viernes, 9 de marzo de 2018

El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás con todo tu corazón...


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, a través del método de la lectio divina, en este viernes de la 3ª semana de Cuaresma.

Dios nos bendice ...

LECTIO DIVINA: MARCOS 12,28B-34

Lectio: 

Tiempo de Cuaresma

1) ORACIÓN INICIAL

Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones para que sepamos dominar nuestro egoísmo y secundar las inspiraciones que nos vienen del cielo. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del santo Evangelio según Marcos 12,28b-34

Se acercó uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.» Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

3) REFLEXIÓN

• En el Evangelio de hoy (Mc 12,28b-34), los escribas y los doctores quieren saber de Jesús cuál es el mayor mandamiento. Hoy también mucha gente quiere saber qué es lo más importante en la religión. Algunos dicen: ser bautizados. Otros: la oración. Otros dicen: ir a Misa o participar en el culto del domingo. Otros: amar al prójimo y luchar por un mundo más justo. Otros se preocupan sólo de las apariencias y de los cargos de la iglesia.

• Marco 12,28: La pregunta del doctor de la Ley. Poco antes de la pregunta del escriba, la discusión había sido con los saduceos entorno a la fe en la resurrección (Mc 12,23-27). Al doctor, que había asistido al debate, le había gustado la respuesta de Jesús, y había percibido en él una gran inteligencia. Quiso aprovechar la ocasión para plantear una pregunta y recibir una aclaración: “¿Cuál es el mayor de todos los mandamientos?” En aquel tiempo, los judíos tenían una gran cantidad de normas para reglamentar la práctica y la observancia de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios. Algunos decían: “Todas estas normas tienen el mismo valor, pues vienen todas de Dios. No nos compite introducir distinciones en las cosas de Dios”. Otro decía: “¡Algunas leyes son más importantes que otras y, por ello, obligan más!” El doctor quiere saber la opinión de Jesús.

• Marcos 12,29-31: La respuesta de Jesús. Jesús responde citando un pasaje de la Biblia para decir que el mandamiento mayor es “¡amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con toda la fuerza!” (Dt 6,4-5). En el tiempo de Jesús, los judíos piadosos recitaban esta frase tres veces al día: por la mañana, a medio día y por la noche. Era tan conocida entre ellos como entre nosotros el Padre Nuestro. Y Jesús añade, citando de nuevo la Biblia: “El segundo es éste: ‘Amarás tu prójimo como a ti mismo’ (Lev 19,18). No existe otro mandamiento mayor que estos dos”. Respuesta breve y ¡muy profunda! Es el resumen de todo lo que Jesús ha enseñado sobre Dios y sobre la vida (Mt 7,12).

• Marcos 12,32-33: La respuesta del doctor de la ley. El doctor concuerda con Jesús y concluye: “Sí, amar a Dios y amar al prójimo es mucho más importante que todos los holocaustos y todos los sacrificios”. Es decir, el mandamiento del amor es más importante que los mandamientos relacionados con el culto y los sacrificios del Templo. Esta afirmación viene de los profetas del Antiguo Testamento (Os 6,6; Sal 40,6-8; Sal 51,16-17). Hoy diríamos que la práctica del amor es más importante que las novenas, las promesas, las misas, los rezos y las procesiones.

• Marcos 12,34: El resumen del Reino Jesús confirma la conclusión del doctor y dice: “¡No estás lejos del Reino de Dios!” De hecho, el Reino de Dios consiste en unir los dos amores: amor a Dios y amor al prójimo. Pues si Dios es Padre/Madre, nosotros todos somos hermanos y hermanas, y tenemos que mostrarlo en la práctica, viviendo en comunidad. "¡De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas!" (Mt 22,40) Los discípulos y las discípulas tienen que ponerse en la memoria, en la inteligencia, en el corazón, en las manos y en los pies esta ley mayor, pues no se llega a Dios de no ser a través la entrega total al prójimo.

• Jesús había dicho al doctor de la Ley: "¡No estás lejos del Reino!" (Mc 12,34). El doctor ya estaba cerca, pero para poder entrar en el Reino tenía que dar un paso más. En el AT el criterio del amor al prójimo era: “Amar el prójimo como a sí mismo”. En el NT, Jesús ensancha el sentido del amor: “¡Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado! (Jn 15,12-13). Ahora el criterio será: “¡Amar al prójimo como Jesús nos amó!”. Es el camino seguro para llegar a una convivencia más justa y más fraterna.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Para ti, ¿qué es lo más importante en la religión?
• Nosotros hoy, ¿estamos más cerca o más lejos del Reino de Dios del doctor que fue elogiado por Jesús? ¿Qué piensas?

5) ORACIÓN FINAL

Señor, ningún dios como tú,
no hay obras como las tuyas;
pues eres grande y haces maravillas,
tú solo eres Dios. (Sal 86,8.10)

http://www.ocarm.org/es/content/lectio/lectio-divina-marcos-1228b-34

jueves, 8 de marzo de 2018

“El que no está conmigo está contra mí”


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, a través del método de la lectio divina, en este jueves de la tercera semana de Cuaresma.

Dios nos bendice...

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 7,23-28

Esto dice el Señor: Lo único que les mandé fue esto: Escuchad mi voz, yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; seguid fielmente el camino que os he prescrito para que seáis felices. Pero ellos no obedecieron ni hicieron caso; siguieron las inclinaciones de su corazón obstinado, me dieron la espalda y no la cara.
Desde el día en que vuestros antepasados salieron de Egipto hasta hoy os envié a mis siervos, los profetas. Pero no escucharon ni me hicieron caso, sino que se obstinaron y fueron peores que sus antepasados. Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán; cuando les llames, no te responderán. Entonces les dirás: Esta es la nación que no escucha la voz del Señor su Dios y no aprende la lección. La verdad ha desaparecido de su boca.
 
Dentro de la dura condena del culto convertido en formulismo vacío (Jr 7,1-8,3), el profeta denuncia sobre todo la sordera de Israel a la voz de Dios (v. 23), escuchada de modo extraordinario en el Sinaí, en el momento de la alianza (cf. Ex 20,1-21). Solamente en la escucha obediente -de hecho, el primer mandamiento comienza con "Escucha, Israel"- el pueblo elegido podrá conocer a su Dios, diferente de otra divinidad o ídolo. Los verdaderos profetas no cesan de exhortar, pero junto a su predicación está la más fácil y cómoda de los falsos profetas. La elección es radical: se juega uno la vida o la muerte. El fragmento está dividido en tres partes; las dos primeras presentan una idéntica estructura: al mandamiento de Dios ("Escuchad": v.23) y su urgente solicitud ("Envié" v. 25) corresponden los claros rechazos: "Pero no escucharon" (vv. 24.26). No aparece ni sombra de arrepentimiento, ningún deseo de conversión.

Sólo queda una conclusión -tercera parte-: mientras el pueblo vuelve a caer obstinadamente en la idolatría y espiritualmente vuelve a ser esclavo de Egipto, lejos de Dios (vv. 24-27; cf. Nm 11,4-6), el profeta no deja de ser fiel a su vocación: enviado a desenmascarar esta situación enojosa (v 27), comparte con Dios el sufrimiento de ser rechazado, incluso de ser tachado de impostor por los que prefieren la mentira a la verdad.

Evangelio: Lucas 11,14-23

Un día estaba Jesús expulsando un demonio que había dejado mudo a un hombre. Cuando salió el demonio, el mudo recobró el habla, y la gente quedó maravillada. "Pero algunos dijeron:
- Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios.
Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo. Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
- Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras. Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Pues eso es lo que vosotros decís: Que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú. Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus despojos. El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.
 
Jesús acaba de enseñar a los suyos el Padre nuestro (11,2-4); les ha regalado la oración por excelencia, que abre el corazón a la venida del Espíritu Santo (v 13). El Reino de los Cielos ya está en la tierra. Tiene lugar una curación. El pueblo sencillo se admira: intuye que algo extraordinario está pasando y se dispone a acoger la salvación. Pero no todos piensan lo mismo (w 14s).

Como en la primera lectura, se da una oposición entre dos actitudes irreconciliables. Surge un duro contraste (vv. 14-15) entre los fariseos y Jesús, a quien se le acusa de blasfemia y de aliarse con Satanás. Es el destino de todo profeta. Jesús responde con un discurso apologético. La imagen fuerte de la catástrofe (v 17) lleva al oyente a excluir que Satanás pueda luchar contra sí mismo. La conclusión se impone: está actuando "el poder de Dios"expresión que recuerda los prodigios ejecutados por medio de Moisés en el tiempo del Éxodo. Lo mismo que después de la enseñanza sobre la oración, aparece la afirmación esencial: "El Reino de Dios ha llegado a vosotros", Jesús, expulsando a los demonios, abre una nueva época, época de libertad de la esclavitud, a condición de acoger libremente la Buena Noticia que anuncia (v 23).

MEDITATIO

Si instintivamente sentimos la necesidad de valorar personas y acontecimientos, viéndolo con nuestros propios ojos, la Palabra que se nos actualiza hoy nos proporciona materia abundante: para saber ver de verdad, es indispensable aprender antes a escuchar.

Escuchar ¿qué? La voz del que ha creado todo con su Palabra amorosa y tiene todo en su mano. Pero hay un enemigo celoso de la felicidad del hombre siempre al acecho para impedirle escuchar la voz del Señor y dejarse conducir por su mano.

