¡Amor y paz!
A pocos días de la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, celebramos hoy la fiesta del apóstol Santo Tomás. Una oportunidad para revisar la calidad de nuestra fe. No hemos visto, pero hemos creído. No hemos visto, pero se nos han transmitido testimonios válidos y hemos creído.
No hemos visto, pero experimentamos a menudo la presencia, la acción y la misericordia de Dios. Y hemos creído. Pidámosle hoy al Señor que aumente nuestra fe.
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Juan 20,24-29.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".
Comentario
En estos días de la historia que nos han tocado, parece imponerse, con una fuerza cada día más imperiosa, la teoría de que debemos vivir únicamente de cara a la realidad palpable. El ámbito estrictamente humano de los fenómenos constatables por el propio hombre sería el único relevante para nosotros. Lo que no se puede medir, aquello de lo que no se puede tener una experiencia sensible, por mucho que se afirme y aunque haya sido aceptado antes por innumerables generaciones, en realidad hoy es para muchos irrelevante. El hombre del siglo XXI, para no ser tachado de iluso, ignorante o retrasado debe olvidar –dicen– la palabra a creer. La falta de fe es una actitud que pretenden imponer hoy algunos en ciertos sectores culturales.
Los relatos evangélicos quedan, por tanto, sin sentido; descartados para esa moderna concepción de la vida humana y del mundo. Se argumenta que –con independencia de si están cargados de razón y de justicia– como narran sucesos extraordinarios, nada convincentes para la razón humana, no se pueden aceptar. Los Evangelios serían falsos puestos que contienen relatos que el hombre no puede comprender cómo sucedieron. Pero, claro, si se acepta la afirmación anterior el hombre se coloca a sí mismo como árbitro absoluto evaluador de toda realidad y verdad y, en rigor, todo terminaría entonces donde acaban las capacidades humanas. Es la consecuencia necesaria si sólo es real lo compresible para el hombre.
Nada más insólito, por alejado de la experiencia, que la vida actual de quien estuvo muerto y enterrado. Pero, sin embargo, Tomás no se pudo negar a la resurrección de Jesús: lo estaba contemplando con sus ojos y palpando con sus propias manos. Y el apóstol convencido se desdice públicamente ante los demás, que habían sido testigos hacía poco de su engreída seguridad: si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré, había declarado.
Pero esa lección de Cristo, con ocasión de la incredulidad del apóstol, parece haber sido olvidada por algunos que se dicen en nuestros días maduros. Con una pretendida elocuencia y sabiduría, que más bien parece ingenuidad infantil, afirman tozudamente: "si no lo veo, no lo creo". Y Jesús, que tiene "palabras de vida eterna", para la Eternidad y para todos nuestros días, sigue diciéndonos hoy: bienaventurados los que sin haber visto hayan creído y no seas incrédulo sino creyente. ¿Acaso podrían engañar a Tomás de modo unánime el resto de los Apóstoles? Nada más absurdo ¿No podría por sí mismo haber comprobado que el sepulcro estaba vacío? Sin duda y con poco esfuerzo.
También ahora algunos parecen muy convencidos, con la seguridad que les brinda su exclusivo criterio y alentados en ello por algunos que pasan la vida viviendo de la incredulidad de la gente... En realidad, no es precisamente de hoy ese apego desmesurado al propio modo de pensar y de juzgar, que impide al sujeto reconocer lo verdadero y valioso de lo demás. Pero la pérdida que supone esa triste actitud es especialmente lamentable cuando el otro, a quien no se atiende, anuncia con verdad a Dios.
Se hace muy necesaria en nuestros días una vida humana de fe. Necesita el hombre vivir libre del prejuicio de que la fe empequeñece, recorta la libertad intelectual, disminuye el señorío propio, resta capacidad de iniciativa, nos convierte en elementos informes de una masa impersonal, etc. Muy por el contrario, conocer a Dios, creer a Dios, y más en concreto cuanto ha revelado acerca de los hombres, eleva al creyente sobremanera respecto a los que desconocen cuanto a Dios y al hombre desde Dios se refiere.
La Madre de Dios y de los hombres, maestra de fe, de esperanza y de amor, nos colme de su alegría –le pedimos–, para saber contagiar a otros –a muchos– del entusiasmo inigualable de creer en Dios.
FLUVIUM 2004
www.mercaba.org
sábado, 3 de julio de 2010
viernes, 2 de julio de 2010
‘Aprendan qué significa: yo quiero misericordia y no sacrificios’
¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario en este Viernes de la XIII Semana del Tiempo Ordinario.
