miércoles, 12 de abril de 2017

Vivir para la ambición que daña a los demás es perder la venida a este mundo

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Miércoles Santo.

Dios nos bendice...

Lectura del santo evangelio según san Mateo (26,14-25):

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
Él contestó: «ld a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce.
Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?»
Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?»
Él respondió: «Tú lo has dicho.»

Palabra del Señor

Comentario

Una de los deseos más inconfesados de todas las religiones, culturas y civilizaciones es exorcizar el mal por medio del chivo expiatorio. El judaísmo había superado por lo menos que no fuera por sacrificio humano como en muchas religiones vecinas. Pero no todo estaba resuelto. De hecho en las Escrituras la mujer es un chivo expiatorio camuflado. Desde Eva culpable del pecado de Adán hasta Salomé culpable del degüello del Bautista, incluso en algunas expresiones atribuidas a Pablo . Dentro del significativo rito del Yom-Kippur o fiesta del perdón nacional, entraba el chivo expiatorio como aquel sobre el que se ponían los pecados del pueblo y se enviaba al desierto donde el demonio Azazel o se arrojaba por un precipicio cerca de Jerusalén. Así el pueblo se libraba de sus pecados, aunque en la práctica volvía a cometer los mismos luego de la fiesta (no había realmente conversión). Este oficio era el principal y exclusivo del Sumo Sacerdote en tal fiesta.

La comparación de Jesús y la Eucaristía con el chivo expiatorio no fue nada feliz en la literatura cristiana, pues Azazel no era otro que el demonio primitivo de los pobladores de Palestina. El cordero pascual del que habla el evangelio de Juan nada tenía que ver con el chivo expiatorio excepto la metáfora de ser animales. El primero era para comerlo gozosos por la liberación y el segundo para que se perdiera con sus pecados.

A lo largo de la historia, hasta el nazismo, el chivo expiatorio preferido fue el pueblo judío . En las Escrituras (sin que dé para ello una lectura amplia y crítica) parece ser Judas, los judíos, Herodes, Pilato, Anás, Caifás y de manera más general el pueblo de Palestina (judíos, samaritanos, galileos, griegos, romanos) y en la Edad Media se decía que todos los pecadores eran Judas. La espiritualidad no la formaba tanto Escritura ni la teología sino la literatura fantasiosa como la de Jacobo de Vorágine. En el Infierno de Dante están en el tormento más fuerte, congelados, no ardidos en llamas, Judas, Lucifer, Bruto y Cayo los traidores.

La simbología del relato evangélico es compleja. Las treinta monedas de plata hacen pensar en José vendido por sus hermanos a la caravana medianita. Precisamente sus hermanos eran la tribu de Judá, que es lo que significa Judas (= judío). Judas aparece en muchas pinturas pelirrojo y barbirrojo (como el demonio popular). La ambición de Judas bien puede ser la otra cara de las muchas advertencias que hizo Jesús a sus discípulos de cuidarse de las ambiciones de riqueza y de poder. Que la entrega venga de quien comparte la mesa era un tema del Antiguo Testamento que Jesús refuta comiendo con pecadores y publicanos. Más parece un símbolo a un actor extra que requiere la narración que un personaje realmente histórico.

 Produce extrañeza que sea realmente indispensable una traición (no aparece en Juan). Incluso los mismos evangelios juegan con traicionar y entregar y en Juan es el mismo Padre Dios quien lo entrega a la muerte por amor al mundo (cosmos). Los jefes de los sacerdotes saben quién es Jesús pues han tenido discusiones con él y ante ellos ha sido acusado. Para arrestarlo no necesitan un informante, sólo una multitud dócil que es un elemento típico de los ritos para exorcizar el mal. El sacrificado, de uno o de un pueblo, ha de hacerse a nombre de otro pueblo, como luego sucederá en el relato: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27:25). Judas coopera con ellos para hacer algo que pueden llevar a cabo sin su ayuda. Más bien con Judas comienza una tendencia que culmina en el progresivo abandono de Jesús por sus discípulos, hasta morir solo y abandonado por ellos como en Marcos. La Pascua, como celebración familiar, excepto el degüello que se hacía en el Templo, la realiza Jesús con su “nueva familia” de los discípulos que es como el campo donde hay trigo y cizaña.

Pero la celebración debe centrarse en la alegría de la liberación que vendrá más adelante; ahora se centra en la ruptura de la solidaridad comunitaria con la traición (entrega) que de ninguna manera va a empañar la voluntad de Jesús de llegar hasta el final. Que uno de los discípulos vaya a entregar a Jesús es noticia para sus discípulos, pero no para los lectores del evangelio que hayan entendido los anuncios de su pasión. Los discípulos se sienten todos en posibilidad de hacer lo mismo atribuido a Judas pues se preguntan: «¿Acaso soy yo, Señor?» pues todos pueden romper la solidaridad, o más aún, la misericordia. Se les abona a los discípulos que se “entristecieron”, la misma palabra que usa para el joven rico que se marchó triste porque tenía muchos bienes.

