sábado, 29 de junio de 2019

"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos,  leer y meditar el Evangelio, en este sábado en que celebramos la solemnidad de San Pedro y San Pablo.

Dios nos bendice...

Lectio Divina: Santos Pedro y San Pablo
Lectio
Sábado, 29 Junio , 2019
Mateo 16,13-23
Jesús dice a Pedro: "Tú eres Piedra"
Piedra de apoyo y piedra de escándalo
1. Oración inicial
Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia,
Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.
2. Lectura
a) Una clave de lectura:
El texto litúrgico de la fiesta de San Pedro y San Pablo está tomado del Evangelio de Mateo: 16,13-19. En el comentario que haremos incluimos también los versículos 20-23. Porque en el conjunto del texto, del versículo 13 al 23, Jesús volviéndose a Pedro por dos veces lo llama "piedra". Una vez piedra de fundamento (Mt 16,18) y otra vez piedra de escándalo. (Mt 16,23). Las dos afirmaciones se complementan mutuamente. Durante la lectura del texto sería bueno poner atención al modo de conducirse de Pedro y a las solemnes palabras, que Jesús le dirige en dos ocasiones.
b) Una división del texto para ayudar en la lectura:
13-14: Jesús quiere saber las opiniones del pueblo sobre su persona.
15-16: Jesús pregunta a los discípulos y Pedro confiesa: "¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios!"
17-20: Respuesta solemne de Jesús a Pedro (frase central de la fiesta de hoy).
21-22: Jesús pone en claro el significado de Mesías, pero Pedro reacciona y no lo acepta.
22-23: Respuesta solemne de Jesús a Pedro.
c) El texto:
Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" Ellos dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas."
Díceles él: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?" Simón Pedro contestó: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo."
Replicando Jesús le dijo: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos." Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día.
Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!" Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: "¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!
3. Un momento de silencio orante
para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.
4. Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Qué punto ha llamado más mi atención?
b) ¿Cuáles son las opiniones del pueblo sobre Jesús? ¿Qué piensan Pedro y los discípulos sobre Jesús?
c) ¿Quién es Jesús para mi? ¿Quién soy yo para Jesús?
d) Pedro es piedra de dos modos: ¿cuáles?
e) ¿Qué tipo de piedra es nuestra comunidad?
f) En el texto aparecen muchas opiniones sobre Jesús y varias maneras de presentarse la fe. Hoy también existen muchas opiniones diferentes sobre Jesús. ¿Qué opiniones son las conocidas por nuestra comunidad? ¿Qué misión resulta de todo esto para nosotros?
5. Una clave de lectura
para profundizar en el tema.
i) El contexto:
En las partes narrativas de su Evangelio, Mateo acostumbra seguir el orden del Evangelio de Marcos. Tal vez él cita otra fuente conocida por él y por Lucas. Pocas veces presenta informaciones propias que aparezcan sólo en su Evangelio, como en el caso del evangelio de hoy. Este texto, con el diálogo entre Jesús y Pedro, recibe diversas interpretaciones, incluso hasta opuestas, en las iglesias cristianas. En la iglesia católica constituye el fundamento del primado de Pedro. Sin disminuir a propósito la importancia de este texto, conviene situarlo en el contexto del Evangelio de Mateo, en el cual, en otros textos las mismas cualidades conferidas a Pedro son atribuidas casi todas también a otras personas. No son una exclusiva de Pedro.
ii) Comentario del texto:
a) Mateo: 16,13-16: Las opiniones del pueblo y de los discípulos con respecto a Jesús.
Jesús quiere saber la opinión del pueblo sobre su persona. Las respuestas son muy variadas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, uno de los profetas. Cuando Jesús pide la opinión a los mismos discípulos, Pedro en nombre de todos, dice: "¡Tú eres el Cristo el Hijo de Dios vivo!" Esta respuesta de Pedro no es nueva. Anteriormente, después de caminar sobre las aguas, ya los mismos discípulos habían hecho una confesión de fe semejante: "¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!" (Mt 14, 33). Es el reconocimiento de que en Jesús se realizan las profecías del Antiguo Testamento. En el Evangelio de Juan la misma profesión de fe se hace por medio de Marta: "¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que ha venido a este mundo!" (Jn 11,27).
b) Mateo: 16-17: La respuesta de Jesús a Pedro: ¡Dichoso tú, Pedro!
