domingo, 23 de diciembre de 2012

“¡Dichosa tú que has creído!”

¡Amor y paz!

La alabanza hacia María es doble: como madre del Señor y como creyente. Quedan reunidas aquí las dos bendiciones que encontramos en Lc 11, 27-28: una en boca de una mujer sobre la maternidad y la otra de Jesús sobre los que creen. Igualmente se acentúan en toda la escena los aspectos de gozo y de felicidad como señales del nuevo tiempo mesiánico que empieza (Joan Naspleda).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este IV Domingo de Adviento.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 1,39-45.
En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Dichosa tú por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor". 
Comentario

No sé si habrá sido cierto o no, pero cuentan que en un vuelo trasatlántico, un venerable sacerdote, que regresaba de una peregrinación a tierra santa, entabló conversación con su vecino de asiento. La charla estuvo muy animada y duró gran parte del viaje. Cuando el viajero desconocido supo que el sacerdote era el cura párroco de una conocida parroquia  en la ciudad donde él iba a estar unos días de trabajo, le ofreció ir el domingo a cantar en la misa mayor. El cura se excusó diciéndole que tenían un coro muy bien organizado y que no veía conveniente desplazarlo de sus funciones precisamente en la eucaristía más concurrida de toda la semana. Agradeció la gentileza del viajero, pero rechazó la oferta.

Al llegar al aeropuerto de su ciudad, después de haber hecho el proceso de migración y de haber recogido las maletas, el sacerdote salió del aeropuerto y vio a su vecino de asiento respondiendo a una multitud de periodistas con cámaras fotográficas y de televisión y toda clase de micrófonos. Picado por la curiosidad sobre la identidad de su compañero de vuelo, se acercó al primer transeúnte que se le cruzó y le preguntó si por casualidad sabía quién era ese señor que estaban entrevistando; “–Claro que se quién es. Se trata de un famoso tenor que viene a la ciudad a ofrecer una serie de conciertos. Se llama Luciano Pavarotti”.

Poco después de que María dijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palabra”, ella salió “de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea” a visitar a su prima Isabel, que estaba esperando a Juan el Bautista. Este encuentro sencillo de amistad, marcado por la acción de Dios en ambas mujeres, refleja la confianza de la Virgen María en la promesa que había recibido de parte de Dios. Ella creyó en la promesa que se le hizo de que sería la Madre del Salvador: “El ángel le dijo: –María no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin” (Lucas 1, 30-33).

Una promesa como esta no es fácil de creer. Por eso, su prima Isabel le dijo: “–¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo! ¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!”.

Pidamos para que en este tiempo de Adviento, crezca en nosotros esa esperanza en que las promesas del Señor se cumplirán. Que el Señor no permita que nos contagiemos de la desconfianza que pulula hoy por todas partes. Las promesas que hemos escuchado en este tiempo son incontables. 

La pregunta es si las hemos escuchado como promesas electoreras que no entusiasman, o como promesas del Señor que siempre cumple su palabra. Porque nos puede pasar lo que le pasó al sacerdote de la historia, que se queda sin escuchar a Pavarotti por no confiar en lo que le ofrecían.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

sábado, 22 de diciembre de 2012

El cántico de María, para orar, meditar y llevar a la práctica

¡Amor y paz!

Después de escuchar las alabanzas de su prima Isabel, María entona un cántico de admiración, alegría y gratitud a Dios, el Magníficat, que la Iglesia ha seguido cantando generación tras generación y, concretamente, en el oficio de Vísperas, de la Liturgia de las Horas (que pueden conseguir y rezar diariamente en este blog).

Sin embargo, no basta con cantar el Magníficat reiteradamente, sino que hay que meditarlo y hacerlo vida. De tal manera, no se puede decir que alguien vive con lealtad la fe cuando, aparentando una cercanía al Señor, destruye, oprime, explota a los pobres y hace sufrir a los demás. Quien no causa males sino, por el contrario, sale al encuentro de los que sufren para remediárselos, quien verdaderamente trata a ‘los demás’ como sus hermanos, es digno de ser llamado hijo de Dios.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la feria de Adviento, en la semana antes de la Navidad (dic. 22).

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 1,46-56.
María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre". María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. 
Comentario

Dios no actúa conforme a los criterios humanos. Él no se deja impresionar por nadie, pues el hombre ve a lo externo, pero Dios ve el corazón. A quienes el Señor ha elegido, Él los santifica y les muestra su amor y su misericordia. Hay algunos que han destruido la esperanza de quienes viven en condiciones de pobreza, de enfermedad, de edad avanzada.

El Señor, como el Buen Pastor, ha salido al encuentro, no sólo de la oveja descarriada, sino también de la enferma, de la coja, de la ciega; al buscarla para cargarla sobre sus hombros de vuelta al redil, está dándonos a saber que se ha puesto de parte de los que sufren y de los pecadores.

Él quiere que todos lleguemos a la salvación; por eso nadie puede atraparla como propia y exclusiva; y si el Señor ha querido confiársela a su Iglesia no es para que la encierre, ni para que la distribuya entre quienes crea más conveniente o entre quienes piense que sacará de ellos más partido económico o de poder. Esa clase de poderosos, mercaderes de la religión, serán destronados de su poder malsanamente utilizado, y sólo serán reconocidos como hijos de Dios y portadores de su Gracia aquellos que aprendan a ser misericordiosos como Dios lo ha sido con nosotros. 

Efectivamente sólo los humildes, los hambrientos y los misericordiosos serán exaltados por el mismo Dios, quien los hará participar de la Vida y de la Gloria de su mismo Hijo.

Dios nos ha convocado, sin distinción de razas o de condiciones sociales, en torno suyo, como sus hijos a quienes sólo une el Espíritu de Amor, y que nos hace vivir en el amor fraterno. A pesas de nuestras miserias, tal vez demasiado grandes, el Señor nos ha manifestado su amor misericordioso. Él, hecho uno de nosotros, ha salido a nuestro encuentro para perdonarnos, para levantarnos de nuestras miserias y para hacernos hijos de Dios, uniéndonos a Él en comunión de vida. Este es el misterio de salvación que celebramos en la Eucaristía. Por eso tratemos de no vivir separados de Cristo, sino consagrados a Él de por vida.

Dios nos ha puesto a nosotros como un signo de su amor misericordioso para todos los hombres de todos los tiempos y lugares. La Iglesia continúa en la historia la obra salvadora de Dios, no por sí misma, sino por vivir unida en alianza nueva y definitiva con su Señor. El Dios-con-nosotros sigue, así, saliendo como salvador y lleno de misericordia de generación en generación. 

El cántico de María no sólo debe ser meditado, sino hecho vida en el seno de la Iglesia de Cristo como un cántico programático de salvación. Por eso no podemos decir que se viva con lealtad la fe cuando aparentando una cercanía al Señor se viva destruyendo, oprimiendo, haciendo sufrir a los demás o explotando a los pobres. Si en verdad queremos vivir nuestra fe en Cristo tratemos de salir al encuentro de los que sufren para remediar sus males, y al encuentro de los pecadores para hacerles llegar la salvación que Dios nos ha confiado para que la distribuyamos hasta los últimos confines de la tierra y del tiempo.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir amando a nuestro prójimo como nosotros hemos sido amados por Dios, de tal forma que a nadie le tratemos con signos de maldad ni de muerte, sino que nos preocupemos de hacerles el bien para que, desde nosotros, conozcan el amor misericordioso de Dios, que se ha acercado al hombre para liberarlo del pecado y de la muerte, y para conducirlo a la posesión de los bienes definitivos. Amén.