¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio
y el comentario, en este Segundo Domingo del Tiempo Ordinario.
Dios nos bendice…
Evangelio según San Juan 2,1-11.
Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de
Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y
como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: "No tienen
vino". Jesús le respondió: "Mujer, ¿qué tenemos que ver
nosotros? Mi hora no ha llegado todavía". Pero su madre dijo a los
sirvientes: "Hagan todo lo que él les diga". Había allí seis
tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que
contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes:
"Llenen de agua estas tinajas". Y las llenaron hasta el
borde. "Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del
banquete". Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en
vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían
sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: "Siempre se sirve primero
el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad.
Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento". Este
fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así
manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Comentario
Me gustaría detenerme sobre todo en tres frases del
relato:
La inicial: "Tres días después hubo una boda
en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí". La central,
pronunciada precisamente por María: "No tienen vino". Y la final:
"Allí Jesús manifestó su gloria", es decir, en este milagro hecho con
ocasión de las bodas.
El misterio del tercer día
Partamos de las palabras iniciales, del misterio
del tercer día.
Juan, que nunca usa casualmente ninguna palabra,
introduce el episodio que abre la serie de los milagros de Jesús y la
manifestación de su gloria con la mención del tercer día. ¿Qué es el tercer
día? El evangelio de Juan comienza con la descripción de una intensa semana de
acontecimientos, calculados casi día a día, hasta éste, que es el día último.
Si leemos el cap. I, podemos fácilmente recuperar los primeros días del
ministerio de Jesús. En el v. 28 encontramos "el primero", el día en
que Juan Bta. anuncia la presencia de uno mayor que él.
"Al día siguiente", dice el evangelista,
o sea, el segundo día, el propio Jesús entra en escena y es llamado Cordero de
Dios.
"Al otro día", o sea el tercero, Jesús
encuentra a dos discípulos y les dice: "Venid y veréis", y los
discípulos se quedaron con él todo aquel día desde la hora décima. Por fin,
"al día siguiente", el cuarto, Jesús se encamina hacia Galilea y
encuentra a Felipe y Natanael. Aquí es donde empalma el evangelista: "Tres
días después hubo una boda en Caná de Galilea". Si tenemos en cuenta que
la frase bíblica "el tercer día" se traduce, en realidad, por
"dos días después", incluyendo en el cómputo el primer día como uno
de los tres, llegamos a colocar el episodio de Caná en el "DIA-SEXTO" de la semana, que es el día de la creación
del hombre y de la mujer.
Juan, que ha comenzado su evangelio con las mismas
palabras del Gn: "En el principio...", nos hace recorrer una semana
entera de acontecimientos, y el sexto día es éste, cuando en el misterio de un
hombre y una mujer que hacen de sus vidas una unidad, en Caná de Galilea, Jesús
manifiesta su gloria.
Puede decirse que el evangelista reconstruye una
semana cronológica correspondiente a la "semana" inicial de la
creación, con el intento de fechar el episodio de Caná y de hacerlo coincidir
con el día en que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y creó a la mujer
para que le acompañara.
Con semejante simbolismo cronológico, San Juan
subraya que lo que Jesús hará este día es la continuación y la culminación de
la obra creadora de Dios a favor del hombre. Pero la intervención de Jesús se
producirá al constatar cierto malestar en la situación del hombre, de la mujer
y de la unión de ambos: "No tienen vino".
Por lo demás, todo el cuarto evangelio se mueve
sobre afinidades que hay en toda la historia de la salvación. En los capítulos
finales, Juan describirá también otro período de seis días; y la muerte de
Jesús en cruz -con María, la Mujer, a su lado- será el sexto día. Allí Jesús
restituirá al hombre-Juan en su plenitud.
En la cruz se manifestará plenamente la gloria de
Dios que había empezado a manifestarse en el primer milagro de Caná; aquí la
gloria emerge de manera inicial, si bien se da ya una idea del amor con que
Dios se acerca a la situación humana percibiendo el íntimo malestar y
restaurándola en su plenitud y gozo primigenio.
La incapacidad de amar
En el cuadro que hemos tratado de esbozar, ¿qué
puede significar la palabra de María: "No tienen vino?". En los
evangelios hay expresiones paralelas a ésta. Me viene a la memoria, por
ejemplo, la expresión: "Ya no nos queda aceite, y nuestras lámparas se
apagan" (Mt 25. 8): es la misma situación de apuro y de imprevisión,
también en una fiesta de bodas.
