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lunes, 24 de julio de 2017

“Maestro, queremos ver un milagro tuyo”

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este lunes de la 16ª semana del tiempo ordinario.

Dios nos bendice...

Primera Lectura

Lectura del libro del Éxodo 14,5-18

En aquellos días, cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había escapado, el Faraón y su corte cambiaron de parecer sobre el pueblo, y se dijeron: «¿Qué hemos hecho? Hemos dejado marchar a nuestros esclavos israelitas.»
Hizo preparar un carro y tomó consigo sus tropas: tomó seiscientos carros escogidos y los demás carros de Egipto con sus correspondientes oficiales. El Señor hizo que el Faraón se empeñase en perseguir a los israelitas, mientras éstos saltan triunfantes. Los egipcios los persiguieron con caballos, carros y jinetes, y les dieron alcance mientras acampaban en Fehirot, frente a Baal Safón. Se acercaba el Faraón, los israelitas alzaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos y, muertos de miedo, gritaron al Señor.
Y dijeron a Moisés: «¿No había sepulcros en Egipto?, nos has traído a morir en el desierto; ¿qué es lo que nos has hecho sacándonos de Egipto? ¿No te lo decíamos en Egipto: "Déjanos en paz, y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto"?»
Moisés respondió al pueblo: «No tengáis miedo; estad firmes, y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy: esos egipcios que estáis viendo hoy, no los volveréis a ver jamás. El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad en silencio.»
El Señor dijo a Moisés: «¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto. Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa del Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de los guerreros. Sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del Faraón, de sus carros y de sus guerreros.»

Salmo

Ex 15,1-2.3-4.5-6

R/. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Cantaré al Señor, sublime es su victoria,
caballos y carros ha arrojado en el mar.
Mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
Él es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. R/.

El Señor es un guerrero,
su nombre es «El Señor».
Los carros del Faraón los lanzó al mar,
ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. R/.

Las olas los cubrieron,
bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible,
tu diestra, Señor, tritura al enemigo. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 12,38-42

En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús: «Maestro, queremos ver un signo tuyo.»
Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.»

Reflexión

Generación perversa y adúltera

Así contesta Jesús a la “inocente” pregunta de los letrados y fariseos. De inocente, nada; envenenada, tóxica. Y Jesús, una vez más, comienza desenmascarando a aquellos que se presentan como modélicos, pero hacen daño. Y lo más grave es que no quieren cambiar, están muy contentos con su forma de ser y de actuar.

El problema está en que la gente sencilla no lo sabe. Jesús, en algún momento, decía que estaban como ovejas sin pastor. Pero, lo de hoy es más serio, tenían pastores, pero “malvados y adúlteros”, que, en lugar de iluminar, desorientaban y engañaban. Jesús se cansó de apodarlos “hipócritas”, pero, salvo raras excepciones, no cambiaron.

Nínive era sinónimo de corrupción, pero los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás, hicieron penitencia y fueron perdonados; la reina del Sur acudió solícita a escuchar a Salomón. Y Jesús se queja de que a él no le hacen caso, después de todos los milagros acreditativos de su dignidad mesiánica. Y no le hacen caso porque piensan que es Jesús el que tiene que hacerles caso a ellos, ya que son precisamente ellos los cumplidores y guardianes de la religión. Y, ciertamente, eran cumplidores, pero orgullosos que despreciaban a los demás. Modélicos en el cumplimiento; “perversos y adúlteros” en sus relaciones con Dios y con los demás.

Milagros, señales, signos

“Maestro, queremos ver un milagro tuyo”. ¿Otro? Porque, seguro que habían sido testigos de unos cuantos. Jesús no hizo otra cosa en su vida pública que predicar la Buena Nueva del Reino, atender a todos los que se encontraban en su camino, liberar de cualquier mal que pudiera afectarles y tratar de que todos, particularmente los más desvalidos, pudieran tener una vida digna.

