¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios en este viernes 30 del Tiempo Ordinario (A).
Dios nos bendice
1ª Lectura (Flp 1,1-11):
Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los
santos que residen en Filipos, con sus obispos y diáconos. Os deseamos la
gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios cada vez que os menciono; siempre que rezo por todos
vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la
obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Ésta es mi convicción: que
el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta
el día de Cristo Jesús. Esto que siento por vosotros está plenamente
justificado: os llevo dentro, porque, tanto en la prisión como en mi defensa y
prueba del Evangelio, todos compartís la gracia que me ha tocado. Testigo me es
Dios de lo entrañablemente que os echo de menos, en Cristo Jesús.
Y ésta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración
y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo
limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo
Jesús, a gloria y alabanza de Dios.
Salmo responsorial: 110
R/. Grandes son las obras del Señor.
Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los
rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para
los que las aman.
Esplendor y belleza son su obra, su generosidad dura por siempre; ha hecho
maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente.
Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza; mostró a su pueblo
la fuerza de su obrar, dándoles la heredad de los gentiles.
Versículo antes del Evangelio (Jn 10,27):
Aleluya. Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen. Aleluya.
Texto del Evangelio (Lc 14,1-6):
Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.
Comentario
Hoy el Evangelio nos deja ver a Jesús: firme como buey,
manso como asno. Está en casa de un importante fariseo; es un sábado. «Ellos lo
estaban observando» (Lc 14,1). En este ambiente de juicio, Jesús mira delante
suyo a un hombre hidrópico, y su pregunta es directa: «¿Es lícito curar en
sábado o no?» (Lc 14,3). Pregunta que desafía la rigidez de la ley en favor de
la compasión, también del corazón. La ley del sábado, como nuestro domingo,
estaba destinada al descanso y la santificación, y se había convertido en una
carga. Jesús, al poner la comparación con el “hijo o el buey que cae”, nos
muestra la incoherencia de quienes, preocupados por sus posesiones, las
rescatarían sin dudar, mientras postergarían (en sábado) la sanación de una
persona.
Uno que fue rescatado de un pozo es Saulo de Tarso. Imaginemos lo que diría en
su acción de gracias, haciendo eco con palabras del Papa León XIV: «Mientras
agradecemos al Señor la llamada con la que transformó su vida…, le pedimos que
sepamos cultivar y difundir su caridad, haciéndonos prójimos los unos de los
otros». San Beda interpreta el buey y el asno como «los pueblos judío y gentil,
llamados a ser liberados del pozo de la concupiscencia». Jesús rescata a todos,
sin importar nuestra condición y el día. Siendo “Hijo”, se acordaría de aquella
noche en Belén, con la tierna mirada de María y José, donde un buey y un asno
lo contemplaban; ese niño que venía a sacarnos del pozo del pecado, a todos y
para siempre. Hoy, nos anima con ojos de misericordia, a contemplar las
personas antes que las cosas, priorizar la vida, todos los días.
La sanación de hoy, y la palabra de Jesús, nos interpelan: nuestras normas,
tradiciones o comodidades, ¿nos impiden ver la necesidad del otro? La mesa
—símbolo y sacramento de comunidad y vida eucarística— a la que estamos
invitados todos, refleja una profunda verdad: nuestra vida tiene un valor
incalculable. En ella, Jesús lava los pies y se nos da en alimento, y
recomienda: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19).
Rev. D. Darío Gustavo GATTI Giorgio ISSDSch (Rosario, Santa Fe, Argentina)
Evangeli.net
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