, 8 de febrero de 2015

¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios  nos bendice…

Libro de Job 7,1-4.6-7. 
¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra? ¿No son sus jornadas las de un asalariado? ¿Como un esclavo que suspira por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, así me han tocado en herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. Al acostarme, pienso: "¿Cuándo me levantaré?". Pero la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora. Mis días corrieron más veloces que una lanzadera: al terminarse el hilo, llegaron a su fin. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad.
Salmo 147(146),1-2.3-4.5-6. 

¡Qué bueno es cantar a nuestro Dios,
qué agradable y merecida es su alabanza!
El Señor reconstruye a Jerusalén
y congrega a los dispersos de Israel.

Sana a los que están afligidos
y les venda las heridas.
Él cuenta el número de las estrellas
y llama a cada una por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su inteligencia no tiene medida.
El Señor eleva a los oprimidos
y humilla a los malvados hasta el polvo.

Carta I de San Pablo a los Corintios 9,16-19.22-23.

Hermanos: Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar gratuitamente la Buena Noticia, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.

Evangelio según San Marcos 1,29-39.
Jesús salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: "Todos te andan buscando". Él les respondió: "Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido".Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios. 

Comentario

Es interesante el origen de la palabra "enfermedad". El que está "in-firmus" es el que "no está firme". Esta etimología corresponde con sensaciones que probablemente todos asociamos con la enfermedad: debilidad, indefensión, sufrimiento, angustia, tristeza. El libro de Job expresa este sentir con imágenes muy vivas: desengaño, noches de dolor y pesadillas, impotencia ante el tiempo que se precipita en una vorágine sin sentido, depresión intensa.

Jesús aparece como el gran médico en el evangelio de hoy. Si la enfermedad nos lleva a tocar el fondo de nuestra debilidad, la sanación de Cristo nos lleva a experimentar la "debilidad" de Dios por los débiles. De este modo, allí donde el ser humano encuentra la verdad de su contingencia y de su fragilidad allí también encuentra la verdad del amor inconmensurable de Dios, pues la debilidad de Dios son los débiles.

La atención a los enfermos

La dedicación de Cristo a los enfermos se ha extendido en la historia de diversas maneras, y entre ellas hemos de recordar con gratitud a tantas obras de misericordia que alivian de muchos modos los dolores del mundo. Hospitales, orfanatos, ancianatos, hogares de paso, atención a refugiados o desplazados... en todos ellos se puede sentir la caricia del Hijo de Dios, y la eficacia de su amor que marca una diferencia en la vida de millones de personas. Oremos, pues, con amor por quienes allí entregan su vida, especialmente si son conscientes de que están prolongando la piel, las manos y la mirada de Jesús a favor de sus "predilectos", los enfermos.

Y cabe aquí una relación con la segunda lectura. Pablo, con ardor ejemplar se entrega a evangelizar. Lo siente como un deber vinculante, intransferible, inaplazable. Y dice: "me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles" (1 Cor 9,22). De aquí aprendemos dos cosas: primera, que pertenece a la misión del evangelizador una participación en los dolores de los evangelizados. Ejemplo supremo de ello nuestro Señor Jesucristo en su Cruz de dolores.

Segunda enseñanza: el amor se muestra en la capacidad de adaptación. El amor no desfallece ante un "no"; no se detiene por una derrota; siempre está ideando formas nuevas, caminos nuevos, sendas no exploradas, posibilidades inéditas. Es... creativo, esencialmente optimista, incapaz de rendirse. ¡Aleluya!

http://fraynelson.com/homilias.html. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

¡A predicar el Evangelio y rescatar la dignidad del hombre!

¡Amor y paz!

Ser elegido por Cristo, ser instruido por Él, ser revestido de su poder, ser enviado y ponerse en camino para cumplir con la misión encomendada; todo esto es lo que caracteriza al auténtico enviado de Dios. No son nuestras iniciativas personales, ni únicamente nuestro estudio sobre la Palabra de Dios, ni sólo nuestros planes temporales, sino Dios el que realiza su obra de salvación por medio de Cristo y por medio de la Iglesia de su Hijo.

Esto nos debe llevar a ser nosotros los primeros comprometidos con Cristo y con su Reino, pues nosotros mismos debemos ser los primeros en vivir aquello que anunciamos. ¿Cómo podrían ser creíbles nuestras palabras de liberación de la esclavitud al mal y a lo pasajero si nosotros mismos permanecemos esclavos de ello? ¿No seríamos así, acaso, motivo de burla y no de salvación para los que nos escuchen y contemplan nuestra vida?

