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jueves, 24 de diciembre de 2015

«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves 24 de diciembre, último de Adviento: desde la medianoche de hoy, ¡será Navidad!

Dios nos bendice…

Evangelio según san Lucas 1,67-79
En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz."
Comentario

Hoy, el Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.

Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito el Señor Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas, negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y esperanza de una manera estable.

«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas esperanzas que pone en nosotros!

Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc 1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents (Terrassa, Barcelona, España) 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Si alguien no aceptara a Jesús, no sería porque Dios no ha sido misericordioso

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 1,57-66.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. 

Comentario

De una cosa podemos estar ciertos frente a la figura de Juan. Esta no es exaltada en sí misma, sino en cuanto al papel que va a desempeñar en relación a Jesús. Juan es como su presentador oficial ante la sociedad israelita. En esa misma medida debe estar rodeado de acontecimientos que, correctamente interpretados, le dan crédito a su misión o la hacen comprender con mayor profundidad. La perícopa de hoy se refiere propiamente a la circuncisión de Juan, acontecimiento significativo para una familia judía, ya que se trataba de una ceremonia a través de la cual se incorporaba el hijo recién nacido al pueblo de Israel, o pueblo de la elección y de la alianza con el Dios Yavé.

Si comparamos la circuncisión de Juan y la de Jesús, la de Juan tiene mayor riqueza de datos. Nos encontramos con la circuncisión de la figura que cierra oficialmente el Antiguo Testamento. El nombre de Juan (en hebreo "Yohanan") significaba "Dios ha tenido compasión de su pueblo". Es decir, Dios no le falló a Israel. La vida de Juan, prefigurada, anunciada o resumida en su nombre, es la mayor prueba de ello. Juan es uno de tantos eslabones en la infinita cadena de actos de misericordia y de compasión que tuvo Yahvé para con su pueblo, hasta la llegada de Jesús. Si el pueblo llegara a ser infiel, a no aceptar a Jesús, nunca sería por no haber palpado el corazón de Dios abierto al amor y a la misericordia.

Una de las personas que percibe esta cadena de misericordias de Dios es una mujer: Isabel, la estéril. Sobre la tradición que aconsejaba ponerle al primogénito el nombre del padre, Isabel hace primar la conciencia de la misericordia de Dios para con ella y para con el pueblo. De esta manera, en Juan queda la constancia de lo que ha sido toda la historia de Israel: la dispensación de un acto de amor tras otro: un derroche de amor. Sólo cuando el hombre de la casa, el sacerdote Zacarías, enmudecido por no haber creído a tiempo en la misericordia de Dios, reconozca este amor gratuito de Dios ratificando el nombre de Juan, recuperará el habla. Sin duda alguna Zacarías sabía que él era el padre del niño. Sin embargo, en razón de la misión que Juan trae, él es también obra de Dios y debe llevar explícita -en razón de un nuevo nombre- esa especie de dependencia o filiación especial de Dios que trae en razón de su misión. No olvidemos que para ser una persona justa, el ser humano debe siempre reconocer la presencia y la autoría de Dios en aquellas cosas que, como hombre, no alcanza a comprender.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de
Latinoamérica) 

domingo, 20 de diciembre de 2015

¡Dichosa tú por haber creído!

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Cuarto Domingo de Adviento.

Evangelio según San Lucas 1,39-45. 
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Dichosa tú por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor". 
Comentario

No sé si habrá sido cierto o no, pero cuentan que en un vuelo trasatlántico, un venerable sacerdote, que regresaba de una peregrinación a tierra santa, entabló conversación con su vecino de asiento. La charla estuvo muy animada y duró gran parte del viaje. Cuando el viajero desconocido supo que el sacerdote era el cura párroco de una conocida parroquia  en la ciudad donde él iba a estar unos días de trabajo, le ofreció ir el domingo a cantar en la misa mayor. El cura se excusó diciéndole que tenían un coro muy bien organizado y que no veía conveniente desplazarlo de sus funciones precisamente en la eucaristía más concurrida de toda la semana. Agradeció la gentileza del viajero, pero rechazó la oferta.

