lunes, 4 de julio de 2011

Jesús defiende la vida y la dignidad humanas

¡Amor y paz!

Mateo nos narra hoy dos milagros de Jesús, intercalados el uno en el otro: un hombre le pide que devuelva la vida a su hija que acaba de fallecer, y una mujer queda curada con sólo tocar la orla de su manto.

Ambas personas se le acercan con mucha fe y obtienen lo que piden. Jesús es superior a todo mal y defiende la vida y la dignidad del ser humano. El verdadero cristiano debe hacer otro tanto. Aunque no puede resucitar, como sí lo hace Cristo, sí puede hacer más vivible y más digna la existencia de sus hermanos. 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentario, en este lunes de la 14ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 9,18-26. 

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá".  Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: "Con sólo tocar su manto, quedaré curada". Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: "Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado". Y desde ese instante la mujer quedó curada. Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: "Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme". Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región. 
Comentario

El texto de Mateo entrelaza en forma magistral dos relatos que tienen como espacio las preocupaciones familiares cuyo centro es la mujer en una doble perspectiva: una niña que ha muerto que no puede pasar a la vida adulta y una adulta muerta en vida por su impureza de sangre. Esta es una historia de mujeres, narrada con intimidad y con una fuerza grande de salvación y liberación donde se rescata a la mujer del poder de la muerte.

La narración se desarrolla en en tres momentos: La petición del magistrado a Jesús de imponer su mano (tocar) a su hija muerta para que recobre la vida; el ser tocado por la hemorroísa y la resurrección de la niña. La relación de las dos escenas no es simplemente narrativa, por haberse introducido una en el espacio de la otra. La relación es profunda a nivel temático porque los dos relatos hablan de la mujer que ha perdido la vida o la tiene amenazada.

La hemorroísa por su enfermedad, es un foco de impureza, lo cual ha sido decretada por la ley religiosa judía (Lv. 14, 25-27); por eso, ella camina recelosa y con miedo de ser sorprendida, porque a su paso va regando y contagiando a todos de su impureza ritual, pero nadie se da cuenta. Si lo supieran, sería expulsada del grupo. Esta mujer es una muerta en vida, expulsada de la sociedad y condenada a su propia amargura por causa de una ley religiosa. Sin embargo, ella no se ha resignado a vivir excluida como lo manda la ley; el mismo hecho de esconder su enfermedad y avanzar entre la gente, tocando a unos y a otros a su paso, es una especie de protesta religiosa. La mujer no se resigna a estar condenada a la muerte en vida.

Tocar a Jesús es encontrar la fuerza que ella necesita para liberarse del mal que le había quitado la vida. La mujer toca el manto de Jesús y, al hacer esto, siente que su cuerpo se ha curado. Seguidamente nos encontramos con el dialogo que Jesús establece con la mujer y que tiene como objetivo mostrar el poder purificador de su palabra que salva, libera y reincorpora, con dignidad, en la vida de la sociedad.

En el segundo relato nos encontramos con la muerte de la hija del magistrado que le pide a Jesús que imponga sus manos sobre ella para que recobre la vida. Toda la escena está construida con los elementos de muerte que han truncado la vida. Mateo presenta a la niña ya muerta, a los músicos y a la multitud que llena la casa con manifestaciones ruidosas de duelo. Jesús dice que la niña no está muerta: el sueño del que Jesús despierta a los hombres es la muerte. Es aquí donde Mateo coloca los elementos más esenciales sobre la resurrección, la cual debe ser entendida como un nuevo nacimiento o reincorporación a la vida que ha sido truncada por el legalismo religioso judío.

Llama la atención en el texto el que Jesús acepte la petición del magistrado: impone las manos a su hija muerta, y que divulgue abiertamente haber sido tocado por la hemorroísa, en vez de ocultar estos hechos para protegerse de la impureza. Pero lo que más sorprende es que Mateo no alude para nada a que Jesús se someta a los ritos de purificación ordenados por la ley para estos casos, quedando entonces en una situación de pecado, marginalidad y muerte social.

Esta actitud provocadora de Jesús que le trae la burla (oposición), pretende desenmascarar y dejar en tela de juicio el legalismo del judaísmo deshumanizante, que convertía a pobres y enfermos en marginados religiosamente y condenados a la muerte social por su impureza.

La práctica de Jesús es netamente una opción por la vida y la dignidad humana; le devuelve al excluido su valor, para que viva reincorporado a la comunidad. Se erige así como antagonista de la práctica injusta de la ley, siendo esto motivo de conflicto con el centro de poder político y religioso judío.

Servicio Bíblico Latinoamericano

domingo, 3 de julio de 2011

Te alabamos, Padre, por haber revelado tu Palabra a los sencillos

¡Amor y paz!

-¿Quién entiende el evangelio? ¿Los sabios, los letrados, los que han estudiado....?, ¿los curas, los teólogos? ¿Son estos los que entienden a Jesús, los que entienden el evangelio? Hay razones para dudarlo. Sobre todo si apenas han hecho otra cosa que estudiar.

