Mostrando entradas con la etiqueta oveja perdida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta oveja perdida. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de noviembre de 2016

He aquí el ‘corazón del Evangelio’


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Lucas 15,1-10. 
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: "Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte". 
Comentario

a) El capítulo 15 de san Lucas ha sido llamado "el corazón del evangelio". Nos transmite unas parábolas muy características, las de la misericordia: hoy leemos la de la oveja descarriada y la de la moneda perdida. La del hijo pródigo, la más famosa, la leemos en Cuaresma.

La ocasión se la brindan a Jesús los fariseos y los letrados, que murmuraban porque él acogía a los publicanos y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, va para estas personas que no tienen misericordia. Lo contrario de Jesús, y de Dios, que sienten gran alegría cuando la oveja que se había descarriado vuelve al redil y cuando la moneda que se había perdido, ha sido recuperada.

Son hermosas las imágenes del pastor que, lleno de alegría, se carga sobre los hombros a la oveja perdida, y la de la mujer que reúne a sus vecinas para comunicarles su alegría por la moneda encontrada. Así es la alegría de Dios de "los ángeles de Dios"- "por un solo pecador que se convierta".

b) Dios es rico en misericordia. Su corazón está lleno de comprensión y clemencia. A pesar de que nosotros, a veces, nos alejemos de él, nos busca hasta encontrarnos y se alegra aún más que el pastor por la oveja y la mujer por la moneda.

Esta misericordia la emplea, ante todo, con nosotros mismos, que también tenemos nuestros momentos de alejamiento y despiste. Y también con todos los demás pecadores.

La Virgen María, en su Magníficat, cantaba a Dios porque "acogió a Israel su siervo acordándose de su misericordia". Si al pueblo elegido de Israel le tuvo que perdonar, también a nosotros, que no somos mucho mejores.

Pero la lección se orienta a nuestra actitud con los demás, cuando fallan. Sería una pena que estuviéramos retratados en los fariseos que murmuran por el perdón que Dios da a los pecadores, o en la figura del hermano mayor del hijo pródigo que no quería participar en la fiesta que el padre organizó por la vuelta del hermano pequeño. ¿Tenemos corazón mezquino o corazón de buen pastor?

Las parábolas nos las narra Jesús para que aprendamos a imitar la actitud de ese Dios que busca a los que han fallado, uno por uno, que les hace fácil el camino de vuelta, que les acoge, que se alegra y hace fiesta cuando se convierten. ¿Acogemos nosotros así a los demás cuando han fallado y se arrepienten? ¿qué cara les ponemos? ¿quisiéramos que recibieran un castigo ejemplar? ¿les echamos en cara su fallo una y otra vez? ¿les damos margen para la rehabilitación, como Jesús a Pedro después de su grave fallo?

Si somos tolerantes y sabemos perdonar con elegancia, entonces sí nos podemos llamar discípulos de Jesús. La imagen de Jesús como Buen Pastor que carga sobre sus hombros a la oveja descarriada (la famosa estatua del siglo III que se conserva en el Museo de Letrán en Roma), debería ser una de nuestras preferidas: nos enseña a ser buenos pastores y a no comportarnos como los fariseos puritanos que se creen justos, sino como seguidores de Jesús, que no vino a condenar sino a perdonar y a salvar.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 252-256

viernes, 7 de junio de 2013

Al desprecio de ciertos humanos opongamos el amor de Dios

¡Amor y paz!

La parábola que nos relata hoy el evangelista Lucas pertenece al grupo de las "parábolas de la misericordia", como la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo perdido. A la exclusión, el desprecio y la indeferencia a que son condenados muchos seres humanos, Jesús opone la misericordia de Dios, que busca sin cesar la salvación de los pecadores. 

La ‘misericordia’ es un término que evoca el amor en su fidelidad al compromiso y en su ternura de corazón. Y ‘corazón’ es una palabra que en nuestra manera de hablar solo evoca la vida afectiva, mientras para que los hebreos significa ´lo interior’ del hombre e incluye los recuerdos y los pensamientos, los proyectos y las decisiones. (X León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder). Es decir, todo el ser.

Así podremos entender mejor la celebración de hoy: la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 15,3-7.
Entonces Jesús les dijo esta parábola: «Si alguno de ustedes pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve en el desierto y se va en busca de la que se le perdió hasta que la encuentra?  Y cuando la encuentra, se la carga muy feliz sobre los hombros, y al llegar a su casa reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido.” Yo les digo que de igual modo habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.
Comentario

Hoy es la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. La liturgia conduce nuestra mirada directamente a la fuente del Amor más grande, al Amor crucificado. Hoy es un hermoso día para contemplar, para saborear, para aprender cómo se ama. Porque los cristianos corremos el riesgo de sustituir al Dios del amor y de la misericordia por el dios del culto y de la ley, y hacer de éstos el criterio único de nuestro encuentro con Él.