Todo aquello no les servía. Además, algunos de aquellos signos los hacía en sábado. ¿Quién les garantizaba que no lo hacía sirviéndose del diablo? Jesús no lo puede aceptar, y les llama por su nombre: perversos, malos a conciencia, cerrados a la luz y a la verdad. Ciegos y engreídos. Sólo tendrán el signo definitivo de la Resurrección, que para aceptarlo se necesitaba la fe como para todos los demás milagros. Y ellos, tampoco lo creyeron.

Y aquí estamos nosotros ahora, creyentes y, como los discípulos, vulnerables. Por la fe, no sólo nos fiamos de Jesús y su palabra, sino confiamos ciegamente en él. Y, por humanos, nos equivocamos mil veces, las mismas que, con la sinceridad y transparencia que podemos, solicitamos perdón. ¡Señor, que no tengas necesidad de apodarnos nunca “perversos y adúlteros”!

La fe es el don más grande que se me ha concedido, ¿hasta dónde lo valoro y lo proyecto sobre los demás?
¿Soy de los que desean y piden signos extraordinarios que manifiesten la voluntad de Dios, o procuro verla o, al menos, intuirla, en todo lo que hizo, hace y espero que siga haciendo por mí?


Fray Hermelindo Fernández Rodríguez
La Virgen del Camino 


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miércoles, 8 de marzo de 2017

¿Nuestra fe brota del amor a Dios o de un deseo de seguridad personal?

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, esta vez a cargo de Joseph Ratzinger, el posteriormente Papa Benedicto XVI. Hoy es el Miércoles de la Primera semana de Cuaresma.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Lucas 11,29-32. 
Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: "Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás. 

Comentario

1. Los judíos le piden a Jesús un signo, piden que demuestre que El es verdaderamente el Mesías, aquel de quien hablan Moisés y los Profetas. Piden un signo y, de esta manera, renuevan la tentación del desierto: Jesús debería proporcionar una prueba palpable, es decir, la prueba experimental que se exige en el orden de las cosas materiales, físicas.

Ahora bien, es preciso que el hombre supere el espacio de las cosas físicas, de lo tangible, para ser redimido, para situarse en la verdad íntima de la idea creadora de Dios; únicamente superando ese espacio y abandonándolo puede alcanzar la certeza propia de las realidades más profundas y eficaces: las realidades del espíritu.

Llamamos fe a ese camino que consiste en un superar y en un abandonar. La exigencia de una demostración física, de un signo que elimine toda duda, oculta en el fondo el rechazo de la fe, un negarse a rebasar los límites de la seguridad trivial de lo cotidiano y, por ello, encierra también el rechazo del amor, pues el amor exige, por su misma esencia, un acto de fe, un acto de entrega de sí mismo.

Los judíos piden un signo. En este sentido, también nosotros somos judíos. La teología moderna busca con frecuencia una certeza que es propia del ámbito de las ciencias (naturales, empíricas) y, arrancando de aquí, se ve conducida a reducir el anuncio bíblico a las dimensiones de esta demostrabilidad. Pienso que este error, que afecta a la esfera de la certeza, se halla en el corazón de la crisis modernista, crisis que se ha hecho de nuevo presente después del Concilio. Detrás de semejante fenómeno se oculta un empobrecimiento de la idea de realidad, y así, en el fondo de esta tendencia, se da una reducción espiritual, la miopía de un corazón demasiado centrado en la búsqueda del poder físico, de la posesión, del tener.

«Esta generación pide un signo». También nosotros esperamos la demostración, el signo del éxito, tanto en la historia universal como en nuestra vida personal. Y nos preguntamos hasta qué punto el cristianismo ha transformado realmente el mundo, hasta qué punto ha creado este signo del pan y de la seguridad, al que se refería el diablo en el desierto. El argumento de Marx, según el cual el cristianismo ha tenido tiempo suficiente para demostrar sus principios y dar pruebas de su éxito creando el paraíso en la tierra, y que después de tanto tiempo habría llegado la hora de emprender la tarea echando mano de otros principios, este argumento, digo, impresiona a no pocos cristianos; son muchos los que piensan que, al menos, es necesario estrenar un cristianismo de nuevo cuño, un cristianismo que renuncie al lujo de la interioridad, de la vida espiritual. Pero es justamente así como impiden la verdadera transformación del mundo, que no puede surgir más que de un corazón nuevo, de un corazón vigilante, de un corazón abierto a la verdad y al amor; es decir, de un corazón liberado y verdaderamente libre.

La raíz de esta equivocada exigencia de un signo no es otra que el egoísmo, un corazón impuro, que únicamente espera de Dios el éxito personal, la ayuda necesaria para absolutizar el propio yo. Esta forma de religiosidad representa el rechazo fundamental de la conversión. ¡Cuántas veces nos hacemos también nosotros esclavos del signo del éxito! ¡Cuántas veces pedimos un signo y nos cerramos a la conversión!

2. Jesús no rechaza todo género de signo, sino tan sólo el signo que pide «esta generación». El Señor promete y ofrece su signo, la certeza que verdaderamente responde a esta verdad: «Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación» (Lc 11,30). Mateo introduce un acento un tanto diferente del que aparece en el Evangelio de San Lucas: «Porque, como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra» (/Mt/12/40).

Comparando ambas versiones, descubrimos dos aspectos del signo de Jonás que se renueva y llega a cumplimiento en Jesús, el verdadero Jonás.

a) Jesús mismo, la persona de Jesús, en su palabra y en su entera personalidad, es signo para todas las generaciones. Esta respuesta de San Lucas me parece muy profunda; no deberíamos cansarnos de meditarla. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,8s). Queremos ver y, de este modo, estar seguros. Jesús responde: «Sí, podéis ver». El Padre se ha hecho visible en el Hijo. Ver a Jesús; ésta es la respuesta. Nosotros recibimos el signo, la realidad que se demuestra a sí misma. Porque, ¿no es un signo extraordinario esta presencia de Jesús en todas las generaciones, esta fuerza de su persona que atrae aun a los paganos, a los no cristianos, a los ateos? Ver a Jesús, aprender a verlo. Estos Ejercicios nos ofrecen la ocasión de comenzar de nuevo; y éste es, en definitiva, el único objetivo que justifica los Ejercicios: ver a Jesús.

Contemplémoslo en su palabra inagotable; contemplémosle en sus misterios, como dispone San Ignacio en el libro de los Ejercicios: en los misterios del nacimiento, en el misterio de la vida oculta, en los misterios de la vida pública, en el misterio pascual, en los sacramentos, en la historia de la Iglesia.

El rosario y el viacrucis no son otra cosa que una guía que el corazón de la Iglesia ha descubierto para aprender a ver a Jesús y llegar así a responder de la misma forma que las gentes de Nínive: con la penitencia, con la conversión. El rosario y el viacrucis constituyen desde hace siglos la gran escuela donde aprendemos a ver a Jesús. Estos días nos invitan a entrar de nuevo en esta escuela, en comunión con los fieles que nos han precedido en un pasado de siglos.

Se impone aquí también otra consideración. Los habitantes de Nínive creyeron en el anuncio del judío Jonás e hicieron penitencia. La conversión de los ninivitas me parece un hecho muy sorprendente. ¿Cómo llegaron a creer? Y ésta es la única respuesta que encuentro: al escuchar la predicación de Jonás, se vieron obligados a reconocer que al menos la parte manifiesta de aquel anuncio era sencillamente verdadera: la perversión de la ciudad era grave. Y así alcanzaron a entender que también la otra parte era verdadera: la perversión destruye una ciudad. En consecuencia, comprendieron que la conversión era la única vía posible para salvar la ciudad. La verdad manifiesta venía a confirmar la autenticidad del anuncio, pero el reconocimiento de esa verdad exigía la actitud sincera de los oyentes. Un segundo elemento que apoyó sin duda la credibilidad de Jonás fue el desinterés personal del mensajero: venía de muy lejos para cumplir una misión que lo exponía al escarnio y, ciertamente, no se hallaba en condiciones de prometer ninguna ganancia personal. La tradición rabínica añade otro elemento: Jonás quedó marcado por los tres días y las tres noches que pasó en el corazón de la tierra, en «lo profundo de los infiernos» (Jon 2,3). Eran visibles en él las huellas de la experiencia de la muerte, y estas huellas daban autoridad a sus palabras.