Al llegar al aeropuerto de su ciudad, después de haber hecho el proceso de migración y de haber recogido las maletas, el sacerdote salió del aeropuerto y vio a su vecino de asiento respondiendo a una multitud de periodistas con cámaras fotográficas y de televisión y toda clase de micrófonos. Picado por la curiosidad sobre la identidad de su compañero de vuelo, se acercó al primer transeúnte que se le cruzó y le preguntó si por casualidad sabía quién era ese señor que estaban entrevistando; “–Claro que se quién es. Se trata de un famoso tenor que viene a la ciudad a ofrecer una serie de conciertos. Se llama Luciano Pavarotti”.

 Poco después de que María dijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palabra”, ella salió “de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea” a visitar a su prima Isabel, que estaba esperando a Juan el Bautista. Este encuentro sencillo de amistad, marcado por la acción de Dios en ambas mujeres, refleja la confianza de la Virgen María en la promesa que había recibido de parte de Dios. Ella creyó en la promesa que se le hizo de que sería la Madre del Salvador: “El ángel le dijo: –María no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin” (Lucas 1, 30-33).

Una promesa como esta no es fácil de creer. Por eso, su prima Isabel le dijo: “–¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo! ¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. 

¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!”.

Pidamos para que en este tiempo de Adviento, crezca en nosotros esa esperanza en que las promesas del Señor se cumplirán. Que el Señor no permita que nos contagiemos de la desconfianza que pulula hoy por todas partes. Las promesas que hemos escuchado en este tiempo son incontables. La pregunta es si las hemos escuchado como promesas electoreras que no entusiasman, o como promesas del Señor que siempre cumple su palabra. 
Porque nos puede pasar lo que le pasó al sacerdote de la historia, que se queda sin escuchar a Pavarotti por no confiar en lo que le ofrecían.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá 



sábado, 19 de diciembre de 2015

Nos falta una docilidad confiada en los planes de Dios


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (19 dic.)

Dios nos bendice….

Evangelio según San Lucas 1,5-25. 
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada. Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios, le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso. Entonces se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo: "No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan.  Él será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni bebida alcohólica; estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios. Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto". Pero Zacarías dijo al Ángel: "¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada". El Ángel le respondió: "Yo soy Gabriel , el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo". Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. El se expresaba por señas, porque se había quedado mudo. Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa. Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses. Ella pensaba: "Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres". 

Comentario

Hoy, el ángel Gabriel anuncia al sacerdote Zacarías el nacimiento “sobrenatural” de Juan el Bautista, que preparará la misión del Mesías. Dios, en su amorosa providencia, prepara el nacimiento de Jesús con el nacimiento de Juan, el Bautista. Aunque Isabel sea estéril, no importa. Dios quiere hacer el milagro por amor a nosotros, sus criaturas.

Pero Zacarías no manifiesta en el momento oportuno la visión sobrenatural de la fe: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad» (Lc 1,18). Tiene una mirada excesivamente humana. Le falta la docilidad confiada en los planes de Dios, que siempre son más grandes que los nuestros: ¡en este caso, ni más ni menos que la Encarnación del Hijo de Dios para la salvación del género humano! El ángel encuentra a Zacarías como “despistado”, lento para las cosas de Dios, como estando en “fuera de juego”.

Cuando ya faltan pocos días para la Navidad, conviene que el Ángel del Señor nos encuentre preparados, como María. Es necesario tratar de mantener la presencia de Dios a lo largo del día, intensificar nuestro amor a Jesucristo en nuestro tiempo de oración, recibir con mucha devoción la Sagrada Comunión: ¡porque Jesús nace y viene a nosotros! Y que no nos falte la visión sobrenatural en todos los quehaceres de nuestra vida. Hemos de poner visión sobrenatural en nuestro trabajo profesional, en nuestros estudios, en nuestros apostolados, incluso en los contratiempos de la jornada. ¡Nada escapa a la providencia divina! Con la certeza y la alegría de saber que nosotros colaboramos con los ángeles y con el Señor en los planes amorosos y salvadores de Dios.

