¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios en este viernes 8 del Tiempo Ordinario, ciclo A.
Dios nos bendice
1ª Lectura (1Pe 4,7-13):
Queridos hermanos: El fin de todas las cosas está cercano. Sed, pues, moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo, mantened en tensión el amor mutuo, porque el amor cubre la multitud de los pecados. Ofreceos mutuamente hospitalidad, sin protestar. Que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la múltiple gracia de Dios. El que toma la palabra, que hable palabra de Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Queridos hermanos, no os extrañéis de ese fuego abrasador que os pone a prueba, como si os sucediera algo extraordinario. Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.
Salmo responsorial: 95
R/. Llega el Señor a regir la tierra.
Decid a los pueblos: El Señor es rey, él afianzó el orbe,
y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente.
Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen
los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.
Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con
justicia y los pueblos con fidelidad.
Versículo antes del Evangelio (Jn 15,16):
Aleluya. Yo os elegí del mundo para que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mc 11,11-25):
En aquel tiempo, después de que la gente lo había
aclamado, Jesús entró en Jerusalén, en el Templo. Y después de observar todo a
su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.
Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos
una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a
ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le
dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!». Y sus discípulos oían esto.
Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que
vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y
los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase
cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: ‘Mi Casa
será llamada Casa de oración para todas las gentes?’.¡Pero vosotros la tenéis
hecha una cueva de bandidos!». Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los
escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la
gente estaba asombrada de su doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la
ciudad.
Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz.
Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está
seca». Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a
este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea
que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis
en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis. Y cuando os
pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que
también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas».
Comentario
Hoy, fruto y petición son palabras clave en el Evangelio.
El Señor se acerca a una higuera y no encuentra allí frutos: sólo hojarasca, y
reacciona maldiciéndola. Según san Isidoro de Sevilla, “higo” y “fruto” tienen
la misma raíz. Al día siguiente, sorprendidos, los Apóstoles le dicen: «¡Rabbí,
mira!, la higuera que maldijiste está seca» (Mc 11,21). En respuesta,
Jesucristo les habla de fe y de oración: «Tened fe en Dios» (Mc 11,22).
Hay gente que casi no reza, y, cuando lo hacen, es con vista a que Dios les
resuelva un problema tan complicado que ya no ven en él solución. Y lo
argumentan con las palabras de Jesús que acabamos de escuchar: «Todo cuanto
pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis» (Mc
11,24). Tienen razón y es muy humano, comprensible y lícito que, ante los
problemas que nos superan, confiemos en Dios, en alguna fuerza superior a
nosotros.
Pero hay que añadir que toda oración es “inútil” («vuestro Padre sabe lo que
necesitáis antes de pedírselo»: Mt 6,8), en la medida en que no tiene una
utilidad práctica directa, como —por ejemplo— encender una luz. No recibimos
nada a cambio de rezar, porque todo lo que recibimos de Dios es gracia sobre
gracia.
Por tanto, ¿no es necesario rezar? Al contrario: ya que ahora sabemos que no es
sino gracia, es entonces cuando la oración tiene más valor: porque es “inútil”
y es “gratuita”. Aun con todo, hay tres beneficios que nos da la oración de
petición: paz interior (encontrar al amigo Jesús y confiar en Dios relaja);
reflexionar sobre un problema, racionalizarlo, y saberlo plantear es ya tenerlo
medio solucionado; y, en tercer lugar, nos ayuda a discernir entre aquello que
es bueno y aquello que quizá por capricho queremos en nuestras intenciones de
la oración. Entonces, a posteriori, entendemos con los ojos de la fe lo que
dice Jesús: «Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea
glorificado en el Hijo» (Jn 14,13).
Fra. Agustí BOADAS Llavat OFM (Barcelona, España)
Evangeli.net
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