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la XXV Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 9,1-6. 
Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, diciéndoles: "No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno. Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir. Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos". Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes. 

Comentario

El Señor nos reúne en la Celebración Litúrgica. Nosotros hemos escuchado su voz y, obedeciéndole, estamos en su presencia dispuestos a dejarnos instruido por Él. Pero no sólo queremos llenar nuestra cabeza de conocimientos tal vez muy importantes, pero que no tendrían sentido si no llegaran a hacerse vida en nosotros. Antes que nada nosotros debemos dejarnos transformar por la Gracia; el Espíritu Santo debe ir transformándonos, día a día, conforme a la imagen del Hijo de Dios.  La Eucaristía nos une a Cristo y nos hace uno con Él. Por eso debemos vivir en una continua conversión, de tal forma que, fieles a su Palabra, lleguemos a la plenitud de Cristo, convertidos, así, en un signo del amor de Dios en el mundo.

No podemos conformarnos con el culto que le tributamos a Dios ni con nuestra santificación personal. El Señor, habiéndonos transformando conforme a la imagen de su Hijo, nos quiere enviar para que proclamemos a todos la Buena Nueva del amor de Dios, que los libra de sus diversas esclavitudes al pecado y a la muerte. Esto, por tanto, no puede transformarnos en simples predicadores del Evangelio, sino que nos debe hacer cercanos a todo hombre que sufre para ayudarle a salir de todo aquello que le comprime, que le esclaviza y que le rebaja su dignidad personal como humano y como hijo de Dios. El Señor nos quiere eternamente con Él, libres de toda maldad; santos como Él que es Santo. La Iglesia de Cristo lucha constantemente por hacer realidad este deseo del Señor ya desde ahora; y lo hace no sólo con sus palabras, sino con la vida, convertida en un testimonio verdadero de la vida nueva que Dios quiere para todos, y en la que nosotros ya vamos en camino.


Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de amar en todo su voluntad y de vivir conforme a ella, de tal manera que podamos proclamar su amor y su misericordia a los demás, desde aquello que nosotros mismos hemos ya experimentado del Señor desde esta vida. Amén.

Homiliacatolica.com

jueves, 10 de julio de 2014

Construir la paz es una responsabilidad de todos

¡Amor y paz!

Jesús instruye a los apóstoles que acaba de elegir. Les pide proclamar que el Reino de los Cielos está cerca; curar a los enfermos, resucitar a los muertos, purificar a los leprosos, expulsar a los demonios… saludar invocando la paz. “Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a  ustedes”, les dice el Señor.

Hoy, muchas formas de violencia afectan a nuestros hermanos, relacionadas con la pobreza, la enfermedad, el hambre, la injusticia. Pero también aquella violencia que derrama sangre y produce dolor, viudez, orfandad y muerte. No es sino leer los periódicos y mirar los noticieros. Muchos hombres acaban o hacen dolorosa la vida de otros hombres. Hacen caso omiso de los llamados de Jesús a ser promotores de paz.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la 14ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 10,7-15. 
Jesús dijo a sus apóstoles: Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento. Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes. Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies. Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad. 

Comentario

Esta jornada en Asís nos ayuda a hacer que seamos más consciente de nuestros compromisos religiosos. Pero también debe dar al mundo, que nos contempla a través de los medios de comunicación, una conciencia cada vez más grande de la responsabilidad de cada religión en lo concerniente a los problemas de la guerra y de la paz. Quizás como nunca en la historia se hace evidente para todos, el vínculo intrínseco que une una actitud religiosa auténtica y el gran bien de la paz. ¡Qué peso más terrible cargado sobre espaldas humanas! Mas, al mismo tiempo, ¡qué vocación tan maravillosa y entusiasta a seguir! Si bien es cierto que la oración es en sí misma una acción, eso de ninguna manera nos dispensa de trabajar por la paz. Aquí, actuamos como heraldos de la conciencia moral de la humanidad en cuanto tal, de la humanidad que desea la paz, que tiene necesidad de paz.

     No hay paz sin un amor apasionado por la paz. No hay paz sin una feroz voluntad de realizar la paz. La paz necesita sus profetas. Juntos hemos llenado nuestros ojos de visiones de paz: engendran nuevas energías para un nuevo lenguaje de paz, para nuevos gestos de paz, gestos que rompan el encadenamiento fatal de las divisiones heredadas de la historia o bien engendradas por las modernas ideologías. La paz espera sus constructores. Tendamos la mano a nuestros hermanos y hermanas para animarlos a construir la paz sobre cuatro pilares que son: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. La paz es una obra en construcción abierta a todos y no solamente a los especialistas, a los sabios, a los estrategas. La paz es una responsabilidad universal: pasa a través de mil pequeños actos de la vida cotidiana. Es a través de su propia manera diaria de vivir con los demás que los hombres hacen su elección a favor o en contra de la paz…

     Lo que hemos hecho hoy en Asís, orando y dando testimonio de nuestro compromiso en favor de la paz, debemos seguir haciéndolo cada día de nuestra vida. Porque lo que hemos hecho hoy es vital para el mundo. Si el mundo debe continuar, si los hombres y mujeres deben seguir viviendo en él, el mundo no puede prescindir de la oración.