Rev. D. Ignasi FUSTER i Camp (La Llagosta, Barcelona, España) 

viernes, 19 de diciembre de 2014

Creer en el Señor no es sólo profesar la fe con los labios

¡Amor y paz!

Dios puede hacer que los desiertos florezcan y se llenen de frutos. Cuando el Espíritu de Dios reposa sobre nosotros y tenemos la apertura suficiente a Él, la Palabra de Dios, sembrada en nuestros corazones, no puede quedar infecunda.

Dios pronuncia su Palabra sobre Zacarías e Isabel; y, a pesar de la incredulidad de Zacarías la Palabra de Dios no perderá su eficacia y se cumplirá a su debido tiempo. 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este viernes Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (19 dic.).

Dios los bendiga..

Evangelio según San Lucas 1,5-25. 
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada. Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios, le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso. Entonces se le apareció el Angel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo: "No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. Él será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni bebida alcohólica; estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios. Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto". Pero Zacarías dijo al Ángel: "¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada". El Ángel le respondió: "Yo soy Gabriel , el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo". Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. El se expresaba por señas, porque se había quedado mudo. Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa. Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses. Ella pensaba: "Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres". 

Comentario

Ante las oraciones llenas de esperanza que eleva Zacarías, y ante la respuesta de Dios, y ante la incredulidad de Zacarías frente a esa respuesta, podemos preguntarnos: ¿Qué sentido tiene orar cuando sólo se hace de un modo mecánico? ¿Qué sentido tiene pedir la salvación si cuando se hace presente se rechaza? ¿Tiene sentido creer en algo que incluso, tal vez, anunciamos a los demás, pero no hemos hecho nuestro?

Juan Bautista, lleno del Espíritu Santo desde el seno materno es figura de toda la obra de salvación que Dios realizó en el Antiguo testamento mediante la Ley y los Profetas: Llamar a la conversión y prepararle el camino al Señor mediante la fidelidad a sus mandatos. Zacarías representa al pueblo, que a pesar de ser el Pueblo de Dios, permaneció incrédulo ante la revelación y prefirió dar culto a Dios con los labios, mientras su corazón permaneció lejos de Él. Ojalá y la Iglesia de Cristo, que somos nosotros, no se quede en un conocimiento teórico de Cristo, sino que llegue hasta tener una experiencia personal de Él para amoldar a Él no sólo las palabras, sino sobre todo las obras y la vida misma.

Creerle al Señor no es sólo profesar nuestra fe con los labios. Cuando nos acercamos al Señor para pedirle que nos salve, que nos fortalezca para caminar en el bien, hemos de creer que esa salvación ha llegado ya a nosotros por medio de Cristo Jesús. Quien le pide a Dios que renueve su vida y cierra sus oídos a la Palabra de Dios; quien espera la salvación como venida de otro lugar menos de Cristo, está manifestando que, por más palabras de fe en Cristo que pronuncie, vive al margen de la aceptación del amor misericordioso que ya Dios nos ha ofrecido por medio de Jesús. ¿Tendrá alguna razón prepararnos para el nacimiento de Cristo sólo queriendo celebrar un aniversario del mismo? ¿Acaso el Señor queda complacido sólo con celebraciones externas? ¿No podría recriminarnos diciendo: este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí?

Ojalá y quienes participamos de la Eucaristía no salgamos mudos en nuestra fe; tal vez satisfechos por haberle dado culto a Dios pero faltos de un auténtico compromiso con el Señor, que no sólo nos pide que oremos, sino que sepamos estar al servicio de la vida. No importa que a veces al encontrarnos con nosotros mismos, o al abrir los ojos ante nuestro prójimo, constatemos que nuestra existencia se ha deteriorado demasiado a causa del pecado o del vicio, y que pareciera que es imposible que ahí surja nuevamente la vida. Recordemos: Dios puede hacer que los desiertos florezcan y produzcan abundantes frutos de salvación. Creámosle a Dios; Él nos ama y quiere renovar nuestra existencia. Ese es el sentido de la presencia del Señor entre nosotros. No desaprovechemos la oportunidad que hoy nos da el Señor.

www.homiliacatolica.com

martes, 24 de junio de 2014

Descubramos en la misión de los santos luces para nuestra propia misión


¡Amor y paz!

