domingo, 9 de agosto de 2009

JESÚS-EUCARISTÍA NOS RECONFORTA PARA SEGUIR CAMINANDO

¡Amor y paz!

Para comprender más y asimilar mejor la Palabra de Dios, leeremos aquí no solo el Evangelio sino también la primera lectura que la Iglesia nos propone para la liturgia de la Eucaristía, en este domingo de la XIX semana del tiempo ordinario.

(Recuerden que en la columna de la derecha, en esta página, encontrarán una explicación de qué es eso del 'tiempo ordinario' y, en general, el año lutúrgico. Basta hacer click en el enlace).

Después del paréntesis del domingo pasado, volvemos hoy al capítulo sexto del evangelio de Juan, que nos presenta la catequesis eucarística que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm. El pasaje de hoy, "la primera parte del discurso del Pan de la vida", se refiere más bien a la fe en Cristo. El domingo próximo sí pasará a lo que es más específicamente eucarístico: comer y beber la Carne y la Sangre del Señor Resucitado.

Dios los bendiga…

1 Reyes 19,4-8.

Luego caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: "¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!". Se acostó y se quedó dormido bajo la retama. Pero un ángel lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come!". El miró y vio que había a su cabecera una galleta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se acostó de nuevo. Pero el Angel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!". Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.

Evangelio según San Juan 6,41-51.

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo". Y decían: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: 'Yo he bajado del cielo'?" Jesús tomó la palabra y les dijo: "No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".

REFLEXIÓN

¡Basta ya, Señor!

Elías es uno de los grandes profetas de Israel. Pero a Elías le tocan tiempos difíciles. Se ha consumado la división del reino de David. Y el reino separado va de mal en peor. El pueblo decepcionado vuelve la espalda a Dios y busca consuelo en los "baales". Elías es el encargado por Dios para mantener en la fe a su pueblo, pero la palabra del profeta se estrella contra las intrigas de Jezabel, casada con el poder. Poco importa el éxito de Elías frente a los sacerdotes de Baal. Jezabel trama y consigue su destierro. En la huida, Elías se siente desfallecer, incapaz de sacar adelante la causa de Dios.

En esos momentos de abatimiento pide a Dios la muerte, pues su vida ya no tiene sentido. Este cansancio del profeta, amigos míos, bien pudiera expresar situaciones análogas por las que atravesamos a veces los creyentes. El camino de la fe es arduo y a veces insoportable. ¿Qué sacamos con ser creyentes? ¿Para qué sirve la fe? ¿qué hemos conseguido los cristianos después de dos mil años? ¿No parece que vamos hacia atrás? Nos asusta en ocasiones este mundo pluralista y secularizado, donde la religión parece aparcada.

El pan del caminante

En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recupera el ánimo tras el consuelo de Dios. Cuarenta días caminará por el desierto, es decir, toda la vida, hasta llegar al monte de Dios.

Los creyentes tampoco podemos recorrer toda la vida sin la ayuda de Dios. Creer nos resulta casi evidente en ocasiones, pero en otras nuestra fe se estrella en las dificultades de la vida. A veces tenemos la impresión de que creer implica una desventaja respecto de los no creyentes. Nosotros tenemos la vida más complicada, más difícil. Y a veces volvemos la espalda a nuestra responsabilidad y tenemos la dura impresión de que Dios está mudo, ausente. ¿Cómo perseverar en la fe? ¿Cómo traducir nuestra fe en circunstancias difíciles?.

La palabra de Dios

El episodio de Elías nos ayuda a entender el mensaje del evangelio, que hemos leído. Jesús es el pan que baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho más. Porque el maná y el pan eran símbolos. Así como el hombre recobra las fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto. Y así podemos vencer el desaliento los creyentes. Dios permanece oculto. En realidad, a Dios nadie lo ha visto. Pero sí se ha dejado ver Jesús. Los apóstoles son testigos de excepción. Y Jesús es la Palabra de Dios, o sea, la revelación de Dios hecha de un modo definitivo en la historia para los hombres. Quien me ve a mí, decía Jesús a Felipe, ve al Padre. Quien me escucha a mí, repetía, escucha al que me envió. Jesús es la Palabra de Dios a los hombres. Por eso es el pan vivo que ha bajado del cielo a la tierra, se ha acercado a los hombres. Es el pan vivo, porque es pan de vida y para la vida. Por eso añade Jesús que quien come de ese pan vivirá eternamente y no sólo unos años, como ocurrió con el maná y el propio Elías.

Pan y vino

El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que desarrolla Juan a partir de la multiplicación de los panes tiene aquí su conclusión: en el anuncio de la Eucaristía. Pan y agua, poca cosa, fue el alimento de Elías para caminar por el desierto. Pan y vino, poca cosa también, es el alimento de los cristianos para recorrer todo el camino de la fe. Pan y vino, símbolos para expresar el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la persona de Jesús, el Hijo de Dios, obediente hasta la muerte en la cruz.

En la Eucaristía se resume el misterio de la vida de Jesús que, por obediencia al Padre, se entrega a la muerte para poner de manifiesto la resurrección y la vida eterna. Por eso la Eucaristía es, lo proclamamos solemnemente todas las veces, "el sacramento de nuestra fe".
Porque en la Eucaristía expresamos y celebramos nuestra fe, que es confianza en la promesa de Dios. Y porque la Eucaristía deviene así el alimento que reanima y sostiene a los creyentes en la fe.

Dichosos los llamados a esta cena

Celebrar la Eucaristía no es simplemente ´ir a misa´, y menos aún cumplir con una obligación sagrada. Celebrar la Eucaristía es sabernos invitados y aceptar la invitación de Dios para sentarnos con Él a la mesa, hoy simbólicamente, mañana realmente, en la casa de Dios. Es llevar nuestra fe y nuestros problemas de fe para esclarecerlos a la luz de la Palabra de Dios y recuperar el aliento. Es ir a la iglesia con nuestra vida y los problemas de la vida, para confrontarlos con la de Jesús y así entrar en comunión con Él y los hermanos. No podemos comulgar con Jesús, si no comulgamos con su causa, que es la causa del hombre. Pero si lo hacemos así, con esa buena disposición, con ese sentido de compromiso... ¡Dichosos nosotros! Porque saldremos reanimados, reconfortados, dispuestos, como Elías, a recorrer durante cuarenta días todo el desierto de la vida.

EUCARISTÍA 1988, 38
http://www.mercaba.org/

sábado, 8 de agosto de 2009

SÓLO UNA FE AUTÉNTICA NOS HARÁ MISERICORDIOSOS

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este sábado de la 18ª. semana del tiempo ordinario.

Recordemos la actitud que debemos observar al leer la Palabra de Dios y la oración que podemos hacer antes y que se encuentra en la columna de la derecha, en esta página.

Evangelio según San Mateo 17,14-20.

Cuando se reunieron con la multitud, se le acercó un hombre y, cayendo de rodillas, le dijo: "Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua. Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron curar". Jesús respondió: "¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí". Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento quedó curado. Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?". "Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: 'Trasládate de aquí a allá', y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes".

Reflexión

Jesús desciende del monte donde vivió la gran experiencia de la transfiguración y se enfrenta a la falta de fe de sus discípulos. Moisés también había experimentado la falta de fe de Israel al bajar del monte, tras la manifestación de Dios en el Sinaí (Ex 32). Los israelitas se desesperaron ante la demora de Moisés y se fabricaron un ídolo al que decidieron adorar; los discípulos de Jesús fracasaron al intentar curar a un epiléptico.

A nosotros nos puede pasar algo similar: nos enfrentamos con fe tímida, más bien entumida, a las tantas urgencias y carencias de la vida presente y resolvemos olvidarnos o ‘reemplazar’ a Dios. O, desprovistos de la alianza con Él, no somos capaces de reconocer o ir en ayuda de los seres humanos necesitados que nuestro Padre nos ha dado como hermanos.

Se necesita de nuestro trabajo, pero también de la confianza en el Señor. San Ignacio de Loyola, cuya fiesta acabamos de celebrar, decía: Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios; un principio que nos remite a lo que alguna vez dijo Ernst Bloch: “Sean ustedes hombres, y Dios será Dios”.


Este principio nos enfrenta con ciertas maneras de proceder en la vida. Hay ocasiones en que tendemos a “dejarle todo a Dios”, cruzándonos de brazos; o bien, adoptamos actitudes voluntaristas con las que intentamos atribuirnos todo, por méritos, esfuerzos. Sin embargo, el sentido de esta máxima ignaciana nos ubica, por una parte, desde nuestra responsabilidad histórica, para poner todo lo que está de nuestra parte, sabiendo que en última instancia las cosas más valiosas de la vida son gratuitas. Dios no nos suplanta sino que actúa a través de nosotros.

El enérgico llamado de Jesús a sus discípulos en el Evangelio es a que acrecienten la fe, ya que de otro modo no serán capaces de hacer presentes los signos del Reino.

Podemos comprobar en otros episodios de la vida del Señor que Él suele atribuir los milagros que realiza a que encuentra en los beneficiarios una fe a toda prueba: “tu fe te ha salvado”, así como cuando no halla fe se admira de la incredulidad y no puede hacer muchos milagros ahí (cf. Mc 6,5-6).

En síntesis, como hemos reflexionado en otras ocasiones, nuestra fe no debe estar supeditada a los milagros que obtengamos. Debemos orar y confiar para alcanzar la misericordia divina, pero también hemos de ocuparnos en trasladar aquella “montaña”, que no está fuera sino dentro de nosotros: montañas de egoísmo, autosuficiencia, insensibilidad hacia los otros, materialismo, sensualidad...

Dios los bendiga...