La expresión en boca de Jesús respecto de Judas: «Más le valiera a tal hombre no haber nacido» resulta a primera vista escandalosa frente el contenido de todo el evangelio. Jesús no busca la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Pero vivir para la ambición que daña a los demás es perder la venida a este mundo. Algo que solamente la persona misma puede decidir, como sucede en el iluminante libro de Job. Algo de eso hay en el suicidio de Judas que es otra forma de exorcizar tipo “chivo expiatorio”. En la ética samurái (del budismo zen) el suicidio es la salida digna a la deshonra para quien ha hecho daño a la sociedad. En el cristianismo el suicida se consideró un renegado no digno de sepultura por siglos; hoy se tiene una concepción más misericordiosa con el suicida y su familia. El martirio por el contrario fue alabado y estimulado en las Cruzadas ; otra forma de chivo expiatorio. El mismo evangelio nos da pinceladas del conflicto interior de Judas pues anota: «También Judas, el que lo iba a entregar, preguntó: ¿Acaso soy yo, rabí?» Si no tenía posibilidad de decisión es una pregunta retórica y caemos en la trampa de la predestinación que deja sin libertad al hombre; si podía decidir hasta el final, su muestra de conversión es el suicidio. Orígenes decía que Judas se suicidó para encontrar a Cristo en la otra vida y pedir perdón por su actuación. Parece una solución abstracta pero más misericordiosa que la cacería de criminales por sus rasgos físicos, mentales, color de piel, nacionalidad, credo religioso, opción política o de otro género. Aunque más claro en unos que en otros, en todos los evangelios aparece Jesús como dueño y señor de las situaciones no porque las conozca previamente como un actor su libreto, sino porque no hay nada que pueda espantarlo o llevarlo a desistir de su mensaje de perdón, misericordia o amor. Eso es lo que pide a todos llámese como se llame por el sólo hecho de ser humanos.

Apuntes de Evangelio
Luis Javier Palacio Palacio, S.J.




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martes, 11 de abril de 2017

Nuestro reto es encontrar la manera de amar aun en las situaciones más adversas

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Martes Santo.

Dios nos bendice...

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
- «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
- «Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
- «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
- «Lo que vas hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
- «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me busca¬réis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
"Donde yo voy, vosotros no podéis ir"»
Simón Pedro le dijo:
- «Señor, ¿a dónde vas?».
Jesús le respondió:
- «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
- «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
- «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Comentario

En el dramatismo que reviste el relato de la pasión, con la entrega de Judas, la triple negación de Pedro, el anuncio sombrío de su propia muerte, podríamos pasar por alto que Jesús da gustosamente su vida por amor y reitera a sus discípulos que en el amor se encierra el mandato fundamental del creyente, sin importar las circunstancias. Igualmente que debe ser la identidad de sus seguidores: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que tenéis amor unos con otros».

Dos personajes son peculiares en el relato de Juan que son el “discípulo amado” y Pedro en contraste con los sinópticos. Además un hecho singular es el lavatorio de los pies. Como sabemos, Juan no relata propiamente la “institución de la Eucaristía”. La Pascua se comía reclinados y las hierbas amargas se sumergían en el haroseth (salsa que simbolizaba el barro amasado en Egipto para hacer ladrillos).

Jesús da órdenes a Judas de hacer lo que haya pensado mostrando que está en control de la situación hasta el final, que pueden doblegar su cuerpo pero su espíritu no pierde nunca su libertad. Los discípulos malinterpretan las palabras de Jesús en lo que es común en Juan como son los equívocos.

La alusión a satanás y la noche es una pincelada sombría de presencia del mal, pero no olvidemos que en Juan el mal es ante todo el odio al hermano. De alguna forma es también una manera de exculpar a Judas de lo que sucederá luego, pues son las fuerzas del mal las que precipitan el fin.

Judas no lo entrega en el huerto sino que Jesús se entrega a sí mismo pidiendo libertad para sus seguidores. Además, claramente expresa Jesús que se encamina a su momento de mayor gloria, otra característica de este evangelio en el que coincide la cruz con la gloria. Dirigirse Jesús hacia los judíos lo ven los discípulos como una amenaza pero precisamente ese momento de tensión es el momento del mandato del amor, por lo cual se suele llamar el “jueves del mandato” en las celebraciones litúrgicas. De una manera especial destaca Juan la actitud impulsiva de Pedro quien promete dar su vida por Jesús con la advertencia de Jesús de la debilidad en la que todos entramos en momentos de dificultad. Fallará Pedro y su triple negación será luego rectificada con su triple confesión de amor por Jesús en el relato de la resurrección.

No es raro que ante las variaciones en los relatos de la pasión algunos los utilicen como crónicas que contienen distintas informaciones, como sucede a menudo con las noticias en los periódicos. Entonces, para lograr una imagen más completa de los hechos, se toma un detalle de Mateo, otro de Marcos, otro de Lucas y otro de Juan, y así se piensa tener una narración más rica. Materialmente puede serlo pero la sustancia religiosa de los diversos relatos, que es lo más importante, corre riesgo de perderse.

Para la vida cristiana la materialidad de los hechos es menos importante que penetrar su significado para profundizar en la manera como Dios nos salva. Este significado se nos revela por medio de las diversas perspectivas de los evangelios que corresponden a diferentes momentos de la vida de la comunidad cristiana, a diferentes desafíos que enfrentaba la fe, a diferentes preguntas que se hacía respecto a Jesús. Algo mucho más cercano a la vida real del creyente. Unos relatos se centran más en las enseñanzas, otros en las curaciones, otros en las polémicas, otros en el perdón y la misericordia, otros en las exigencias del seguimiento de Jesús.

«Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, creo que ni en todo el mundo cabrían los libros que habrían de escribirse» (Jn 21:25) es un reflejo de la avalancha de escritos y tradiciones que habría sobre Jesús.

La característica principal de la pasión en Juan está en la insistencia sobre el aspecto glorioso de la misma. Juan muestra una pasión ya iluminada por la resurrección. Los mismos sufrimientos y humillaciones manifiestan la gloria de Jesús: una pasión glorificadora. El proemio es que «Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él» de manera que suceda lo que suceda es para gloria. La oración de angustia en el huerto desaparece igual que su lamento en la cruz. Juan subraya que el suplicio de Jesús fue una elevación sobre la cruz, no una lapidación que aplasta al hombre y que bien se condensa en su enseñanza que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (los que ama).

Descubre Jesús en su muerte un signo revelador. Lo podemos condensar en que Jesús muere en la cruz no a pesar de ser Dios sino precisamente porque lo era. Los mismos esfuerzos de los enemigos de Jesús, como podía pensarse de Judas, contribuyen, a su pesar, a revelar cada vez más nítidamente la gloria de Jesús. Mientras en los sinópticos la glorificación es algo que viene luego de la resurrección, en Juan morir siguiendo el camino de Jesús es ya vivir, algo que también aparece en las cartas de Pablo.

Al interior de esta muerte en cruz existe una vida que no puede ser aniquilada y que irónicamente está oculta en la muerte misma; no es que venga después de la muerte, sino que está ya dentro de la vida en el amor, en la solidaridad, en la manera de afrontar la vida.

Ahora la resurrección está unida indisolublemente a la vida y no es posible separa la una de la otra ni en el tiempo ni en el espacio. Por eso se dice que en Juan coinciden en la cruz la muerte, la resurrección, la venida del Espíritu y la glorificación (en Lucas es la ascensión). El Evangelio de Juan se escribe para que los lectores y oyentes crean, en virtud de los signos, que Jesús es el Hijo del Padre que también es nuestro Padre; un padre que ve con agrado que su hijo dé la vida por los que ama porque son los mismos que el Padre ama. Lo que empieza con el Verbo (logos, palabra) encarnado termina como carne y sangre que se han de comer y beber para vida eterna porque formaba parte del amor de Dios al mundo (cosmos). Preexistía porque da testimonio de lo que ha visto y oído junto a Dios y debe revelar a los hombres. Sale de Dios y vuelve a Dios mostrando a los hombres similar camino para volver a Dios. No mediante una mística desencarnada sino profundamente enraizada en el amor a los demás. Sin la pasión no hay glorificación como en Pablo sin vida de pasión no hay resurrección.

El relato sobre la aparición a Tomás es bien diciente: meter los dedos en las llagas es constatar que el resucitado es el mismo crucificado. La oración sacerdotal, o discurso de despedida, o testamento de Jesús que en parte reemplaza la última cena en Juan, expresa el deseo de que la glorificación alcance a los creyentes. Es la manera de conservar los que el Padre le ha dado (Jesús nunca se atribuye nada a sí mismo en este evangelio, ni siquiera las curaciones) de manera que la revelación en última instancia es una forma de amar desconocida por los discípulos. Estos en comunidad en la tierra deben realizar esa glorificación del Padre por el Hijo mediante su fe, en sus propias existencias y modalidades. Los creyentes también están llamados a la gloria que logra el Hijo y por similar camino, porque esto era lo definido desde la fundación del mundo. El evangelio de Juan, siendo el más místico de los cuatro, es simultáneamente el que más nos compromete a encontrar el modo de amar en las situaciones más adversas.

Apuntes del Evangelio.
Luis Javier Palacio S.J.





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