Jesús proclama "dichoso" a Pedro, porque ha recibido una revelación del Padre. Tampoco aquí es nueva la respuesta de Jesús. Anteriormente Jesús había hecho una idéntica proclamación de beatitud a los discípulos porque veían y oían cosas que ninguno antes había conocido (Mt 13,16), y había alabado al Padre porque había revelado el Hijo a los pequeños y no a los sabios (Mt 11,25). Pedro es uno de los pequeños a los que el Padre se revela. La percepción de la presencia de Dios en Jesús no "viene de la carne ni de la sangre", o sea, no es fruto de estudio, ni es mérito de ningún esfuerzo humano, sino que es un don que Dios concede a quien quiere.
c) Mateo: 16,18-20: Las calificaciones de Pedro: Ser piedra de fundamento y recibir en posesión las llaves del Reino.
1. Ser Piedra: Pedro debe ser la piedra, a saber, debe ser el fundamento firme para la Iglesia, de modo que pueda resistir contra los asaltos de las puertas del infierno. Con estas palabras de Jesús a Pedro, Mateo animaba a las comunidades de la Siria o de la Palestina, que sufrían y eran perseguidas y que veían en Pedro el jefe que las había sellado desde los orígines. A pesar de ser débiles y perseguidas, ellas tenían un fundamento sólido, garantizado por la palabra de Jesús. En aquel tiempo, las comunidades cultivaban una estrecha relación afectiva muy fuerte con los jefes que habían dado origen a la comunidad. Así las comunidades de la Siria y Palestina cultivaban su relación con la persona de Pedro. La de la Grecia con la persona de Pablo. Algunas comunidades de Asia con la persona del Discípulo amado y otras con la persona de Juan el del Apocalipsis. Una identificación con estos jefes de sus orígines les ayudaba a cultivar mejor la propia identidad y espiritualidad. Pero podía ser también motivo de conflicto, como en el caso de la comunidad de Corinto (1Cor 1,11-12). Ser piedra como fundamento de la fe evoca la palabra de Dios al pueblo en el destierro de Babilonia: "Oídme vosotros, los que seguís la justicia, los que buscáis a Yahvé. Considerad la roca de la que habéis sido tallados y la cantera de la que habéis sido sacados. Mirad a Abrahán, vuestro padre y a Sara que os dio a luz; porque sólo a él lo llamé yo, lo bendije y lo multipliqué." (Is 51,1-2). Aplicada a Pedro, esta cualidad de piedra-fundamento, indica un nuevo comienzo del pueblo de Dios.
2. Las llaves del Reino: Pedro recibe las llaves del Reino para atar y desatar, o sea, para reconciliar entre ellos y con Dios . El mismo poder de atar y desatar se les ha sido dado a las comunidades (Mt 18,8) y a los discípulos (Jn 20,23). Uno de los puntos en el que el Evangelio de Mateo insiste más, es el de la reconciliación y el perdón. (Mt 5,7.23-24.38-42.44-48; 6,14-15; 18,15-35). El hecho es que en los años 80 y 90, allá en la Siria existían muchas tensiones en las comunidades y divisiones en las familias por causa de la fe en Jesús. Algunos lo aceptaban como Mesías y otros no, y esto era fuente de muchos desavenencias y conflictos. Mateo insiste sobre la reconciliación. La reconciliación era y sigue siendo uno de los más importantes deberes de los coordinadores de las comunidades. Imitando a Pedro, deben atar y desatar, esto es, trabajar para que haya reconciliación, aceptación mutua, construcción de la verdadera fraternidad.
3. La Iglesia: La palabra Iglesia, en griego ekklesia, aparece 105 veces en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente en las Actas de los Apóstoles y en las Cartas. Sólamente tres veces en los Evangelios, y sólo en Mateo. La palabra significa" asamblea convocada" o " asamblea elegida". Esta indica el pueblo que se reúne convocado por la Palabra de Dios, y trata de vivir el mensaje del Reino que Jesús nos ha traído. La Iglesia o la comunidad no es el Reino, sino un instrumento y una señal del Reino. El Reino es más grande. En la Iglesia, en la comunidad, debe o debería aparecer a los ojos de todos, lo que sucede cuando un grupo humano deja a Dios reinar y tomar posesión de su vida.
d) Mateo: 16,21-22: Jesús completa lo que falta en la respuesta de Pedro y éste reacciona y no acepta.
