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sábado, 10 de marzo de 2018

“Quiero amor, no sacrificios, conocimiento de Dios, y no holocaustos”


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios a través del método de la lectio divina, en este sábado de la tercera semana de Cuaresma.

Dios nos bendice...

LECTIO

Primera lectura: Oseas 6,1-6

Esto dice el Señor:
En su aflicción madrugarán para buscarme.
Y dirán: "Venid, volvamos al Señor;
él ha desgarrado y él nos curará;
él ha herido y él vendará nuestras heridas.
En dos días nos devolverá la vida,
al tercero nos levantará
y viviremos en su presencia.
Esforcémonos en conocer al Señor;
su venida es tan segura como la aurora;
como aguacero descenderá sobre nosotros,
como lluvia primaveral que riega la tierra.
¿Qué voy a hacer contigo, Efraín?
¿Qué voy a hacer contigo, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera,
como rocío que pronto se disipa.
Por eso los he quebrantado
por medio de los profetas;
los he aniquilado con las palabras de mi boca
y mi juicio resplandece como la luz.
Porque quiero amor, no sacrificios,
conocimiento de Dios, y no holocaustos.

El pasaje constituye un acto litúrgico penitencial (vv. 1-3) en el que participa todo el pueblo. El horizonte más lejano que mueve a la conversión es el temor del día del castigo mesiánico anunciado varias veces (cf. 5,9); el contexto próximo es, sin embargo, el actual estado de guerra entre Israel y Judá. El buscar ayuda en el enemigo mortal, Asiria, ha extirpado las regiones septentrionales del reino Norte (732 a.C.), con los inevitables horrores de la ocupación, la destrucción y la deportación (cf. 2 Re 15,29; 17,55). El profeta exhorta y amonesta: tantas desgracias han ocurrido porque el corazón estaba lejos del Señor, acallado con sacrificios vacíos, pobre de amor.

Con una imagen frecuente en la Sagrada Escritura (cf. Ex 15,26; Dt 32,29; Is 30,26; Ez 34,16), el pueblo reconoce ser un enfermo (Os 5,13) que recurre a Dios como a su médico: él mismo ha producido la herida con vistas a la enmienda, y sólo él puede curarla (v 1). YHWH es el señor de la historia. Pero el arrepentimiento del pueblo no es sólo interesado (v 3), sino también efímero (v 4). Dios lo sabe bien. Y, sin embargo, no se cansa de invitar a la conversión: su palabra es una espada que inexorablemente hiere para curar (cf. Is 49,2; Heb 4,12): pide amor, no holocaustos (v 6); confianza, no una simple observancia de prácticas cultuales desgraciadamente hipócritas.

Evangelio: Lucas 18,9-14

También a unos que presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola:
- Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, erguido, hacía interiormente esta oración: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos de todo lo que poseo". Por su parte, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador". "Os digo que este bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro, no. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

Estamos en el contexto de la subida de Jesús a Jerusalén, y la atención se dirige a las condiciones necesarias para entrar en el Reino (cf. Lc 18,9-19,28). Aparecen dos personajes contrapuestos, y ambos oran: en su modo de orar se revela su modo de vivir y sus relaciones con Dios y los demás. Ambos, en la oración, dicen la verdad de su existencia.

El fariseo saca a colación sus méritos: se tiene por acreedor de Dios. En el fondo, no necesita de Dios, aunque le dé gracias, al menos formalmente, porque le ha concedido ser tan perfecto. Pero hay más. Su justicia le hace juez, y juez despiadado: tan ciega es la estima que encuentra en sí mismo que cuando mira a los demás sólo es para despreciarlos (v 11). El publicano, por el contrario, consciente de sus pecados -que le hacen tener la cabeza inclinada-, en realidad está abierto al cielo y espera de Dios todo: golpeándose el pecho, llama a la puerta del Reino, y se le abre.

MEDITATIO

Conocer a Dios y conocerse a sí mismo o, mejor, conocerse a sí mismo en Dios: ése es el comienzo de la sabiduría y de la verdadera vida. Todos los santos lo han experimentado. De hecho, ¿qué es el hombre sin Dios? Un soberbio destinado a la oscura soledad, rodeado de presuntos rivales o de seres juzgados indignos; en resumidas cuentas, un desesperado pillado en el cepo de su egoísmo, de su pecado. ¿Qué es el hombre con Dios?
Sigue siendo un orgulloso, un pecador. Pero sabe que precisamente la experiencia del pecado puede convertirse en un lugar en el que Dios —el Misericordioso— revela su rostro.