Lo primero que hace falta para comprender el evangelio es escucharlo, y lo segundo, semejante a lo primero e inseparable con lo primero, es ponerlo en práctica. Pues el que no hace lo que escucha no ha entendido nada. Por eso dice Jesús: "Dichoso el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica".

-No "los sabios y entendidos": Pues la capacidad de escuchar de un hombre cualquiera depende de la necesidad de preguntar. De modo que el "sabio y el entendido", el que vive sin problemas y cree que todo lo tiene resuelto, el satisfecho, el situado en bienes y opiniones, el que se cree justo y juzga a los demás, el autosuficiente..., no pregunta, no busca, no escucha ni puede escuchar. Y menos aún escucha un mensaje como el evangelio que habla de salvación, de liberación, de perdón. Para él la mejor noticia no es la Buena Noticia, sino la ausencia de toda noticia y el parte que diga una y otra vez: "sin novedad" (Eucaristía 1978/31).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Domingo 14º. del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 11,25-30.
En esa oportunidad, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". 
Comentario

Conocí a Carlos Riesgo en una comunidad de Fe y Luz que lleva por nombre Ephetá, que significa: ¡Ábrete! Una comunidad que reúne, alrededor de la Palabra de Dios y de la construcción de la fraternidad, a niños y niñas con alguna deficiencia mental o psíquica, a sus familiares y a sus amigos. Jean Vanier y Marie Hélène Mathieu, fundaron estas comunidades hace ya cuarenta años y se han ido extendiendo a lo largo y ancho del mundo. En Colombia están creciendo dos pequeñas comunidades en Bogotá y está naciendo una nueva en Medellín; su camino es lento y pausado, como debe ser el proceso de cualquier obra que de verdad quiera llegar a ser grande, como las ceibas de nuestros campos o el grano de mostaza del Evangelio.

Carlos sufre de una parálisis cerebral y tiene muchos problemas para moverse y para hablar; pero sus ojos, vivos como centellas, dicen más de lo que sus difíciles palabras alcanzan a expresar. Un buen día, a propósito de un encuentro al que fuimos un fin de semana junto con otras comunidades llegadas de otras ciudades, me pidieron que estuviera especialmente pendiente de Carlos los tres días que estaríamos reunidos. Él se defiende muy bien y hace prácticamente todo por sí mismo; lo único que necesitaba era apoyo y respaldo por cualquier eventualidad. Yo acepté el reto con mucho gusto.

Ese bendito fin de semana recibí una de las lecciones más importantes de mi vida; en esos tiempos estaba yo haciendo unos estudios de especialización en teología y contaba con un grupo de distinguidos profesores, todos ellos doctores. Sin embargo, el mejor profesor que tuve durante esos años fue Carlos Riesgo, no lo puedo dudar. El necesitaba apoyo y yo necesité paciencia... mucha paciencia, porque Carlos lo hace todo lentamente, a su ritmo: comer, moverse de un lugar a otro, acomodarse en su silla, arreglarse por las mañanas... Desacelerarse un fin de semana completo, para los que vamos por la vida como una moto, no resulta un trabajo fácil. Y, dentro de lo que hace lentamente, lo que más me costó trabajo fue su forma de hablar...

Cada vez que Carlos quería decirme algo, comenzaba a articular difícilmente las palabras, tratando de hacer una frase comprensible. Y yo, con el acelere de siempre, trataba de adivinar lo que quería decirme, sin dejar que terminara. Tan pronto lo interrumpía con una frase que no era la que estaba tratando de armar; hacía un gesto con la mano y comenzaba de nuevo su tortuoso esfuerzo por expresarse. De nuevo el hábil sabelotodo, que quiere apurar el paso y ganar tiempo, se me salía con otra frase que tampoco lograba adivinar el trabalenguas... Y vuelva a empezar otra vez... Hasta que, poco a poco, fui aprendiendo que cuando yo me quedaba callado y esperaba a que Carlos terminara de decir lo que quería decir, a la velocidad que él iba, entonces, ¡oh milagro!, entendía que lo que quería era un vaso con agua o que le alcanzara fruta...

“Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido”. Este grito de júbilo de Jesús debió nacer después de haberse encontrado con alguna de estas personas que la sociedad desprecia o considera inútiles. Son ellos los depositarios de los secretos del Reino de Dios. Por eso, gracias a Carlos, el Señor me gritó: ¡Ephetá! para enseñarme a escuchar a los demás sin interrumpirlos; para aprender a callar y a respetar el ritmo de los sencillos... No sé si he logrado vivir todo esto, pero siento la responsabilidad de alabar con Jesús la ocurrencia de Dios de revelarle los misterios del Reino a los más pequeños, ocultándolos de los sabios y entendidos. Por eso, tenemos que pedir todos los días que el Señor quiera abrir nuestros oídos para saber escuchar sus mensajes y dejarnos evangelizar por los más pobres de nuestra sociedad. “Sí, Padre, porque así lo has querido”.


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá