miércoles, 9 de junio de 2010

LA LEY DE DIOS ES EXIGENTE, PERO ÉL DA LOS MEDIOS

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la X Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 5,17-19.

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

Comentario

No deja de asombrarme que, en las sociedades modernas, cuanto más se pavonean de conquistar la libertad, se hace más necesario el legislar sobre todo. Hay leyes para todo: la alimentación, el tabaco, la vivienda, la educación, la familia, la compra y la venta, los deportes, los parques, el tráfico…, y eso sin tener en cuenta lo que llaman las “leyes de la moda,” “leyes sociales,” y un largo etcétera.

Si buscas la palabra “ley” en Google aparecen diez millones y medio de resultados. ¡Riéte tú de los preceptos de la Torah!. Hay leyes fundamentales y leyes absurdas, leyes que derogan otras leyes y leyes que crean nuevas leyes. Un lío.

“No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir sino a dar plenitud.” Cuando veo el despacho de uno de mis hermanos -que es abogado-, me doy cuenta que los cristianos no tenemos casi leyes. A veces me cuesta encontrar el Código de Derecho Canónico en mi estantería.

Los doctos en derecho se afanan en descubrir el espíritu de la ley, eso suele ser peligrosísimo pues acaban justificando lo injustificable, o dando la vuelta a lo que la ley dice. De ahí viene el dicho de que “quien hizo la ley, hizo la trampa.” Si la ley de Dios fuese sólo palabras seguro que ya habríamos encontrado la manera de deshacernos del legislador, pero “Dios nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva: no basada en la pura letra, sino en el Espíritu, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da la vida.” Por eso no se puede manejar a nuestro antojo la Ley de Dios.

Tristemente he conocido a muchos sacerdotes y fieles que han buscando continuamente el espíritu de la ley, es decir, la han retorcido, doblado, moldeado y deformado hasta que ha dicho lo que ellos querían que dijese. Os podéis imaginar lo difícil que resulta volver una conciencia que ha sido así de retorcida a su ser.

Cuando se ha enseñado que la confesión no es necesaria, que comulgar es participar en la comida de la comunidad, que la Iglesia es una sociedad humana machista y retorcida que impide que crezca la creatividad, que la sexualidad no entra dentro de la moral cristiana, etc., predicar en el día de hoy se puede quedar en un canto al amor (sin explicar demasiado que es eso del amor), como ley fundamental para conseguir una homilía vacía, insulsa y sin sentido.

La ley del Espíritu es la ley que fue inspirada en las Sagradas Escrituras, la que la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, nos enseña. Todos en la vida tenemos derecho a hacer tonterías y a que nos engañen. Pero cuando se descubre la maravilla de la ley de Dios, del perdón y la misericordia que la Iglesia derrama a manos llenas, el respeto y la delicadeza que se tiene por toda persona, la profundidad de la reflexión de la Iglesia, entonces, esa especie de fascinación que provocan los seudo-moralistas se desvanece, “el resplandor aquel ya no es resplandor, eclipsado por esta gloria incomparable.”

Cuántas personas he visto que en los años 70 y 80 (del siglo pasado), aprendieron lo que llamaban “la nueva moral” -repleta de errores viejísimos-, y han acabado tristes, amargados, autoritarios, sólo les queda la fuerza de la ley que ellos mismos van creando e imponen a los demás, y eso siempre que no hayan abandonado la fe. Se vuelven rencorosos, desconfiados y sin que se les caiga de la boca la palabra “comunidad” se aíslan en su gheto del resto de la sociedad. En pocas palabras: se vuelven raros.

Sin embargo, la ley de Dios nos da altura, profundidad y perspectiva. Acoge siempre pues comprende a los pecadores, perdona siempre pues es la misericordia infinita de Dios la que trasmite. Es exigente pero da los medios, la Gracia de Dios, para vivirla y, cuanto más nos metemos en Dios, los obstáculos que pensábamos insalvables se convierten en anécdotas ya superadas pues nadie se pone a comer barro teniendo delante un manjar.

Santa María cumplió la ley entera y “es grande en el Reino de los Cielos” la más grande. Pídele hoy que te enseñe el “resplandor de lo permanente” y olvídate de tontas justificaciones, de tanta letra muerta.

Nota: Con permiso de la Arquidiócesis de Madrid
www.homilética.org

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