Desde la cátedra de la cruz y con la herida de su costado abierta, Él sigue atrayendo inexplicablemente a todos hacia Él para mostrarles la belleza del Dios-amor, el único que existe. Uno de los infinitos perfiles de este Dios-amor aparece en la primera de las tres parábolas del capítulo 15 de Lucas, que hoy leemos en la Eucaristía. Nos conviene escucharle a Él para no confundirnos. En concreto subraya, entre otras, tres rasgos del amor de Dios, del amor verdadero:

Primero, el amor verdadero o es personal o no lo es. Porque no puede ser amor la leyenda de aquel cartel de Snoopy cuando decía con humor avinagrado: “Amo a la humanidad, pero no aguanto a la gente”. A Jesús le importa la gente concreta; más aún, le importa uno solo. Cada persona posee valor infinito. Uno vale más que todos. Es llamativo que en el evangelio no aparezca jamás una declaración de derechos humanos, sino la invitación a amar al próximo, que es una persona real y la tengo delante de mí. Nadie sobra. Todos son primeros. Incluso los que parecen no merecerlo porque “no hay nube por negra que sea que no tenga un borde plateado”.

Segundo, el amor verdadero o es misericordioso o no lo es. Jesús lo deja todo por el que está perdido, por quien no es el mejor. La misericordia nace al adivinar las infinitas posibilidades que se esconden en el perdido. Ser misericordioso es, pues, un ejercicio de percepción; de ver al perdido como lo ve Jesús, sin confundir las apariencias con la realidad. Decía Maquiavelo que “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”. Y cuando se mira como Jesús miraba, se busca de verdad, arriesgando, exponiendo. A Él le costó la vida. Es el signo del amor eucarístico que transforma. Porque para cambiar a una persona, hay que amarla. Solamente influimos hasta donde llega nuestro amor. El perdón, aunque no cambia el pasado, siempre agranda el futuro.

Tercero y último, el amor verdadero o concluye en fiesta o no lo es. Por ello esta parábola parece ser una versión aplicada de las bienaventuranzas. El amor, aunque no comience con gozo, siempre desemboca en la verdadera alegría. “Bienaventurados los misericordiosos...” La misericordia enamorada produce como fruto la alegría bienaventurada. Se la reconoce por lo contagiosa que es. Hay que compartirla con otros. Y es que un asunto no está acabado si no está bien acabado.

Juan Carlos Martos
Claretianos 2004

jueves, 4 de noviembre de 2010

Hay mucha alegría en el cielo cuando un pecador se convierte

¡Amor y paz!

Comienza hoy el relato de las tres ‘parábolas de la misericordia’, en las que Jesús nos muestra el corazón amoroso del Padre, que se expresa en predilección por los más necesitados, algo que contrasta abiertamente con la mezquindad humana, que busca siempre a los triunfadores. 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la XXXI Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 15,1-10.

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: "Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte". 

Comentario

a) El capítulo 15 de san Lucas ha sido llamado "el corazón del evangelio". Nos transmite unas parábolas muy características, las de la misericordia: hoy leemos la de la oveja descarriada y la de la moneda perdida. La del hijo pródigo, la más famosa, la leemos en Cuaresma.

La ocasión se la brindan a Jesús los fariseos y los letrados, que murmuraban porque él acogía a los publicanos y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, va para estas personas que no tienen misericordia. Lo contrario de Jesús, y de Dios, que sienten gran alegría cuando la oveja que se había descarriado vuelve al redil y cuando la moneda que se había perdido, ha sido recuperada.

Son hermosas las imágenes del pastor que, lleno de alegría, se carga sobre los hombros a la oveja perdida, y la de la mujer que reúne a sus vecinas para comunicarles su alegría por la moneda encontrada. Así es la alegría de Dios de "los ángeles de Dios"- "por un solo pecador que se convierta".

b) Dios es rico en misericordia. Su corazón está lleno de comprensión y clemencia. A pesar de que nosotros, a veces, nos alejemos de él, nos busca hasta encontrarnos y se alegra aún más que el pastor por la oveja y la mujer por la moneda.

Esta misericordia la emplea, ante todo, con nosotros mismos, que también tenemos nuestros momentos de alejamiento y despiste. Y también con todos los demás pecadores.

La Virgen María, en su Magníficat, cantaba a Dios porque "acogió a Israel su siervo acordándose de su misericordia". Si al pueblo elegido de Israel le tuvo que perdonar, también a nosotros, que no somos mucho mejores.

Pero la lección se orienta a nuestra actitud con los demás, cuando fallan. Sería una pena que estuviéramos retratados en los fariseos que murmuran por el perdón que Dios da a los pecadores, o en la figura del hermano mayor del hijo pródigo que no quería participar en la fiesta que el padre organizó por la vuelta del hermano pequeño. ¿Tenemos corazón mezquino o corazón de buen pastor?

Las parábolas nos las narra Jesús para que aprendamos a imitar la actitud de ese Dios que busca a los que han fallado, uno por uno, que les hace fácil el camino de vuelta, que les acoge, que se alegra y hace fiesta cuando se convierten. ¿Acogemos nosotros así a los demás cuando han fallado y se arrepienten? ¿Qué cara les ponemos? ¿Quisiéramos que recibieran un castigo ejemplar? ¿les echamos en cara su fallo una y otra vez? ¿Les damos margen para la rehabilitación, como Jesús a Pedro después de su grave fallo?

Si somos tolerantes y sabemos perdonar con elegancia, entonces sí nos podemos llamar discípulos de Jesús. La imagen de Jesús como Buen Pastor que carga sobre sus hombros a la oveja descarriada (la famosa estatua del siglo III que se conserva en el Museo de Letrán en Roma), debería ser una de nuestras preferidas: nos enseña a ser buenos pastores y a no comportarnos como los fariseos puritanos que se creen justos, sino como seguidores de Jesús, que no vino a condenar sino a perdonar y a salvar.

J. Aldazábal
Enséñame tus caminos 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 252-256