¡Amor
y paz!
Los
invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este
Viernes Santo, en la celebración de la Pasión del Señor.
Dios
los bendiga…
Evangelio según San
Juan 18,1-40.19,1-42.
Después de haber dicho esto, Jesús fue con sus
discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y
allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque
Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al
frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los
sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y
armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les
preguntó: "¿A quién buscan?". Le respondieron: "A Jesús, el
Nazareno". El les dijo: "Soy yo". Judas, el que lo entregaba,
estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: "Soy yo", ellos
retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente: "¿A quién
buscan?". Le dijeron: "A Jesús, el Nazareno". Jesús
repitió: "Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que
estos se vayan". Así debía cumplirse la palabra que él había dicho:
"No he perdido a ninguno de los que me confiaste". Entonces
Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo
Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba
Malco. Jesús dijo a Simón Pedro: "Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé
el cáliz que me ha dado el Padre?". El destacamento de soldados, con
el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo
llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel
año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: "Es preferible
que un solo hombre muera por el pueblo". Entre tanto, Simón Pedro,
acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido
del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras
Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido
del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La
portera dijo entonces a Pedro: "¿No eres tú también uno de los discípulos
de ese hombre?". Él le respondió: "No lo soy". Los
servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido
porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo
Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su
enseñanza. Jesús le respondió: "He hablado abiertamente al mundo;
siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos,
y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los
que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he
dicho". Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le
dio una bofetada, diciéndole: "¿Así respondes al Sumo
Sacerdote?". Jesús le respondió: "Si he hablado mal, muestra en
qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?". Entonces
Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás. Simón Pedro permanecía
junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: "¿No eres tú también
uno de sus discípulos?". Él lo negó y dijo: "No lo
soy". Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al
que Pedro había cortado la oreja, insistió: "¿Acaso no te vi con él en la
huerta?". Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el
gallo. Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de
madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder
así participar en la comida de Pascua. Pilato salió a donde estaban ellos
y les preguntó: "¿Qué acusación traen contra este hombre?". Ellos
respondieron: "Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos
entregado". Pilato les dijo: "Tómenlo y júzguenlo ustedes
mismos, según la Ley que tienen". Los judíos le dijeron: "A nosotros no
nos está permitido dar muerte a nadie". Así debía cumplirse lo que
había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el
pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: "¿Eres tú el rey de los
judíos?". Jesús le respondió: "¿Dices esto por ti mismo u otros
te lo han dicho de mí?". Pilato replicó: "¿Acaso yo soy judío?
Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo
que has hecho?". Jesús respondió: "Mi realeza no es de este mundo.
Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían
combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de
aquí". Pilato le dijo: "¿Entonces tú eres rey?". Jesús
respondió: "Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al
mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi
voz". Pilato le preguntó: "¿Qué es la verdad?". Al decir
esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: "Yo no
encuentro en él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la
costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren
que suelte al rey de los judíos?". Ellos comenzaron a gritar,
diciendo: "¡A él no, a Barrabás!". Barrabás era un bandido. Pilato
mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas
y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y
acercándose, le decían: "¡Salud, rey de los judíos!", y lo
abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo: "Miren, lo traigo
afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de
condena". Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo.
Pilato les dijo: "¡Aquí tienen al hombre!". Cuando los sumos
sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: "¡Crucifícalo!
¡Crucifícalo!". Pilato les dijo: "Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo
no encuentro en él ningún motivo para condenarlo". Los judíos
respondieron: "Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque
él pretende ser Hijo de Dios". Al oír estas palabras, Pilato se alarmó
más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: "¿De
dónde eres tú?". Pero Jesús no le respondió nada. Pilato le dijo:
"¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y
también para crucificarte?". Jesús le respondió: " Tú no
tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por
eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más
grave". Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad.
Pero los judíos gritaban: "Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque
el que se hace rey se opone al César". Al oír esto, Pilato sacó
afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado "el
Empedrado", en hebreo, "Gábata". Era el día de la Preparación
de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: "Aquí
tienen a su rey". Ellos vociferaban: "¡Que muera! ¡Que muera!
¡Crucifícalo!". Pilato les dijo: "¿Voy a crucificar a su rey?".