San Juan Pablo II (1920-2005), papa
Alocución en el encuentro interreligioso en Asís, 27•10•86
©Evangelizo.org 2001-2014

miércoles, 11 de junio de 2014

Dichoso el hombre de bien que vive en servicio a los demás

¡Amor y paz!

Dichoso el hombre de bien que vive en servicio a los demás. Su nombre será una bendición. Bernabé fue uno de esos personajes. Personas como él caen bien en cualquier comunidad humana y de creyentes.

Recordemos algo de él. Era chipriota, levita, propietario de campos que vendió para ayudar a la comunidad de Jerusalén (Hch 4, 36). Fue mediador en la presentación de Pablo en Jerusalén (Hch 9,27). Tenía la confianza del grupo y era buen dialogante en cuestiones disputadas. Por eso fue el elegido para dirigir a la comunidad de Antioquía en su seguimiento de Cristo. ¡Con qué gusto formaba él parte muy activa entre profetas y doctores de Antioquía, y cómo era correspondido por la comunidad! Él y san Pablo promovieron la primera gran empresa evangelizadora del cristianismo.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles en que celebramos la memoria de San Bernabé apóstol.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 10,7-13.
Jesús envió a sus doce apóstoles, diciéndoles: Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento. Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes. 
Comentario

Hoy celebramos al apóstol José, «a quien los Apóstoles dieron el sobrenombre de Bernabé, que significa “hijo de la consolación”» (Hch 4,36). Desde el principio fue generoso: «Tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los Apóstoles» (Hch 4,37). Llevó a san Pablo a los Apóstoles, cuando todos le tenían miedo, y con él abrió el apostolado a todos los pueblos. Primero, en Antioquía, donde «exhortaba a todos a permanecer en el Señor con un corazón firme, porque era un hombre bueno, lleno de fe y del Espíritu Santo. Y una gran muchedumbre se adhirió al Señor» (Hch 11,23-24). Su celo apostólico fue ejemplar, poniendo en práctica el mandato del Maestro: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 10,7).

«Separad a Pablo y Bernabé, para una tarea que les tengo asignada» (Hch 13,2), proclamó el Espíritu Santo: fueron a Chipre y Asia Menor, y sufrieron mucho por el Señor. Tuvieron también sus diferencias y se separaron por motivo de Marcos, que les abandonó a mitad de viaje, y Pablo ya no lo aceptaba en el siguiente; pero Bernabé supo confiar en él y veremos luego a Marcos como un gran colaborador de Pedro y Pablo.

Aprendamos a no catalogar a la gente para siempre, que «las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo» (San Josemaría), cuando se las sostiene con la confianza y se las quiere, ya que «nadie puede ser conocido sino cuando se le ama» (San Agustín).
Cuando veamos que alguien flaquea o retrocede, perseveremos como Bernabé, sobrenombre que significa también “hombre esforzado”, y “el que anima y entusiasma”. Son características de las que hoy estamos necesitados. Por eso acudimos al Señor con las palabras de la colecta: «Concédenos anunciar fielmente con la palabra y con las obras el Evangelio que él [Bernabé] proclamó con valentía».

Rev. D. Llucià Pou i Sabaté (Vic-Barcelona, España)

miércoles, 26 de febrero de 2014

“El que no está contra nosotros, está con nosotros”

¡Amor y paz!

Jesús sigue educando a los suyos. Esta vez les enseña que no tienen que ser personas celosas ni caer en la tentación del monopolio de nada.

Ante la acusación de Juan de que hay un exorcista que no es del grupo, o sea, que echa demonios en nombre de Jesús, pero «no es de los nuestros», Jesús reacciona con una magnifica amplitud de miras: «No se lo impidáis... el que no está contra nosotros está a favor nuestro». Y más si, en nombre de Jesús, hace milagros (José Aldazábal).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentario, en este miércoles de la VII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Marcos 9,38-40.

Juan le dijo a Jesús: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros". Pero Jesús les dijo: "No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros. 
 Comentario

Hoy desearía detenerme brevemente en otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia: “Pueblo de Dios” (cf. const. dogm. Lumen gentium, 9; Catecismo de la Iglesia católica, 782).

    ¿Qué quiere decir ser “Pueblo de Dios”? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios “quiere que todos se salven” (1 Tm 2, 4). 

    A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, “no hay judío y griego... porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.

    ¿Cómo se llega a ser miembros de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida.

Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que recibí en mi Bautismo? ¿Cómo hago crecer esta fe que yo recibí y que el pueblo de Dios posee?

Papa Francisco
Audiencia general del 12/06/2013 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)
©Evangelizo.org 2001-2014

viernes, 24 de enero de 2014

Hemos sido llamados como testigos de Cristo en el mundo

¡Amor y paz!

Jesús eligió a los que quiso. Lo hizo no para crear un una secta, un grupo cerrado, un club de fans que le vitorearan por sus acciones y milagros sino para asociarlos estrechamente a su misma misión y destino, para preparar a los futuros guías de las comunidades cristianas.
Ninguno de los elegidos fue un superhombre, tampoco fueron personas influyentes en la estructura social, ni sabios maestros, ilustrados intelectuales o gente de la aristocracia. Quizás le hubieran ido mejor las cosas si se hubiera rodeado de gente más reconocida pero como se ve, para realizar su obra, Jesús, prefirió lo que no contaba socialmente, para que así se manifestase mejor la acción y la fuerza salvadora de Dios (Claretianos 2003).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este viernes de la 2ª. Semana del Tiempo Ordinario.
Dios los bendiga…

Evangelio según San Marcos 3,13-19.
Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios. Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

Comentario
De entre la multitud Jesús escoge doce, a los que da el nombre de Apóstoles. Hay una finalidad: Para que se queden con Él; para mandarlos a predicar y para que tuvieran el poder de expulsar a los demonios. En primer lugar hay que tener una experiencia personal del Señor. Un enviado debe convivir con quien le envía y saber cuáles son sus planes, sus proyectos; en el caso de los apóstoles: conocer el plan, el proyecto de salvación de Dios sobre la humanidad. Y no sólo conocer la voluntad de Dios, sino ser uno mismo objeto de esa voluntad salvífica. Entonces podrá uno ir no sólo como profeta, sino como testigo del amor y de la misericordia de Dios. Quien va, no en nombre propio, sino en Nombre de Jesús, participa de su Misión, la que Él recibió del Padre; y participa también de su poder para vencer al mal. Así, el enviado se convierte en la prolongación de Jesús en la historia; es el memorial del Señor que continúa salvando, que continúa liberando al hombre de sus esclavitudes, y que continúa entregando su vida para que a todos llegue el perdón de Dios, y la Vida y el Espíritu que Él ofrece a quienes crean en Él.

Para los que hemos sido llamados como testigos de Cristo en el mundo, el reunirnos para la celebración de la Eucaristía se convierte, para nosotros, en una necesidad que nos lleva tanto a estar con el Señor, como a escuchar su Palabra para hacerla nuestra, y para conformar a ella nuestra vida. Sólo después de haber estado con el Señor podremos anunciar con verdad su Nombre a los demás. Cristo nos quiere siempre unidos a Él. Y esto se realiza especialmente en la Eucaristía; pero también se realiza a través de nuestra unión a quienes Él escogió como apóstoles suyos y como sucesores de ellos en la Iglesia. Quien viva fiel en la escucha y en la puesta en práctica de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, puede decir que entra en intimidad con Cristo y permanece en la Verdad. Por eso, a la par que vivimos nuestra unión con el Señor en la celebración del Memorial de su Pascua, aprendamos a vivir unidos a aquellos que legítimamente han sido constituidos por el Señor en Pastores de su Pueblo.

Dios ha enviado su Iglesia a proclamar el Evangelio. La Buena noticia del amor de Dios no podemos proclamarla sólo por habernos convertido en eruditos de la predicación. Quien no entre en una relación de intimidad con el Señor no puede sentirse autorizado a proclamar el Evangelio de Salvación a los demás; pues no son los medios humanos, sino el Espíritu Santo el que da la eficacia necesaria al anuncio del Evangelio, para que se convierta en Palabra de Salvación para el mundo. A partir de vivir unidos a Jesucristo por la fe podremos ver con sus ojos el mundo y su historia; entonces podremos sentir como nuestras las miserias de los demás, y buscaremos soluciones adecuadas a las mismas, no desde nuestras imaginaciones, sino desde el corazón amoroso y misericordioso de Dios. El que vive lejos de Dios y se dedica a proclamar su Nombre, lo único que hará es tratar de pasar como un sabio, conforme a los criterios del mundo, esperando la alabanza de los demás por sus discursos bien elaborados, pero será incapaz de involucrarse en la acción salvífica de Dios, aceptando incluso dar su vida por los demás.