Las fiestas de los santos invitan a mirar sus vidas y a darse cuenta de lo que en ellas hay de relevante para nosotros. Y lo que destaca más en Juan es su total dedicación a la tarea de convertir al pueblo ante la venida del Señor. Se le ve incluso obsesionado por ello. Él ha visto la situación de su pueblo, ha experimentado que era necesario hacer algo, ha sentido que Dios le llamaba, y se ha lanzado.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes en que celebramos la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 1,57-66.80.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel. 
Comentario

Juan habla con dureza, es exigente, combate las desigualdades, las injusticias, las autosatisfacciones, la búsqueda indiscriminada del placer: resulta ilustrativo repasar, en el evangelio, el "código moral" de Juan. Pero Juan es todavía más exigente consigo mismo, hasta el punto que, comparado con Jesús, aparece casi exageradamente ascético: es su manera de mostrar que el proyecto de Dios es lo único importante y, en este sentido, vale la pena también repasar en el evangelio las alabanzas que Jesús le hace.

Es notable como Juan va diciendo constantemente, contra todo afán de protagonismo, que él no viene por sí mismo sino para preparar el camino a otro: él debe quedar en segundo término (Hechos de los Apóstoles 13,22-26.) 

Y son notables también sus dudas: Juan es hombre del Antiguo Testamento, y no acaba de comprender el proyecto de Jesús, lo encuentra demasiado blando, o demasiado poco evidente en la transformación de las cosas, y tiene que enviar discípulos a preguntar qué es todo aquello. Pero, lo vea o no claro, su fidelidad continuará inflexible, hasta la entrega de la propia vida, en una escena dramática de la que Marcos hará un relato emblemático de la arbitrariedad indigna y la estupidez que encierra todo gobierno totalitario (Mc 6,14-29).

Todo lo que Juan significa influye en Jesús, y eso muestra la relevancia personal que tenía este personaje. Jesús va a escuchar a Juan en el Jordán. Y. sobre todo, Jesús empieza su acción "al enterarse de que habían detenido a Juan" (Mt 4. 12): Jesús aparece como tomando el relevo a la misión del Bautista.

Hoy, al tiempo que contemplamos el testimonio personal de Juan, contemplamos también su papel en la historia de la salvación. Es decir, contemplamos cómo Dios va marcando caminos, y escoge a hombres y mujeres para realizar su plan salvador. Juan es escogido con una función especialmente decisiva, y en el Libro de Isaías 49,1-6 le aplica el segundo cántico del Siervo de Yahvé para señalar esta elección, que consistirá en empezar a encender en medio del pueblo de Israel la luz que después será luz para todas las naciones.

Hoy se puede reflexionar en lo que significa la historia de Israel para nosotros. Un largo camino difícil de espera de una luz definitiva, la luz que Juan será el encargado de anunciar.

Juan es el Antiguo Testamento que deja paso al Nuevo, es la voz en el desierto, que deja paso a aquel que es la Palabra (cf. san Agustín en el Oficio de lecturas de hoy).

Juan es, en definitiva -las cosas que celebramos siempre son eso, al fin y al cabo-, una señal del amor de Dios. El nombre de "Juan" quiere decir "Dios concede su favor", y se aplica hoy tanto en el nivel de la felicidad más cotidiana -Zacarías e Isabel, ya ancianos, tienen un hijo-, como en el nivel más pleno de la historia de salvación de Dios para todos los hombres.

J. LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1990, 13

lunes, 23 de diciembre de 2013

¡Reconciliémonos! Es la mejor manera de preparar la Navidad

¡Amor y paz!

La figura de Juan nos invita también a nosotros a la conversión, a volvernos hacia ese Señor que viene a salvarnos, y a dejarnos salvar por él.

La voz de Juan, en este Adviento, nos invita a la vigilancia, a no vivir dormidos, aletargados, sino con la mirada puesta en el futuro de Dios, y el oído presto a escuchar la palabra de Dios. Haciendo nuestra la súplica que el Apocalipsis pone en boca del Espíritu y la Esposa: «Ven, Señor Jesús». Cada Adviento es ponerse en marcha al encuentro del Dios que siempre viene.

También en nuestra vida, como en la sociedad y el Templo de Israel, hay cosas que tienen que cambiar, actitudes que habría que purificar y caminos que necesitan enderezarse. Si preparamos la Navidad, por ejemplo, celebrando el sacramento de la reconciliación, entonces podremos cantar y celebrar litúrgicamente el Nacimiento de Jesús según los deseos de Dios.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes,  Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 1,57-66. 
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. 
Comentario

Ojalá que también este año, entre nosotros, en la inminencia de la Navidad, corra la voz de la Buena Noticia entre los conocidos y amigos, y todos se llenen de alegría interior.

Ojalá que también surjan entre nosotros y sean escuchadas las voces de profetas como Malaquías y el Bautista que clamen la llegada de la salvación y convoquen eficazmente a una Navidad auténticamente cristiana.

Ojalá que nosotros mismos seamos evangelizadores, anunciadores de Cristo para el mundo de hoy, ejerciendo la función profética que todos los cristianos tenemos por el bautismo, y de modo especial los religiosos y ministros ordenados.

Una de las señales de la cercanía de una Navidad según el corazón de Dios sería la que anunciaba Malaquías: la reconciliación entre los padres y los hijos, entre los hermanos, entre los vecinos, entre los miembros de la comunidad. Ésa es la mejor preparación para una fiesta que celebra que Dios se ha hecho Dios-con-nosotros, y por tanto, nos invita a ser nosotros-con- Dios, por una parte, y nosotros-con-nosotros, por otra, porque todos somos hermanos.

O Emmanuel

«Oh Emmanuel, Rey y legislador nuestro,
esperanza de las naciones y salvador de los pueblos:
ven a salvarnos, Señor Dios nuestro»

Emmanuel, Dios-con-nosotros, el nombre que ya se anunciaba desde Isaías (7, 14). El que más expresivamente nos muestra el plan de cercanía y de presencia salvadora de Dios.

A la vez hay otros títulos mesiánicos: rey, legislador, esperanza, salvador, Señor, Dios nuestro. Por eso colma de confianza en este Adviento a todos los creyentes. Ante la inminente Navidad, se hace más urgente nuestra súplica: ven a salvarnos.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 1
Adviento y Navidad día tras día
Barcelona 1995 . Págs. 92-95

jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Con qué actitud nos preparamos para recibir a Jesús?

¡Amor y paz!

Faltando tan pocos días para la Navidad, tenemos que revisar con qué actitud nos acercamos al momento del encuentro con Jesús recién nacido, quien a su vez viene a nuestro encuentro.

Podríamos tener varias actitudes ante este Cristo que se acerca a nuestras vidas. Podríamos ser un poco incrédulos y decir que para qué ponerle ganas a la vivencia de la memoria del Nacimiento de Jesús, que qué sentido puede tener para mí algo que pasó hace 2000 años.

Y podríamos olvidarnos de que precisamente porque los hechos de Dios son eternos, también llegan a nuestra vida; y podríamos dejar de lado esa gran realidad de que Dios sigue actuando en nuestro tiempo, sigue caminando entre nosotros, sigue vivo en la historia particular de cada uno de los seres humanos. 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentario, en esta Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (19 dic.)

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 1,5-25. 
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada. Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios, le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso. Entonces se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo: "No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. El será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni bebida alcohólica; estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios. Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto". Pero Zacarías dijo al Ángel: "¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada". El Ángel le respondió: "Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo". Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. Él se expresaba por señas, porque se había quedado mudo. Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa. Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses. Ella pensaba: "Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres". 
Comentario

¡Qué pena da cuando encontramos un corazón cerrado al misterio de la venida de Dios! ¡Qué triste es cuando nuestro corazón de apóstoles, nuestro corazón conyugal, nuestro corazón familiar, se cierra a la venida del Señor! Porque cuando uno cierra su corazón a la venida de Dios, se vuelve incapaz de percibir los milagros que Dios realiza en su vida, y también de beneficiarse de los dones que el Señor viene a traernos.

