lunes, 24 de mayo de 2021

«Ahí está tu madre»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este  lunes de la 8a semana del Tiempo Ordinario, ciclo B. Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

Dios nos bendice…

1.Primera lectura

Lectura del libro del Génesis:3, 9-15.20

DESPUÉS de comer Adán del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo:«Dónde estás?».Él contestó:«Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».El Señor Dios le replicó:«¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».Adán respondió:«La mujer que me diste como compañera me ofreció del frutoy comí».El Señor Dios dijo a la mujer:«¿Qué has hecho?».La mujer respondió:«La serpiente me sedujo y comí».El Señor Dios dijo a la serpiente:«Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón».Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

2.Salmo responsorial

Sal86 (87), 1-2. 3 et 5. 6-7

R/ Cosas admirables se dicen de ti, Ciudad de Dios:

1.¡Esta es la ciudad que fundó el Señor sobre las santas Montañas!
Él ama las puertas de Sión más que a todas las moradas de Jacob.

R/2. Cosas admirables se dicen de ti, Ciudad de Dios:
Así se hablará de Sión:«Este, y también aquél, han nacido en ella,
y el Altísimo en persona la ha fundado».

R/3.Al registrar a los pueblos, el Señor escribirá:
«Este ha nacido en ella».Y todos cantarán, mientras danzan:
«Todas mis fuentes de vida están en ti».R/D

3. Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya. Oh feliz Virgen, que engendraste al Señor; oh santa Madre de la Iglesia, que en nosotros alimentas el Espíritu de tu Hijo, Jesucristo.Aleluya, aleluya.

4. Evangelio

✠Lectura del santo Evangelio según San Juan: 19, 25-34

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto amaba, dijo a su madre:«Mujer, ahí está tu hijo».Luego dijo al discípulo:«Ahí está tu madre».Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día dela Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

Comentario

1. Jesús, después de haber confiado el discípulo Juan a María con las palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo», desde lo alto de la cruz se dirige al discípulo amado, diciéndole: «He ahí a tu madre» (Jn 19, 26-27). Con esta expresión, revela a María la cumbre de su maternidad: en cuanto madre del Salvador, también es la madre de los redimidos, de todos los miembros del Cuerpo místico de su Hijo.

La Virgen acoge en silencio la elevación a este grado máximo de su maternidad de gracia, habiendo dado ya una respuesta de fe con su «sí» en la Anunciación.

Jesús no sólo recomienda a Juan que cuide con particular amor de María; también se la confía, para que la reconozca como su propia madre.

Durante la última cena, «el discípulo a quien Jesús amaba» escuchó el mandamiento del Maestro: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado » (Jn 15, 12) y, recostando su cabeza en el pecho del Señor, recibió de él un signo singular de amor. Esas experiencias lo prepararon para percibir mejor en las palabras de Jesús la invitación a acoger a la mujer que le fue dada como madre y a amarla como él con afecto filial.
Ojalá que todos descubran en las palabras de Jesús: «He ahí a tu madre», la invitación a aceptar a María como madre, respondiendo como verdaderos hijos a su amor materno.

2. A la luz de esta consigna al discípulo amado, se puede comprender el sentido auténtico del culto mariano en la comunidad eclesial, pues ese culto sitúa a los cristianos en la relación filial de Jesús con su Madre, permitiéndoles crecer en la intimidad con ambos.
El culto que la Iglesia rinde a la Virgen no es sólo fruto de una iniciativa espontánea de los creyentes ante el valor excepcional de su persona y la importancia de su papel en la obra de la salvación; se funda en la voluntad de Cristo.
Las palabras: «He ahí a tu madre» expresan la intención de Jesús de suscitar en sus discípulos una actitud de amor y confianza en María, impulsándolos a reconocer en ella a su madre, la madre de todo creyente.

En la escuela de la Virgen, los discípulos aprenden, como Juan, a conocer profundamente al Señor y a entablar una íntima y perseverante relación de amor con él. Descubren, además, la alegría de confiar en el amor materno de María, viviendo como hijos afectuosos y dóciles.