Pedro había confesado: "¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!" Conforme a la ideología dominante del tiempo, él se imaginaba un Mesías glorioso. Jesús lo corrige: Es necesario que el Mesías sufra y sea muerto en Jerusalén". Diciendo "es necesario", Él indica que el sufrimiento ya estaba previsto en las profecías (Is 53, 2-8). Si los discípulos aceptan a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, deben aceptarlo también como Mesías Siervo que va a morir. ¡No sólo el triunfo de la gloria, sino también el camino de la cruz! Pero Pedro no acepta la corrección de Jesús y trata de disuadirlo.
e) Mateo: 16-23: La respuesta de Jesús a Pedro: piedra de escándalo.
La respuesta de Jesús es sorprendente: "¡Retírate de mi, Satanás! Tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios sino la de los hombres". Satanás es el que nos aparta del camino que Dios ha trazado para nosotros. Literalmente Jesús dice: "¡Colócate detrás de mi!" (Vada retro! En latín). Pedro quería tomar la guía e indicar la dirección del camino. Jesús dice: "¡Detrás de mí!" Quien señala la dirección y el ritmo no es Pedro, sino Jesús. El discípulo debe seguir al maestro. Debe vivir en conversión permanente. La palabra de Jesús era también un mensaje para todos aquéllos que guiaban la comunidad. Ellos deben "seguir" a Jesús y no pueden colocarse delante como Pedro quería hacer. Non son ellos los que pueden indicar la dirección o el estilo. Al contrario, como Pedro, en vez de piedra de apoyo, pueden convertirse en piedra de escándalo. Así eran algunos jefes de las comunidades en tiempos de Mateo. Había ambigüedad. ¡Así nos puede suceder a nosotros hoy!
iii) Ampliando informaciones del evangelio sobre Pedro: un retrato de San Pedro
Pedro de pescador de peces se transformó en pescador de hombres (Mc 1,7). Estaba casado (Mc 1,30). Hombre bueno, muy humano. Estaba llamado naturalmente a ser el jefe entre los doce primeros discípulos de Jesús. Jesús respetó esta tendencia natural e hizo de Pedro el animador de su primera comunidad (Jn 21, 17). Antes de entrar en la comunidad de Jesús, Pedro se llamaba Simón bar Jona (Mt 16,17), Simón hijo de Jonás. Jesús le dió el sobrenombre de Cefas o Piedra, que luego se convirtió en Pedro. (Lc 6,14).
Por naturaleza, Pedro podía serlo todo, menos una piedra. Era valiente en el hablar, pero a la hora del peligro se dejaba llevar del miedo y huía. Por ejemplo, aquella vez que Jesús llegó caminando sobre las aguas, Pedro pidió: "Jesús, ¿puedo yo también ir a ti sobre las aguas?" Jesús respondió "¡Ven, Pedro!" Pedro desciende de la barca, se pone a caminar sobre las aguas. Pero cuando llega una ola un poco más alta de lo acostumbrado, se asusta, comienza a hundirse y exclama: "¡Sálvame, Señor!" Jesús lo tomó de la mano y lo salvó (Mt 14, 28-31). En la última cena, Pedro dice a Jesús: "¡Yo no te negaré jamás, Señor!" (Mc 14,31), pero pocas horas después, en el palacio del sumo sacerdote, delante de una sierva, cuando Jesús ya había sido arrestado, Pedro negó con juramento el tener algo que ver con Jesús (Mc 14, 66-72). En el huerto de los olivos, cuando Jesús fue arrestado, él llega hasta desenvainar la espada (Jn 18, 10), pero luego huyó, dejando solo a Jesús (Mc 14,50). Por naturaleza ¡Pedro no era piedra!
Sin embargo, este Pedro tan débil y tan humano, tan igual a nosotros, se convirtió en Piedra, porque Jesús ha rezado por él diciendo: "¡Pedro, yo he orado por ti, para que no desfallezca tu fe. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos!" (Lc 22,31-32). Por esto, Jesús podía decir: "¡Tú eres Pedro y sobre esta piedra yo edificaré mi Iglesia!" (Mt 16,18). Jesús le ayudó a ser piedra. Después de la resurrección, en Galilea, Jesús se apareció a Pedro y le pidió dos veces: "¿Pedro me amas?" Y Pedro dos veces respondió: "Señor, Tú sabes que te amo.". " (Jn 21, 15.16). Cuando Jesús hizo la misma pregunta por tercera vez, Pedro se entristeció. Debió recordar que lo había negado tres veces. A la tercera pregunta, él respondió: "Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que yo te amo". Y fue en aquel momento cuando Jesús le confió el cuidado de las ovejas, diciendo: ¡Pedro, apacientas mis ovejas! Con la ayuda de Jesús la firmeza de la piedra crecía en Pedro y se reveló en el día de Pentecostés.
