¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, para que lean y luego mediten el Evangelio, en este martes de la 17ª. semana del tiempo ordinario.
Dios los bendiga…
Mateo 13, 36-43
«Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. El les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. Él enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se retine la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.»
MEDITACIÓN
1º. Jesús, qué fácil era para los apóstoles hablar a solas contigo, preguntarte cualquier cosa, aunque fuera una tontería. Tal es la familiaridad que tienen contigo, que no se avergüenzan de reconocer que no entendieron la parábola que acababas de contar: "explícanos la parábola".
Por ser cristiano, yo también soy uno de los apóstoles, uno de esos pocos que pueden tener un trato íntimo, personal, contigo.
Jesús, necesito ese trato personal contigo, si quiero ser cristiano, apóstol.
Necesito preguntarte tantas cosas...
Sobre todo, necesito preguntarte una y otra vez:
¿qué quieres que haga por Ti?;
¿en dónde me necesitas?;
¿cómo quieres que haga esto o aquello?;
¿estás contento de cómo aprovecho el tiempo, de cómo sirvo a los demás, de cómo vivo la virtudes cristianas, de cómo trato a tu madre -mi madre- Santa María?
Jesús, no puedes ser más claro: «todos los que causan escándalo y obran la maldad» serán arrojados en el «horno de fuego», en el infierno. El infierno no es un cuento para asustar a los niños, sino una realidad que me debe mover a ser mejor y a hacer más apostolado. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, «el fuego eterno».
La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (C. I. C.-1035).
2º. «Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres los cristianos especialmente se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara.
Cuando los servidores irresponsables preguntan al Señor por qué ha crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos: ¡ha sido el enemigo! Nosotros, los cristianos que debíamos estar vigilantes, para que las cosas buenas puestas por el Creador en el mundo se desarrollaran al servicio de la verdad y del bien, nos hemos dormido -¡triste pereza ese sueño!-, mientras el enemigo y todos los que le sirven se movían sin cesar Ya veis cómo ha crecido la cizaña: ¡qué siembra tan abundante y en todas partes! (...)
Dentro de todo este campo de Dios, que es la tierra, que es heredad de Cristo, ha brotado cizaña, ¡abundancia de cizaña! No podemos dejarnos engañar por el mito del progreso perenne e irreversible. El progreso rectamente ordenado es bueno, y Dios lo quiere. Pero se pondera más ese otro falso progreso, que ciega los ojos a tanta gente, porque con frecuencia no percibe que la humanidad, en algunos de sus pasos, vuelve atrás y pierde lo que antes había conquistado» (Es Cristo que pasa.-123).
Jesús, la parábola de la cizaña me tiene que ayudar a mantenerme despierto, vigilante, para que la cizaña no penetre en mi vida.
Además, como cristiano, me debo preocupar de que la cizaña no crezca en la sociedad en la que vivo.
Los cristianos no pueden desentenderse del ambiente, las costumbres y las leyes que influyen en la cultura de cada sociedad.
Porque la cultura es el campo en el que crece la semilla, y una cultura materialista llena de cizaña puede ahogar la siembra buena.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona, España.
martes, 28 de julio de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
EL RETO DE SER FERMENTO PARA EL MUNDO
¡Amor y paz!
Jesús recurre hoy también a las parábolas para comparar el Reino de los cielos. Ayer fue el sembrador; hoy, la semilla de mostaza y la levadura.
Dios elige lo pequeño e insignificante para luego realizar obras grandes. No irrumpe espectacularmente en el mundo, sino a modo de una semilla que brota y germina silenciosamente y se convierte en planta o como la levadura que, también sigilosamente, transforma la masa de harina.
Así ocurrió con Jesús, que se encarnó en un pueblo pequeño y se valió de personas sin gran cultura ni prestigio. La Iglesia que Él fundó ha sufrido muchas persecuciones y rechazos y ha cometido errores; aún así, el Reino de Dios sigue creciendo, no sólo porque hay personas generosas que trabajan casi imperceptiblemente, sino por la acción del Espíritu Santo que es abono para las semillas y vitalidad para la levadura.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 13,31-35.
También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas". Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa". Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.
COMENTARIO
Estamos acostumbrados a deslumbrarnos ante los grandes acontecimientos y las cosas extraordinarias y despreciamos la fuerza de lo pequeño. En cambio el proceder de Dios es diferente: se manifiesta siempre en lo que no cuenta, en lo que es insignificante, en lo cotidiano, en lo pequeño. De ahí que al ser humano le cuesta mucho descubrir por dónde va Dios, y pretende encontrarlo aplicando sus propios criterios.
