jueves, 23 de junio de 2022

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

¡Amor y paz!

 

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este jueves cuando en Colombia celebramos la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 

Dios nos bendice...

 

PRIMERA LECTURA

 

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 12-23

 

Hermanos:  Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacri­ficio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Esto nos lo atestigua también el Espíritu Santo. En efecto, des­pués de decir: «Así será la alianza que haré con ellos después de aque­llos días -dice el Señor-: Pondré mis leyes en sus corazones y las escribiré en su mente», añade: «Y no me acordaré ya de sus pecados ni de sus crímenes.» Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados. Hermanos, teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la san­gre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inau­gurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémo­nos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura. Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa.

 

Palabra de Dios

 

SALMO RESPONSORIAL

 

Sal 39 (40), 6. 7. 8-9. 10. 11

 

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número. /R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio. /R.

Entonces yo digo: «Aquí estoy -como está escrito en mi libro­- para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. /R.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes. /R.

No me he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea. /R.

EVANGELIO

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 22, 14-20

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vo­sotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a co­mer, hasta que se cumpla en el reino de Dios.» Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios.» Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.» Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.»

Palabra del Señor

COMENTARIO

Heb. 10, 12-23. Nuestra vocación mira a estar con Dios eternamente. Pero puesto que nada manchado entra al cielo, por medio del Sacrificio expiatorio de Cristo hemos sido santificados de tal forma que, perdonados nuestros pecados, hemos sido consagrados para poder acercarnos al Dios vivo y poder, así, participar de la ciudad celeste. Así se ha cumplido lo que el Espíritu Santo prometió en las Sagradas Escrituras: Que nos perdonaría nuestras culpas y olvidaría para siempre nuestros pecados. Los que por medio de la fe aceptamos a Cristo y su oferta de salvación, junto con Él participamos ya desde ahora de la Vida que Él nos ofrece, y que llegará a su plenitud en nosotros cuando junto con Él, mediante su Sangre derramada por nosotros, estemos eternamente con Dios, santos como Él es Santo. Aprovechemos la gracia que hoy Dios nos ofrece. No vivamos tras las obras de la maldad. Acojámonos a Cristo para que en Él tengamos el perdón de nuestros pecados y la Vida eterna.

Sal. 39. Por medio de su Hijo Jesús, el Padre Dios nos ha sacado de la profundidad de nuestros pecados, ha puesto nuestros pies sobre roca firme y ha consolidado nuestros pasos para que demos testimonio de lo misericordioso que ha sido para con nosotros. Y el Señor quiere que le entonemos un cántico nuevo, el cántico de la fidelidad a su voluntad. Junto con Cristo hemos de estar dispuestos a hacer la voluntad de nuestro Padre Dios en todo. Proclamar el Evangelio nos lleva a anunciarlo, pero también a dar testimonio de él, pues no podemos anunciar el Evangelio sólo con los labios mientras nueva vida tomase por un camino contrario a lo que proclamamos. Junto con el testimonio sabemos que no podemos eludir nuestra cruz de cada día, con la fidelidad que muchas veces nos puede llevar hasta el martirio, pero sabiendo que no todo terminará con la muerte. Después de la cruz siempre estará la gloria, siempre estará Dios como Padre lleno de amor, de ternura y de misericordia para con nosotros. Él nos espera para recibir en su casa a quienes le vivamos fieles. La acción sacerdotal de la Iglesia, por tanto, consistirá en seguir el mismo camino de amor y de fidelidad de su Señor. Vayamos tras las huellas de Cristo aceptando todos los riesgos que nos vengan por ello, sabiendo que no hemos recibido un espíritu de cobardía sino de valentía para que no cerremos nuestros labios en el anuncio del Nombre de nuestro Dios y Padre que se nos ha confiado.

Lc. 22, 14-20. La Pascua antigua ha quedado atrás y no volverá a celebrarse sino en la Pascua de Cristo, en el Reino de Dios, que ya se ha iniciado entre nosotros. Celebrar nosotros el Memorial de la Pascua de Cristo no es sólo un contemplar a Cristo bajo una nueva presencia. Él está con nosotros en la Eucaristía para que nos encontremos real y personalmente con Él al paso de la historia. Su presencia en la Eucaristía es una presencia real con toda su fuerza salvadora. Participar de la Eucaristía nos hace entrar en la nueva alianza inaugurada por Jesús, en que, unidos a Él, somos hechos hijos de Dios y el Padre Dios nos contempla con el mismo amor con que contempla a su Hijo unigénito.

