¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este sábado 9 del Tiempo Ordinario (A).
Dios nos bendice
1ª Lectura (2Tim 4,1-8):
Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y
muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a
tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo
de instruir. Porque vendrá un tiempo en que la gente no soportará la doctrina
sana, sino que, para halagarse el oído, se rodearán de maestros a la medida de
sus deseos y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas. Tú
estate siempre alerta; soporta lo adverso, cumple tu tarea de evangelizador,
desempeña tu ministerio.
Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.
He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.
Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me
premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su
venida.
Salmo responsorial: 70
R/. Mi boca contará tu salvación, Señor.
Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria, todo
el día. No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me
abandones.
Yo, en cambio, seguiré esperando, redoblaré tus alabanzas; mi boca contará tu
auxilio, y todo el día tu salvación.
Contaré tus proezas, Señor mío, narraré tu victoria, tuya entera. Dios mío, me
instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.
Y yo te daré gracias, Dios mío, con el arpa, por tu lealtad; tocaré para ti la
cítara, Santo de Israel.
Versículo antes del Evangelio (Mt 5,3):
Aleluya. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mc 12,38-44):
En aquel tiempo, dijo Jesús a las gentes en su
predicación: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje,
ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y
los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas
so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa».
Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas
en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda
pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando
a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado
más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo
que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto
poseía, todo lo que tenía para vivir».
Comentario
Hoy, como en tiempo de Jesús, los devotos —y todavía más
los “profesionales” de la religión— podemos sufrir la tentación de una especie
de hipocresía espiritual, manifestada en actitudes vanidosas, justificadas por
el hecho de sentirnos mejores que el resto: por alguna cosa somos los
creyentes, practicantes... ¡los puros! Por lo menos, en el fuero interno de
nuestra conciencia, a veces quizá nos sentimos así; sin llegar, sin embargo, a
“hacer ver que rezamos” y, menos aún a “devorar los bienes de nadie”.
En contraste evidente con los maestros de la ley, el Evangelio nos presenta el
gesto sencillo, insignificante, de una mujer viuda que suscitó la admiración de
Jesús: «Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas» (Mc 12,42). El
valor del donativo era casi nulo, pero la decisión de aquella mujer era
admirable, heroica: dio todo lo que tenía para vivir.
En este gesto, Dios y los demás pasaban delante de ella y de sus propias
necesidades. Ella permanecía totalmente en las manos de la Providencia. No le quedaba
ninguna otra cosa a la que agarrarse porque, voluntariamente, lo había puesto
todo al servicio de Dios y de la atención de los pobres. Jesús —que lo vio—
valoró el olvido de sí misma, y el deseo de glorificar a Dios y de socorrer a
los pobres, como el donativo más importante de todos los que se habían hecho
—quizá ostentosamente— en el mismo lugar.
Todo lo cual indica que la opción fundamental y salvífica tiene lugar en el
núcleo de la propia conciencia, cuando decidimos abrirnos a Dios y vivir a disposición
del prójimo; el valor de la elección no viene dado por la cualidad o cantidad
de la obra hecha, sino por la pureza de la intención y la generosidad del amor.
Rev. D. Enric PRAT i Jordana (Sort, Lleida, España)
Evangeli.net
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