En el día de Pentecostés, después de la venida del Espíritu Santo, Pedro abrió la puerta de la sala, donde estaban todos reunidos, a puertas cerradas por miedo de los judíos (Jn 20,19), se llenó de valor y comenzó a anunciar la Buena Noticia de Jesús al pueblo (Act 2,14-40). ¡Y no se paró nunca más!. Por causa de este anuncio valeroso de la resurrección, fue arrestado (Act 4,3). En el interrogatorio le fue prohibido anunciar la buena noticia (Act 4,18), pero Pedro no obedeció la prohibición. Él decía: "¡Nosotros pensamos que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres!" (Act 4, 19; 5,29). Fue arrestado de nuevo y (Act 5,18.26). Fue castigado (Act 5,40). Pero el dijo: "Muchas gracias. Pero nosotros continuaremos" (cfr Act 5,42).
La tradición cuenta que, al final de su vida, cuando estaba en Roma, Pedro tuvo todavía un momento de miedo. Pero luego volvió sobre sus pasos, fue arrestado y condenado a la muerte de cruz. Él pidió que le crucificasen con la cabeza hacia abajo. Pensaba que no era digno de morir del mismo modo que su maestro Jesús. ¡Pedro fue fiel así mismo hasta el final!
6. Salmo 103 (102)
Acción de gracias 
Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios.
Él, que tus culpas perdona,
que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa,
te corona de amor y ternura,
satura de bienes tu existencia,
y tu juventud se renueva como la del águila.
Yahvé realiza obras de justicia
y otorga el derecho al oprimido,
manifestó a Moisés sus caminos,
a los hijos de Israel sus hazañas.
Yahvé es clemente y compasivo,
lento a la cólera y lleno de amor;
no se querella eternamente,
ni para siempre guarda rencor;
no nos trata según nuestros yerros,
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se alzan sobre la tierra los cielos,
igual de grande es su amor con sus adeptos;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros crímenes.
Como un padre se encariña con sus hijos,
así de tierno es Yahvé con sus adeptos;
que él conoce de qué estamos hechos,
sabe bien que sólo somos polvo.
¡El hombre! Como la hierba es su vida,
como la flor del campo, así florece;
lo azota el viento y ya no existe,
ni el lugar en que estuvo lo reconoce.
Pero el amor de Yahvé es eterno
con todos que le son adeptos;
de hijos a hijos pasa su justicia,
para quienes saben guardar su alianza,
y se acuerdan de cumplir sus mandatos.
Yahvé asentó su trono en el cielo,
su soberanía gobierna todo el universo.
Bendecid a Yahvé, ángeles suyos,
héroes potentes que cumplís sus órdenes
en cuanto oís la voz de su palabra.
Bendecid a Yahvé, todas sus huestes,
servidores suyos que hacéis su voluntad.
Bendecid a Yahvé, todas sus obras,
en todos los lugares de su imperio.
¡Bendice, alma mía, a Yahvé!
7. Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén
Orden de los Carmelitas

viernes, 28 de junio de 2019

La verdadera conversión: de la justicia a la misericordia


Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este viernes en que celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Dios nos bendice...

Lectio: Sagrado Corazón de Jesús (C)
Lectio
Viernes, 28 Junio , 2019
Lucas 15, 3-7 
Oración inicial
Padre mío, vengo hoy ante ti con el corazón dolorido, porque sé que estoy entre el número de aquéllos, que aun siendo pecadores, se creen justos. Siento en mí el peso de mi corazón hecho de piedra y de hierro. Quisiera estar también yo, hoy, entre el número de los que se acercan a tu Hijo para escucharlo:
no quisiera obrar como los escribas y fariseos que, delante de tu amor, murmuran y critican.