Aquí nos salen al paso algunas preguntas. ¿Creeríamos nosotros, creerían nuestras ciudades si viniese un nuevo Jonás? También hoy busca Dios mensajeros de la penitencia para las grandes ciudades, las Nínives modernas. ¿Tenemos nosotros el valor, la fe profunda y la credibilidad que nos harían capaces de tocar los corazones y de abrir las puertas a la conversión?

b) Volvamos a la interpretación del signo de Jonás según la tradición sinóptica. Mientras que San Lucas ve este signo simplemente en la persona y en la predicación de Jesús, Mateo subraya el misterio pascual: el profeta, que permanece tres días y tres noches en el vientre del cetáceo, es decir, en «lo profundo de los infiernos», en el abismo de la muerte, prefigura al Mesías muerto, sepultado y resucitado por nuestra causa. La diferencia entre ambos evangelistas no es ciertamente sustancial; el misterio pascual pertenece a la persona de Jesús, de manera que este aspecto no se halla del todo ausente en San Lucas. Pero San Mateo acentúa con más fuerza el misterio de la Pascua, la fuerza creadora de Dios, que se revela y evidencia en el Señor resucitado, en quien comienza realmente la nueva creatura, la victoria sobre la muerte, la victoria del amor, más fuerte que el «último enemigo» (1 Cor 15,26), la muerte. Dios inaugura en Cristo un milagro inaudito: vence a la muerte; el Jonás que ha vuelto de «lo profundo de los infiernos» -Jesús- nos dirige la palabra: «¡Confiad; yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33). Dios ha escuchado por fin la súplica del rico epulón: «Te ruego, padre, que siquiera le envíes (es decir, a Lázaro) a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta, a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormento» (/Lc/16/28). Ha vuelto el verdadero Lázaro; ya no tenemos únicamente a Moisés y a los Profetas; tenemos a Jesús, que se ha levantado de entre los muertos y que nos advierte; pero la profecía de Abraham sigue siendo verdadera: «Si no oyen a Moisés y a los Profetas. tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita» (Lc 16,31). La dureza de corazón resiste incluso al signo de Jonás, a la resurrección de Lázaro-Jesús.

El aspecto pascual de la figura de Jonás ha sido también subrayado por la enseñanza rabínica. Según cierta tradición, Jonás quiso morir en el mar por la salvación de Israel. Ofreció voluntariamente su muerte: «Tomadme y echadme al mar» (Jon 1,12). Según los rabinos, lo hizo así porque temía que los paganos hicieran penitencia, se convirtieran y obedecieran la palabra de Dios; de este modo, habría podido acontecer que Dios, comparando la penitencia de los paganos con la dureza de Israel, repudiara a su pueblo. La muerte de Jonás -de acuerdo con la tradición rabínica- fue una muerte voluntaria por la salvación de Israel, y por esta razón fue Jonás «un justo perfecto». El signo del verdadero justo, del justo perfecto, es la muerte voluntaria por la salvación de los otros. Este signo nos lo ha ofrecido Jesús. El es el verdadero justo. Su signo es su muerte. Su signo es su cruz.