El Señor nos reúne para que en esta Eucaristía celebremos, unidos a Él, la Pascua Nueva, la del Reino de Dios entre nosotros. Celebramos la Victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte. Celebramos nuestra liberación de las diversas esclavitudes a las que el maligno nos había sometido. Celebramos nuestro peregrinar hacia la Patria eterna. Celebramos el ser el Nuevo Pueblo de Dios, el de sus hijos que se dejan guiar por Cristo, único Camino de salvación para nosotros. La Eucaristía nos pone en camino como testigos del Reino, pues la salvación no es ya una promesa, sino una realidad cumplida por Dios entre nosotros y para nosotros. Y nosotros hemos de proclamar este Misterio de amor y de salvación a la humanidad entera.

La Iglesia de Cristo continúa la obra sacerdotal de Jesús en el mundo y su historia. A nosotros nos corresponde continuar consagrándolo todo a Dios. El Sacrificio redentor de Cristo debe no sólo ser anunciado, sino vivido por la Iglesia, como la mejor muestra del Evangelio proclamado con la vida misma. ¿En verdad somos alimento, pan de vida para los demás? ¿En verdad somos capaces de llegar hasta derramar nuestra sangre con tal de que el perdón de los pecados llegue a todos? ¿Estamos dispuestos a vivir conforme a la voluntad de Dios sobre nosotros y no conforme a nuestros propios intereses? ¿Encaminamos a los demás hacia la posesión de los bienes definitivos? Es nuestra vida, es la vida de la Iglesia con su cercanía al hombre al que ha sido enviado para salvarlo, lo que finalmente dará respuesta correcta o incorrecta a estos cuestionamientos. El Señor quiere que santifiquemos a todo y a todos. Ojalá y seamos ese Sacramento de Salvación para todos los pueblos.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber vivir santamente, redimidos y perdonados por Cristo; y la gracia de colaborar con un nuevo ardor para que la salvación llegue hasta el último rincón de la tierra. Amén.

www.homiliacatolica.com

 

 

 

 

miércoles, 22 de junio de 2022

Por sus frutos los reconocerán

¡Amor y paz!

 

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este miércoles de la 12ª semana del Tiempo Ordinario, ciclo C.

 

Dios nos bendice...

 

 

PRIMERA LECTURA

 

Lectura del segundo libro de los Reyes   22, 8.10-13; 23, 1-3

 

El sumo sacerdote Jilquías dijo al secretario Safán: «He encontrado el libro de la Ley en la Casa del Señor.»

Jilquías entregó el libro a Safán, y este lo leyó. Luego el secretario Safán se presentó ante el rey, y le informó, diciendo: «Tus servidores han volcado la plata que se encontraba en la Casa y se la entregaron a los que dirigen las obras, a los encargados de supervisar la Casa del Señor.»

Luego el secretario Safán anunció al rey: «Jilquías, el sacerdote, me ha dado un libro.» Y Safán lo leyó delante del rey.

Cuando el rey oyó las palabras del libro de la Ley, rasgó sus vestiduras, y dio esta orden a Jilquías, el sacerdote, a Ajicám, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, a Safán, el secretario, y a Asaías, el servidor del rey: «Vayan a consultar al Señor por mí, por todo el pueblo y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que ha sido encontrado. Porque es grande el furor del Señor que se ha encendido contra nosotros, ya que nuestros padres no han obedecido a las palabras de este libro y no han obrado conforme a todo lo que está escrito en él.»

El rey mandó que se reunieran junto a él todos los ancianos de Judá y de Jerusalén. Luego subió a la Casa del Señor, acompañado de todos los hombres de Judá y de todos los habitantes de Jerusalén -los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, desde el más pequeño al más grande- , y les leyó todas las palabras del libro de la Alianza, que había sido hallado en la Casa del Señor.

Después, de pie sobre el estrado, el rey selló delante del Señor la alianza que obliga a seguir al Señor y a observar sus mandamientos, sus testimonios y sus preceptos, de todo corazón y con toda el alma, cumpliendo las palabras de esta alianza escritas en aquel libro. Y todo el pueblo se comprometió en la alianza.

 

Palabra de Dios.

 

SALMO

 

Sal 118, 33. 34. 35. 36. 39. 40 (R.: 33a)

 

R.        Muéstrame, Señor, el camino de tus preceptos.

 

Muéstrame, Señor, el camino de tus preceptos,

y yo los cumpliré a la perfección.  R.

