lunes, 11 de agosto de 2014

¿Entregamos nuestra vida para que la salvación de Cristo llegue a todos?

¡Amor y paz!

Jesús, entregado en manos de los hombres, padece, de parte de ellos, la muerte. Jesús, entregado en manos de su Padre Dios, recibe, de parte de Él, la resurrección para entrar nuevamente en la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre.

La muerte de Cristo es el tributo que Él paga para rescatarnos del pecado y de la muerte y hacernos, junto con Él, hijos de Dios; de tal forma que en adelante ya no hemos de vivir para nosotros, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 17,22-27. 
Mientras estaban reunidos en Galilea, Jesús les dijo: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres: lo matarán y al tercer día resucitará". Y ellos quedaron muy apenados. Al llegar a Cafarnaún, los cobradores del impuesto del Templo se acercaron a Pedro y le preguntaron: "¿El Maestro de ustedes no paga el impuesto?". "Sí, lo paga", respondió. Cuando Pedro llegó a la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: "¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes perciben los impuestos y las tasas los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?". Y como Pedro respondió: "De los extraños", Jesús le dijo: "Eso quiere decir que los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, ve al lago, echa el anzuelo, toma el primer pez que salga y ábrele la boca. Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala, y paga por mí y por ti".  

Comentario

La Gracia de la Redención ha sido puesta en manos de la Iglesia especialmente por medio de la Eucaristía, Memorial del Misterio Pascual de Cristo. La Iglesia ofrece esta Moneda de gran valor para el perdón de las faltas cometidas por la humanidad pecadora, con la que Cristo quiso hacerse solidario para clavar en la cruz el documento que nos condenaba.

En la Eucaristía el Señor entrega, como Memorial, su vida para el perdón de nuestros pecados. Él se acerca a nosotros en los signos sacramentales del Pan y del Vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre. Él nos habla por medio del Ministro consagrado, tal vez signo demasiado pobre, pero escogido por Dios y puesto al frente de su Pueblo para conducirlo a la salvación. No son las apariencias, sino la fe la que nos une a nuestro Dios y Padre. Él sabe de nuestro alejamiento; ante Él no podemos ocultar nuestros pecados. Y sin embargo Él nos sigue amando. Él se acerca a nosotros para ofrecernos su perdón, su vida y su paz. Él nos quiere con Él eternamente. Vivamos con una fe auténtica estos momentos en que nos unimos al Señor, y en que Él se nos da como alimento de Vida eterna. Hagamos nuestra su vida y su misión. Hechos uno con Él vayamos al mundo para manifestarle la Gloria de Dios desde una vida llena de amor, de alegría, de paz y de misericordia para con todos.

¿En verdad nosotros también entregamos nuestra vida para que la salvación llegue a todos? Ojalá y no nos conformemos únicamente con anunciar el Nombre del Señor con las palabras. El Evangelio se ha de encarnar en cada uno de nosotros. Así la Iglesia debe ser el Evangelio viviente del Padre a través de la historia. Día a día debemos ser entregados en manos de los hombres para que reciban, desde nosotros, la salvación y el amor Dios que los salve.

No hemos de tener miedo en convertirnos en una Eucaristía viviente en el mundo. Eucaristía que se convierte en acción de gracias porque el mundo disfruta de una vida nueva a costa de la entrega amorosa de cada uno de nosotros, unidos al Sacrificio Redentor de Cristo, en favor de los demás. Y esto no porque el poder salvador sea algo inherente a nuestra naturaleza humana, sino porque el Señor, cuyo Espíritu habita en nosotros, realiza la obra de salvación por medio de la Iglesia. Por eso no nos convirtamos en ocasión de pecado y de muerte para los demás, sino que seamos los primeros en convertirnos en la moneda de rescate para el perdón de los pecadores y en fuente de vida y salvación para todos, pues Dios, que estará siempre con nosotros, hará su obra de salvación en el mundo por medio nuestro.


Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de trabajar por el Reino de Dios entre nosotros, sin importarnos si para que la salvación llegue a todos, tengamos incluso que entregar, como precio, nuestra propia vida. Amén.

Homiliacatolica.com

domingo, 10 de agosto de 2014

Es en las crisis cuando reconocemos la fuente de nuestra seguridad

¡Amor y paz!

Es frecuente que sólo nos acordemos de Dios en tiempos de crisis y dificultad. Cuando navegamos por aguas tranquilas y nuestra vida transcurre sin particulares sobresaltos, podemos ir perdiendo la referencia fundamental al Señor. Podríamos decir, utilizando el lenguaje de san Ignacio de Loyola para referirse a los estados del alma, que en tiempos de desolación buscamos con más insistencia a Dios; y que en tiempos de consolación nos olvidamos de él, como la fuente de toda gracia.

Los invito, hermanos, a leer y editar el Evangelio (ya lo habíamos leído el lunes pasado) y el comentario, en este 19º. Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice….

Evangelio según San Mateo 14,22-33.
En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman". Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua". "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios".  
Comentario

Juan Casiano (ca. 360-435), uno de los padres de la Iglesia, cuyos escritos marcaron definitivamente el monaquismo de Occidente, nos presenta, en una de sus obras, algunas causas por las cuales las personas vivimos momentos de desolación. En primer lugar, dice Casiano, "de nuestro descuido procede, cuando andando nosotros indiferentes, tibios y empleados en pensamientos inútiles y vanos, nos dejamos llevar de la pereza, y con esto somos ocasión de que la tierra de nuestro corazón produzca abrojos y espinas, y creciendo éstas, claro está que habemos de hallarnos estériles, indevotos, sin oración y sin frutos espirituales" (Conlationes IV,3).

La segunda causa por la cual Dios permite que tengamos estas experiencias de abandono, según Casiano, es “para que desamparados un poco de la mano del Señor (...) comprendamos que aquello fue don de Dios, y que la quietud, que puestos en esta tribulación le pedimos, únicamente la podemos esperar de su divina gracia, por cuyo medio habíamos alcanzado aquel primer estado de paz, de que ahora nos sentimos privados” (Conlationes IV,4).

Ignacio de Loyola, en el siglo XVI, explicará esto mismo diciendo que Dios permite que vivamos momentos de desolación “por darnos vera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación” (EE, 322).

Pedro, junto con los demás discípulos, vive un momento de crisis profunda, cuando en medio de la noche, y sintiendo que “las olas azotaban la barca, porque tenían el viento en contra”, ve a Jesús caminando sobre las aguas; dice san Mateo que los discípulos “se asustaron, y gritaron llenos de miedo: – ¡Es un fantasma!”. La respuesta de Jesús los tranquilizó: “– ¡Tengan valor, soy yo, no tengan miedo!”

Pedro, entonces, con la seguridad que le daban estas palabras, dice: “– Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua”. A lo que Jesús, ni corto ni perezoso, le respondió: “¬– Ven”. Entonces, “Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y como comenzaba a hundirse, gritó: – ¡Sálvame, Señor! Al momento, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: – ¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”

Como Pedro, cuando caminamos sobre aguas tranquilas guiados y conducidos por el Señor, tenemos la tentación de sentirnos dueños de lo que hacemos y nos olvidamos de aquel que hace posible nuestra existencia. De manera que, “para que en cosa ajena no pongamos nido”, es precisamente en las crisis y en los momentos de turbulencia, cuando reconocemos la verdadera fuente de nuestra seguridad y, como los discípulos, después de la tormenta, nos postramos en tierra para decirle al Señor: “–¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá