sábado, 12 de abril de 2014

Jesús va a morir para congregar a los hijos de Dios que están dispersos

¡Amor y paz!

A pesar de tantos signos, muchos prefieren las tinieblas a la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo: Cristo Jesús. Él vino para salvar, no sólo a la nación judía, sino a toda la humanidad; vino para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, unidos a Cristo, formamos con Él un sólo Cuerpo y un sólo Espíritu. Nadie puede llegar a ser hijo de Dios, sino sólo en Cristo Jesús.

A Jesús se le condena para evitar que continúe haciendo señales milagrosas y que la gente se vaya tras de Él. Pero quien no tome su cruz y vaya tras las huellas de Cristo no podrá dirigirse al Padre, para estar con Él eternamente, pues sin Cristo nada podemos hacer; Él es el único Camino, Verdad y Vida, y nadie va al Padre sino por Él. 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario en este sábado de la V Semana de Cuaresma.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 11,45-57. 
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: "¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación". Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: "Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?". No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación, y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos. A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús. Por eso él no se mostraba más en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí permaneció con sus discípulos. Como se acercaba la Pascua de los judíos, mucha gente de la región había subido a Jerusalén para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: "¿Qué les parece, vendrá a la fiesta o no?". Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno conocía el lugar donde él se encontraba, lo hiciera saber para detenerlo.
Comentario

Aquel que es la vida nos ha dado vida a nosotros por medio de su muerte. Él no ha muerto inútilmente. Él, levantado en alto, ha atraído a la humanidad entera hacia Él para llenarla de su Amor, de su Paz, de su Luz, de su Vida. Quien hace suya la Redención de Cristo, lleno de su Ser Divino, debe irradiar ante el mundo toda la Verdad del mismo Cristo. No podemos venir a la Eucaristía para después retirarnos igual que como venimos. Llegamos ante el Señor para convertirnos nosotros mismos en una ofrenda que se consagra a Dios y que recibe de Él, no sólo su vida, sino la Misión de continuar su obra de salvación en el mundo. La Eucaristía nos hace entrar en comunión de vida con el Señor y nos compromete a ser sus testigos, siendo luz y no tinieblas, para nuestros hermanos. Dios quiera que su Iglesia sea realmente un signo de Verdad y de Amor para la humanidad de todos los tiempos y lugares. Sólo entonces también nosotros seremos un signo de la Pascua de Cristo para todos.

Nosotros estamos llamados a hacer el bien a todos. No podemos ocultar la Luz que Dios mismo ha encendido en nosotros. A pesar de que seamos criticados, perseguidos o amenazados de muerte, no podemos, cobardemente, dejar de dar testimonio de nuestro ser de hijos de Dios. Es verdad que debemos ser prudentes, pero la prudencia no puede confundirse con la cobardía; y el no ser cobardes no puede confundirse con lo temerario. Dios sabe el día y la hora en que deberemos partir de este mundo hacia Él. Mientras llega esa hora seamos testigos de la verdad. Amemos y hagamos el bien a todos. Trabajemos constantemente para que quienes viven adormilados, o muertos a causa de sus pecados, vuelvan a la luz y, libres de sus ataduras, inicien un camino nuevo en la Vida según el Espíritu de Dios. Nosotros hemos de ser los primeros en ir por este nuevo camino, pues no podemos convertirnos en sólo predicadores del Evangelio; hemos de ser testigos de la vida nueva que Dios ha infundido en nosotros.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de que este tiempo Pascual, que estamos por celebrar, sea realmente para nosotros un tiempo especial de gracia, porque, vueltos de nuestros pecados, podamos participar de la Vida que Dios nos ofrece en Cristo Jesús, y podamos, así, convertirnos en luz que ilumine el camino de la humanidad hacia la unión plena con Dios. Amén.

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