Roguémosle a Dios que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir de tal forma unidos a Jesucristo que no sólo anunciemos su Nombre a los demás con las palabras, sino que nuestra vida misma se convierta en un signo de su amor salvador para toda la humanidad. Amén.
Homiliacatolica.com

viernes, 11 de octubre de 2013

“El que no está conmigo está contra mí”

¡Amor y paz!

El presente evangelio nos invita a realizar una revisión de nuestras actitudes delante de la presencia de los gestos liberadores de Dios, señales de la instauración del Reinado del Mesías, el más fuerte..

Ellos corren también hoy el riesgo de ser malinterpretados, puestos bajo la mirada sospechosa que coloca las victorias sobre mal en el ámbito producido por las fuerzas del mal y que busca señales de verificación que señalen claramente su origen divino.

Frente los frecuentes malentendidos que puedan suscitarse, el criterio para discernir las actuaciones y la presencia de Dios en ellas brota claramente de la enseñanza de Jesús: según ella, el juicio sobre cada una de las acciones realizadas debe brotar de la relación que ellas tienen con el triunfo sobre el reino del maligno, el fuerte de este mundo (Diario Bíblico Cicla).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este viernes de la XXVII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios lo bendiga…

Evangelio según San Lucas 11,15-26. 
Pero algunos de ellos decían: "Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios". Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo. Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: "Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: 'Volveré a mi casa, de donde salí'. Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio". 
Comentario

Jesús actúa con el Poder de Dios, pues al expulsar a Satanás nos llena de la Vida Divina y del Espíritu Santo. Así, libres de toda influencia del mal en nosotros, manifestamos con obras que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Por eso nuestra vida de fe no puede convertirse en un simple juego; no podemos actuar con hipocresía de tal forma que, aparentando una fe que nos hace cercanos a Dios, llevemos en realidad una vida lejos de Él. Es entonces cuando se puede aplicar a esa clase de hipócritas las palabras con que Dios recriminaba a esa clase de gentes: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. Si hemos hecho nuestra la vida de Dios no dejemos vacío nuestro corazón; permitámosle a Dios que Él sea quien habite en nosotros, de tal forma que, siempre ocupada por Dios nuestra vida no haya espacio, en nosotros, para que nuevamente tome posesión en nuestro interior el autor del pecado.

El Señor quiere hacerse huésped de nuestra vida. Él habitará en nosotros si es que nosotros le permitimos vivir en nuestro propio interior. Su presencia en nosotros no es algo ocioso. Quien participa de la vida y del Espíritu de Dios, es porque tiene una misión que cumplir: trabajar esforzadamente porque el Reino de Dios se extienda a más y más corazones. Jesucristo nos pide no sólo reconocer nuestras miserias y pedir perdón sabiendo que el Señor es rico en misericordia. Nos pide que, al aceptar su perdón, abramos todo nuestro ser a su presencia en nosotros, de tal forma que, entrando en comunión de vida con Él, podamos convertirnos en un signo vivo de su amor en medio de nuestros hermanos.

Efectivamente, quien ha entrado en comunión de vida con Dios debe trabajar constantemente para que quienes han sido esclavizados por el mal se vean libres de aquello que los ha oprimido. No sólo hemos de luchar por erradicar la pobreza, sino porque aquellos que la han causado abran sus ojos ante las miserias de sus hermanos, no se esclavicen a lo pasajero y sean más justos en la retribución que han de dar a sus trabajadores. No sólo hemos de orar por la paz en el mundo, hemos de hacernos cercanía para quienes la han destruido, para que vivan con mayor lealtad el servicio al bien de la sociedad que está en sus manos, para hacer que todos vivan con mayor dignidad y no llevarlos hacia su propia destrucción. No sólo hemos de pedirle a Dios que se viva conforme al Evangelio, hemos de tomar nuestra propia responsabilidad y convertirnos en aquellos que proclaman la Buena Nueva a todos y que viven conforme a los criterios del Evangelio que se anuncia. Mientras nos arrodillemos piadosamente ante Dios, pero después actuemos en contra de la fe que decimos profesar, estaremos manifestando, con las obras, que quien habita en nosotros es Satanás, pues Dios estaría, en realidad, muy lejos de nosotros.

Roguémosle a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen María, que nos conceda la gracia de ser esforzados constructores del Reino de Dios entre nosotros para que, viviendo como hermanos, podamos, algún día ser dignos de participar de la Gloria de Dios eternamente. Amén.