Con este signo volverá al final de los tiempos, y será este signo el juicio del mundo, el juicio de nuestra vida. Pongamos desde ahora mismo nuestra vida bajo este signo, día tras día; aceptemos y reconozcamos el signo de Jonás haciendo la señal de la cruz al principio y al final de nuestras oraciones.

c) Una última observación. A Jonás le irritó la gracia y la bondad de Dios; anunciaba el juicio y se burlaban de él. ¿No es éste un riesgo que corren todos los devotos, un peligro al que nos hallamos expuestos también nosotros cuando pensamos que la práctica de la fe tiene sentido únicamente si los otros son castigados? ¿No nos decimos, tal vez: para qué la fe si hay también gracia para los que no la tienen? De esta manera demostramos que nuestra fe no brota del amor de Dios, sino que manifiesta más bien un amor propio que busca tan sólo la seguridad personal. Demostramos que no hemos entendido todavía el signo de Jonás, el signo de la cruz, de la muerte por los demás. Recemos para que Dios nos haga comprender cada vez mejor el signo de Jonás, el amor que vence al mundo y a la muerte.

JOSEPH RATZINGER
EL CAMINO PASCUAL
BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 37-42


lunes, 13 de febrero de 2017

¿Por qué esta generación pide un signo?

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este Lunes de la sexta semana del tiempo ordinario.

Dios nos bendice...

Libro de Génesis 4,1-15.25. 

El hombre se unió a Eva, su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín. Entonces dijo: "He procreado un varón, con la ayuda del Señor". Más tarde dio a luz a Abel, el hermano de Caín, Abel fue pastor de ovejas y Caín agricultor. Al cabo de un tiempo, Caín presentó como ofrenda al Señor algunos frutos del suelo, mientras que Abel le ofreció las primicias y lo mejor de su rebaño. El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró a Caín ni su ofrenda. Caín se mostró muy resentido y agachó la cabeza. El Señor le dijo: "¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja? Si obras bien podrás mantenerla erguida; si obras mal, el pecado está agazapado a la puerta y te acecha, pero tú debes dominarlo". Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano y lo mató. Entonces el Señor preguntó a Caín: "¿Dónde está tu hermano Abel?". "No lo sé", respondió Caín. "¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?". Pero el Señor le replicó: "¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano grita hacia mí desde el suelo. Por eso maldito seas lejos del suelo que abrió sus fauces para recibir la sangre de tu hermano derramada por ti. Cuando lo cultives, no te dará más su fruto, y andarás por la tierra errante y vagabundo". Caín respondió al Señor: "Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo. Hoy me arrojas lejos del suelo fértil; yo tendré que ocultarme de tu presencia y andar por la tierra errante y vagabundo, y el primero que me salga al paso me matará". "Si es así, le dijo el Señor, el que mate a Caín deberá pagarlo siete veces". Y el Señor puso una marca a Caín, para que al encontrarse con él, nadie se atreviera a matarlo. Adán se unió a su mujer, y ella tuvo un hijo, al que puso el nombre de Set, diciendo: "Dios me dio otro descendiente en lugar de Abel, porque Caín lo mató".

Salmo 50(49),1.8.16bc-17.20-21. 

El Dios de los dioses, el Señor,
habla para convocar a la tierra
desde la salida del sol hasta el ocaso.
No te acuso por tus sacrificios:

¡tus holocaustos están siempre en mi presencia!
"¿Cómo te atreves a pregonar mis mandamientos
y a mencionar mi alianza con tu boca,
tú, que aborreces toda enseñanza

y te despreocupas de mis palabras?
Te sientas a conversar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu propia madre.
Haces esto, ¿y yo me voy a callar?

¿Piensas acaso que soy como tú?
Te acusaré y te argüiré cara a cara.

Evangelio según San Marcos 8,11-13. 

Entonces llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: "¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo". Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla. 

Comentario


1.1 No hay un error tipográfico ni una confusión involuntaria. Nos queremos referir en esta ocasión al día en que murió la vida en Caín, que fue antes de que él, ya cadavérico en su interior, asesinara a su hermano Abel.