Otra exclamación semejante es la de los discípulos
en el desierto: "No tienen suficiente pan (Jn 6, 1 ss).
Son, todas éstas, ocasiones en que el hombre
aparece carente, no a la altura de las circunstancias, y, por lo mismo, se crea
malestar en contraste con la atmósfera de fiesta, de gozo, de expectación, con
la esperanza de un amor sin sombras. Allí donde se esperaba que la plenitud del
amor, de la fiesta nupcial, del estar juntos escuchando la Palabra, produjera
una felicidad plena y sin fin, resulta que de golpe falla la previsión humana,
se agotan los recursos, la prudencia escasea y se produce una situación
embarazosa que funciona como una trampa: el hombre y la mujer se ven incapaces,
sin saber qué hacer.
La fiesta de bodas está a punto de cambiarse en una
gran desilusión, en una señal de mala suerte que pesará siempre sobre la
pareja, como si fueran personas perseguidas por el sino, incapaces de proveer,
ya desde el principio, la buena marcha de la casa. Aparece, pues, el sentido
profundo del grito: "¡No tienen vino!".
El hombre y la mujer, creados para realizar juntos
la perfecta unidad, no tienen suficiente vino para el sexto día, cuando se
debería ver actuando al hombre y a la mujer, el día de la fundación de la
familia, del trabajo, de la construcción de la ciudad, que preludia al día
séptimo, el del descanso.
El hombre y la mujer viven una experiencia de
cerrazón y de bloqueo; todo se había fundado en el entendimiento mutuo, en la
llamada a ser una cosa sola, y esta vocación se ve impedida por imprudencias,
imprevisiones, carencias de todo género.
El discurso se amplía. El hombre y la mujer se
sienten llamados al amor, sienten que es una vocación de la que no pueden
prescindir y, sin embargo, experimentan la incapacidad de amar.
Es verdad que no siempre se tendrá la valentía de
pronunciar esta palabra, demasiado dura, demasiado radical; se echará la culpa
más bien a los malentendidos, las ambigüedades, los nerviosismos, las
resistencias, el cansancio, el desgaste de la vida diaria, las diferencias de
carácter, etc. Sólo raramente se llegará al interrogante existencial, que
alguna vez un hombre o una mujer se plantean con voz fatigosamente modulada:
"Pero yo, ¿soy de veras capaz de amar?" En el fondo de la existencia
humana: el hombre, cada uno de nosotros llamados a amar, ¿somos capaces de amar
verdaderamente? Nuestras reservas de amor, de paciencia, nuestras provisiones
de vino, de aceite, de pan, ¿son suficientemente consistentes como para durar
toda una vida? Cuántas veces se repite el grito: "¡Ya no tengo ganas, mi
lámpara se apaga!" Y esto vale para toda vocación que entrañe opciones de
unidad, de servicio prolongado y sacrificado. Y quizá tengamos cerca una
persona como María, que lo dice porque ya se ha dado cuenta: "No tienen vino".
No aguantamos más.
La fuerza transformadora de la Eucaristía
La palabra final: "Allí Jesús manifestó su
gloria", nos consigna el mensaje del paso evangélico que nos ha hecho
entrar en lo vivo de una situación existencial tan frecuente y dramática.
La Eucaristía es la transformación del agua en
vino, de la fragilidad del hombre en vigor y en sabor. Es el don del Espíritu,
el único que nos da la certidumbre de ser capaces de amar.
La Eucaristía es la fuerza que alimenta toda forma
de amor que crea unidad: el amor que crea unidad en el noviazgo, el amor que
crea unidad en la vida matrimonial, el amor que crea unidad en la comunidad, en
la Iglesia, en la sociedad. La Eucaristía es la manifestación de la potente
gloria de Dios.
El hombre que se encuentra sin vino, quizá sólo con
una provisión de agua incolora, inodora e insípida, necesita de la plenitud del
Espíritu nuevo que le transforme el corazón y la mente. Sólo así podrá confiar
en un tipo de amor que no sea únicamente entusiasmo, primer proyecto, primeras
experiencias, sino fuerza duradera para toda la vida. Por eso la Eucaristía se
nos presenta como aquel Jesús que, atrayéndolo todo hacia sí desde la cruz, da
al hombre, a la mujer, a la humanidad, la capacidad de ser ellos mismos.
CARLO M. MARTINI
Cardenal Arzobispo de Milán
SE ME DIRIGIÓ LA PALABRA
págs. 92-96