¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este sábado 3 de Cuaresma (A).
Dios nos bendice
1ª Lectura (Os 6,1-6):
«Venid, volvamos al Señor. Porque Él ha desgarrado, y Él nos curará; Él nos ha golpeado, y Él nos vendará. En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra». ¿Qué haré de ti, Efraín, qué haré de ti, Judá? Vuestro amor es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece. Sobre una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de los profetas con las palabras de mi boca. Mi juicio se manifestará como la luz. Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.
Salmo responsorial: 50
R/. Quiero misericordia, y no sacrificios.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa
compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo
querrías. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón
quebrantado y humillado, tú, oh, Dios, tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos.
Versículo antes del Evangelio (Sal 94,8):
Hoy, no endurezcáis vuestros corazones, y oíd la voz del Señor.
Texto del Evangelio (Lc 18,9-14):
En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».
Comentario
Hoy, inmersos en la cultura de la imagen, el Evangelio
que se nos propone tiene una profunda carga de contenido. Pero vayamos por
partes.
En el pasaje que contemplamos vemos que en la persona hay un nudo con tres
cuerdas, de tal manera que es imposible deshacerlo si uno no tiene presentes
las tres cuerdas mencionadas. La primera nos relaciona con Dios; la segunda,
con los otros; y la tercera, con nosotros mismos. Fijémonos en ello: aquéllos a
quien se dirige Jesús «se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc
18,9) y, de esta manera, rezaban mal. ¡Las tres cuerdas están siempre
relacionadas!
¿Cómo fundamentar bien estas relaciones? ¿Cuál es el secreto para deshacer el
nudo? Nos lo dice la conclusión de esa incisiva parábola: la humildad. Así
mismo lo expresó santa Teresa de Ávila: «La humildad es la verdad».
Es cierto: la humildad nos permite reconocer la verdad sobre nosotros mismos.
Ni hincharnos de vanagloria, ni menospreciarnos. La humildad nos hace reconocer
como tales los dones recibidos, y nos permite presentar ante Dios el trabajo de
la jornada. La humildad reconoce también los dones del otro. Es más, se alegra
de ellos.
Finalmente, la humildad es también la base de la relación con Dios. Pensemos
que, en la parábola de Jesús, el fariseo lleva una vida irreprochable, con las
prácticas religiosas semanales e, incluso, ¡ejerce la limosna! Pero no es
humilde y esto carcome todos sus actos.
Tenemos cerca la Semana Santa. Pronto contemplaremos —¡una vez más!— a Cristo
en la Cruz: «El Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente
y de humilde mansedumbre» (San Juan Pablo II). Allí veremos cómo, ante la
súplica de Dimas —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc
23,42)— el Señor responde con una “canonización fulminante”, sin precedentes:
«En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Este
personaje era un asesino que queda, finalmente, canonizado por el propio Cristo
antes de morir.
Es un caso inédito y, para nosotros, un consuelo...: la santidad no la
“fabricamos” nosotros, sino que la otorga Dios, si Él encuentra en nosotros un
corazón humilde y converso.
Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)
Evangeli.net
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