martes, 5 de noviembre de 2013

No le saquemos el cuerpo a la invitación que nos hace Jesús

¡Amor y paz!

En nuestra sociedad, pero también en otras épocas, ha habido ateos fuertes, que consideran que es una verdad que Dios no existe, y ofrecen argumentos para apoyar su postura, y ateos débiles, que no creen que exista un Ser superior, pero no proponen razonamientos para sustentarlo.

El primero puede ser también un ateísmo teórico y el segundo un ateísmo práctico. Éste, el práctico, implica vivir como si Dios no existiera. Es más: algunos pudieron haberse bautizado en una u otra comunidad religiosa, pero su vida no da testimonio de su fe: o no creen o no saben qué creen, no celebran o si celebran ceremonias cultuales viven como si no tuvieran fe.

Aunque la oferta misericordiosa y salvadora de Dios, a través de su Hijo Jesucristo, está abierta para todos, algunos no la conocen y otros, simplemente, hacen caso omiso de ella. Pidámosle al Señor que nos ayude a no eludir su invitación sino, antes bien, le colaboremos para informarles a otros que también han sido convocados a participar en el banquete del Reino de Dios.    

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la XXXI Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 14,15-24.
Al oír estas palabras, uno de los invitados le dijo: "¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!". Jesús le respondió: "Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: 'Vengan, todo está preparado'. Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: 'Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes'. El segundo dijo: 'He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes'. Y un tercero respondió: 'Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir'. A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, y este, irritado, le dijo: 'Recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos'. Volvió el sirviente y dijo: 'Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar'. El señor le respondió: 'Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena'". 
Comentario

 Los invitados se excusan, siendo así que el Reino no se cierra a nadie, a no ser que se excluya él mismo por su palabra. En su clemencia, el Señor invita a todo el mundo, pero es nuestra desidia o nuestra desviación quien nos aleja de él. Aquel que prefiere comprar un terreno es ajeno al Reino; en tiempo de Noé, compradores y vendedores fueron tragados, por igual, por el diluvio (Lc 17,28)... Igualmente el que se excluye porque se ha casado, porque está escrito: “si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26)...

Así que, después del desprecio orgulloso de los ricos, Cristo se vuelve hacia los paganos; hace entrar a buenos y malos, para hacer crecer a los buenos y para mejorar las disposiciones de los malos... Invita a los pobres, a los enfermos, a los ciegos, lo cual os muestra que la enfermedad física no deja a nadie fuera del Reino, o bien que la enfermedad de los pecados, se cura por la misericordia del Señor...

Manda, pues, a las encrucijadas de los caminos a buscarlos, porque “la Sabiduría grita allí done los caminos se entrecruzan” (Pr 1,20). Los envía a las plazas, porque ha dicho a los pecadores que abandonen los caminos anchos y encuentren el camino estrecho que conduce a la vida (Mt 7,13). Los envía a las carreteras y a lo largo de los setos, porque son capaces de alcanzar el Reino de los Cielos aquellos que, no estando retenidos por los bienes de este mundo, se afanan hacia los venideros, comprometidos en el camino de la buena voluntad..., oponiendo la muralla de la fe, a las tentaciones del pecado.

San Ambrosio (c.340-397), obispo de Milán y doctor de la Iglesia 
Comentario al Evangelio de Lucas, 7, 200-203; SC 52 (trad. cf SC p. 84)
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