Te ruego, Señor mío, que toques mi corazón con tus palabras, con tu presencia y embelésalo con una sola mirada, con una sola de tus caricias. Llévame a tu mesa, para que yo también pueda comer tu buen pan, o aunque sean las migajas, a tu Hijo Jesús, grano de trigo convertido en espiga y Alimento de salvación. No me dejes fuera, sino déjame entrar al banquete de tu misericordia. Amén 
1. LEER
a) El texto:
3 Entonces les dijo esta parábola: 4 «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? 5 Cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros 6 y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: `Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.' 7 Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión. 
b) El contexto:
Este brevísimo pasaje constituye sólo el comienzo del gran capítulo 15 del Evangelio de Lucas, un capítulo muy centrado, casi el corazón del Evangelio o de su mensaje. Aquí, de hecho, están reunidos los tres relatos de la misericordia, como en una única parábola: la oveja, la moneda y el hijo son imágenes de una sola realidad, llevan en sí toda la riqueza y preciosidad del hombre ante los ojos de Dios, el Padre. Aquí está el significado último de la encarnación y de la vida de Cristo en el mundo: la salvación de todos, Judíos y Griegos, esclavos o libres, hombres o mujeres. Ninguno debe permanecer fuera del banquete de la misericordia.
En efecto, precisamente el capítulo precedente a éste nos cuenta la invitación a la mesa del rey y nos dirige también a nosotros esta llamada: “¡Venid, todo está listo!” Dios nos espera, junto al puesto que ha preparado para nosotros, para hacernos sus comensales, para hacernos también a nosotros partícipes de su gozo.
c) La estructura:
El versículo 3 hace de introducción y nos envía a la situación precedente, a saber, aquélla en la que Lucas describe el movimiento gozoso, de amor y conversión, de los pecadores y de los publicanos, los cuales, sin miedo, siguen acercándose a Jesús para escucharlo. Es aquí donde se ceba la murmuración, la rabia, la crítica y por tanto el rechazo de los fariseos y de los escribas, convencidos de poseer en sí mismos la justicia y la verdad.
Por tanto la parábola que sigue, estructurada en tres relatos, quiere ser la respuesta de Jesús a estas murmuraciones; en el fondo, repuesta a nuestras críticas, a nuestros refunfuños contra Él y su amor inexplicable.
El versículo 4 se abre con una pregunta retórica, que supone ya una respuesta negativa: ninguno se comportaría como el buen pastor, como Cristo. Y por el contrario precisamente allí, en su comportamiento, en su amor por nosotros, por todos, está la verdad de Dios. Los versículos 5 y 6 cuentan la historia, describen las acciones, los sentimientos del pastor: su búsqueda, el compartir este gozo con los amigos. Al final, con el versículo 7, Lucas quiere dibujar el rostro de Dios, personificado en el Cielo: Él espera con ansia el regreso de todos sus hijos. Es un Dios, un Padre que ama a los pecadores que se reconocen necesitados de su misericordia, de su abrazo y no puede complacerse en aquéllos que se creen justos y permanecen alejados de Él. 
2. MEDITAR LA PALABRA
a) Un momento de silencio orante:
Ahora, como los publicanos y pecadores, también yo deseo acercarme al Señor Jesús para escuchar las palabras de su boca, para prestar atención, con el corazón y con la mente a cuanto Él quiera decirme Me abro, ahora, me dejo alcanzar de su voz, de su mirada hacia mí, que me llega hasta el fondo. 
b) Algunas pistas para profundizar:
“¿Quién de vosotros?”
Se necesita partir de esta pregunta fortísima de Jesús, dirigida a sus interlocutores de aquel momento, pero dirigida también hoy a nosotros. Estamos seriamente puestos de frente a nosotros mismos, para entender qué somos, cómo somos en lo profundo. “¿Quién es de vosotros un verdadero hombre?”, dice Jesús. Así como pocos versículos después dirá: “¿Qué mujer?”. Es un poco la misma pregunta que cantaba el salmista diciendo: “¿Qué cosa es el hombre?” (8,5) y que repetía Job, hablando con Dios: “¿Qué cosa es este hombre?” (7,17).
Por tanto, nosotros aquí, en este brevísimo relato de Jesús, en esta parábola de la misericordia, encontramos la verdad: llegamos a comprender quién es verdaderamente hombre, entre nosotros. Pero para hacer esto, se necesita que encontremos a Dios, escondido en estos versículos, porque debemos confrontarnos con Él, en Él reflejarnos y encontrarnos. El comportamiento del pastor con su oveja nos dice qué debemos hacer, cómo debemos ser y nos desvela cómo somos en realidad, pone al descubierto nuestras llagas, nuestra profunda enfermedad. Nosotros, que nos creemos dioses, no somos a veces ni siquiera hombres.
