¡Amor y paz!
Según se sabe, hay una manera casi infalible de conocer a alguien: darle poder. En efecto, algunos (¿o muchos?) de los que antes fueron nuestros amigos, nuestros compañeros, e incluso nuestros hermanos, una vez tienen poder, dinero o saber nos humillan, nos maltratan o simplemente nos ignoran.
Es que el poder, el tener y el placer son las grandes metas que jalonan la vida de la mayoría de las personas. De tal manera, a los ojos del mundo, el importante, el que vale, es el rico, el sabio, el poderoso. Jesús, en cambio, invierte esos esquemas y hace una opción preferencial por el que sirve, por aquel en quien nadie se fija, el que nadie valora, por el que es tratado como un inferior.
Y a estos últimos (a los excluidos de este mundo) es a quienes Jesús nos invita a servir. En algún momento eso no lo entendieron sus discípulos. ¿Ya lo entendemos nosotros?
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este sábado de la XVI semana del tiempo ordinario.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 20,20-28.
Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo. "¿Qué quieres?", le preguntó Jesús. Ella le dijo: "Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda". "No saben lo que piden", respondió Jesús. "¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?". "Podemos", le respondieron. "Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre". Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud".
COMENTARIO
Dos discípulos de nuestro Señor, los santos y magníficos hermanos Juan y Santiago, según leemos en el evangelio, desearon que el Señor les concediese el sentarse en su reino uno a la derecha y otro a la izquierda. No anhelaron ser reyes de la tierra, no desearon que les otorgase honores perecederos, ni que los colmase de riquezas; no desearon verse rodeados de numerosa familia, ni ser respetados por súbditos, ni ser halagados por aduladores; sino que pidieron algo grande y estable: ocupar unos asientos imperecederos en el reino de Dios. ¡Gran cosa era la que deseaban! No fueron reprendidos en su deseo, pero sí encaminados hacia un orden. El Señor vio en ellos un deseo de grandeza y se dignó enseñarles el camino de la humildad, como diciéndoles: «Daos cuenta de lo que apetecéis, daos cuenta de que yo estoy con vosotros; y yo, que os hice y descendí hasta vosotros, llegué hasta humillarme por vosotros». Estas palabras que os narro, no aparecen en el evangelio; sin embargo expreso el sentido de lo que en él se lee. Os invito ahora a leer las palabras exactas que allí se hallan, para que veáis de dónde han salido las que os he dicho. Una vez que el Señor escuchó la petición de los hermanos, les dijo: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? (Mt 20,22). Vosotros deseáis sentaros a mi lado, pero debéis contestarme antes a lo que os pregunto: ¿Podéis beber el cáliz qué yo he de beber? ¿No os resulta amargo el cáliz de la humildad, a vosotros que buscáis los puestos de grandeza?
Donde se impone un precepto duro, hay siempre un gran consuelo. Los hombres se niegan a beber el cáliz de la pasión, el cáliz de la humillación. ¿Anhelan las cosas sublimes? Amen ante todo las humildes. Partiendo de lo humilde se llega a lo sublime. Nadie construye un edificio elevado, si no ha puesto bien los cimientos. ¡Hermanos míos! Considerad tranquilamente estas cosas; instruíos y afianzaos en la fe para que veáis el camino que debéis recorrer hasta alcanzar lo que deseáis. Conozco y sé sobradamente que ninguno de vosotros rechaza la inmortalidad, la eterna sublimidad, así como el llegar a conseguir la compañía de Dios. Todas lo deseamos.
Veamos, pues, por dónde hemos de llegar hasta ellas, ya que amamos el lugar a donde nos encaminamos. Dije, pues: el que ha de edificar una casa de heno, temporal, no se preocupa de cavar un cimiento firme. Si, por el contrario, desea levantar un gran edificio, de gran consistencia y larga duración, ante todo pone su mirada y atención en los cimientos que ha de cavar y no a la altura que ha de alcanzar; y cuanto más elevada haya de ser la cúspide del edificio, tanto más profundas han de ser las zanjas de los cimientos. ¿Quién no quiere ver sus mieses altas? Antes de conseguirlas, debe remover la tierra profundamente para echar la simiente. El que ara surca las profundidades de la tierra. El que ara profundiza el surco para que crezca la mies. Cuanto más altos y más esbeltos son los árboles, tanto más profundas tienen las raíces, porque toda altura procede de la profundidad.