La historia de la piedad cristiana enseña que María es el camino que lleva a Cristo y que la devoción filial dirigida a ella no quita nada a la intimidad con Jesús; por el contrario, la acrecienta y la lleva a altísimos niveles de perfección.
Los innumerables santuarios marianos esparcidos por el mundo testimonian las maravillas que realiza la gracia por intercesión de María, Madre del Señor y Madre nuestra.

Al recurrir a ella, atraídos por su ternura, también los hombres y las mujeres de nuestro tiempo encuentran a Jesús, Salvador y Señor de su vida.
Sobre todo los pobres, probados en lo más íntimo, en los afectos y en los bienes, encontrando refugio y paz en la Madre de Dios, descubren que la verdadera riqueza consiste para todos en la gracia de la conversión y del seguimiento de Cristo.

3. El texto evangélico, siguiendo el original griego, prosigue: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió entre sus bienes» (Jn 19, 27), subrayando así la adhesión pronta y generosa de Juan a las palabras de Jesús, e informándonos sobre la actitud que mantuvo durante toda su vida como fiel custodio e hijo dócil de la Virgen.

La hora de la acogida es la del cumplimiento de la obra de salvación. Precisamente en ese contexto, comienza la maternidad espiritual de María y la primera manifestación del nuevo vínculo entre ella y los discípulos del Señor.
Juan acogió a María «entre sus bienes ». Esta expresión, más bien genérica, pone de manifiesto su iniciativa, llena de respeto y amor, no sólo de acoger a María en su casa, sino sobre todo de vivir la vida espiritual en comunión con ella.

En efecto, la expresión griega, traducida al pie de la letra «entre sus bienes», no se refiere a los bienes materiales, dado que Juan —como observa san Agustín (In Ioan. Evang. tract., 119, 3)— «no poseía nada propio», sino a los bienes espirituales o dones recibidos de Cristo: la gracia (Jn 1, 16), la Palabra (Jn 12, 48; 17, 8), el Espíritu (Jn 7, 39; 14, 17), la Eucaristía (Jn 6, 32-58)... Entre estos dones, que recibió por el hecho de ser amado por Jesús, el discípulo acoge a María como madre, entablando con ella una profunda comunión de vida (cf. Redemptoris Mater, 45, nota 130).

Ojalá que todo cristiano, a ejemplo del discípulo amado, «acoja a María en su casa» y le deje espacio en su vida diaria, reconociendo su misión providencial en el camino de la salvación.

Audiencia General (07-05-1997): «He ahí a tu madre»

Juan Pablo II

domingo, 23 de mayo de 2021

«Recibid el Espíritu Santo»

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este domingo en que celebramos la Solemnidad de Pentecostés, ciclo B.

Dios nos bendice…

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos.  Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.  Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.  Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando?  Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?  Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia,  de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».
Palabra de Dios.

Salmo responsorial Sal 103, 1ab  y 24ac. 29bc30. 31 y 34 (R.: cf. 30)

R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas. R.
Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra. R.
Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor. R.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13


Hermanos:  Nadié puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por el Espíritu Santo. Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu;  hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor;  y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Palabra de Dios.  

Secuencia

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hambre,  si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,  doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Evangelio

+  Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».  Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.  Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».  Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo;  a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor.

Comentario

Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

En los Hechos de los Apóstoles y en el evangelio de Juan, encontramos unas descripciones muy vigorosas de la experiencia de Pentecostés vivida por los discípulos del Señor. Estos relatos nos permiten recrear, de alguna manera, la escena: estaban reunidos y los sentimientos se entremezclaban (miedo, oración, expectativa de que algo muy grande iba a suceder); estruendo como de viento huracanado; lenguas de fuego; intensa experiencia mística; profunda transformación interior; incontenible deseo de alabar y bendecir al Señor.
Pentecostés es el nacimiento de la Iglesia y el punto de partida del anuncio gozoso del Señor resucitado, que seguirá resonando hasta el final de los tiempos.

Pentecostés es el cumplimiento de la promesa que Jesús había hecho a sus discípulos. El Espíritu Santo acompañará al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia. Pentecostés es un momento particularmente solemne en la vida de una comunidad concreta, pero no se agotó en esa fecha lejana. El milagro de Pentecostés se sigue dando todos los días en la vida de la Iglesia. El Espíritu sigue comunicando sus dones y carismas.

