¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios en este sábado XX del Tiempo Ordinario (A).
Dios nos bendice
1ª Lectura (Ez 43,1-7):
En aquellos días, el ángel me condujo a la puerta oriental: vi la gloria del Dios de Israel que venía de oriente, con estruendo de aguas caudalosas: la tierra reflejó su gloria. La visión que tuve era como la visión que había contemplado cuando vino a destruir la ciudad, como la visión que había contemplado a orillas del río Quebar. Y caí rostro en tierra. La gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental. Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior. La gloria del Señor llenaba el templo. Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo —el hombre seguía a mi lado, y me decía: «Hijo de Adán, éste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis pies, donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel».
Salmo responsorial: 84
R/. La gloria del Señor habitará en nuestra tierra.
Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Díos anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos». La salvación está ya cerca de sus fieles, y la
gloria habitará en nuestra tierra.
La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la
fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.
El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia
marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.
Versículo antes del Evangelio (Mt 23,9.10):
Aleluya. Uno solo es vuestro Padre, el del cielo, y uno solo es vuestro consejero, Cristo. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mt 23,1-12):
En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente y a los
discípulos: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los
fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su
conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las
espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus
obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las
filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los
banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las
plazas y que la gente les llame “Rabbí”.
»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro
Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en
la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis
llamar “Guías”, porque uno solo es vuestro Guía: el Cristo. El mayor entre
vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el
que se humille, será ensalzado».
Comentario
Hoy, Jesucristo nos dirige nuevamente una llamada a la
humildad, una invitación a situarnos en el verdadero lugar que nos corresponde:
«No os dejéis llamar “Rabbí” (...); ni llaméis a nadie “Padre” (...); ni
tampoco os dejéis llamar “Guías”» (Mt 23,8-10). Antes de apropiarnos de todos
estos títulos, procuremos dar gracias a Dios por todo lo que tenemos y que de
Él hemos recibido.
Como dice san Pablo, «¿qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has
recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4,7). De
manera que, cuando tengamos conciencia de haber actuado correctamente, haremos
bien en repetir: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer»
(Lc 17,10).
El hombre moderno padece una lamentable amnesia: vivimos y actuamos como si
nosotros mismos hubiésemos sido los autores de la vida y los creadores del
mundo. Por contraste, causa admiración Aristóteles, el cual —en su teología
natural— desconocía el concepto de la “creación” (noción conocida en aquellos
tiempos sólo por Revelación divina), pero, por lo menos, tenía claro que este
mundo dependía de la Divinidad (la “Causa incausada”). San Juan Pablo II nos
llama a conservar la memoria de la deuda que tenemos contraída con nuestro
Dios: «Es preciso que el hombre dé honor al Creador ofreciendo, en una acción
de gracias y de alabanza, todo lo que de Él ha recibido. El hombre no puede
perder el sentido de esta deuda, que solamente él, entre todas las otras realidades
terrestres, puede reconocer».
Además, pensando en la vida sobrenatural, nuestra colaboración —¡Él no hará
nada sin nuestro permiso, sin nuestro esfuerzo!— consiste en no estorbar la
labor del Espíritu Santo: ¡dejar hacer a Dios!; que la santidad no la
“fabricamos” nosotros, sino que la otorga Él, que es Maestro, Padre y Guía. En
todo caso, si creemos que somos y tenemos algo, esmerémonos en ponerlo al
servicio de los demás: «El mayor entre vosotros será vuestro servidor» (Mt
23,11).
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Evangeli.net
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