¡Oh hombre! Tú tenías miedo a soportar las afrentas de la humillación. Te conviene beber el cáliz amargo de la pasión. Tus vísceras están irritadas, tienes inflamadas las entrañas. Bebe la amargura para conseguir la salud. La bebió el médico sano, y ¿no la quiere beber el enfermo debilitado? El Señor dijo a los hijos de Zebedeo: «¿Podéis beber el cáliz? No les dijo: ¿Podéis beber el cáliz de las afrentas, el cáliz de la hiel, el cáliz del vinagre, el cáliz amarguísimo, el cáliz repleto de ponzoña, el cáliz de toda clase de dolores?». De haberles dicho eso, los hubiera atemorizado en vez de animarlos. Donde hay participación hay también consuelo. ¿Por qué desdeñas ese cáliz, ¡oh siervo!? El Señor lo bebió. ¿Por qué lo desdeñas, ¡oh hombre débil!? El sano lo bebió. ¿Por qué lo desdeñas, oh enfermo? El médico lo bebió. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?
En aquel momento, ellos ávidos de grandeza, ignorando sus fuerzas y prometiendo lo que todavía no tenían, responden: Podemos. El Señor les replica: Beberéis ciertamente mi cáliz, ya que yo os concedo el que lo bebáis, ya que os convertiré de débiles en fuertes, os concedo la gracia de padecer para que bebáis el cáliz de la humildad; pero no está en mi poder el sentaros a mi derecha o a mi izquierda, pues mi Padre lo ha dispuesto para otros (Mt 20,23). Si no se les concede a ellos, ¿a quiénes otros se les concede? Si los apóstoles no lo merecen, ¿quién lo merece?... ¿Para quiénes otros, ¡oh Señor!? Si no lo recibió Juan que descansó sobre el pecho del Señor; si no lo recibió el que traspasó el mar, el aire, el cielo y llegó hasta la Palabra (Jn 1,1); el que traspasó tantas cosas y consiguió llegar hasta ti, en cuanto eres igual al Padre; si no recibió lo que pidió, ¿quién lo recibirá? El Señor es consciente de lo que había dicho: Está dispuesto para otros. ¿Para qué otros? Para los humildes, no para los soberbios; luego será también para vosotros, si os hacéis como esos otros, si deponéis la soberbia y os vestís de humildad.
San Agustín
Sermón 20 A, 6-8.
http://www.mercaba.org/
sábado, 25 de julio de 2009
viernes, 24 de julio de 2009
¡APROVECHEMOS LA PALABRA DE DIOS!
¡Amor y paz!
¿Recuerdan la parábola del sembrador? Jesús relata que el sembrador salió a sembrar y, mientras sembraba, unos granos cayeron a lo largo del camino, otros cayeron en terreno pedregoso, otros en medio de cardos y otros, finalmente, quedaron en buena tierra y produjeron cosecha.
Hoy (Viernes XVI del T.O.) Jesús nos explica el significado de esta parábola. Es un llamado para que nos preparemos mejor para recibir y aprovechar la Palabra de Dios. ¡No es cualquier semilla la que Jesús siembra en nuestro corazón!
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 13,18-23.
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".
COMENTARIO
Jesús nos da hoy un ejemplo de esa interpretación espiritual necesaria para entender el significado de las parábolas. Compara a los hombres con cuatro clases de terreno: la misma simiente, la misma Palabra divina, da resultados más o menos profundos según la respuesta subjetiva que acordamos a la Palabra.
1º El que oye la palabra del reino y no la comprende...
Las palabras materiales del evangelio han sido oídas o leídas; pero a la manera de una "lectura ordinaria".
El evangelio es una palabra viva: el autor del evangelio, el que nos habla a través de las palabras, está vivo HOY... Se dirige a mí. No es pues ante todo una colección de ideas o de bonitos pensamientos, es el "encuentro con Alguien".
En una meditación sobre el evangelio, hay que hacerse siempre esta pregunta: ¿qué descubro de ti, Señor, a través de este pasaje evangélico?
2º El que recibe el mensaje con alegría; pero no tiene raíces, es el hombre inconstante: cuando surge la dificultad o persecución, falla.
Algunos empiezan a meditar con entusiasmo, pues es verdad que al principio se suele encontrar mucha consolación en la oración. Pero es necesario perseverar. No basta seguir a Dios cuando esto resulta agradable y fácil... también en la prueba y en la noche del espíritu es necesario perseverar.
Hay un conocimiento profundo de Dios que no se adquiere más que con una larga e incansable frecuencia con el evangelio, leído, meditado y vuelto a meditar. Jesús se nos revela en esta frase como un hombre perseverante, que no se contenta con nuestros fervores pasajeros: espera nuestras fidelidades.
3º El que escucha la palabra, pero el agobio de esta vida, y la seducción de la riqueza la ahogan y se queda estéril.