1.2 En efecto, Caín llega a su crimen a través de un proceso o degradación: "se enfureció", por envidia; "andaba cabizbajo", por amargura y depresión; obró mal y rechazó la advertencia de Dios y de su conciencia; renunció a luchar contra el pecado; urdió un plan... todo ello es como una pendiente por la que la vida de Caín va dando tumbos. En el fondo de ese abismo al que se ha lanzado se consuma el crimen: "se lanzó contra su hermano Abel y lo mató".

1.3 La muerte de Abel, pues, nace de la muerte de Caín, es decir, del trágico desmoronamiento de su ser racional y de su misma capacidad de ser humano. Sólo los muertos matan.

2. "¿Dónde está tu hermano?"

2.1 El Papa Juan Pablo II ha escrito una preciosa reflexión sobre esa gran pregunta que el Señor hace a Caín y que es como el símbolo de la corresponsabilidad que nos liga como seres humanos, antes de toda consideración de género, credo, raza o nacionalidad. Escribe el Papa:

2.2 "Caín, frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse avergonzado y excusarse, elude la pregunta con arrogancia: No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? (Gén 4, 9).

2.3 "Con la mentira Caín trata de ocultar su delito. Así ha sucedido con frecuencia y sigue sucediendo cuando las ideologías más diversas sirven para justificar y encubrir los atentados más atroces contra la persona.

2.4 "¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?: Caín no quiere pensar en su hermano y rechaza asumir aquella responsabilidad que cada hombre tiene en relación con los demás. Esto hace pensar espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son, entre otros, la falta de solidaridad con los miembros más débiles de la sociedad -es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños- y la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre los pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales como la supervivencia, la libertad y la paz." (Evangelium Vitae, 8).

3. Se busca una señal

3.1 El evangelio de hoy nos presenta una breve escena: piden una señal del cielo a Jesús. La cosa no debía sonar descabellada a los proponentes, porque grandes hombres de Dios habían hecho señales en el cielo: Josué detuvo el sol, dice el libro que lleva su nombre (Jos 10,13). Elías, el gran profeta, "cerró los cielos" (cf. 1 Re 17,1). Además, Is 7,11 trae la invitación que Isaías hace al rey Ajab: "Pide para ti una señal del Señor tu Dios que sea tan profunda como el Seol o tan alta como el cielo". El Apocalipsis menciona numerosas señales celestiales, como la mujer vestida de sol (Ap 12,1), el dragón que la persigue (Ap 12,3), o los ángeles de las plagas (Ap 15,1). Es decir: tenía lógica pedir una señal celestial. Pero Jesús rechaza esta petición. ¿Por qué?

3.2 Hay un suspiro entre la solicitud de los fariseos y la negativa de Jesús. Un suspiro profundo, expresión quizá de ese descontento que el alma siente cuando encuentra lo que buscaba pero no como lo buscaba. Imaginemos al caminante que, exhausto, cree llegar a un oasis y de pronto se da cuenta que sí hay agua, pero está podrida y ya apesta. Entonces debe reanudar su tarea, empezar desde cero nuevamente, emprender otra vez el camino. Y suspira con una mezcla de rabia, tristeza y a la vez conciencia de que debe seguir.

3.3 Jesús dio numerosas señales. No le molestaba dar señales, como podemos colegir de episodios como el de Isaías en que Dios se ofrece a dar una señal. El mismo Jesús es la gran señal del amor y del perdón. El problema no está en el universo de los signos y señales. El problema está en el corazón con que se le hace una petición que ya no es petición sino exigencia.

3.4 Jesús está sediento de nuestra fe, y nuestra fe nace de las señales. Quiere que el que tenga oídos oiga (Mt 11,15), y que todos reciban el mensaje. Por eso en la sed de señales de estos hombres hay algo que Jesús quiere pero no como Él lo quiere. No tienen el deseo de acoger la Palabra ni de creer en el mensajero, sino de medirlo, tasarlo, saber a qué atenerse para diseñar una estrategia. Están inconmovibles en sus certezas y piden, no un puente de comunicación, sino un dato para su fortín doctrinal. Han sentenciado a Jesús y buscan pruebas para lo que ya piensan de él. No buscan una señal para creer sino una confirmación para no creer.