Ofrezco disculpas, pero por problemas de conexión a internet hasta ahora pude ingresar al blog.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 9,9-13.
Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
Comentario
a) Después de los tres milagros de los días pasados, el evangelio intercala esta escena de vocación apostólica que hoy leemos: la llamada de Mateo. Es el mismo a quien Marcos y Lucas llaman Leví. Y al que se atribuye uno de los cuatro evangelios, precisamente el que estamos leyendo esta temporada.
Es una vocación muy significativa. Jesús elige a un publicano, o sea, a un recaudador de impuestos al servicio de la potencia ocupante, Roma, y, como todos los publicanos, con muy mala fama entre el pueblo. Jesús le da un voto de confianza, sin pedirle confesiones públicas de conversión. Mateo le sigue inmediatamente, dejándolo todo, y le ofrece en su casa una buena comida a la que también invita a otros publicanos, con gran escándalo de los «buenos».
Será la ocasión para que Jesús pueda expresar su intención: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
b) ¿Somos nosotros buenos discípulos de Jesús en esta actitud de tolerancia y de confianza con los demás? ¿hubiéramos sido capaces de incorporar a un publicano al grupo de los apóstoles, si hubiera dependido de nosotros? ¿o nos vemos más bien retratados en los fariseos que murmuran, porque trata así a los pecadores?
La tentación de los buenos ha sido, en todos los tiempos, la de creerse ellos santos, superiores a los demás, y estar siempre prontos a la crítica y a la intransigencia.
¿Acogemos a los alejados y a los «pecadores», juzgándoles no por su fama, sino por la actitud de fe y riqueza espiritual que pueden tener a pesar de las apariencias? Jesús no sólo acogió a Mateo, sino que lo hizo su apóstol. Y Mateo respondió perfectamente.
¡Cuánto bien ha hecho ya, durante dos mil años, el evangelio que se le atribuye!
Tenemos que aprender a tener un corazón acogedor. Jesús fue fiel reflejo de Dios, que es amor, que es Padre «rico en misericordia». La misericordia es algo más que justicia. Es un amor condescendiente, comprensivo, dispuesto a perdonar, tolerante.
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 105-108
www.mercaba.org
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario en este Viernes de la XIII Semana del Tiempo Ordinario.
Ofrezco disculpas, pero por problemas de conexión a internet hasta ahora pude ingresar al blog.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 9,9-13.
Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
Comentario
a) Después de los tres milagros de los días pasados, el evangelio intercala esta escena de vocación apostólica que hoy leemos: la llamada de Mateo. Es el mismo a quien Marcos y Lucas llaman Leví. Y al que se atribuye uno de los cuatro evangelios, precisamente el que estamos leyendo esta temporada.
Es una vocación muy significativa. Jesús elige a un publicano, o sea, a un recaudador de impuestos al servicio de la potencia ocupante, Roma, y, como todos los publicanos, con muy mala fama entre el pueblo. Jesús le da un voto de confianza, sin pedirle confesiones públicas de conversión. Mateo le sigue inmediatamente, dejándolo todo, y le ofrece en su casa una buena comida a la que también invita a otros publicanos, con gran escándalo de los «buenos».
Será la ocasión para que Jesús pueda expresar su intención: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
b) ¿Somos nosotros buenos discípulos de Jesús en esta actitud de tolerancia y de confianza con los demás? ¿hubiéramos sido capaces de incorporar a un publicano al grupo de los apóstoles, si hubiera dependido de nosotros? ¿o nos vemos más bien retratados en los fariseos que murmuran, porque trata así a los pecadores?
La tentación de los buenos ha sido, en todos los tiempos, la de creerse ellos santos, superiores a los demás, y estar siempre prontos a la crítica y a la intransigencia.
¿Acogemos a los alejados y a los «pecadores», juzgándoles no por su fama, sino por la actitud de fe y riqueza espiritual que pueden tener a pesar de las apariencias? Jesús no sólo acogió a Mateo, sino que lo hizo su apóstol. Y Mateo respondió perfectamente.
¡Cuánto bien ha hecho ya, durante dos mil años, el evangelio que se le atribuye!
Tenemos que aprender a tener un corazón acogedor. Jesús fue fiel reflejo de Dios, que es amor, que es Padre «rico en misericordia». La misericordia es algo más que justicia. Es un amor condescendiente, comprensivo, dispuesto a perdonar, tolerante.
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 105-108
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