Hay que saber elegir. "No podéis servir a la vez a Dios y al dinero" (Mateo 6, 24) El descubrimiento de Dios es una maravillosa aventura que implica nuestra entrega y compromiso total: las preocupaciones mundanas, el agrado del placer, el afán de riqueza ¡pueden ahogar la Palabra de Dios! Hemos sido advertidos suficientemente y además tenemos de ello experiencia.
Sobre la riqueza, Jesús tiene una palabra reveladora: habla de la "ilusión de la riqueza"... "del engaño de la riqueza"...
La riqueza es un falso amigo: promete mucho y decepciona también mucho.
4º El que escucha el mensaje y lo entiende; ése sí da fruto y produce en un caso ciento, en otro sesenta, en otro treinta.
Jesús nos ha advertido: la cosecha es maravillosa... pero la siembra es difícil. No hay recolección sin trabajo. Los labradores de Palestina lo sabían bien por experiencia.
El Reino de Dios es semejante a esto.
Es una invitación a la esperanza y al optimismo: ¡un solo grano de trigo puede producir cien granos! Es una invitación al trabajo y a la oración y esto depende de nosotros.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 88 s.
http://www.mercaba.org/
¿Recuerdan la parábola del sembrador? Jesús relata que el sembrador salió a sembrar y, mientras sembraba, unos granos cayeron a lo largo del camino, otros cayeron en terreno pedregoso, otros en medio de cardos y otros, finalmente, quedaron en buena tierra y produjeron cosecha.
Hoy (Viernes XVI del T.O.) Jesús nos explica el significado de esta parábola. Es un llamado para que nos preparemos mejor para recibir y aprovechar la Palabra de Dios. ¡No es cualquier semilla la que Jesús siembra en nuestro corazón!
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 13,18-23.
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".
COMENTARIO
Jesús nos da hoy un ejemplo de esa interpretación espiritual necesaria para entender el significado de las parábolas. Compara a los hombres con cuatro clases de terreno: la misma simiente, la misma Palabra divina, da resultados más o menos profundos según la respuesta subjetiva que acordamos a la Palabra.
1º El que oye la palabra del reino y no la comprende...
Las palabras materiales del evangelio han sido oídas o leídas; pero a la manera de una "lectura ordinaria".
El evangelio es una palabra viva: el autor del evangelio, el que nos habla a través de las palabras, está vivo HOY... Se dirige a mí. No es pues ante todo una colección de ideas o de bonitos pensamientos, es el "encuentro con Alguien".
En una meditación sobre el evangelio, hay que hacerse siempre esta pregunta: ¿qué descubro de ti, Señor, a través de este pasaje evangélico?
2º El que recibe el mensaje con alegría; pero no tiene raíces, es el hombre inconstante: cuando surge la dificultad o persecución, falla.
Algunos empiezan a meditar con entusiasmo, pues es verdad que al principio se suele encontrar mucha consolación en la oración. Pero es necesario perseverar. No basta seguir a Dios cuando esto resulta agradable y fácil... también en la prueba y en la noche del espíritu es necesario perseverar.
Hay un conocimiento profundo de Dios que no se adquiere más que con una larga e incansable frecuencia con el evangelio, leído, meditado y vuelto a meditar. Jesús se nos revela en esta frase como un hombre perseverante, que no se contenta con nuestros fervores pasajeros: espera nuestras fidelidades.
3º El que escucha la palabra, pero el agobio de esta vida, y la seducción de la riqueza la ahogan y se queda estéril.
Hay que saber elegir. "No podéis servir a la vez a Dios y al dinero" (Mateo 6, 24) El descubrimiento de Dios es una maravillosa aventura que implica nuestra entrega y compromiso total: las preocupaciones mundanas, el agrado del placer, el afán de riqueza ¡pueden ahogar la Palabra de Dios! Hemos sido advertidos suficientemente y además tenemos de ello experiencia.
Sobre la riqueza, Jesús tiene una palabra reveladora: habla de la "ilusión de la riqueza"... "del engaño de la riqueza"...
La riqueza es un falso amigo: promete mucho y decepciona también mucho.
4º El que escucha el mensaje y lo entiende; ése sí da fruto y produce en un caso ciento, en otro sesenta, en otro treinta.
Jesús nos ha advertido: la cosecha es maravillosa... pero la siembra es difícil. No hay recolección sin trabajo. Los labradores de Palestina lo sabían bien por experiencia.
El Reino de Dios es semejante a esto.
Es una invitación a la esperanza y al optimismo: ¡un solo grano de trigo puede producir cien granos! Es una invitación al trabajo y a la oración y esto depende de nosotros.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 88 s.
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