¡Amor y paz!
Dichosos nosotros, hermanos, que podemos ver, como dice Santos Benetti: el rostro de una madre, la sonrisa de un niño, los ojos de la persona amada, el sol, la naturaleza, las obras de los hombres ¡Para ver nos ha llamado Jesucristo! Pero para ver la vida desde una perspectiva especial, no como la ve el mundo.
Tras la lectura del Evangelio de hoy (Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario) ojalá le digamos a Jesús: Señor, queremos ver a tu manera; haz que nuestra vida tenga sentido.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Marcos 10,46-52.
Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!". Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: "¡Hijo de David, ten piedad de mí!". Jesús se detuvo y dijo: "Llámenlo". Entonces llamaron al ciego y le dijeron: "¡Animo, levántate! El te llama". Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?". El le respondió: "Maestro, que yo pueda ver". Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
COMENTARIO
Hay un momento desagradable, profundamente desagradable en esta escena evangélica. Cristo salía de la ciudad de Jericó acompañado de mucha gente. No olvidemos que, por entonces, Cristo triunfaba ante la afición: multiplicaba panes, curaba enfermos, hacia milagros...
Tenía partidarios: unos pocos que eran partidarios de su doctrina y de su persona con todas sus consecuencias, y otros... los de siempre: el grupo de forofos de ocasión que eran partidarios de sus panes, de sus milagros, etc.
En esto aparece el ciego mendigo sentado al borde del camino y se pone a gritar pidiendo compasión. Y se produce el hecho penoso, profundamente desagradable: uno de estos gestos en que queda al descubierto nuestra miseria humana...
No me refiero a la escena del ciego que grita. Esto no es lo más desagradable, ni mucho menos. Lo deprimente es lo que ocurre a continuación. Lo deprimente corre a cargo de los individuos eufóricos y satisfechos que rodean y acompañan a Cristo. Lo deprimente es que estos hombres se enfurecen contra el ciego mendigo que grita su desgracia, y le dicen que se calle. Esta es la miseria humana. Estos son los verdaderamente miserables de la escena. Mucho más ciegos que el ciego, porque estos no quieren ver que hay ciegos; les molesta mirar y pensar en la desgracia del prójimo. Mucho más pobres que el mendigo, porque la pobreza de esos no está en sus ropas ni en su calzado, sino en su corazón.
¡Que se calle ese estúpido ciego, que se calle! Los bien comidos y bien vestidos de Jericó, los listos que sabían por donde moverse en la vida (en este caso arrimados a Cristo, quien sabe por qué), enmudeciendo al pobrecillo que no sabe por dónde ir, ni cómo vivir, que sólo tiene su grito. La gente de Jericó.
No se trata solamente de los de Jericó. Se trata de muchos de nosotros que vamos satisfechos por la vida; se trata también de bastantes de nosotros que nos juntamos al grupo en que va Cristo; de muchos de nosotros que no queremos que se oiga el grito de los necesitados.
¡Que se callen! No oír, no ver, no enterarse de las enormes desgracias humanas. Queremos que nos dejen tranquilos. En Jericó y también en...... Que nos dejen incluso ir detrás de Cristo sin pararnos a ver qué le ocurre al necesitado. Que no le oigamos, que no sepamos lo que le pasa, porque entonces... vamos a perder nuestra tranquilidad de conciencia!
www.mercaba.org
domingo, 25 de octubre de 2009
sábado, 24 de octubre de 2009
LAS CATÁSTROFES Y ENFERMEDADES NO SON CASTIGOS
Amor y paz!
Los invito a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado 29º. del tiempo ordinario.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Lucas 13,1-9.
En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El les respondió: "¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera". Les dijo también esta parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?'. Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'".
COMENTARIO
Muchas veces se sigue pensando como lo hacían los contemporáneos de Jesús. Ciertas catástrofes naturales (desastres del clima y epidemias) o hechos producidos por la violencia humana (guerras y homicidios) se interpretan como un castigo que han merecido aquellos que las sufren.
Esta consideración nace de una exagerada complacencia sobre las acciones propias y sobre la bondad de nuestros comportamientos que consideramos agradables a los ojos de Dios e imposibles, por su supuesta bondad, de ser mejorados.
Jesús nos invita a trascender esta interpretación demasiado simple, a la par que errónea, y ver en cada acontecimiento que afecta a la historia humana una oportunidad de conversión. Cada uno de esos hechos tiene como función poner en cuestión nuestras acciones y comportamientos situándolos delante de Dios. Ellos nos colocan ante la necesidad de un cambio de vida.
Cada día nuevo que se nos concede, cada mes y cada año son oportunidades para poder dar el fruto, no producido hasta el momento presente. "Cavar alrededor" y "echar abono" son las tareas urgentes que se deben emprender para subsanar nuestra esterilidad que muchas veces sólo "agota la tierra" negándose a trasformarla en los frutos queridos por Dios.
La mayor equivocación sería considerar esos momentos concedidos como sin límites. Ellos han sido determinados por el querer divino y esta determinación nos incita a enfrentar con la seriedad necesaria cada uno de dichos instantes.
Aprovechar el tiempo concedido como una oportunidad de salvación ofrece la posibilidad de hacer real nuestro compromiso con un Dios que cuida y hace crecer la vida para sus hijos.
Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
www.mercaba.org
Los invito a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado 29º. del tiempo ordinario.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Lucas 13,1-9.
En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El les respondió: "¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera". Les dijo también esta parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?'. Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'".
COMENTARIO
Muchas veces se sigue pensando como lo hacían los contemporáneos de Jesús. Ciertas catástrofes naturales (desastres del clima y epidemias) o hechos producidos por la violencia humana (guerras y homicidios) se interpretan como un castigo que han merecido aquellos que las sufren.
Esta consideración nace de una exagerada complacencia sobre las acciones propias y sobre la bondad de nuestros comportamientos que consideramos agradables a los ojos de Dios e imposibles, por su supuesta bondad, de ser mejorados.
Jesús nos invita a trascender esta interpretación demasiado simple, a la par que errónea, y ver en cada acontecimiento que afecta a la historia humana una oportunidad de conversión. Cada uno de esos hechos tiene como función poner en cuestión nuestras acciones y comportamientos situándolos delante de Dios. Ellos nos colocan ante la necesidad de un cambio de vida.
Cada día nuevo que se nos concede, cada mes y cada año son oportunidades para poder dar el fruto, no producido hasta el momento presente. "Cavar alrededor" y "echar abono" son las tareas urgentes que se deben emprender para subsanar nuestra esterilidad que muchas veces sólo "agota la tierra" negándose a trasformarla en los frutos queridos por Dios.
La mayor equivocación sería considerar esos momentos concedidos como sin límites. Ellos han sido determinados por el querer divino y esta determinación nos incita a enfrentar con la seriedad necesaria cada uno de dichos instantes.
Aprovechar el tiempo concedido como una oportunidad de salvación ofrece la posibilidad de hacer real nuestro compromiso con un Dios que cuida y hace crecer la vida para sus hijos.
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