Vemos, pues, lo importante que es dejar caer las caretas con las que pretendemos ocultarnos, sobre todo a nosotros mismos, la pobreza de nuestro ser, la mezquindad de nuestro corazón, la dureza de nuestros juicios. Uno sólo puede curarse si se reconoce enfermo, necesitado de salvación. Dios espera este momento, incluso hasta lo provoca sabiamente con su pedagogía inconfundible. Todos somos siempre un poco "fariseos", pero a todos nos brinda Dios poder hacer la experiencia del publicano de la parábola, lograr una auténtica humildad, la que reconoce que Dios es mayor que nuestro corazón y que siempre perdona.

ORATIO

Oh Dios, creador del cielo y la tierra, el universo entero es lugar de tu presencia, morada de tu santo nombre. En ti, bajo tu mirada, vivimos, nos movemos y existimos. Todas nuestras palabras y acciones son oración que sube a tu presencia. La verdad de nosotros mismos está patente a tus ojos. El temor nos asalta porque sabemos que nuestro corazón no es puro, que nuestra vida no es santa, y tratamos de ocultarnos y de despreciar a los demás para justificarnos a nosotros mismos; pensamos adornarnos con tantas obras que son pura apariencia. Tratamos, en vano, de buscar una seguridad.
No podemos acallar una voz que desde lo hondo de nosotros mismos nos grita: "¿Por qué actúas así? ¿Qué tratas de buscar con lo que haces?". Es tu voz, Señor, que silenciosamente va creando en nuestro interior un gran vacío: desde este abismo brota, desesperadamente, el único grito verdadero: "Ten piedad de mí, que soy un pecador". El orgullo me mata, humildemente te busco, Señor.

CONTEMPLATIO

Me preguntáis [...] si un alma puede acudir a Dios confiadamente conociendo su propia miseria. Respondo que el alma conocedora de su propia miseria no sólo puede tener una gran confianza en Dios, sino que le será imposible alcanzar la verdadera confianza si carece del conocimiento de su propia miseria; porque el conocimiento y la confesión de esta miseria nos introducen en la presencia de Dios. Por eso los grandes santos, como Job, David y otros, comenzaban siempre sus oraciones confesando la propia miseria e indignidad; es, por lo tanto, cosa excelente reconocerse pobre, vil, bajo e indigno de comparecer ante el divino acatamiento.

El célebre dicho de los antiguos: "Conócete a ti mismo", se suele interpretar así: "Conoce la grandeza y excelencia de tu alma para no envilecerla ni profanarla con cosas indignas de su nobleza". Pero se interpreta también de esta otra manera: "Conócete a ti mismo, es decir, tu indignidad, tu imperfección, tu miseria". Cuanto más miserables somos, tanto más debemos confiar en la bondad y misericordia de Dios; porque entre la misericordia y la miseria existe un parentesco tan grande que la una no se puede ejercitar sin la otra. Si Dios no hubiera creado a los hombres, hubiera sido ciertamente bondadoso, pero no misericordioso, puesto que no hubiera podido ejercitar su misericordia con ninguno, ya que la misericordia se practica con los miserables (Francisco de Sales, Conversaciones espirituales, II)

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

"Conoces hasta el fondo de mi alma" (Sal 138,14).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

De la ascesis de pobreza surge cada día un hombre nuevo, todo paz, benevolencia y dulzura. Queda para siempre marcado por el arrepentimiento, pero un arrepentimiento lleno de alegría y de amor que aflora por todas partes y siempre y permanece en segundo plano de su búsqueda de Dios. Este hombre ha alcanzado ya una paz profunda, pues fue quebrantado y reedificado en todo su ser por pura gracia. Apenas se reconoce. Es diferente. En el mismo instante en que tocó el abismo profundo del pecado, Fue precipitado al abismo de la misericordia. Ha aprendido a entregar las armas ante Dios, a no defenderse ante él. Está despojado y sin defensa. Ha renunciado a la justicia personal y no tiene proyectos de santidad. Sus manos están vacías o sólo conservan su miseria, que se atreve a exponer ante la misericordia. Dios se ha hecho verdaderamente Dios para él, y nada más que Dios. Eso es lo que quiere decir Salvator, salvador del pecado. Incluso está casi reconciliado con su pecado, como Dios se ha reconciliado con él.

Para sus hermanos y prójimos se ha convertido en un amigo benevolente y dulce que comprende sus debilidades. No tiene ya confianza en sí mismo, sino sólo en Dios. Es el primer pecador –así lo piensa–, pero pecador perdonado. Por eso debe abrirse, como a un igual y a un hermano, a todos los pecadores del mundo. Se siente cercano a ellos porque no se cree mejor que los demás. Su oración preferida es la del publicano, que se parece a su respiración y al latir del corazón del mundo, su deseo más profundo de salvación y curación: "Señor Jesús, ten piedad de mí, pobre pecador" (A. Louf, A merced de su gracia, Madrid 1991, 125s, passim).

http://www.mercaba.org/LECTIO/CUA/semana3_sabado.htm

miércoles, 21 de febrero de 2018

Cuaresma, tiempo para reconocer errores y rectificar caminos


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este miércoles de la 1ª semana de Cuaresma.