Veamos el por qué…
“noventa y nueve – uno”
He aquí que la luz de Dios nos pone enseguida frente a una realidad muy fuerte, comprometida, para nosotros. Encontramos en este Evangelio, un rebaño, uno como tantos, bastante numeroso, quizás de un hacendado rico: cien ovejas. Número perfecto, simbólico, divino. La plenitud de los hijos de Dios, todos nosotros, cada uno, uno por uno, ninguno puede quedar excluido. Pero en esta realidad sucede una cosa impensable: se crea una división enorme, desequilibrada al máximo. De una parte noventa y nueve ovejas y de la otra una sóla. No hay una proporción aceptable. Sin embargo estas son las modalidades de Dios. Nos viene enseguida pensar e interrogarnos a cuál de los dos grupos pertenecemos. ¿Estamos entre las noventa y nueve? ¿O somos aquella única, la sóla, tan grande, tan importante de hacer la contraparte a todo el resto del rebaño?
Miremos bien el texto. La oveja única. La sóla, sale pronto del grupo porque se pierde, descarrila, vive en suma, una experiencia negativa, peligrosa, quizás mortal. Pero sorprendentemente el pastor no la deja andar de ninguna manera, no se lava las manos; al contrario, abandona las otras, que habían quedado con él y va en busca de ella. ¿Es posible una cosa así? ¿Puede ser justificado un abandono de estas dimensiones? Aquí comenzamos a entrar en crisis, porque seguramente habíamos pensado espontáneamente clasificarnos entre las noventa y nueve, que permanecen fieles. Y por el contrario el pastor se va y corre a buscar a aquella mala, que no merecía nada, sino la soledad y el abandono que se había buscado.
¿Y qué sucede después? El pastor no se rinde, no piensa volver atrás, parece no preocuparse de sus otras ovejas, las noventa y nueve. El texto dice que él “va tras la perdida, hasta que la encuentra”. Es interesantísima esta preposición “tras”; parece casi una fotografía del pastor, que se inclina con el corazón, con el pensamiento, con el cuerpo sobre aquella única oveja. Examina el terreno, busca sus huellas, que él seguramente conoce y que las ha grabado en las palmas de sus manos (Is 49,16); interroga al silencio, para sentir si se oye todavía el eco lejano de sus balidos. La llama por su nombre, le repite los modos convencionales de llamarla, aquél con el que todos los días la escucha y acompaña. Y finalmente la encuentra. Sí, no podía ser de otro modo. Pero no hay castigo, ni violencia, ni dureza. Sólo un amor infinito y gozo rebosante. Dice Lucas: “Se la pone sobre sus hombros todo contento..” Y hace fiesta, en casa, con los amigos y vecinos. El texto no cuenta ni siquiera que el pastor haya vuelto al desierto a recoger las otras noventa y nueve.
Teniendo en cuenta todo esto, está claro, clarísimo, que debemos ser nosotros aquella única, aquella sóla oveja, tan amada, tan preferida. Debemos reconocer que nos hemos descarriado, que hemos pecado, que sin el pastor no somos nada. Este es el gran paso que la palabra del Evangelio nos llama a realizar, hoy: liberarnos del peso de nuestra presunta justicia, dejar el yugo de nuestra autosuficiencia y ponernos, también nosotros, de la parte de los pecadores, de los impuros, de los ladrones.
He aquí por qué Jesús comienza preguntándonos: “¿Quién de vosotros?” 
“en el desierto”
Este es lugar de los justos, de quien se cree a tono, sin pecado, sin mancha. No han entrado todavía en la tierra prometida, están fuera, lejanos, excluidos del gozo, de la misericordia. Como los que no aceptaron la invitación del rey y se excusaron. Quién con una excusa, quién con otra.
En el desierto y no en la casa, como aquella oveja única. No en la mesa del pastor, donde hay pan bueno y substancioso, donde hay vino que alegra el corazón. La mesa preparada por el Señor: Su Cuerpo y su Sangre. Donde el Pastor se convierte él mismo en cordero, cordero inmolado, alimento de vida.
Quien no ama a su hermano, quien no abre el corazón a la misericordia, como hace el pastor del rebaño, no puede entrar en la casa, sino que permanece fuera. El desierto es su heredad, su morada. Y allí no hay comida, ni agua, ni redil para el rebaño.
Jesús come con los pecadores, con los publicanos, las prostitutas, con los últimos, los excluidos y prepara la mesa, su banquete con exquisitas viandas, con vinos excelentes, con alimentos suculentos (Is 25, 6). A esta mesa somos invitados también nosotros.
c) Pasos paralelos interesantes:
2 Samuel 12, 1-4: 
«Había dos hombres en una ciudad, el uno era rico y el otro era pobre. El rico tenía ovejas y bueyes en gran abundancia; el pobre no tenía más que una corderilla, sólo una, pequeña, que había comprado. Él la alimentaba y ella iba creciendo con él y sus hijos, comiendo su pan, bebiendo en su copa, durmiendo en su seno igual que una hija.....
Mateo 9, 10-13:
Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por quécome vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»
Lucas 19, 1-10: 
Zaqueo
Lucas 7, 39:
Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.»
Lucas 5, 27-32:
Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas refunfuñaban diciendo a los discípulos: «¿Cómo es que coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores.»
Mateo 21, 31-32:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él. 
d) Breve comentarios de la tradición espiritual del Carmelo:
Sta. Teresa del Niño Jesús
Hablando del P. Jacinto Loyson, que había abandonado la Orden del Carmen y después también abandonó la Iglesia, Teresa escribe así a Celina: “Es cierto que Jesús desea más de nosotros para hacer volver a esta oveja perdida al redil…” (L129)
“Jesús priva a sus ovejas de su presencia sensible, para dar sus consuelos a los pecadores…” (L 142).
Hablando de Pranzini, de quien había leído la conversión en el momento supremo, antes de la ejecución, cuando tomando el crucifijo besó las santas llagas, escribe así: “ Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Áquel que declara que en cielo habrá más gozo por un sólo pecador que hace penitencia, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia. (MA 46 r)
Beata Isabel:
“ El sacerdote en el confesionario es el ministro de este Dios tan bueno, que deja las noventa y nueve ovejas fieles para correr a buscar a aquella sóla que se ha perdido…” (Diario, 13.03.1899).
San Juan de la Cruz:
“Era tan grande el deseo que el Esposo tenía de liberar y redimir a su esposa de la mano de la sensualidad y del demonio, que habiéndolo ya realizado, se alegra como el buen Pastor que después de haber caminado mucho encuentra a la oveja perdida y con gran gozo se la coloca en las espaldas” (CB XXI, Anotaciones). 
3. LA PALABRA Y LA VIDA
Algunas preguntas:
● “…habiendo perdido una de ellas…”. El evangelio reclama enseguida nuestra atención sobre la realidad fuerte y dolorosa del extravío, de la pérdida. Aquella única oveja del rebaño se ha salido del camino, se aleja de las otras. No se trata sólo de un suceso, algo que pasa, sino es más bien una característica de la oveja; en efecto en el versículo 6 se le llama “la perdida”, como si éste fuese su verdadero nombre.
Aquí está el punto de partida, la verdad. Porque es de nosotros de quien se habla. Somos nosotros los hijos dispersos, los extraviados, los errantes, los pecadores, los publicanos. Es inútil que continuemos creyéndonos justos, considerarnos mejores que los otros, dignos del Reino, de la presencia de Dios, con el deber de enfadarnos, de murmurar contra Jesús, que, al contrario, atiende al que yerra. Debo preguntarme, ante este evangelio, si estoy dispuesto a realizar este camino profundo de conversión, de revisión interior muy fuerte. Debo decidirme de una vez de qué parte quiero estar: si dejarme poner sobre las espaldas del buen pastor o permanecer distante, solo al fondo, con mi justicia. Pero si no sé usar la misericordia, si no sé acoger, perdonar, estimar, ¿cómo puedo esperar todo esto para mí?
● “…las noventa y nueve en el desierto…” Debo abrir los ojos a esta realidad: el desierto. ¿Dónde creo que estoy yo? ¿dónde habito? ¿A dónde camino? ¿Cuáles son mis verdes pastizales? Creo estar al seguro, habitar en la casa del Señor, entre sus hijos fieles y quizás sea verdaderamente así. “ En verdes praderas me hace reposar” dice el salmo. Pero yo ¿me siento en este reposo? Y entonces ¿por qué estoy tan inquieto, insatisfecho, siempre a la búsqueda de algo nuevo, mejor, más grande? Miro mi vida: ¿ no es un poco un desierto? Donde no hay amor y compasión, donde me quedo cerrado a mis hermanos y no sé acogerlos tales como son, con sus limitaciones, con los errores que cometen, con los sufrimientos que quizás me procuran, allí nace el desierto, allí me desespero y me siento hambriento y sediento. Este es el momento de dejarme cambiar el corazón: reconocerme miserable para convertirme en misericordioso.