 

Instrúyeme, para que observe tu ley

y la cumpla de todo corazón.  R.

 

Condúceme por la senda de tus mandamientos,

porque en ella tengo puesta mi alegría.  R.

 

Inclina mi corazón hacia tus prescripciones

y no hacia la codicia.  R.

 

Aparta de mí el oprobio que temo,

porque tus juicios son benignos.  R.

 

Yo deseo tus mandamientos:

vivifícame por tu justicia.  R.

 

EVANGELIO

 

Lectura del santo Evangelio según san Mateo   7, 15-20

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.

Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.

 

Palabra del Señor.

 

PARA REFLEXIONAR

  • Durante el reinado de Manasés, la apostasía llegó hasta el punto de que se perdieron las huellas del mismo libro de la alianza. Bajo el reinado del rey Josías, que fue de los pocos buenos y fieles a Dios, unos obreros, que trabajaban en el Templo, «descubren» el libro del Deuteronomio-, que  se había perdido -o «escondido»- en ese lugar unos años antes. El rey teme con razón que Dios debe estar muy enojado y así se explican las calamidades que pasan.
  • Por los pecados de su pueblo en este gran olvido de Dios, que ha durado tanto tiempo, el rey Josías tiene el corazón traspasado y rasga sus vestiduras; hizo convocar a todos los ancianos, con todos los habitantes de Jerusalén, sacerdotes, profetas y todo el pueblo, desde el menor al mayor.
  • Josías organiza pues una especie de gran liturgia, una celebración de la Palabra.  La lectura solemne del Deuteronomio lleva a todos, autoridades y pueblo, a renovar y suscribir la Alianza con Dios.
  • El Deuteronomio encontrado es como una nueva llamada a la Alianza: Dios ama y nos invita a amarlo. Comienza una reforma, una nueva etapa de vida. Hay momentos en que hace falta algún «hallazgo», recapacitemos y volvamos al camino de la sensatez.

 *** 

  • No son invento de este tiempo los falsos profetas o charlatanes convincentes. A lo largo de la historia hemos sido testigos del surgimiento de movimientos, corrientes, agrupaciones, que dicen tener la exclusividad de la salvación. Como dueños de la verdad su tarea es mostrar como los demás están equivocados. Pero no siempre los frutos son coherentes con el discurso o la ceremonia. Esa es también nuestra tentación.
  • La comparación del falso profeta con un lobo disfrazado de oveja, muestra hasta qué punto una persona puede predicar una Palabra sin estar convertido a ella.
  • Jesús nos presenta un criterio de discernimiento a partir de un contraste evangélico: los árboles buenos y malos. Lo bueno es y puede ser reconocido como tal, a través de los hechos y no de las solas palabras. No basta decir: “Señor, Señor”, la fe se acredita a través de las obras. El criterio que garantiza la autenticidad del creyente y su pertenencia al reino es la coherencia entre lo que se dice y se hace.
  • Todo árbol bueno da frutos buenos. Teniendo como base el Sermón de la Montaña podremos hacer una valoración de los frutos. No es bueno olvidar que los frutos no aparecen de un día para el otro. También se es bueno, en la medida en que no se desfallece, en este modo de obrar. Obrar el bien evangélico sin cansancio y sin ceder ante la tentación de obrar el mal. Y si acaso se llega a ceder por cansancio o tentación, se reconoce sinceramente, se arrepiente de corazón y… se vuelve a empezar.
  • Los cristianos nos debemos caracterizar no sólo por el culto o por la sabiduría teológica que seamos capaces de asimilar. Nuestra forma de vida ajustada al espíritu del Evangelio es lo que le dará calidad y coherencia a nuestra propuesta evangelizadora. La fe y la oración deben estar estrechamente vinculadas con la práctica concreta y eficaz al servicio de los hermanos. Ahí está nuestro gran desafío, de lo contrario no seremos capaces de entusiasmar a nadie.

 

PARA DISCERNIR

  • ¿Experimento en mi comunidad divisiones por la presencia de falsos líderes?
  • ¿Cuál es el criterio para discernir al falso profeta?
  • ¿Cómo descubro si estoy viviendo la Justicia del Reino?
  • ¿Qué “frutos” de mi vida nueva todavía no se ven?

 

ARZOBISPADO DE BUENOS AIRES

Vicaría de Pastoral