Dios nos bendice....

Primera lectura

Lectura de la profecía de Jonás (3,1-10):

EL Señor dirigió la palabra a Jonás:
«Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré».
Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad el primer día, proclamando:
«Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada».
Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor.
La noticia llegó a oídos del rey de Nínive, que se levantó de su trono, se despojó del manto real, se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo. Después ordenó proclamar en Nínive este anuncio de parte del rey y de sus ministros:
«Que hombres y animales, ganado mayor y menor no coman nada; que no pasten ni beban agua. Que hombres y animales se cubran con rudo sayal e invoquen a Dios con ardor. Que cada cual se convierta de su mal camino y abandone la violencia. ¡Quién sabe si Dios cambiará y se compadecerá, se arrepentirá de su violenta ira y no nos destruirá!».
Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 50,3-4.12-13.18-19

R/.
 Un corazón quebrantado y humillado,
tú, Dios mío, no lo desprecias


V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,29-32):

EN aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús,
y él se puso a decirles:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás».

Palabra del Señor

Comentario


1.1 Es humillante y doloroso darse cuenta de un error y por eso nuestro ego suele resistirse a reconocer sus fallas. A través de disculpas o de intentar echar la culpa a otros pretendemos ocultar nuestras equivocaciones. A menudo este proceder conduce a que sean maltratados inocentes y a que nosotros mismos multipliquemos nuevas fallas y desaciertos.

1.2 En realidad el camino más sencillo para librarse de los errores es reconocerlos. He leído que el empresario más rico del mundo actualmente, Bill Gates, tiene como estrategia difundir con rapidez y precisión de los errores que aparecen en los productos de Microsoft o en sus métodos de mercadeo.

1.3 La idea es que cuando algo sale mal todo el mundo en la empresa debe saber que eso salió mal y debe enterarse de por qué salió mal. Sin embargo, el énfasis nunca está en quién fue el "culpable" pues no se trata de un ejercicio de justicia sino de una política de entrenamiento continuo. Es como poner a todo Microsoft a aprender todos los días cómo hacer las cosas mejor por vía de reconocer con honesta sencillez qué salió mal.

1.4 El fruto de esta estrategia de Gates es notable: todo el mundo, también yo, tiene algo qué criticarle a Microsoft y sus productos, pero ello no exaspera a este genio de los sistemas, pues su actitud de mantenerse rectificando el camino SIEMPRE convierte cada crítica en una oportunidad.

1.5 Tal vez no sobre aclarar que mi admiración por este aspecto de la vida de Bill Gates no me hace menos crítico de muchas otras cosas de su modo de obrar y de enriquecerse. Pero nada nos impide aprender de aquellos con los que no estamos de acuerdo incluso en cosas esenciales.

2. Hacer penitencia

2.1 La cuaresma quiere que hagamos el ejercicio honesto de rectificar nuestros caminos reconociendo nuestros errores. Mas además del reconocimiento de errores hay algo que se nos invita a hacer: penitencia.

2.2 La penitencia es uno de los conceptos de más difícil comprensión para nuestra época. Habla tú de penitencia y la gente creerá que estás contando historias de mentes enfermizas, almas masoquistas o clérigos de oscuras tendencias sádicas. La morbosidad ronda al tema de la penitencia y crea una nube pegajosa que no nos deja reconocer la belleza que también tiene este aspecto de la vida cristiana.

2.3 Hacer penitencia es al alma lo que un gimnasio es para el cuerpo. ¿Has visto la cara que hace la gente mientras levanta pesas o estira durísimos resortes? No son rostros sonrientes y tranquilos, sino imágenes de un esfuerzo tenaz y a veces incluso de dolor. Pero ese dolor tiene un sentido, que es la reforma del cuerpo. Después de esas "torturas" repetidas durante días o semanas, van desapareciendo las formas indeseables y el cuerpo adquiere el perfil que se quería.

2.4 Algo así es la penitencia para el alma: a través del dominio de nosotros mismos nos volvemos escultores de nuestra vida y recuperamos posesión de nuestros sentidos y emociones. El ayuno, así como otras formas de penitencia, son un verdadero gimnasio en el que alcanzamos belleza no para este mundo sino para la eternidad.

http://fraynelson.com/homilias.html.