● “...va tras la oveja perdida hasta que la encuentra” Hemos visto cómo el texto describe con finura la acción del pastor: deja todas las ovejas y va tras aquella única que se ha extraviado. El verbo puede parecer algo extraño, pero es muy eficaz. Como Oseas dice con respecto a Dios, que habla a su pueblo al que ama, como a una esposa: “Hablaré a su corazón” (2,16). Es un movimiento, un trasporte de amor; un inclinarse paciente, tenaz, que no se rinde, sino que insiste siempre. El amor verdadero, de hecho, no se acaba. Así trata el Señor a cada uno de sus hijos. También a mí. Si miro hacia atrás, si recuerdo mi historia, me doy cuenta de cuánto amor, de cuánta paciencia, de cuánto dolor, ha experimentado Él por mí, para encontrarme, para volverme a dar lo que yo había desperdiciado y perdido. Él jamás me ha abandonado. Lo reconozco. Verdaderamente es así.
Pero, llegado a este punto, ¿qué hago yo de este amor tan gratuito, tan grande, exuberante? Si lo tengo encerrado en mi corazón, se pierde. No se puede conservar como el maná hasta el día siguiente, pues de lo contrario los gusanos lo pudrirían. Debo, hoy mismo, distribuirlo, difundirlo, ¡Ay de mí si no amo! Y pruebo a examinar mi conducta hacia mis hermanos, a los que me encuentro cada día, con los que comparto mi vida. ¿Cómo es mi proceder con ellos? ¿Me parezco en algo al buen pastor, que va en busca, que se acerca, que se inclina con ternura, atención, amistad o también con amor? ¿Acaso soy superficial, no me importa nadie, dejo que cada cual obre como quiera, viva sus dolores, sin estar dispuesto a compartir, a conllevarlos juntos? ¿Qué clase de hermano, hermana soy yo? ¿Qué padre, qué madre soy?
● “ Alegraos conmigo”. El pasaje se cierra con una fiesta, termina siendo un verdadero y propio banquete, según la descripción que Lucas hace al final de la parábola. Una cena de un rey, una fiesta solemne, con el mejor alimento, preparado de antemano, para comerlo, llegada la ocasión, con las mejores vestidos, con los pies calzados y anillos al dedo. Un gozo que siempre va creciendo, que contagia, un gozo compartido. Es la invitación que el Padre, el Rey, nos hace cada día, cada mañana; desea que participemos también nosotros por el regreso de sus hijos, nuestros hermanos. ¿Me fastidia esto? ¿Está mi corazón abierto, disponible a este gozo de Dios? ¿Prefiero estar fuera, mejor exigiendo por lo que me parece que no me han dado, la parte del patrimonio que me corresponde, el premio especial para hacer fiesta con quien me parezca? Pero comprendo bien que si no entro ahora en el banquete de Dios, donde están invitados los pobres, los cojos, los ciegos, aquellos a quienes ninguno quiere; si no tomo parte en el gozo común de la misericordia, quedaré fuera por siempre, triste, cerrado en mí mismo, en las tinieblas y en el llanto, como dice el Evangelio. 
4. LA PALABRA SE CONVIERTE EN ORACIÓN
a) Salmo 103, 1-4 8-13
El Señor es bueno y grande en el amor.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios.
Él, que tus culpas perdona,
que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa,
te corona de amor y ternura,
Yahvé es clemente y compasivo,
lento a la cólera y lleno de amor;
no se querella eternamente,
ni para siempre guarda rencor;
no nos trata según nuestros yerros,
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se alzan sobre la tierra los cielos,
igual de grande es su amor con sus adeptos;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros crímenes.
Como un padre se encariña con sus hijos,
así de tierno es Yahvé con sus adeptos; 
c) Oración final:
¡Oh Padre bueno y misericordioso, alabanza y gloria a ti por el amor que nos has revelado en Cristo tu Hijo! Tú, misericordioso, llama a todos para que sean también misericordia. Ayúdame a reconocerme cada día necesitado de tu perdón, de tu compasión, necesitado del amor y de la comprensión de mis hermanos. Que tu Palabra cambie mi corazón y me vuelva capaz de seguir a Jesús, de salir cada día con Él a buscar a mis hermanos en el amor. Amén.
Orden de los Carmelitas