miércoles, 7 de diciembre de 2011

Jesús nos ofrece verdaderas razones para vivir


¡Amor y paz!

En estos días en que los ‘indignados’ protestan en las plazas de muchas ciudades del mundo, recuerdo la pancarta que portaban unos jóvenes en las pioneras marchas de París, en mayo de 1968: “Nos han llenado la barriga, pero no nos han dado razones para vivir.”

En el Evangelio, hemos reconocido a Jesús no solo como sanador sino, ante todo como Salvador, y también como el amoroso pastor que se alegra al recuperar la oveja que se le había perdido. Hoy, Él sintetiza todo esto al pedir: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”. 

¡Cómo no acudir al Señor si, en verdad, Él es quien nos da verdaderas razones para vivir!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la II Semana de Adviento.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 11,28-30.
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.  Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana".
Comentario  

-Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas...

Es una invitación.

En este tiempo de Adviento recibimos una invitación "¡Venid a mí!" ¿Acepto yo esta llamada? ¿Me dirijo hacia El? En las frases precedentes a este pasaje, en San Mateo, Jesús nos ha dicho que el Padre se revelaba prioritariamente a los "pequeñuelos" más que a los sabios y prudentes. "Los que andan agobiados con cargas" son los pobres, los humildes.

Me pregunto: ¿Acepto yo francamente esta predilección de Dios, que se repite por doquier? Y ¿qué pasa con esos "pequeñuelos"... y con esos "agobiados" ... en nuestras comunidades que se dicen cristianas? Y ¿en nuestros propios corazones? ¿Les testimoniamos la misma estima y la misma predilección que Dios les tiene?

-Que yo os aliviaré.

¡Señor, ayúdame a ver las "cargas" que pesan sobre los hombros de mis hermanos!

Señor, haznos lúcidos: que sepamos ver "lo que aplasta" a los demás, lo que aplasta a categorías enteras de hombres y de mujeres.

¿Qué carga, qué sobrecarga podría yo aliviar en el día de hoy? Este es el trabajo de Dios: "Yo os aliviaré." ¿Cómo participo yo en ello? ¿Cómo colaboro con Dios en el alivio, la promoción, la felicidad... de mis hermanos?

-Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

La "misericordia" de Dios, sobre la que meditábamos ayer... ¡de ningún modo es insípida, sosa! Nos invita a comprometernos a nuestra vez en el ejercicio de esa bondad que es la de Dios. Hay que tomar el yugo de Dios, ponerse bajo su mismo yugo, para trabajar con El.

Evoco aquí la imagen de dos "bueyes atados al mismo yugo y tirando del mismo arado". Las dos gruesas cabezas, juntas una a la otra, que humilde y tenazmente tiran en la misma dirección.

"Tomad mi yugo, dice Dios."

-Manso y humilde.

Así se caracteriza Jesús. "Soy manso y humilde." Mi imaginación se entretiene en lo que esto significaba para Jesús: ¿qué actitudes, qué comportamientos, se seguían de ello?

-Sí, mi yugo es suave y mi carga ligera

En los tiempos de Jesús algunos yugos eran rasposos y mal escuadrados y por lo tanto lastimaban el cuello de los animales.

El yugo de Jesús es agradable, no lastima.

Cuando Jesús anuncia un yugo ligero, quiere introducir a los hombres en un nuevo tipo de religión. Una religión en la que no exista "el miedo". ¡Una religión "fácil de vivir"! ¿Quizá estas palabras me escandalizan? ¿No seré yo una de estas personas que todavía hoy atan cargas muy pesadas sobre los hombros de los demás? ¿Qué lugar le doy al amor, en mi religión? Cuando se ama, resultan fáciles multitud de cosas que serían difíciles o insoportables sin el amor.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 1
EVANG. DE ADVIENTO A PENTECOSTÉS
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 24 s.

martes, 6 de diciembre de 2011

Debemos ser instrumentos de salvación, no de perdición

¡Amor y paz!

Ayer meditábamos en torno a la misión salvadora y no solo curativa de Jesús. Tal vez nos preocupamos más por las enfermedades que deterioran el cuerpo que por aquellas que afectan el alma. Seguramente las primeras se revelan más a los ojos de todos y por eso a las segundas no les ponemos mucha atención.  

El Evangelio de hoy, muy ligado al de ayer, no habla de enfermedad ni tampoco de pecado, pero sí de extravío. Así como quien enferma deteriora su salud, el que peca se ‘pierde’ a la vida de la gracia, de tal manera que cuando se reconcilia con Dios es como si Él lo recuperara. Y por este motivo hay mucha alegría en el cielo.
 
¿Contribuimos con nuestras palabras, acciones u omisiones a que alguien se reconcilie con Dios? ¿O, por el contrario, propiciamos que ese alguien se aparte de Él? Debemos ser instrumentos de salvación, no de perdición.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la 2ª. Semana de Adviento.

Dios los bendiga...

Evangelio según San Mateo 18,12-14.
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.
Comentario

El Señor no quiere que se pierda nadie. Dios se ha revelado en el Antiguo Testamento como Padre de misericordia, lleno de bondad y tardo a la cólera, que nos ama entrañablemente, que nos escucha y perdona. Este Padre se nos ha revelado plenamente en su Hijo Jesucristo como Amor que se alegra siempre que un pecador vuelve a Él, que busca la oveja perdida. Comenta  San Agustín:

«No juzguemos  el pensamiento de los otros, al contrario, presentemos a Dios nuestras preces, incluso por aquellos sobre los que tenemos alguna duda. Quizá la novedad que supone comporte en Él alguna duda; amad más intensamente al que duda, alejad con vuestro amor la duda del corazón débil… Confiad a Dios su corazón por el que debéis orar. Sabed que es abandonado por los malos y ha de ser recibido por los buenos. Vuestro amor al hombre sea mayor que vuestro antiguo odio al error… Cristo vino a llamar a los enfermos…, buscó la oveja perdida… He aquí cómo Cristo vino a sanar a los enfermos: así supo vengarse de sus enemigos… Lo encomendamos a vuestras oraciones, a vuestro amor, a vuestra amistad fiel. Acoged su debilidad. Según como vayáis vosotros delante, así irá él detrás. Enseñadle el buen camino» (Sermón 279,11).

Hemos de imitar a Cristo en la solicitud por la oveja descarriada. Despreciar a uno que yerra, que va equivocado, es la antítesis del cristianismo. Dar a todos y a cada uno la certeza de ser buscado, es decir, amado, comprendido, defendido, es la esencia del cristianismo. El Señor vino a salvar a los que estaban perdidos; sigamos también nosotros su ejemplo.

P. Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.