miércoles, 7 de mayo de 2014

Invitación a valorar y aprovechar la Eucaristía

¡Amor y paz!

El «discurso del Pan de la vida» que Jesús dirige a sus oyentes el día siguiente a la multiplicación de los panes, en la sinagoga de Cafarnaúm, entra en su desarrollo decisivo.

Esta catequesis de Jesús tiene dos partes muy claras: una que habla de la fe en él, y otra de la Eucaristía. En la primera afirma «yo soy el Pan de vida»: en la segunda dirá «yo daré el Pan de vida». Ambas están íntimamente relacionadas, y forman parte de la gran página de catequesis que el evangelista nos ofrece en torno al tema del pan.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, de este miércoles de la tercera semana de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 6,35-40. 
Jesús dijo a la gente: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió. La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día". 

Comentario

Hoy leemos la primera parte de la catequesis. Repetimos la última frase de ayer, el v. 35: «yo soy el pan de vida», que es el inicio de este apartado, que tiene como contenido la fe en Jesús. Se nota en seguida, porque los verbos que emplea son «el que viene a mí», «el que cree en mí», «el que ve al Hijo y cree en él». Se trata de creer en el enviado de Dios. Aquí se llama Pan a Cristo no en un sentido directamente eucarístico, sino más metafórico: a una humanidad hambrienta, Dios le envía a su Hijo como el verdadero Pan que le saciará.

Como también se lo envía como la Luz, o como el Pastor. Luego pasará a una perspectiva más claramente eucarística, con los verbos «comer» y «beber».

El efecto del creer en Jesús es claro: el que crea en él «no pasará hambre», «no se perderá», «lo resucitaré el último día», «tendrá vida eterna».

La presentación de Jesús por parte del evangelista también nos está diciendo a nosotros que necesitamos la fe como preparación a la Eucaristía. Somos invitados a creer en él, antes de comerle sacramentalmente.

Ver, venir, creer: para que nuestra Eucaristía sea fructuosa, antes tenemos que entrar en esta dinámica de aceptación de Cristo, de adhesión a su forma de vida Por eso es muy bueno que en cada misa, antes de tomar parte en «la mesa de la Eucaristía», comiendo y bebiendo el Pan y el Vino que Cristo nos ofrece, seamos invitados a recibirle y a comulgar con él en «La mesa de la Palabra», escuchando las lecturas bíblicas y aceptando como criterios de vida los de Dios.

El que nos prepara a «comer» y «beber» con fruto el alimento eucarístico es el mismo Cristo, que se nos da primero como Palabra viviente de Dios, para que «veamos», «vengamos» y «creamos» en él. Así es como tendremos vida en nosotros. Es como cuando los discípulos de Emaús le reconocieron en la fracción del pan, pero reconocieron que ya «ardía su corazón cuando les explicaba las Escrituras».

La Eucaristía tiene pleno sentido cuando se celebra en la fe y desde la fe. A su vez, la fe llega a su sentido pleno cuando desemboca en la Eucaristía. Y ambas deben conducir a la vida según Cristo. Creer en Cristo. Comer a Cristo. Vivir como Cristo.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 3
El Tiempo Pascual día tras día
Barcelona 1997. Págs. 68-70

martes, 6 de mayo de 2014

“El que viene a mí jamás tendrá hambre”

¡Amor y paz!

Dios, en su Hijo Jesús, nos dio el verdadero Pan del cielo para saciar nuestra hambre y sed de vida eterna. Quien se alimenta es porque quiere continuar viviendo. Pero el alimento temporal sólo prolonga nuestra vida por un poco de tiempo.

El Señor Jesús nos da vida eterna. Quien lo acepte tendrá esa vida, quien lo rechace habrá perdido la oportunidad de vivir eternamente, pues no hay otro camino, ni otro nombre en el cual podamos salvarnos.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la tercera semana de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 6,30-35.
La gente dijo a Jesús: "¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo". Jesús respondió: "Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo". Ellos le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan". Jesús les respondió: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. 

Comentario

Tener la vida no significa sólo gozarla de un modo egoísta; la vida es como un fruto que los demás deben disfrutar, pues, junto con ellos, estaremos trabajando para que todos vivan con mayor dignidad y se encaminen, también con nosotros, a la posesión de los bienes definitivos que Dios nos ofreció por medio de su propio Hijo, que vino a alimentar nuestra fe, a levantar nuestra esperanza y a hacer arder nuestros corazones con el fuego de su amor. Alimentémonos de Cristo para poder alimentar al mundo, convertidos en pan de vida y dejando de ser, para él, un pan venenoso, podrido o deteriorado.

Señor, danos siempre de ese Pan. Sí, porque nosotros queremos entrar en una relación personal y amorosa con el Señor de la historia. A partir de nuestra comunión de Vida con Él entraremos también en comunión con la Misión que el Padre Dios le encomendó: salvar al mundo entero por medio del amor llevado hasta el extremo. El Señor nos alimenta con su propio Ser. Nosotros, a partir de entrar en comunión de vida con Él, somos transformados en Él, de tal forma que su Iglesia se convierte en un signo visible y creíble de la encarnación del Hijo de Dios. A nosotros, por tanto, corresponde continuar la obra de salvación de Dios en el mundo. Pero no lo hacemos bajo nuestras propias luces ni bajo nuestra propia iniciativa, ni con nuestras propias fuerza. Es el Señor quien continúa su obra por medio nuestro. Por eso aprendamos a confiarnos totalmente a Él. Abramos nuestros oídos y nuestro corazón para que su Palabra sea sembrada en nosotros y produzca frutos abundantes de salvación; sólo entonces seremos realmente un signo profético del amor salvador de Dios para el mundo.

Quienes hemos entrado en comunión de vida con el Señor estamos obligados a hacerlo presente, con todo su poder salvador, en el mundo. No podemos conformarnos con sólo darle culto al Señor. El verdadero hombre de fe vive totalmente comprometido con la historia para convertirse en un auténtico fermento de santidad en el mundo. Proclamar el Nombre de Dios en la diversidad de ambientes en que se desarrolla la vida de los Cristianos nos ha de llevar a no sólo dar testimonio del Señor con las palabras, ni sólo con una vida personal íntegra, sino a trabajar para que vayan desapareciendo las estructuras de maldad y de pecado en el mundo. Si cerramos nuestros labios ante las injusticias, si no somos capaces de fortalecer las manos cansadas y las rodillas vacilantes, si no volvemos a encender la mecha de la fe y del amor que ya sólo humea, si no somos capaces de devolver la esperanza a las cañas resquebrajadas para que vuelvan a la vida y produzcan frutos abundantes de buenas obras, estaremos fallando gravemente a la misión que Dios confió a su Iglesia. No tengamos miedo ante las amenazas de morir aplastados por los demás; el Señor nos envió a perdonar, a amar y a salvar y no a condenar, ni a destruirnos unos y otros. Aprendamos de Cristo en la cruz lo que es el amor hasta el extremo y lo que es saber perdonar a pesar de las más grandes traiciones u ofensas. Sólo el amor, finalmente, será lo único creíble, en la presencia de Dios, al final de nuestra vida, pues con él habremos sido un alimento de esperanza, de fe y de amor para aquellos que vivían en tierra de sombras y de muerte, y que necesitaban de una Iglesia realmente comprometida con el Señor, para hacerlo presente con todo su poder salvador entre ellos.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, convertirnos, por nuestra unión verdadera a Cristo, en un auténtico alimento de vida eterna para el hombre de nuestro tiempo, hasta que finalmente estemos, junto con Él, sentados a la diestra de Dios Padre todopoderoso. Amén.