Los sumos sacerdotes respondieron: "No tenemos otro rey que el
César". Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y
ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad
para dirigirse al lugar llamado "del Cráneo", en hebreo
"Gólgota". Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a
cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía:
"Jesús el Nazareno, rey de los judíos", y la hizo poner sobre la
cruz. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús
fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo,
latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
"No escribas: 'El rey de los judíos', sino: 'Este ha dicho: Yo soy el rey
de los judíos'. Pilato respondió: "Lo escrito, escrito
está". Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus
vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron
también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola
pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: "No la rompamos. Vamos a
sortearla, para ver a quién le toca". Así se cumplió la Escritura que
dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que
hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la
hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a
la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo:
"Mujer, aquí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo:
"Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la
recibió en su casa. Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para
que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed. Había
allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a
una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el
vinagre, dijo Jesús: "Todo se ha cumplido". E inclinando la cabeza,
entregó su espíritu. Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos
pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara
retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque
ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a
los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al
ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los
soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y
agua. El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe
que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que
se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus
huesos. Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos
traspasaron. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús
-pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para
retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a
retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a
verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta
kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas,
agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen
los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella,
una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para
los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a
Jesús.
Comentario
El mensaje de la fiesta de hoy nos
lleva al fondo del mensaje que acogíamos ayer: el carácter serio del amor. El
amor de Dios se nos ha revelado no como la ayuda de quien no sabe qué es pasar
necesidad, qué es padecer, sino poniéndose en las condición de los hombres más
desvalidos: "soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros
dolores" Y "hasta el extremo"; "Muchos se espantaron de él,
porque desfigurado no parecía hombre... El Señor quiso triturarlo con el
sufrimiento".
Dijo Tertuliano, un escritor
cristiano antiguo, que lo que caracterizaba al Cristianismo es que
"anuncia un Dios que muere".
Es lo que San Pablo llama
"necedad de Dios", que, con todo, es mucho más sabia que todos
aquellos que esperaban de Jesús "filosofías" placenteras al
entendimiento. Y el mismo Pablo lo llama también "debilidad de Dios",
mucho más poderosa que todos aquellos que esperaban un poder espectacular.
¿Cuál es esta "sabiduría" y esta "fuerza" de Dios que se
manifiesta en la cruz? Es ésta: Jesús crucificado nos descubre la verdadera
realidad del mundo, nos enseña el camino para ser hombres, nos abre a la
esperanza que nunca decepciona.
-El viernes santo de la humanidad Todos
queremos ser objetivos y realistas. Y, a pesar de la crisis económica y social
que aflige a muchos de nuestros ciudadanos, a pesar de la injusticia de la que
es víctima gran parte de la humanidad, nuestro mundo occidental es todavía
oficialmente optimista. Esto, junto con la tendencia innata de todos para
situarnos lejos del sufrimiento e incluso para olvidarlo fácilmente, nos ayuda
a cerrar los ojos a la cruda realidad de una gran parte de la humanidad que no
sólo padece, sino que es "crucificada".
Pero Jesús, que en la cruz lleva
"los sufrimientos" y aguanta "los dolores" de la humanidad
sufriente, es el recuerdo vivo del Viernes Santo de gran parte de la humanidad
actual: muertos de hambre en medio de la gran abundancia de muchos otros;
países empobrecidos en beneficio de algunos cada día más ricos; personas y
pueblos amenazados por un "progreso" que conduce a la carrera de
armamentos; manipulación de la libertad y otras formas de violación de la
dignidad humana; millones de parados entre una insolidaridad creciente;
marginados de todo tipo por una sociedad que en buena parte es la causante de
esta marginación... Jesús crucificado nos desvela de nuestros sueños, nos hace
caer la venda de los ojos... Y, en él, el dolor de la humanidad se convierte en
dolor de Dios.
-Un camino de solidaridad y de
esperanza A la vez Jesús nos enseña el verdadero camino de una existencia
humana. Es decir, el camino de la condición humana real, sin atajos que nos
ahorren la solidaridad con los que sufren: "El cáliz que me ha dado mi
Padre, ¿no lo voy a beber?". Jesús, "aun siendo Hijo, con lo que
padeció", se adentró en la situación de los hombres concretos: sintió
profundamente el dolor de los que sufren, hambrientos, marginados,
angustiados...; luchó por la liberación de sus sufrimientos y de sus angustias;
finalmente fue rechazado por los que se cerraban a la denuncia luminosa de su
vida y sus palabras. Aquí tenemos, pues, el camino humano que nos mostró
Jesús...
La muerte, sin embargo, no tuvo la
última palabra: "A causa de los trabajos de su alma, verá y se
hartará". El signo de la cruz no es un signo de fatalidad, sino de
esperanza. Una esperanza que solamente brota en el seno de la forma humana de
vivir que nos muestra Jesús: fidelidad a Dios, Padre de todos, que reconocemos
de veras en la medida que reconocemos con hechos como hermanos a todos sus
hijos; amor a los hermanos que nos lleva a una preferencia por los más pobres y
desvalidos, con todas las consecuencias. Esperanza que surge en medio del dolor
de la humanidad, porque desde el primer viernes santo, en el fondo de este
dolor, se encuentra ya para siempre el mismo Dios que es amor y es vida.
J. RAMBLA
MISA DOMINICAL 1985, 7