El profeta, en el Antiguo Testamento, buscaba a Dios en la tormenta o en una manifestación fuerte de la naturaleza, pero sólo lo encontró en la brisa suave. Un gran edificio comienza en la base, un gran discurso comienza con una palabra, los grandes movimientos sociales empiezan por ser la idea de unos cuantos que poco a poco van contagiando a otros. Jesús sabe que el Reino no se instaura a partir de un acontecimiento extraordinario, sino a partir de la vida cotidiana vivida en la dimensión de la justicia y del amor.
El grano de mostaza es insignificante pero tiene por dentro la capacidad de producir la vida. Al estar dentro de la tierra tiene la fuerza suficiente para irrumpir, brotar hacia arriba y convertirse en árbol y poder abrigar a los pájaros del cielo. Pero este proceso requiere de tiempo. A veces somos demasiado impacientes y más aún en estos nuestros días en que se espera eficiencia, rendimiento y utilidad en el menor tiempo posible. Los avances tecnológicos han encontrado la forma de acelerar muchos procesos. Nos hemos vuelto más impacientes, hemos ido perdiendo la capacidad de esperar.
Quien acepta el Reino de los Cielos debe comenzar desde lo de simple e insignificante, pero apuntando con fuerza hacia el ideal de mejorar la capacidad de producir, de mantener y de recrear la vida en el amor y en la justicia. La comparación de la levadura es semejante a la del grano de mostaza aunque también tiene sus diferencias. Ambos nos indican lo que sucede al interior de las personas, recordándonos que la fuerza que transforma y hace crecer viene de adentro. Pero también es un reto para los cristianos, que deben ser como el grano de mostaza y la levadura, para el mundo.
Servicio Bíblico Latinoamericano
http://www.mercaba.org/
Jesús recurre hoy también a las parábolas para comparar el Reino de los cielos. Ayer fue el sembrador; hoy, la semilla de mostaza y la levadura.
Dios elige lo pequeño e insignificante para luego realizar obras grandes. No irrumpe espectacularmente en el mundo, sino a modo de una semilla que brota y germina silenciosamente y se convierte en planta o como la levadura que, también sigilosamente, transforma la masa de harina.
Así ocurrió con Jesús, que se encarnó en un pueblo pequeño y se valió de personas sin gran cultura ni prestigio. La Iglesia que Él fundó ha sufrido muchas persecuciones y rechazos y ha cometido errores; aún así, el Reino de Dios sigue creciendo, no sólo porque hay personas generosas que trabajan casi imperceptiblemente, sino por la acción del Espíritu Santo que es abono para las semillas y vitalidad para la levadura.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 13,31-35.
También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas". Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa". Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.
COMENTARIO
Estamos acostumbrados a deslumbrarnos ante los grandes acontecimientos y las cosas extraordinarias y despreciamos la fuerza de lo pequeño. En cambio el proceder de Dios es diferente: se manifiesta siempre en lo que no cuenta, en lo que es insignificante, en lo cotidiano, en lo pequeño. De ahí que al ser humano le cuesta mucho descubrir por dónde va Dios, y pretende encontrarlo aplicando sus propios criterios.
El profeta, en el Antiguo Testamento, buscaba a Dios en la tormenta o en una manifestación fuerte de la naturaleza, pero sólo lo encontró en la brisa suave. Un gran edificio comienza en la base, un gran discurso comienza con una palabra, los grandes movimientos sociales empiezan por ser la idea de unos cuantos que poco a poco van contagiando a otros. Jesús sabe que el Reino no se instaura a partir de un acontecimiento extraordinario, sino a partir de la vida cotidiana vivida en la dimensión de la justicia y del amor.
El grano de mostaza es insignificante pero tiene por dentro la capacidad de producir la vida. Al estar dentro de la tierra tiene la fuerza suficiente para irrumpir, brotar hacia arriba y convertirse en árbol y poder abrigar a los pájaros del cielo. Pero este proceso requiere de tiempo. A veces somos demasiado impacientes y más aún en estos nuestros días en que se espera eficiencia, rendimiento y utilidad en el menor tiempo posible. Los avances tecnológicos han encontrado la forma de acelerar muchos procesos. Nos hemos vuelto más impacientes, hemos ido perdiendo la capacidad de esperar.
Quien acepta el Reino de los Cielos debe comenzar desde lo de simple e insignificante, pero apuntando con fuerza hacia el ideal de mejorar la capacidad de producir, de mantener y de recrear la vida en el amor y en la justicia. La comparación de la levadura es semejante a la del grano de mostaza aunque también tiene sus diferencias. Ambos nos indican lo que sucede al interior de las personas, recordándonos que la fuerza que transforma y hace crecer viene de adentro. Pero también es un reto para los cristianos, que deben ser como el grano de mostaza y la levadura, para el mundo.
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