El Espíritu Santo transformó a ese grupo de atemorizados seguidores, quienes se convirtieron en elocuentes y valientes testigos. El Espíritu Santo inspiró el anuncio proclamado por los Apóstoles, dio valor a la naciente comunidad cristiana para superar las persecuciones, y sigue inspirando y fortaleciendo a la Iglesia.

Los escenarios históricos van cambiando y los contextos se transforman. Pensemos, por ejemplo, en el momento tan difícil que estamos viviendo como país, a raíz de las marchas de protesta y la violencia que se ha desatado en muchas ciudades. En un momento delicadísimo de la pandemia, abandonamos las prácticas de bioseguridad y miles de personas salieron a la calle sin tapabocas, sin distancia social; por la acción de los vándalos y los largos bloqueos de las vías y de los negocios, desaparecieron los sueños de una pronta reactivación económica. En medio de estas convulsiones sociales, la Iglesia se pregunta continuamente cómo anunciar, aquí y ahora, el Reino de Dios y cómo servir a la sociedad.

¿Qué anuncio de salvación tenemos para los jóvenes frustrados y para quienes perdieron su medio de subsistencia? Con esperanza vemos el trabajo que está realizando la Conferencia Episcopal que, junto con las Naciones Unidas, busca establecer canales de comunicación que permitan encontrar soluciones a la gigantesca crisis social que nos agobia. Al emprender esta iniciativa de acercamiento entre los actores sociales, la Iglesia no tiene intereses políticos ni económicos: solo la mueve el deseo de avanzar en equidad, justicia y reconciliación. Para llevar a cabo esta delicada tarea pide la luz del Espíritu Santo.

La Secuencia que escuchamos en esta misa de Pentecostés tiene unas expresiones que interpretan fielmente los sentimientos y oraciones de millones de colombianos:
* “Eres pausa en el trabajo; brisa en un clima de fuego; consuelo en medio del llanto”.
* “Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas”.

Llevamos más de un año en medio de esta pesadilla. Estamos cansados, sensibles. Millones de hermanos nuestros se han hundido en la pobreza. Los jóvenes se sienten frustrados y no ven un futuro. Y los líderes políticos no han sido capaces de sintonizarse con los sentimientos y dolores de la gente. Esto nos ha conducido a un estallido social sin precedentes, que está siendo capitalizado por oscuros actores que tienen sus propias agendas e intereses.
Por eso los creyentes nos dirigimos con angustia al Espíritu Santo para que transforme las mentes y corazones de todos nosotros, y seamos capaces de encontrar respuestas a los graves problemas que agobian al país. “Ven, Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz para iluminarnos”.

Reflexionemos brevemente sobre los dones del Espíritu Santo. Los teólogos nos explican que los dones son un regalo de Dios a los seres humanos para que acojamos con gusto y alegría el plan de Dios y seamos capaces de tomar decisiones correctas en medio de situaciones complejas, en donde nos sentimos confundidos.

Según nos lo enseña la Iglesia, los dones del Espíritu Santo son siete: don de sabiduría y entendimiento, don de consejo y fortaleza, don de ciencia y de piedad, y don de temor de Dios. Estas gracias que nos concede el Espíritu Santo iluminan nuestro conocimiento para hacer una lectura cuidadosa de los acontecimientos de la vida e identificar allí el llamado del Señor. Y estas gracias del Espíritu Santo también iluminan nuestra voluntad para buscar y hallar a Dios en todas las cosas y desear construir con nuestros hermanos lo que el papa Francisco llama un proyecto de fraternidad y amistad social, y así superar los enfrentamientos que desgarran el tejido social.

En esta fiesta de Pentecostés pidamos al Espíritu Santo que ilumine las mentes y corazones de todos nosotros, y en particular de quienes lideran los procesos sociales e inciden en las políticas públicas. Hay mucha confusión, rabia, frustración, pobreza. Las mentes y corazones están obnubilados. Necesitamos sensatez y buscar con sinceridad el bien común.

jpelaez@javeriana.edu.co