jueves, 3 de mayo de 2012

"¿Todavía no me conocen?", nos pregunta Jesús


¡Amor y paz!

Ya pasamos de las mil entradas, se acercan a 30.000 las páginas vistas y el próximo mes se cumplirán tres años desde que fue creado este blog con el fin específico de dar a conocer al Señor Jesús, su  palabra, sus milagros y su vida toda, según nos lo relatan los evangelios. 

Pues bien. Hoy, en tono de reproche, Jesús le dice a Felipe: "Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?”

La intención con este blog es que muchos más sean los que a través de la lectura y meditación diarias de la Palabra de Dios logren conocer y amar a nuestro Salvador. Y, por supuesto, hacer lo que Él nos pide.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves en que celebramos la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago (el menor). En algunos lugares hoy se celebra la Santa Cruz.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 14,6-14.
Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto". Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.
Comentario

Hoy celebramos la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago. El Evangelio hace referencia a aquellos coloquios que Jesús tenía sólo con los Apóstoles, y en los que procuraba ir formándolos, para que tuvieran ideas claras sobre su persona y su misión. Es que los Apóstoles estaban imbuidos de las ideas que los judíos se habían formado sobre la persona del Mesías: esperaban un liberador terrenal y político, mientras que la persona de Jesús no respondía en absoluto a estas imágenes preconcebidas.

Las primeras palabras que leemos en el Evangelio de hoy son respuesta a una pregunta del apóstol Tomás. «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Esta respuesta a Tomás da pie a la petición de Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). La respuesta de Jesús es —en realidad— una reprensión: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?» (Jn 14,9).

Los Apóstoles no acababan de entender la unidad entre el Padre y Jesús, no alcanzaban a ver al Dios y Hombre en la persona de Jesús. Él no se limita a demostrar su igualdad con el Padre, sino que también les recuerda que ellos serán los que continuarán su obra salvadora: les otorga el poder de hacer milagros, les promete que estará siempre con ellos, y cualquier cosa que pidan en su nombre, se la concederá.

Estas respuestas de Jesús a los Apóstoles, también nos las dirige a todos nosotros. San Josemaría, comentando este texto, dice: «‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna (...). Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos».

Rev. D. Joan Solà i Triadú (Girona, España)

miércoles, 2 de mayo de 2012

Jesús es la Luz del mundo


¡Amor y paz!

En estos días de Pascua, hemos reconocido al Señor Jesús como el Buen Pastor, como la Puerta para llegar al Padre, como el Pan de Vida… Hoy el Evangelio nos lo presenta como la Luz del mundo.

No es sino echar un vistazo a los medios de comunicación, incluyendo a las redes sociales y los nuevos medios virtuales, para obtener una rápida radiografía de lo que es el mundo hoy. Cada quien hará el diagnóstico. Pero cualquiera que fuere, bien vale la pena considerar la propuesta que nos hace el Evangelio y entonces decidirnos a ser hombres y mujeres que dejemos pasar la Luz y disipar así la oscuridad del mundo.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la IV semana de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 12,44-50.
Jesús exclamó: "El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió. Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó". 
Comentario

El evangelista pretende llevar a la conciencia del oyente o del lector qué es lo que estaba entonces en juego y qué es lo que sigue estando siempre en juego cuando se trata del evangelio. El evangelio es de una actualidad permanente. Por eso precisamente el oyente cristiano no puede ni debe darse por satisfecho por lo que le ocurrió a los "judíos". Porque eso mismo puede volver a suceder tanto hoy como mañana. Y es que el evangelio será siempre crisis para todo el mundo y para todos los hombres de todos los tiempos.

Estas breves líneas del evangelio de hoy tienen una vigencia permanente, una importancia decisiva para todos los oyentes presentes y futuros.

"Jesús exclamó", otros: "levantando la voz", es un clamor o grito de Jesús, que caracteriza siempre el discurso que sigue como un discurso de revelación, dirigido a la opinión pública del mundo. Debe resonar con fuerza el alcance de esta revelación de Cristo, de manera que a nadie se le pueda pasar por alto o la pueda olvidar.

¿Y cuál es el contenido de esta revelación? Es lo que constituye el contenido fundamental del evangelio de Juan: el que cree en Jesús, no cree sólo en Jesús, sino que cree también en Dios, el Padre. Después de realizada la revelación de Dios en el Hijo, la fe en Cristo y la fe en Dios son para Juan la misma cosa. Son esa única y misma cosa, porque el Hijo y el Padre son uno.

Por eso, para el cristiano, la última meta de la fe en Jesús no es un Jesús aislado en sí mismo, sino que a través de Jesús lleva hasta Dios. Jesús es la epifanía de Dios, de manera que quien ve a Jesús ve al Padre. En la persona de Jesús es Dios quien sale al encuentro del hombre. Con esto queda dicho que de ahora en adelante a Dios sólo se le puede ver y encontrar en Jesucristo.

"Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas"; Jn 1. 9: "él era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre".

Desde la encarnación del mundo, la luz ya no es una metáfora o algo impreciso de sentido, sino Jesucristo en Persona. El es la luz que viene al mundo, el portador de la salvación para los hombres. La luz vino al mundo justamente para que brille este propósito divino de salvación universal -y esta es la paradoja de la fe- para que brille aun más esta voluntad salvadora de Dios en la oscuridad más profunda de la cruz.

"Al que oiga mis palabras y nos las cumpla, yo no le juzgo porque no he venido para juzgar al mundo; sino para salvar al mundo".

Porque Jesús es la más clara manifestación de esta voluntad salvadora de Dios, que llama a los hombres en lo más íntimo de sus conciencias a que acojan esta salvación de Dios que gratuitamente se les ofrece, justamente por esto al hombre se le brinda también la posibilidad de la pérdida de la salvación, de forma que lo que se le ofrece como salvación, se le pueda cambiar y de hecho se le cambia en juicio, cuando no cree.

"El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene quien lo juzgue: la Palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día".

El hombre tiene que acoger con libertad íntima la salvación que se le ofrece; debe responder con su amor al amor divino.

La revelación no actúa como magia salvadora. Al hombre no se le puede privar del riesgo de su libertad histórica.

Por eso conserva siempre una responsabilidad última sobre sí y su salvación. Por eso, quien no acepta a Jesús y sus palabras encuentra su juez en la palabra de Jesús. "La palabra que yo he pronunciado, ésa lo juzgará en el último día": la palabra de Jesús se convierte en juez del hombre. Es como si se alzara contra él y señalara que entre este hombre y Jesús no hay comunión alguna, de modo que al rechazar la palabra de Jesús se rechaza y reprueba a sí mismo.

El juicio del hombre no consiste en un acto externo y firme, sino que es un autojuicio. El hombre con su conducta pronuncia sentencia contra sí mismo, cosa que saldrá a relucir en el "ultimo día", pero cuyo tiempo de decisión es el momento presente. La decisión se da aquí y ahora entre fe e incredulidad. Lo que ocurrirá en "el último día" no será más que la manifestación pública de la decisión tomada aquí.

Desde el principio hasta el fin de su actividad, Jesús no ha enseñado nada por su cuenta, independientemente del Padre. El Padre, que le ha enviado, es la fuente de cuanto ha dicho. Por eso necesariamente tiene que haber una coincidencia absoluta en el juicio último. La palabra de Jesús es la palabra del Padre.

Que Jesús, nuestra luz, ilumine los obscuros recovecos de nuestro corazón para que no vivamos engañados y transforme nuestra vida en claridad cristiana que la haga transparente a los demás.

"Vosotros, los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?"

¿Qué son los santos? Las vidrieras de las catedrales. "Hombres que dejan pasar la luz".