3.5 Y Jesús suspira. Le han herido. Han ofrecido oídos para no oír y muestran bien sus ojos, que no están dispuestos a ver. ¡Oh dolor del corazón de nuestro Redentor! ¡Cuánto nos has amado y cuánto padeciste, ya antes de padecer!


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http://fraynelson.com/homilias.html.

lunes, 18 de julio de 2016

¿Existe signo mayor que la resurrección de Cristo?

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la 16ª semana del tiempo ordinario.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Mateo 12,38-42. 
Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: "Maestro, queremos que nos hagas ver un signo". Él les respondió: "Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón." 

Comentario

I. Jesús, hoy se ha vuelto a imponer el «si no lo veo no lo creo», disfrazado de una postura pseudocientífica: lo que no se puede comprobar experimentalmente, no es real. No es una postura nueva; es lo mismo que encontraste en tu tiempo: Maestro, queremos ver de ti una señal. Hasta entre los apóstoles se da esta actitud: Tomás necesitará poner sus dedos en tu costado para creer en la resurrección.

Jesús, ante esta necesidad de señales y pruebas, me podrías contestar como a Santiago y Juan: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo? [56]. Porque cuantas más señales me des, más me tendrás que pedir para darme al final la misma recompensa. Por eso le respondes a Tomás: bienaventurados los que sin haber visto han creído [57].

Sin embargo, me das una señal suficiente: tu resurrección. Así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los judíos te crucifican porque te haces Dios, el Hijo único de Dios. Tu resurrección es la prueba más clara de que lo que decías era cierto. Por eso San Pablo dice que si no hubieras resucitado, vana sería nuestra fe [58]. Y por eso también, los judíos pusieron a los soldados allí, de modo que nadie pudiera coger tu cuerpo y luego decir que habías resucitado. Su guardia hace aún más evidente la verdad: has resucitado, y yo -como cristiano- soy ahora testigo de tu resurrección.

“La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido” [59].

II. “Si miramos a nuestro alrededor y consideramos el transcurso de la historia de la humanidad, observaremos progresos y avances. La ciencia ha dado al hombre una mayor conciencia de su poder. La técnica domina la naturaleza en mayor grado que en épocas pasadas, y permite que la humanidad sueñe con llegar a un más alto nivel de cultura, de vida material, de unidad.

Algunos quizá se sientan movidos a matizar ese cuadro, recordando que los hombres padecen ahora injusticias y guerras, incluso peores que las del pasado. No les falta razón. Pero, por encima de esas consideraciones, yo prefiero recordar que, en el orden religioso, el hombre sigue siendo hombre, y Dios sigue siendo Dios. En este campo la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, alfa y omega, principio y fin.

En la vida espiritual no hay una nueva época a la que llegar. Ya está todo dado en Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre. Pero hay que unirse a Él por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros, de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya «alter Christus», sino «ipse Chtistus», ¡el mismo Cristo!” [60].

Jesús, en el terreno espiritual, no necesito otra señal; la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre. 

Tu vida, muerte y resurrección son la prueba de que Dios me ama y se preocupa por mí. Una señal mayor que la de Jonás, Salomón y todos los profetas del Antiguo Testamento; una señal más luminosa que la que pueda ofrecer la ciencia y la técnica. Pero una señal que sólo se ve con los ojos de la fe, dejando que te metas en mi vida hasta hacerme ipse Christus.

[56] Mc 10, 38.
[57] Jn 20, 29.
[58] I Cor 15,14.
[59] Catecismo, 651.
[60] Es Cristo que pasa, 104.

Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo V, EUNSA