El mentiroso sugiere pensamientos falsos, infunde dudas y sospechas. Y si el hombre no guarda en su corazón la Palabra de Dios, lámpara de sus pasos, si no la medita día y noche, no estará en disposición de discernir rectamente, con riesgo de extraviarse y hasta de caer totalmente bajo el dominio de falsas doctrinas. Nos puede suceder también a nosotros, en tantas cuestiones, quizás de ética personal, familiar o comunitaria, que no nos sintamos en sintonía con el Evangelio, nos parezca duro, desfasado, incapaz de ponerse al día...

De este modo, imperceptiblemente, en muchas ocasiones aparentemente secundarias nos deslizamos hacia un paganismo tal vez no de calibre mayor, pero paganismo, al fin y al cabo. A la larga, se perderá el gusto por la Palabra: no sólo no parecerá dulce al paladar, sino hasta llegaremos a perder la necesidad de ella e incluso puede llegar a molestarnos si alguien nos la recuerda.

ORATIO

Padre, que tu voz resuene siempre en nuestro corazón, no permitas que otras voces la apaguen. Vuelve a susurrarnos lo mucho que nos quieres, tanto cuando nos animas como cuando nos corriges. Apártanos de esas sugestiones sutiles, de los mensajes persuasivos del antiguo enemigo astuto, celoso de nuestra amistad contigo. Sabes bien que el orgullo frecuentemente nos acecha, el miedo nos paraliza frente al dolor o la prueba.

Con tal de sufrir menos, estamos dispuestos a vender la piel al diablo. Perdona, Señor, nuestra arrogancia, la audacia con que nos erguimos presumidos frente a tu Hijo y frente a ti, cuando nos hablas de cruz, de camino estrecho, de escucha, obediencia, sacrificio...
Compadécete de nuestra fragilidad, mira nuestra buena voluntad, acrecienta en nosotros los deseos de verdad y bondad. Si te ofendemos, no nos lo tomes en serio; si te comprendemos mal, ayúdanos a rectificar; si te damos la espalda, sigue buscándonos.

CONTEMPLATIO

Ciertamente, el término o fruto de la Sagrada Escritura no es cualquiera, sino la plenitud de la bienaventuranza eterna. Las palabras de esta Escritura son palabras de vida eterna.
A esta plenitud se esfuerza en introducirnos la divina Escritura: con este fin y con esta intención ha de ser la Sagrada Escritura escudriñada y enseñada y también escuchada. Para que lleguemos a este fruto o término andando derechamente por el recto camino de las Escrituras, hemos de comenzar por el exordio, a saber, por acercarnos con fe al Padre de las luces, doblando las rodillas de nuestro corazón, a fin de que él, por su Hijo en el Espíritu Santo, nos dé verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, su amor.

Sólo así, conociéndole y amándole, y consolidados en la fe y arraigados en la caridad, podremos comprender la amplitud, la longitud, la altura y la profundidad de la Sagrada Escritura y llegar por este conocimiento al conocimiento perfecto y amor extático de la Santísima Trinidad, adonde tienden los deseos de los santos y donde se halla el término y la plenitud de todo lo verdadero y bueno (Buenaventura, Breviloquium, prologus).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
"Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Callarse no significa estar mudo, como tampoco hablar equivale a locuacidad. El mutismo no crea soledad, como tampoco la locuacidad crea comunión. "El silencio es el exceso, la embriaguez y el sacrificio de la palabra. El mutismo, en cambio, es malsano, como algo que sólo fue mutilado y no sacrificado" (Ernest Hello). Del mismo modo que existen en la jornada del cristiano determinadas horas para la Palabra, especialmente las horas de meditación y de oración en común, deben existir también ciertos momentos de silencio a partir de la Palabra. Serán sobre todo los momentos que preceden y siguen a la escucha de la Palabra. Esta no se manifiesta a personas charlatanas, sino en el recogimiento y silencio.

Callamos antes de escuchar la Palabra, para que nuestros pensamientos se dirijan a la Palabra, igual que calla un niño cuando entra en la habitación de su Padre.

Callamos después de haber oído la Palabra, porque todavía resuena, vive y quiere permanecer en nosotros. Callamos al comenzar el día, porque es Dios quien debe decir la primera palabra; callamos al caer la noche, porque a Dios corresponde la última palabra. Callamos sólo por amor a la Palabra.

Callar, en definitiva, no significa otra cosa que estar atentos a la Palabra de Dios para poder caminar con su bendición (D. Bonhoeffer, Vida en Comunidad, Salamanca 1983, 61 s).

http://www.mercaba.org/LECTIO/CUA/semana3_jueves.htm