martes, 2 de septiembre de 2014

La autoridad debe estar al servicio del bien común

¡Amor y paz!

El Evangelio nos muestra hoy cómo Jesús enseña en la sinagoga y expulsa espíritus impuros y lo hace con autoridad.  Así lo reconocen en Cafarnaúm a donde ha bajado, luego de que estuvo en Nazaret, el pueblo donde se había criado.

Es una oportunidad para reflexionar sobre cómo deben ejercer la autoridad los que disponen de ella, ya sea en el ámbito del hogar, el trabajo o la sociedad.

De otra parte, les informo que a partir de hoy contamos con la colaboración de la organización católica aleteia.org, que nos proveerá de servicios que enriquecerán nuestra labor a través de este blog. A ellos nuestro agradecimiento y a ustedes nuestros deseos por que los aprovechen.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la XXII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 4,31-37.
Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados. Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad. En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza; "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios". Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño. El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: "¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!". Y su fama se extendía por todas partes en aquella región. 
Comentario

      Si hay algo que se usa mal en nuestro mundo, es la autoridad. Por la sencilla razón de que los que la tienen la usan a veces, consciente o inconscientemente, más en su propio beneficio que en beneficio del interés común, de todos. Y, además, cuando dan explicaciones, si es que las dan, siempre revisten sus actos de buenas intenciones, de justificaciones. Son capaces de dar la vuelta a los hechos para justificarse y decir que ellos actúan bien y con buena intención. No vamos a poner ejemplos porque en el campo de las relaciones humanas esto pasa con demasiada frecuencia. Piensen en la empresa, la política, el sindicato, la familia y hasta los grupos de amigos. Seguro que pueden contar muchas historias sobre el tema. 

      Aquella gente que veía a Jesús hacer aquellas cosas ya había visto a muchas personas con autoridad. Quizá lo que les sorprendió no fue ver a uno más que tuviese autoridad sino ver a uno que ponía de verdad su autoridad al servicio del bien de todos y en concreto al servicio de aquel pobre hombre dominado por un espíritu inmundo. Ahí estaba la razón de su sorpresa. ¡Jesús no usaba su autoridad para su propio beneficio y bienestar! Eso era lo nuevo. 

      Es posible que nosotros no tengamos autoridad para expulsar demonios. Pero seguro que tenemos algún tipo de autoridad en nuestras vidas. Si eres padre o madre de familia porque tienes hijos o hijas. Si tienes una empresa porque tienes empleados. Si eres político de cualquier nivel porque la política es poder. Incluso es posible que dentro del grupo de amigos o amigas tengas poder y tus palabras sean escuchadas por los demás del grupo. 

      Hoy el Evangelio nos invita a usar nuestra autoridad, la que sea y al nivel que sea, siempre al servicio del bien común y sobre todo de los más necesitados. De los enfermos, de los que sufren, de los que les ha tocado la peor parte, de los que no tienen ninguna autoridad. Eso es hacer Reino de Dios. Un ejemplo sencillo. En el grupo de amigos siempre está ése o ésa del que todos se ríen, del que todos hacen mofa y se burlan. Alguien tiene que parar una historia en la que se está abusando de una persona. Y quizá eres tú el que lo puedes hacer. Ahora pasa el ejemplo a otros ámbitos. 

      Y, por cierto, mira muy bien cómo justificas tus acciones. No vaya a ser que ocultes tu propio interés y beneficio bajo capa de otras razones más “aceptables”. 

Fernando Torres Pérez, cmf

lunes, 1 de septiembre de 2014

¿Para qué nos envió Dios? ¿Cuál es nuestra misión?

¡Amor y paz!

Vamos a leer desde hoy hasta el final del Año Cristiano, a las puertas del Adviento, al evangelista Lucas.

Empezamos con su capítulo cuarto, porque en Adviento y Navidad ya lo hicimos con los tres primeros: la anunciación, el nacimiento, la infancia de Jesús y su Bautismo en el Jordán.

Y empezamos con una escena bien significativa, programática, que se puede decir que da sentido a todo el ministerio mesiánico de Jesús: su primera predicación en la sinagoga de su pueblo Nazaret (José Aldazábal).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la XXII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 4,16-30. 
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír". Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: "¿No es este el hijo de José?". Pero él les respondió: "Sin duda ustedes me citarán el refrán: 'Médico, cúrate a ti mismo'. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm". Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio". Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.  
Comentario

Es muy común preguntar a los niños pequeños: ¿qué quieres ser cuando seas grandes? Y para orgullo de los padres los niños responden: “quiero ser como mi papá”. Si esta misma pregunta se la hiciéramos a Cristo durante su vida oculta en Nazaret, no cabe duda que respondería que Él sería lo que su Padre ha pensado para Él desde siempre. Prueba de ello es la respuesta que dio a su madre angustiada cuando se perdió en el templo: “pero no sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre”, no debería haber motivo de preocupación por mi ausencia. 

En nuestra vida como cristianos todos tenemos una misión muy concreta que realizar. Cristo desenrolló las escrituras (porque estaban en forma de pergaminos) y encontró justamente aquello que Dios Padre deseaba de Él. “Anunciar la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Todo esto lo cumplió Jesús a lo largo de su vida terrena y aunque algunos se empeñaban en no abrir su corazón a las enseñanzas de Cristo, como es le caso de los escribas y fariseos. A pesar de su obstinada actitud Cristo no desmayó en su esfuerzo por predicarles la ley del amor.

Por ello de la misma forma que Cristo predicaba las enseñanzas de su Padre nosotros también atrevámonos a predicar el evangelio sin temor ni vergüenza. Antes bien pidámosle confianza y valor para que nos haga auténticos defensores de nuestra fe.


Fuente: Catholic.net
Autor: P. Clemente González