A Jesús se le llama “el Deseado de las Naciones”. Es decir, Jesús es Aquel en quien ponemos nuestra auténtica esperanza. En nuestra vida, tan necesitada de una presencia que nos llene el corazón, tan urgida de alguien que nos diga: “sigue creyendo, sigue adelante; la entrega merece la pena, vale la pena lo que haces por los demás”, ¡qué triste sería que dejásemos pasar la oportunidad de encontrar la esperanza! ¡Qué triste sería que dejásemos pasar de largo al que es el Deseado de las Naciones, a Aquel que viene a cumplir la esperanza de nuestros corazones! Obviamente que, a veces, el desánimo puede aparecer en nuestra vida. Pero si nosotros nos presentamos ante Jesús que viene a nuestro encuentro, podremos tener en el corazón la esperanza, que en todo momento nos ayuda a salir adelante. 

Hay una segunda actitud que también podemos tener ante el misterio de Cristo: la actitud de Zacarías. Este hombre se nos presenta en el Evangelio como una persona buena, piadosa, cumplidora de la Ley de Dios; sin embargo, incapaz de ver las maravillas que Dios puede hacer en su vida. Cuántas veces podemos tener el corazón de Zacarías: ser personas que siguen a Dios, que cumplen sus preceptos, pero incapaces de creer que en nosotros pueda realizarse de modo auténtico, práctico y concreto la redención que Cristo nos trae.

Sabemos por el Evangelio que cuando en el templo el ángel anuncia a Zacarías que va a ser el padre de Juan Bautista, el precursor del Mesías, Zacarías duda: ¿Cómo en mí se va a realizar una obra tan grande? Y Dios le deja mudo, como un signo, como una señal de que Juan va a ser el que grita en el desierto, quien hable delante del Mesías. Zacarías, en el fondo, no es capaz de aceptar el poder tener en su vida la Palabra que lo santifica: la Palabra de Dios.
Yo me hago la pregunta de si esta historia de Zacarías que queda mudo ante el mensaje del ángel no se repite con frecuencia en nosotros. ¿Cuántas veces el maravilloso plan de Dios sobre ti, por el cual tú puedes ser una persona capaz de anunciar a Jesús y de transformar los corazones de los demás en corazones que reciben a Jesús, no lo crees? 

Muchas veces perdemos de vista que la redención, la esperanza y el amor, que Cristo viene a traernos, es para cada uno de nosotros en particular, no es para la humanidad. Qué diferentes serían las cosas si nos diésemos cuenta de que la venida de Cristo habría tenido sentido sólo para mí. Que si yo hubiera sido la única persona de la humanidad, por mí habría nacido Cristo, por mí habría muerto Cristo. 

Ciertamente que nuestro corazón puede caerse ante esta maravilla tan impresionante. Muchas veces nos da miedo la grandeza del amor de Dios, porque nos da miedo lo que el amor de Dios puede hacer en nosotros. ¿No nos pasa muchas veces en lo cotidiano, que también nos da miedo el amor? Y nos la pasamos manejando amores chiquitos, amores que no hagan mucho ruido ni nos causen dificultades. 

Tenemos que darnos cuenta de que de la misma manera que Dios toma posesión de la voz de Zacarías y de la vida de su hijo, Juan Bautista, Él puede, con nuestra libertad, con nuestra cooperación y con nuestro corazón abierto, hacer maravillas. Démonos cuenta de que Dios puede venir a ese templo, que somos cada uno de nosotros, que Jesucristo puede venir a esa vida estéril, que puede ser nuestra vida, que el Señor puede llegar a ese corazón, a veces cerrado a la vida de Dios, que puede ser el nuestro, si se lo permitimos. 

En este camino de preparación al encuentro con Jesucristo en Belén, pidámosle la gracia de no dudar de su esperanza para mí; de no dudar de su Redención para mí; de no dudar de la obra maravillosa que, con mi libertad, Él puede realizar en mi vida. Roguémosle que nos dé un corazón abierto de par en par a la venida de Cristo en esta Navidad.

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Cipriano Sánchez