lunes, 6 de diciembre de 2010

Ayudemos a los demás a encontrarse con Jesús

¡Amor y paz!

Hace años conocí al Padre José Aldazábal, un muy destacado liturgista español, cuyos escritos selecciono muchas veces para comentar el Evangelio de cada día. Hoy hace una de sus reflexiones más hermosas, porque tiene que ver con la médula del ministerio que ejerció durante casi medio siglo como sacerdote salesiano, hasta su pascua en el 2006: ayudar a los demás a encontrarse con Jesús.

De su comentario de hoy destaco, entre otras, estas palabras muy significativas: “Jesús es el médico de toda enfermedad, el agua que fecunda nuestra tierra, la luz de los que ansiaban ver, la valentía de los que se sentían acobardados… el que salva, el que cura, el que perdona…” 

Y hablando del Santo Sacramento que tanto amó: “Cada Eucaristía es Adviento y Navidad, si somos capaces de buscar y pedir la salvación que sólo puede venir de Dios. Cada Eucaristía nos quiere curar de parálisis y miedos, y movernos a caminar con un sentido más esperanzado por la vida…” 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la 2a. Semana de Adviento.

Dios los bendiga….

Evangelio según San Lucas 5,17-26.

Un día, mientras Jesús enseñaba, había entre los presentes algunos fariseos y doctores de la Ley, llegados de todas las regiones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. La fuerza del Señor le daba poder para curar. Llegaron entonces unas personas transportando a un paralítico sobre una camilla y buscaban el modo de entrar, para llevarlo ante Jesús. Como no sabían por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la terraza y, desde el techo, lo bajaron con su camilla en medio de la concurrencia y lo pusieron delante de Jesús. Al ver su fe, Jesús le dijo: "Hombre, tus pecados te son perdonados". Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: "¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?". Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué es más fácil decir: 'Tus pecados están perdonados', o 'Levántate y camina'? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa". Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios. Todos quedaron llenos de asombro y glorificaban a Dios, diciendo con gran temor: "Hoy hemos visto cosas maravillosas". 

Comentario

a) (…) En Cristo Jesús tenemos de nuevo todos los bienes que habíamos perdido por el pecado del primer Adán.

Él es el médico de toda enfermedad, el agua que fecunda nuestra tierra, la luz de los que ansiaban ver, la valentía de los que se sentían acobardados.
Jesús, el que salva, el que cura, el que perdona. Como en la escena de hoy: vio la fe de aquellas personas, acogió con amabilidad al paralítico, le curó de su mal y le perdonó sus pecados, con escándalo de algunos de los presentes.
Le dio más de lo que pedía: no sólo le curó de la parálisis, sino que le dio la salud interior. Lo que ofrece él es la liberación integral de la persona.

Resulta así que lo que prometía Isaías se quedó corto. Jesús hizo realidad lo que parecía utopía, superó nuestros deseos y la gente exclamaba: «hoy hemos visto cosas admirables». Cristo es el que guía la nueva y continuada marcha del pueblo: el que dijo «Yo soy el camino, la verdad y la vida».

b) Cuántas rodillas vacilantes y manos temblorosas hay también hoy. Tal vez las nuestras. Cuántas personas sienten miedo, o se encuentran desorientadas. Tal vez nosotros mismos.

El mensaje del Adviento es hoy, y lo será hasta el final de los tiempos, el mismo: «levantad la cabeza, ya viene la liberación», «cobrad ánimos, no tengáis miedo», «te son perdonados tus pecados», «levántate y anda». Cristo Jesús nos quiere curar a cada uno de nosotros, y ayudarnos a salir de nuestra situación, sea cual sea, para que pasemos a una existencia viva y animosa.

Aunque una y otra vez hayamos vuelto a caer y a ser débiles.

c) El sacramento de la Reconciliación, que en este tiempo de preparación a la gracia de la Navidad tiene un sentido privilegiado, es el que Cristo ha pensado para que, por medio del ministerio de su Iglesia, nos alcance una vez más el perdón y la vida renovada. La reconciliación es también cambio y éxodo. Nuestra vida tiene siempre algo de éxodo: salida de un lugar y marcha hacia alguna tierra prometida, hacia metas de mayor calidad humana y espiritual. Es una liberación total la que Dios nos ofrece, de vuelta de los destierros a los que nos hayan llevado nuestras propias debilidades.

d) Pero el evangelio de hoy nos invita también a adoptar una actitud activa en nuestra vida: ayudar a los demás a que se encuentren con Jesús. Son muchos los que, a veces sin saberlo, están buscando la curación, que viven en la ignorancia, en la duda o en la soledad, y están paralíticos. Gente que, tal vez, ya no esperan nada en esta vida. O porque creen tenerlo ya todo, en su autosuficiencia. O porque están desengañados.

¿Somos de los que se prestan gustosos a llevar al enfermo en su camilla, a ayudarle, a dedicarle tiempo? Es el lenguaje que todos entienden mejor. Si nos ven dispuestos a ayudar, saliendo de nuestro horario y de nuestra comodidad, facilitaremos en gran manera el encuentro de otros con Cristo, les ayudaremos a comprender que el Adviento no es un aniversario, sino un acontecimiento nuevo cada vez. No seremos nosotros los que les curemos o les salvemos: pero les habremos llevado un poco más a la cercanía de Cristo, el Médico.

Si también nosotros, como Jesús, que se sintió movido por el poder del Señor a curar, ayudamos a los demás y les atendemos, les echamos una mano, y si es el caso les perdonamos, contribuiremos a que éste sea para ellos un tiempo de esperanza y de fiesta.

e) Cuando el sacerdote nos invita a la comunión, nos presenta a Jesús como «el Cordero que quita el pecado del mundo». Esta palabra va dirigida a nosotros hoy y aquí. Cada Eucaristía es Adviento y Navidad, si somos capaces de buscar y pedir la salvación que sólo puede venir de Dios. Cada Eucaristía nos quiere curar de parálisis y miedos, y movernos a caminar con un sentido más esperanzado por la vida. Porque nos ofrece nada menos que al mismo Cristo Jesús, el Señor Resucitado, hecho alimento de vida eterna.

J. Aldazábal
Enséñame tus caminos 1
Adviento y Navidad día tras día
Barcelona 1995. Págs. 34-36
www.mercaba.org

domingo, 5 de diciembre de 2010

¡Preparemos el camino del Señor!

¡Amor y paz!

En estos días la mayoría se ocupa en preparaciones de todo tipo. Unos se alistan para las vacaciones, otros para las fiestas de grado o de matrimonio o de Navidad; preparan incluso el nuevo año y entonces salen de compras, adquieren pasajes y ropa adecuada. No pueden faltar los regalos, los cambios de muebles y la comida y la bebida.

El evangelio nos presenta hoy la figura de Juan Bautista, típica del Adviento como un enérgico llamado a que preparemos el camino del Señor y de su Reino. Es un llamado a la conversión.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este II Domingo de Adviento.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 3,1-12.

En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca". A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: 'Tenemos por padre a Abraham'. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible".

Comentario

Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos (Mt 3, 2), convertíos porque el Reino de Dios está cerca, nos repite Juan el Bautista. Convertíos porque Dios está cerca. Si Dios viene a nosotros, tenemos que cambiar radicalmente. Nunca estamos preparados para recibir a Dios. Juan era un signo vivo de conversión y preparación: su ejemplo, su palabra, sus gestos. El hombre que venía del desierto entrañaba un estilo de vida nuevo. Era un hombre quemado por el fuego del Espíritu; era el hombre que se alimentaba de Espíritu y de esperanza; era el hombre de la verdad y la justicia; era un hombre que creía en el poder de Dios.

Y Dios puede «sacar hijos de Abraham de las piedras»; puede hacer que el corazón de piedra se convierta en corazón de carne; puede hacer que del tronco seco broten retoños nuevos; puede hacer que el árbol estéril se llene de buenos frutos y puede regalarnos a todos juventud, «alegrar nuestra juventud» (Sal 42, 4).

Convertirse no es un simple retoque de estilo, es un cambio radical del ser; convertirse es dejar de vivir para las cosas, para sí mismo, y empezar a vivir para Dios. Que el punto de referencia, el centro de interés, la motivación primera y la finalidad última, no sean tus gustos o tus intereses, no sea nada ni nadie, ni tú mismo, sino solamente Dios.

Hacia la profundidad del ser

Pero Dios es la profundidad del ser. Convertirse a Dios es convertirse a lo mejor y más profundo de ti mismo. Dios es amor. Convertirse a Dios es vivir en y para el amor. Dios es libertad. Convertirse a Dios es empezar a ser libre en el amor. Dios es vida. Convertirse a Dios es llenarse de frutos. Dios es alegría interminable. Convertirse a Dios es gozar de la verdadera felicidad.

Si en vez de vivir para Dios, que es la fuente del ser y la alegría, te dedicas a vivir para las cosas -el tener sobre el ser-, entonces te sentirás insatisfecho, cada vez mas vacío, vivirás alienado y esclavizado, no serás feliz, no serás.

Pero si te conviertes a Dios, no sólo serás feliz, sino que te realizarás mejor, serás más tú, serás más, serás. Dios no viene a quitarte nada, sino a regalarte todo. Quiere regalarse El mismo, y a la vez regalarte tu propia identidad. Lo que eres tú mismo aún no lo has descubierto, pero Dios te lo manifestará. Te vas a definir mejor por lo que serás que por lo que eres. Y Dios, el Dios del futuro, no sólo te perdona lo que has sido y lo que eres, sino que te regala eso que estás llamado a ser. Entonces, convertirse a Dios es convertirse a sí mismo, a eso más íntimo y a eso más elevado que hay en ti, a tu mejor realidad y a tu mejor esperanza. Es convertirse a la verdad de la vida, a la verdad del amor.

¿Huyes de ti mismo?

Dios viene a ti y tú huyes de Él, pero la verdad es que estás huyendo de ti mismo. Dios está cerca, pero tú te alejas. No huyas tanto, que Dios corre más. Dios quiere entrar en tu casa y quedarse contigo. No pide tus méritos, sino tu fe, tu hospitalidad. Abre confiadamente todas tus puertas a Dios. No temas, Dios viene con agua, con fuego y con Espíritu. Es lo que necesitas para llenarte de vida. Conviértete. Báñate en Dios y serás un hombre nuevo.

Cáritas
Ríos del corazón
Adviento y Navidad 1992.Págs. 45 s.