miércoles, 14 de diciembre de 2016

Reconozcamos que necesitamos de la acción salvadora del Señor

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la 3ª semana de Adviento.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Lucas 7,19-23. 
Los envió a decir al Señor: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?". Cuando se presentaron ante él, le dijeron: "Juan el Bautista nos envía a preguntarte: '¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?'". En esa ocasión, Jesús curó mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos. Entonces respondió a los enviados: "Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!". 

Comentario

Hoy, cuando vemos que en nuestra vida no sabemos qué hemos de esperar, cuando a veces perdemos la ilusión porque no nos atrevemos a mirar más allá de nuestras deficiencias, cuando estamos alegres por ser fieles a Jesucristo y, a la vez, inquietos o lánguidos por no saborear los frutos de nuestra misión apostólica, el Señor quiere que nos preguntemos como Juan Bautista: «¿Debemos esperar a otro» (Lc 7,20).

Está claro, el Señor es “listo”, y quiere aprovechar esta incertidumbre —por cierto, de lo más normal— para que hagamos examen de toda nuestra vida, veamos nuestras deficiencias, nuestros esfuerzos, nuestras enfermedades... y, así, nos reafirmemos en nuestra fe y multipliquemos “infinitamente” nuestra esperanza.

El Señor no tiene límites a la hora de cumplir su misión: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios...» (Lc 7,22). ¿Dónde tengo puesta mi esperanza? ¿Dónde tengo situada mi alegría? Porque la esperanza está íntimamente relacionada con la alegría interior. El cristiano, como es natural, ha de vivir como una persona normal de la calle, pero siempre con los ojos puestos en Cristo, que no falla nunca. Un cristiano no puede vivir su vida al margen de la de Cristo y de su Evangelio. Centremos nuestra mirada en Él, que todo lo puede, absolutamente todo, y no pongamos límites a nuestra esperanza. «En Él encontrarás mucho más de lo que puedes desear o pedir» (San Juan de la Cruz).

La liturgia no es un “juego sagrado”, y la Iglesia nos da este tiempo de Adviento porque quiere que cada creyente reanime en Cristo la virtud de la esperanza en su vida. Frecuentemente, la perdemos porque confiamos demasiado en nuestras fuerzas y no queremos reconocernos “enfermos”, necesitados de la mano sanadora del Señor. Pero así ha de ser, y como Él nos conoce y sabe que todos estamos hechos de la misma “pasta”, nos ofrece su mano salvadora. —Gracias, Señor, por sacarme del barro y llenarme de esperanza el corazón.

Rev. D. Bernat Gimeno i Capín (Barcelona, España)


martes, 13 de diciembre de 2016

Nuestra fidelidad a Cristo: ¿de palabras o de obras?

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este martes de la 3ª semana de Adviento.

Dios nos bendice…

Libro de Sofonías 3,1-2.9-13. 

¡Ay de la rebelde, de la impura, de la ciudad opresora!  Ella no escuchó el llamado, no aprendió la lección, no puso su confianza en el Señor ni se acercó a su Dios.  Entonces, yo haré que sean puros los labios de los pueblos, para que todos invoquen el nombre el Señor y lo sirvan con el mismo empeño.  Desde más allá de los ríos de Cus,  mis adoradores, los que están dispersos,  me traerán ofrendas. 
Aquel día,  ya no tendrás que avergonzarte de las malas acciones  con las que me has ofendido,  porque yo apartaré a esos jactanciosos prepotentes  que están en medio de ti,  y ya no volverás a engreírte  sobre mi santa Montaña. 
Yo dejaré en medio de ti  a un pueblo pobre y humilde,  que se refugiará en el nombre del Señor.  El resto de Israel  no cometerá injusticias  ni hablará falsamente;  y no se encontrarán en su boca  palabras engañosas.  Ellos pacerán y descansarán  sin que nadie los perturbe. 

Salmo 34(33),2-3.6-7.17-18.19.23. 

Bendeciré al Señor en todo tiempo,  su alabanza estará siempre en mis labios. Mi alma se gloría en el Señor:  que lo oigan los humildes y se alegren.
Miren hacia Él y quedarán resplandecientes,  y sus rostros no se avergonzarán. Este pobre hombre invocó al Señor:  Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.
pero el Señor rechaza a los que hacen el mal  para borrar su recuerdo de la tierra.
Cuando ellos claman, el Señor los escucha  y los libra de todas sus angustias.
El Señor está cerca del que sufre  y salva a los que están abatidos. Pero el Señor rescata a sus servidores,  y los que se refugian en Él no serán castigados. 

Evangelio según San Mateo 21,28-32. 

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: 'Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña'. Él respondió: 'No quiero'. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: 'Voy, Señor', pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él".
 Comentario

1. Un puñado de gente pobre y humilde

1.1 A las puertas de la celebración de la llegada de Cristo es bueno recordar dos cosas: primero, qué género de personas estarán prontas a recibirlo: "un puñado de gente pobre y humilde", según la descripción de Sofonías; segundo, qué espiritualidad conlleva este hecho y qué significa para nosotros como Iglesia.

1.2 Observemos que el pueblo se vio diezmado por factores esencialmente externos, ante todo el destierro. Mas una lectura profunda de ese hecho externo los llevó a la conciencia de un factor interno, el pecado. Así vinieron a entender que habían sido infieles, como expresamente lo denuncia Sofonías.

1.3 Y es interesante notar que esta misma realidad del pecado viene como a "hermanar" a los judíos y los no judíos, es decir, al pueblo elegido, el pueblo de la alianza, con los demás pueblos. Porque si a Israel se le llama "infiel", a quienes desterraron a Israel se les llama "ciudad potente y opresora." No son mejores los judíos, porque fueron infieles, ni son mejores los paganos, porque oprimen.

1.4 Esta especie de hermandad en el barro del pecado será muy importante como elemento de predicación para san Pablo, por ejemplo, cuando diga: "¿Entonces qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? De ninguna manera; porque ya hemos denunciado que tanto judíos como griegos están todos bajo pecado" (Rom 3,9). No para quedarnos en la amargura de una desgracia universal, sino para gozarnos en una gracia que a todos se predica en Cristo, pues el mismo Pablo dice poco más adelante: "Concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley. ¿O es Dios el Dios de los judíos solamente? ¿No es también el Dios de los gentiles? Sí, también de los gentiles, porque en verdad Dios es uno, el cual justificará en virtud de la fe a los circuncisos y por medio de la fe a los incircuncisos" (Rom 3,28-30).

1.5 Por otra parte, notemos cómo esta gente humilde y pobre, pero al mismo tiempo capaz de verdad, es un verdadero puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Sofonías anuncia que este Pequeño Resto será la herencia de Dios y si miramos el Evangelio lo que encontramos es que María, José, Ana, Simeón y todos ellos, y también la mayor parte de las multitudes que se apretujan para escuchar al Maestro son claros representantes de ese grupo de humillados y a la vez fieles.

1.6 Y a nosotros, como Iglesia, ¿qué nos enseña todo esto? Nos enseña, cuando ya el Adviento entra en su fase final, cuál es la espiritualidad de los que aceptan al Señor y le comprenden su mensaje. Cristo no será un maestro que avasalla con su lógica, ni un tecnócrata que pretende aplicar las conclusiones de sus fríos análisis; Cristo no será un líder de seductora elocuencia ni un comerciante de sueños. Será el humilde entre los humildes, el pobre entre los pobres, y también el verdaderamente fiel entre los que buscan ser fieles a Dios.

2. Lo que cuenta verdaderamente

2.1 El evangelio de hoy es una bella oportunidad para meditar en el sentido de la fidelidad. Por lo pronto nos enseña que hay una fidelidad de palabras y otra de obras. Y que la que cuenta es la de las obras.

2.2 Esa enseñanza nos queda clara. Pero hay otra enseñanza que está sugerida y que nos puede también servir mucho. Miremos que el segundo hijo tuvo la fidelidad de las obras, pero también la rebeldía en sus palabras. ¿Qué nos indica esto?

2.3 Nos indica por lo menos dos cosas. Primera: Jesús no está hablando en abstracto o en general. Aquellos que dicen que sí al encargo del padre y que luego no lo hacen corresponden a los fariseos o los escribas, que se tienen en muy alta estima a sí mismos porque conocen muy bien lo que Dios quiere y hacen alarde de cumplirlo. Jesús los está denunciando con esta parábola. Por el contrario, los pecadores, a quienes el Señor ejemplifica con lo más bajo de la sociedad de su tiempo, aunque no dicen que hacen cosas buenas resultan ser mejores creyentes y se abren más a la propuesta de la gracia, la que el mismo Señor trae con su predicación y sus obras. De donde entendemos que el objetivo primordial de la parábola no es oponer obras y palabras, sino denunciar la mentira de los que creen que son buenos por lo que muestran mientras que por dentro no son como se muestran.

2.4 Por otra parte, de este ejemplo podemos aprender que nuestros tiempos malos en la vida no necesariamente son tiempos malditos o desperdiciados. De una actitud tan rebelde como la del segundo hijo pudo salir un momento de recapacitación y conversión. No porque hayamos dicho con fuerza y aparente seguridad "no quiero" estamos ya condenados. Dios puede dar arrepentimiento. De hecho, se puede pensar incluso que esa misma rebeldía explícita puede servir como un medio para conocerse uno y para descubrir la verdad, horrenda pero cierta, de la propia insolencia. ¿Cuántos ateos y cuántos herejes han conocido la bondad de Dios después de aterrarse un día de la fealdad de su corazón protervo? Por eso no debemos desesperar de nuestros errores pasados ni de las conversiones que Dios pueda hacer en otros y en nosotros.

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